17/8/16

Antonio Gramsci: un digno militante marxista-leninista

Alfredo Ponce

Dos cosas hacen levantar este artículo sobre el camarada Antonio Gramsci: 1) desmentir su desvinculación con el Marxismo-Leninismo (alentados por los académicos trotskistas); y 2) desmitificar una supuesta “convicción humanista” absoluta que rechaza la violencia revolucionaria. Para aprovechar estos planteamientos, le sumaremos otra importante cuestión, la construcción del Hombre Nuevo.
El movimiento reformista europeo ‒que nunca nada ha conquistado y mucho menos ha organizado‒, necesitó referentes para echar andar sus pretensiones al abandonar el marxismo-leninismo (desde las primeras décadas del siglo XX) asegurando que con la violencia revolucionaria a nada se podía llegar. Negaron la lucha de clases y legitimaron los artilugios y mecanismos de la democracia burguesa como única vía para alcanzar el Poder.
 El eurocomunismo ‒consolidado como tendencia reformista en la década de 1970‒ ante la ausencia de una guía real para su incurable intensión, procuró usar como bandera la imagen del camarada Antonio Gramsci; en que, por ejemplo, José María Laso, uno de los ideólogos reformista del reformista Partido Comunista de España (PCE), etiquetó a Gramsci como un “precursor del eurocomunismo”. Para ello, se aprovecharon de que el Partido Comunista Italiano (PCI), dirigido por Palmiro Togliatti, a finales de la II Guerra Mundial (1944-45) empieza un viraje radical (Giro de Salerno)  traicionando todo lo que Gramsci había conquistado para la toma revolucionaria del Poder, desmovilizando las milicias partisanas, y asimilando completamente las formas y métodos de la democracia burguesa y su parlamentarismo.
En Venezuela, el caso más connotado de transfuguismo revisionista ‒que naturalmente degeneró hacia el reformismo‒ fue  el Movimiento al Socialismo (MAS), encabezado por Pompeyo Márquez y Teodoro Petkoff, que, en 1980, al ser éste último elegido como presidente de la organización, la embajada norteamericana, y la rancia  socialdemocracia fueron a celebrar su ascenso.
Los principales difusores del la literatura manipulada de Gramsci han sido los académicos trotskistas, con el mero propósito de despreciar al leninismo y, por consiguiente, a la militancia comunista. Tal es la intensión del trotskismo: dividir, asfixiar y debilitar al Movimiento Comunista Internacional que lucha bajos las banderas del Marxismo-Leninismo.

Actualmente, Néstor Kohan ─un vehemente académico trotskista─ no pierde oportunidad en cuanto libro o artículo escribe sobre Gramsci, para situarlo como un marxista occidental que desprecia al “marxismo soviético”, a Stalin y “seduce a Trotski” en su idea de la “revolución permanente”.

