28/4/16

Antonio Gramsci, un pensamiento para nuestro siglo

Sowelu    /   El pensamiento de Gramsci es fuente para quienes luchan contra el capitalismo y la dominación en el mundo. Su aporte a la causa de los pueblos, en contra del capitalismo y del fascismo y la potencia de su pensamiento quedó plasmado en la frase del fiscal al juez, al culminar su requisitoria: “¡Tenemos que impedir que este cerebro funcione durante veinte años!”. Fracasaron en su intento; el creador de los Cuadernos de la Cárcel es herramienta indispensable para entender la actualidad y el cambio de época que vivimos…
La Gran Política y la política pequeña
La obra de Gramsci debe ser estudiada en su relación con la política, la cual reconoce como actividad dominante. La acción política es expresión de la praxis que históricamente se manifiesta como economía y filosofía en su proyección presente y futura. La política refleja las tendencias del desarrollo del bloque histórico, en el cual el grupo dominante, estimulado por su prestigio económico, impone su cultura, ideología y organiza la sociedad. Los sectores dominantes buscan los mecanismos para mermar la resistencia y contar con el consenso de los gobernados.

La gran política comprende las cuestiones vinculadas con la creación de nuevos Estados, la lucha por la destrucción, defensa o conservación de determinadas estructuras económico-sociales. La pequeña política comprende las cuestiones cotidianas en el interior del Estado.

En la Gran Política sitúa al Estado y la lucha por la superación del modelo capitalista, la cual es reflejo de la disputa por la conquista del poder político. El Estado ha sido siempre el protagonista de la historia, en él se centra la potencialidad de las clases poseedoras, que se organizan y unen por encima de las diferencias y de las pugnas que produce la competencia, para mantener sus privilegios, dice Gramsci.
“El Estado es todo el complejo de actividades prácticas y teóricas con las cuales la clase dirigente no sólo justifica y mantiene su dominio, sino también logra obtener el consenso activo de los gobernados.”
El Estado burgués es igual al consenso más la coerción. El consenso se construye a través de diversas vías, como la educación, la familia, la religión, la moda, la cultura, etc. Así, de manera sutil, los gobernados participan voluntaria y activamente con el poder. Cuando algo falla, los sectores dominantes apelan a la fuerza, a la coerción, a la violencia de los aparatos represivos del Estado. Asì se construye su hegemonía.
La hegemonía en el pensamiento marxista-leninista de Gramsci
Gramsci define hegemonía como la unidad de la dirección política, intelectual y moral que ejerce una clase social sobre la sociedad en un momento histórico dado. En las sociedades divididas en clases, como la nuestra, la hegemonía se forja a partir del uso de la fuerza para mantener el dominio sobre las clases antagónicas. En los casos de sociedades en las que se elimina la lucha de clases (o se puede regular sin que adquiera un carácter violento) es suficiente con el consenso para mantenerse cohesionada.

Gramsci destaca que el sector dominante de la sociedad ejerce su poder básicamente porque logra imponer su filosofía, sus costumbres, el sentido común, que facilitan la identificación inconsciente del pueblo con la clase dominante. Para lograr esta colaboración con quienes nos dominan, debe haber una serie de compromisos, alianzas, acuerdos, forcejeos, en los cuales la clase dominante cede a las presiones de los trabajadores con aumentos de sueldos, servicios de salud, educación, seguridad social. Así, la burguesía (en este caso la clase dominante) se erige, se presenta como la representante de toda la sociedad.

Cuando se produce la división en los trabajadores, la burguesía aprovecha para recortar los derechos o acuerdos, como ocurre hoy en Europa, en el contexto del neoliberalismo. Por ello Gramsci considera que el proletariado debe trascender la lucha exclusiva por reivindicaciones económicas (economicismo), para enfrentar y superar la dominación política de la burguesía. Pero para esto debe definir en dónde se sitúa el poder, en que sector de la sociedad se concentran las decisiones fundamentales.
Sociedad política y sociedad civil
Los sectores dominantes se organizan en la “Sociedad Política”, la cual ejerce la dominación a partir de la administración del Gobierno y el control del Estado mismo; y la “Sociedad Civil”, desde donde se dirige la sociedad. Esta última la vemos en las organizaciones “privadas” (grupos empresariales, de presión, sectores religiosos, clubes, lobbys, etc.) en las cuales la burguesía dicta el comportamiento socialmente válido, decide lo bueno y malo, los gustos y erige la estructura legal que soporta la dominación. En otras palabras, nos induce su ideología.

Cada época histórica ha desarrollado grupos sociales, entre los cuales existe uno dominante. Este grupo hace la historia, conduce y educa al pueblo subordinado. Una clase social que ha logrado fundar un Estado logra la hegemonía si existe una identificación entre gobernantes y gobernados. Esto sólo es posible en el momento en el que existe un equilibrio entre la sociedad política y la “Sociedad Civil”, cuando se forma el Bloque Histórico.
La crisis orgánica
Hay dos momentos en el concepto de Gramsci de crisis. El marxista italiano reconoce en el capitalismo un sistema que se ha desarrollado en una constante crisis, sin que esto implique su desaparición. El capitalismo da respuesta a sus etapas difíciles ajustándose a los retos que le plantea su propio desarrollo, así como a las exigencias que le plantean los trabajadores.

