18/9/17

Gramsci: un hombre que escribió para mantenerse libre

Marco Levario Turcott

Piensen en un niño de once años, quien desde los tres padece tuberculosis osteoarticular –y eso le deformó la columna vertebral– y que así trabajaba cargando bultos más pesados que él mismo, como escribió en su diario, por lo que “muchas noches lloraba a escondidas porque me dolía mucho el cuerpo”.

Piensen en el mismo niño pero ahora de 20 años y una estatura no mayor del metro y medio, como uno de los más ligeros saldos de aquella enfermedad. Él se siente contento porque tiene frente a sí su primera credencial de periodista y una beca para terminar sus estudios. Pero el dinero era muy poco y el joven también lo escribió: “la preocupación del frío no me permite estudiar porque paseo en la recámara para calentarme los pies o debo de estar totalmente cubierto porque no logro aguantar la primera helada”.

Los primeros años del siglo pasado guardan registro de una tremenda actividad intelectual de ese muchacho enfermo a quien le interesó la cultura, la política y la filosofía y que, sin duda, nació para pensar y, por eso, escribió toda su vida. Fue un acucioso crítico de arte, que igual que centraba la atención en el teatro, lo hacía con la música y la literatura, las novelas populares y las históricas –pocas piezas como las suyas hay tan novedosas para diseccionar La divina comedia o Los tres mosqueteros–; pero ese interés tuvo una motivación que remontó a su propio sentido hedonista: él comprendió que en la superestructura, o sea, en la producción de la cultura, se hallaba el potencial principal para que las sociedades integraran un bloque histórico diferente al de la sumisión y control de la clase política dominante. Y eso lo hizo su causa.