Ante este absurdo, el mismo Gramsci ya tenía su propia posición y decía en 1927 que…“Las debilidades teóricas de esta forma moderna del viejo mecanicismo quedan enmascaradas por la teoría general de la revolución permanente, que no es sino una previsión genérica presentada como dogma y que se destruye por sí misma, por el hecho de que no se manifiesta fáctica y efectivamente”.
II
El primer contacto de Gramsci con el marxismo lo tiene en sus difíciles inicios como estudiante.
Proveniente de una familia de escasos recursos, va a parar en  Turín, la ciudad más industrializada de Italia, donde inicia su militancia en el Partido Socialista Italiano (PSI) en 1913, mientras trabaja en la fábrica de la FIAT y organiza los Consejos de Fábricas. Desde allí, acompaña los levantamientos armados de los obreros contra la patronal explotadora, que se prolongarían por varios años.
Tanto Gramsci como los obreros italianos siguieron de cerca los vertiginosos acontecimientos de 1917 que se desarrollaban en Rusia. Ese mismo año escribe:
La noticia de la Revolución de Marzo (Revolución de febrero) en Rusia fue acogida en Turín con alegría indescriptible. Los obreros lloraban de emoción al recibir la noticia de que el zar había sido derrocado por los trabajadores de Petrogrado. Pero los trabajadores turineses no se dejaron engañar por la demagogia de Kerensky y los mencheviques. Cuando en julio de 1917 llegó a Turín la delegación enviada por el Soviet de Petrogrado a la Europa occidental, los delegados Smirnov y Goldemberg, que se presentaron ante una muchedumbre de cincuenta mil obreros, fueron acogidos con ensordecedores gritos de «¡Viva Lenin!» «¡Vivan los bolcheviques!»”.
Gramsci propone poner en práctica la experiencia de los soviets en Turín a través de los Consejos de Fábricas. La iniciativa fue rechazada y rompe inmediatamente con el PSI  para acompañar en 1921 la creación del Partido Comunista Italiano, afiliado a la Internacional Comunista fundada por Lenin. 
Para aquellos que no vean en esta acción no vea la decidida apuesta de Gramsci por el Marxismo-Leninismo, citamos un pasaje de 1925 donde afirma: “El Partido puede y debe representar esta conciencia superior; sino no estaría a la cabeza, sino a la cola de las masas (…) Por eso el Partido debe asimilar el marxismo, y debe asimilarlo en su forma actual, el leninismo”.
Gramsci abraza sin reservas la “doctrina del leninismo” y comprende al Partido Comunista  “como la vanguardia del proletariado y, por tanto, la parte más avanzada de una clase determinada, y sólo de ésta. Naturalmente, en el Partido pueden entrar otros elementos sociales (intelectuales y campesinos), pero debe quedar bien claro que el Partido es orgánicamente una parte del proletariado”.
Sus aportes al marxismo-leninismo son incuestionables. Acertadamente, la revista soviética Socialismo Teoría y Práctica reconoce que “el estudio de los trabajos de Gramsci revela sin lugar a dudas su fidelidad a las ideas de Marx y Lenin”.
En Cuba también se le reconoce y en 1973 la Editora en Ciencias Sociales de La Habana publica una Antología de textos suyos.
Especial mención merece la obra Manos fuera de Gramsci, del sociólogo José Egido, librando un intenso combate para defender la obra y aportes de Gramsci frente a las garras del trotskismo y el reformismo que pretenden secuestrarlo.
III
La otra mentira frecuente con la que tratan de empañar al intelectual y militante comunista italiano es su aparente repudio a la violencia revolucionaria.
Estos bribones olvidan el auge fascista que copó a Italia; las fuertes represiones a las manifestaciones obreras; más todavía, olvidan que aun siendo parlamentario, Gramsci es detenido y ‒sin importar la fulana “inmunidad”‒, es torturado hasta agravar su estado de salud que lo condenaría a muerte.
Querer presentar al camarada Gramsci como el Gandhi de Cerdeña raya en lo estúpido.
Ya él mismo advertía antes de su encierro (1919) que “La dictadura del proletariado debe, por propia necesidad de vida y de desarrollo, asumir un acentuado carácter militar. Por eso el problema del ejército socialista pasa a ser uno de los más esenciales a resolver”.
Ante la intensificación fascista ahonda más adelante, en 1921, sobre “La necesidad de la coacción, es decir, del ejército obrero, de los tribunales obreros, de las prisiones donde encerrar a los enemigos declarados e irreductibles de la clase obrera, del pelotón de ejecución para los que combaten con las armas en la mano contra la clase obrera”.
