12/5/16

Gramsci, 'la otra mirada'

El pensamiento gramsciano es la prueba del algodón del elitismo español, cuando la nueva lógica del capitalismo moviliza la esfera cultural de un modo inaudito

Germán Cano   /   Se ha definido a Gramsci como "genoma" de nuestro tiempo, pero hoy su figura, en primer lugar, es algo así como el desfiladero necesario por el que ha de pasar cualquier reflexión o práctica política que sea fiel a la tradición emancipatoria y a la vez consciente de las derrotas de la Izquierda histórica a lo largo del siglo pasado. Vázquez Montalbán acertó en llamarle la "otra mirada" de una tradición, la plebeya, subalterna, que va más allá de la Izquierda y sus delirios escatológicos.

Como sismólogo hipersensible de los corrimientos de tierra de su tiempo --el fascismo--, él advirtió de la necesidad de complementar --no sustituir-- la lectura economicista acerca de las situaciones de crisis con la disputa cultural en torno a la significación social de los problemas. En la medida en que Gramsci es la encrucijada en la que esta larga tradición emancipatoria toma consciencia de sus bloqueos y se abre a un terreno de reflexión históricamente nuevo, más permeable a los movimientos sociales, es hoy el horizonte insuperable de cualquier proyecto político de transformación que sea modesto y realista.

Teniendo en cuenta esto, en segundo lugar, su figura resulta tanto más decisiva por el hecho objetivo de que la nueva lógica del capitalismo contemporáneo moviliza la esfera cultural de un modo inaudito --medios de comunicación, creación de subjetividad, de estilos de vida-- y en un contexto social definido por la descomposición de las identidades, también de clase, tradicionales.

Para entender el caso español y, concretamente, Podemos, no debemos olvidar cómo nacemos después de aprender de las lecciones fallidas de un proyecto que, dentro del Régimen del 78, se reivindicaba también, pero creo que insuficientemente, como gramsciano y que buscaba dar la batalla cultural por el sentido común dentro de las instituciones: el eurocomunismo. Han sido estas limitaciones de esta izquierda, y no solo española, en el ámbito de la lucha cultural dentro la sociedad mediática de masas, las que, por diversas razones que aquí no cabe desgranar, llevaron a renovar una estrategia gramsciana como la de Podemos.

Volvemos hoy, pues, a un nuevo Gramsci no tan tacticista ni idolatrado como estatua, no haciendo de necesidad, virtud, como en la Transición, sino a un Gramsci revisado a la altura de las complejidades de un presente muy complejo donde la televisión y los medios son escenarios de socialización decisivos para la política y, en tercer lugar, donde la cuestión de la “soberanía nacional” y las cuestiones “particulares” son una palanca imprescindible para dar la lucha política en un contexto internacional globalizado.

Todo aquello que consideramos "normal", nuestro paisaje cotidiano de creencias o valores es consecuencia de disputas culturales previas en torno al sentido de las cosas. Si alguien entiende que es normal que un Rey Mago "solo" puede vestir de una forma tradicional, que una Cabalgata debe estar esponsorizada por El Corte Inglés o un diputado no puede llevar rastas es porque asume una situación "hegemónica" que obedece a determinados intereses que han vencido, siempre provisionalmente, en esa lucha. Una situación de "hegemonía cultural" no es para siempre, debe ser continuamente revalidada, consentida por aquellos que permanecen bajo ella.

En nuestra historia reciente la derecha conservadora ha sido "gramsciana" a la hora de manejar los hilos de la hegemonía cultural mientras la Izquierda se miraba en el espejito mágico de su presunta radicalidad social. Hoy, por su capacidad de entender mejor que nadie los procesos en los que una voluntad colectiva deviene activa y "piensa" --"todos somos filósofos", escribió-- y no solo pasiva y narcisista (un vicio de la izquierda alternativa), Gramsci nos sirve además como la prueba del algodón de un elitismo cultural español hoy en horas bajas. Su apuesta por un "intelectual orgánico colectivo" legitima la riqueza de un encuentro de experiencias entre diferentes sujetos de cambio dispuestos a influirse entre sí más desde el malestar que desde su identidad. "Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad". No es mala receta hoy ante melancólicos de la voluntad y optimistas del diagnóstico social.
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