Al analizar la situación italiana, con la llegada del fascismo, Gramsci entiende que no se trataba de una crisis recurrente del capitalismo, sino de una circunstancia especial en la que la burguesía sacrificó a una parte considerable de la misma para imponer un régimen de Estado absoluto que garantizara su existencia. De allí el nacimiento del fascismo y el nazismo.

A esta crisis la llamó crisis orgánica o crisis hegemónica, durante las cuales la clase dominante no tiene la capacidad de hacer avanzar su proyecto, desarrollar las fuerzas productivas y mantener su hegemonía, es decir de dominar; y los dominados no quieren seguir en esta condición. En estas etapas se agudizan los conflictos sociales. El papel de las clases subalternas consiste en profundizar estas contradicciones, para generar el cambio.

La crisis consiste precisamente en que muere lo viejo, sin que pueda nacer lo nuevo. Estas etapas generan un ambiente propicio para que surjan ideas para reorganizar y reestructurar la vida del Estado. En estas ocasiones, “La clase dirigente tradicional que tiene un numeroso personal adiestrado, cambia hombres y programas y reasume el control que se le estaba escapando con una celeridad mayor de cuanto ocurre en las clases subalternas; si es necesario hace sacrificios, se expone a un porvenir oscuro cargado de promesas demagógicas, pero se mantiene en el poder, lo refuerza por el momento y se sirve de él para destruir al adversario y dispersar a su personal directivo que no puede ser muy numeroso y adiestrado.“

Si estuvo dispersa en varios partidos, se aglutina en torno a una dirección única “capaz de solventar la crisis y el peligro inminente para su dominación”. Pudiera optar por soluciones de fuerza en las que se llegue incluso al exterminio de la dirigencia del sector contra hegemónico (el fascismo en Italia, las dictaduras del Cono Sur o el uso reciente de paramilitares); pero puede ocurrir que ceda en aspectos coyunturales para paliar la crisis.
Guerra de movimientos, guerra de posiciones
No existe una fórmula única para el cambio. La cuestión es definir una táctica para movilizar grandes masas o la estructuración de pequeños grupos con miras a acumular fuerzas o visto desde al arte militar, la conveniencia de aplicar una guerra de movimientos o una guerra de posiciones.

De acuerdo con el análisis gramsciano, si un Estado se sostiene mediante el uso de la coerción (la fuerza), dejando en un segundo plano el consenso (predomina la Sociedad Política sobre la Sociedad Civil) para destruirlo sólo basta la fuerza de quienes pretendan tomar el poder. En estos casos es recomendable una “Guerra de Movimientos”, como en la Revolución bolchevique de Octubre en Rusia.

Ahora, si existe una Sociedad Civil fuerte y el Estado reposa su dominio en el consenso, dejando en un segundo plano a la Sociedad Política, no bastará con destruir el aparato represivo y tomar el gobierno, pues la dominación continuará viviendo en la Sociedad Civil y es allí en donde hay que combatirlo mediante la “Guerra de Posiciones”. En las condiciones de desarrollo del capitalismo en Occidente, como en Europa y América Latina, se requiere conquistar progresivamente espacios de poder: economía, educación, cultura, religión, entre otros.

En su opinión, la Sociedad Civil bajo el marco del capitalismo no puede ser superada sin la participación consciente del pueblo, razón por la que la lucha se desenvuelve básicamente en el plano político-ideológico- cultural con la clase obrera organizada.
El Partido como Príncipe Moderno y el intelectual orgánico
La tarea de la Clase Obrera es ganar el apoyo de los restantes sectores dominados (el campesinado, los comerciantes, estudiantes, amas de casa y otros), presentando un proyecto que incluya los anhelos de aquellos interesados en luchar contra la hegemonía de la burguesía.

Para tomar el Estado la clase obrera transcurre tres etapas: a) La fase económica, de lucha por sus reivindicaciones básicas; b) La disputa de la hegemonía en la Sociedad Civil en la cual se unifican los sectores subalternos; c) La fase en la que alcanza la hegemonía en la Sociedad Política o fase estatal, se construye el Bloque Histórico.

Es necesaria, entonces una organización de la clase obrera que le permita actuar cohesionada, con eficacia para construir la nueva sociedad. Dicha organización es el Partido Político. El Partido debe fundar el nuevo Estado. No es una simple colectividad, sino una institución que sirve a determinados intereses políticos y económicos el cual es concebido, estructurado y dirigido para transformarse en una concepción del mundo. El Partido como “príncipe moderno” debe ser el vocero y estructurador de esa voluntad colectiva hacia el socialismo.

Tiene el Partido la tarea de promover la voluntad colectiva de los trabajadores. Todo miembro activo de un partido, por cumplir funciones político-organizativas, es un intelectual. Pero ya no un “intelectual tradicional”, individualista y elitista, sino un “intelectual orgánico” nacido del pueblo y ligado a él en su lucha.

El partido es el encargado de forjar la estrategia para llevar al poder la contrahegemonía al dominio de la burguesía. Pero para esto es necesario recordar con Gramsci que, “Es (…), necesario atraer la atención hacia el presente tal como es, si se quiere transformarlo. Pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad.”

Un sistema de ideas forjado en la lucha que nos lleva a recordar a Gramsci tal y como él se definía:
“… Yo no quiero hacer el papel ni de mártir ni de héroe. Creo ser simplemente un hombre medio, que tiene sus convicciones profundas, y que no las cambia por nada en el mundo.”
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