Algo que siempre expone Gramsci, y que rescata el sociólogo José Egido en su obra Manos fuera del camarada Gramsci, es que la violencia revolucionaria debe encontrar su plena justificación, función social y valor pero también límites. La violencia siempre será un recurso político para la burguesía imperialista.
 Lenin incansablemente recordaba que la paz es una garantía, en tanto el proletariado se mantenga alerta y armado ante sus enemigos de clase. De este modo, tanto Lenin como Gramsci, insisten en que la violencia revolucionaria ‒en dependencia de la existencia de condiciones objetivas y subjetivas‒ es un legítimo instrumento de lucha para vencer como un solo ariete que derribe los muros opresores.
Ejemplo de la importancia de las condiciones objetivas y subjetivas, para el uso oportuno de la violencia revolucionaria, lo constituyen  el caso de la derrota de la Lucha Armada en Venezuela de la década de 1960, cuando heroica y abnegadamente el PCV y otras fuerzas revolucionarias ante la feroz violencia contrarrevolucionaria, concentran su lucha a través de las guerrillas. No hay que dejarse ganar por la impaciencia, como dijo Fidel Castro en 1962: “… tarde o temprano, en cada época histórica, cuando las condiciones objetivas maduran, la conciencia se adquiere, la organización se logra, la dirección surge y la revolución se produce”.
De acá que Gramsci utilice la metáfora de Guerra de Posición o de Trinchera (ataque frontal y rápido del enemigo mediante un Frente Único), cuya experiencia fue la Revolución de Octubre de 1917; y Guerra de Movimiento o de Maniobra (ataques progresivos mientras se avanza de posición en posición), éste último Gramsci toma como modelo a seguir, lo que no implica que sea descartada la Guerra de Posición.
IV
Un importantísimo tema nos convoca en esta última entrega; se trata de una de las preocupaciones que compartió Gramsci no solamente con Marx, Engels y Lenin, sino que posteriormente fue asumida también por revolucionarios como el Che Guevara: hablamos de la construcción del Hombre Nuevo.
Ya decía el Che en 1965 “El socialismo económico sin moral comunista no me interesa”. Tanto Gramsci como el Che se preocuparon por la “reforma intelectual y moral”, que concibieron como un proceso fundamentado en el marxismo para liquidar toda influencia reaccionaria sobre las masas campesinas y obreras, impuesta por la religión (vía Vaticano) y por el “americanismo” como sistemas de la cultura dominante.
Gramsci caracterizó al Hombre Nuevo como alguien “capaz de combinar estética y ética, vida íntima y compromiso social, amor y revolución”; definiciones que más adelante propugna Ernesto Guevara.
La tarea del Hombre Nuevo está inherentemente relacionada con el Partido. Para ello la tarea política, intelectual y moral de la militancia comunista es importante. Al Partido le corresponde ser el educador de las masas y el organizador de una nueva cultura popular.
Gramsci no concibe construir un Partido Comunista sin la preparación de sus miembros. Los obreros, campesinos y diferentes sectores que se comprometen con el trabajo del Partido Comunista, deben por tanto, comprometerse con la misma voluntad al estudio y la formación para comprender al sistema que se combate.
En 1925, un Gramsci preocupado escribía: “el marxismo (…) ha sido estudiado más por los intelectuales burgueses para desnaturalizarlo y adaptarlo al uso de la política burguesa que por los revolucionarios”. Esta frase es premonitoria: su propia obra será víctima de tales “adaptaciones”. 
Antonio Gramsci concibe a los militantes comunista como intelectuales orgánicos, que a diferencia de los intelectuales clásicos (los eruditos), desarrollan el trabajo político a la sazón de la práctica creativa y original de las nuevas circunstancias. 
Para  concluir invitamos a leer de buena fuente al camarada Antonio Gramsci, el de fieles convicciones al Marxismo Leninismo, al que nunca tuvo críticas nefastas contra el camarada Stalin, y quién nos nutrió aun más en el curso de la lucha y el desarrollo de la sociedad, aquella que pugna sobre sus contradicciones fundamentales, y cuya cita corona la etapa de transición Latinoamérica y que el Instituto Internacional de Estudios políticos de Cuba,  la hace más oportuna al decir: "Lo nuevo que pugna por surgir, y lo viejo que lucha ferozmente por no morir, se establece así un conflicto donde lo viejo puede restaurarse".