18/9/17

Gramsci: un hombre que escribió para mantenerse libre

Marco Levario Turcott

Piensen en un niño de once años, quien desde los tres padece tuberculosis osteoarticular –y eso le deformó la columna vertebral– y que así trabajaba cargando bultos más pesados que él mismo, como escribió en su diario, por lo que “muchas noches lloraba a escondidas porque me dolía mucho el cuerpo”.

Piensen en el mismo niño pero ahora de 20 años y una estatura no mayor del metro y medio, como uno de los más ligeros saldos de aquella enfermedad. Él se siente contento porque tiene frente a sí su primera credencial de periodista y una beca para terminar sus estudios. Pero el dinero era muy poco y el joven también lo escribió: “la preocupación del frío no me permite estudiar porque paseo en la recámara para calentarme los pies o debo de estar totalmente cubierto porque no logro aguantar la primera helada”.

Los primeros años del siglo pasado guardan registro de una tremenda actividad intelectual de ese muchacho enfermo a quien le interesó la cultura, la política y la filosofía y que, sin duda, nació para pensar y, por eso, escribió toda su vida. Fue un acucioso crítico de arte, que igual que centraba la atención en el teatro, lo hacía con la música y la literatura, las novelas populares y las históricas –pocas piezas como las suyas hay tan novedosas para diseccionar La divina comedia o Los tres mosqueteros–; pero ese interés tuvo una motivación que remontó a su propio sentido hedonista: él comprendió que en la superestructura, o sea, en la producción de la cultura, se hallaba el potencial principal para que las sociedades integraran un bloque histórico diferente al de la sumisión y control de la clase política dominante. Y eso lo hizo su causa.

Y en el orden de la literatura este muchacho propuso lineamientos para la crítica y marcos de referencia para el análisis de la influencia literaria en el mundo (le obsesionó estudiar las razones por las que Italia no tenía una tradición literaria como la francesa). Y el influjo de sus ideas es tal que incluso determinó uno de los caminos que Umberto Eco ha transitado, por ejemplo para crear “El superhombre de masas”, como un esfuerzo para desentrañar los artificios narrativos de la novela popular -y luego su expresión en las salas de cine- para construir arquetipos universales (así lo advirtió Eco, “la idea no es mía sino de Gramsci”). Naturalmente, ello implicó alejar el prejuicio de que la cultura popular no es sino una limitada expresión del mundo sin nada que aportar más que al entretenimiento de todos aquellos que sólo se guían por el sentido común.

Ese hombre tenía un cuerpo frágil pero una voluntad estoica, murió a los 46 años debido a una hemorragia cerebral, el 27 de abril de 1937. Y apenas unos días después de haber salido de la prisión, a donde fue condenado el 7 de febrero de 1927, durante el régimen fascista de Mussolini por apología del delito e instigar a la guerra civil además de otros cargos y sobre todo con la consigna fascista: evitemos que este cerebro funcione por lo menos 20 años.

El cerebro de Antonio Gramsci funcionó; toda su vida. Y lo hizo escribiendo: para expresar su solidaridad a su madre luego de que su padre Francesco había sido encarcelado y lo hizo también para sobrellevar, platicando consigo mismo, las propias penurias del cuerpo enfermo y para decirle todo su amor a una hermosa mujer de nombre Julia. Esa fue la pátina de un socialista como pocos, amante de la vida y por eso del arte; un periodista que estaba convencido de que no había que escribir lo que el pueblo dijera para fundirse con él, sino que un imperativo ético y moral implicaba azuzar el pensamientos de los hombres porque a veces “La sociedad gira sobre sí misma como un perro que quiere morderse la cola, pero esta apariencia de movimiento no es desarrollo”. Y por ello, sobre todo, decía Gramsci, nunca hay que quedarse con una sola línea de pensamiento.

Durante los años que estuvo en prisión, Antonio Gramsci escribió. Lo hizo antes cuando era libre y lo hizo entonces para continuar siéndolo: redactó casi tres mil cuartillas (dos mil 848) y su estructuración temática, como es ampliamente sabido, se conoce como Los cuadernos de la cárcel, desde mi punto de vista una obra monumental para estudiar el Estado moderno, el bloque histórico como modelo de análisis y sus particularidades en cada país, así como el papel de los intelectuales y la cultura. En otro momento escribiré sobre los que considero son sus principales aportes en la teoría política.

Piensen en un hombre de 46 años que derrotó a la adversidad de la salud, que cargó más de lo que su cuerpo le permitía y no me refiero ahora a cuando laboró siendo niño sino al trajín de una militancia comprometida con el conocimiento y la práctica. Un hombre que registra la formidable voluntad y el enorme ímpetu para leer aun en las condiciones más desfavorables y escribir, ah, siempre escribir, aunque no lo hizo para que alguna vez alguien lo leyera sino para mantenerse libre, es decir, vivo. Y por eso hombres como él trascienden, derrotaron con el pensamiento a quienes, furiosos, un día aciago para las libertades italianas y del mundo, quisieron que ese cerebro no funcionara.
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