9/3/16

Trotsky & Gramsci. En torno a la revolución en las democracias capitalistas — [VII]

Leon Trotsky & Antonio Gramsci
Fotomontaje de Anahí Rivera
En su carta de febrero de 1924 al Comité Central (CC) del Partido Comunista Italiano (PCI), Antonio Gramsci realizó un escueto análisis de los hechos ocurridos en Alemania en octubre de 1923. No obstante las críticas importantes entregadas, el marxista italiano omitió el eje central de la discusión en torno al “octubre alemán”: si había que planificar o no la insurrección proletaria.

Vicente Mellado   /   En el artículo anterior [publicado en Gramscimanía], planteamos que Gramsci omitió el problema estratégico de la insurrección en Alemania. ¿Estaban las condiciones objetivas maduras para pasar a la toma del poder político?, ¿fue un error del Partido Comunista Alemán (KPD en sus siglas en alemán) llamar a la insurrección?

El análisis de la situación en Alemania en la carta de 1924 al CC del PCI contiene descripciones de las distintas posiciones políticas en pugna al interior del KPD y de la Internacional Comunista (IC). No obstante, Gramsci hizo referencia al problema del frente único con la socialdemocracia y la relación con los organismos de democracia proletaria (consejos de fábrica). Este problema estratégico —relación frente único/organismos de autoorganización de los trabajadores— atravesó el pensamiento de Gramsci durante toda la década del 20.

En el pensamiento de Gramsci, la construcción de un partido revolucionario de la clase obrera en occidente debía ser el producto histórico de la síntesis entre la experiencia bolchevique y las formas históricas concretas que adquirió el movimiento laboral de cada sociedad capitalista avanzada. Este objetivo estratégico, la construcción de un partido revolucionario estuvo en Gramsci hasta sus Cuadernos de la Cárcel. En los escritos de los años 30, el concepto de partido fue reemplazado por el de “príncipe moderno” o “intelectual colectivo”.

Desde 1924 hasta sus escritos de la década del 30, el problema del frente único de la clase trabajadora fue clave en el pensamiento gramsciano. Depositario de las resoluciones del III y IV congresos de la IC (1921 y 1922 respectivamente), el frente único, la concepción del gobierno obrero y la asamblea constituyente, se convirtieron en aspectos fundamentales de su elaboración teórica. El revolucionario italiano buscó una formulación concreta de estas resoluciones en las formaciones sociales capitalistas con tradición burguesa parlamentaria. Si bien se reconoce a Gramsci el mérito de haber intentado desarrollar una teoría de la revolución proletaria en las formaciones sociales avanzadas, este tomó como punto de partida las resoluciones y categorías de análisis desarrolladas en el III y IV congresos de la IC. Lo interesante es que el laboratorio de experimentación donde surgió la necesidad política de emplear estas tácticas fue Alemania, no Italia.
Alemania: el laboratorio de la revolución proletaria en occidente (I)
Resulta increíble que Alemania no diera un teórico marxista de la originalidad de Antonio Gramsci. Karl Korsch podría haber sido ese referente, pero después de 1926 (año en que fue expulsado del KPD) sus escritos se deslizaron hacia análisis teóricos que no comprendieron el problema de la toma del poder en las formaciones sociales avanzadas. Después del asesinato de Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht no hubo en Alemania marxistas de la talla de la primera. No obstante, entre 1919 y 1923 el KPD logró forjar dirigentes políticos de gran calidad como Paul Levi, August Thalheimer, Heinrich Brandler, Fritz Heckert, Ruth Fischer, Richard Müller, Paul Neumann, por nombrar solo algunos. Si bien varios fueron expulsados o renunciaron al partido entre 1921 y 1922 (caso de Levi, Müller y Neumann), se caracterizaron por tener personalidad política propia y representar distintas tendencias políticas al interior del comunismo alemán. Eran y fueron la expresión política concreta del movimiento real de vanguardia de la clase obrera alemana. La clase trabajadora urbana más numerosa y cualificada de la Europa occidental. Con esto se entiende que para la IC la revolución proletaria mundial y el destino de la naciente república soviética se jugaría en Alemania.

A pesar de la regresión demográfica producida por la Gran Guerra (1914-1918), en 1923 Alemania tenía alrededor de 62 millones de habitantes (1). Era el país más poblado de Europa —exceptuando la parte occidental de la república de los soviets— y con el mayor índice de participación política en las elecciones a cargos públicos de todo el continente (en mayo de 1924 votaron 30 millones de personas). La participación laboral en el sector manufacturero industrial bordeaba el 40% de la fuerza de trabajo. Si se agrega a esta cifra a los sectores económicos de la construcción, minería, transporte ferroviario, comercio y puertos, la clase obrera alemana correspondió a más del 60% del total de la población económicamente activa. El resto lo compusieron campesinos de diversa tipología, pequeños propietarios urbanos, comerciantes, las múltiples profesiones liberales, funcionarios del Estado, por nombrar las más importantes.

Según el censo de 1910, el 65% de la población vivía en zonas urbanas. Habían 23 ciudades con más de 200 mil habitantes, siendo las más importantes: Berlín (4,2 millones), Hamburgo (930 mil), Münich y Leipzig (600 mil), Colonia (500 mil), Essen y Düsseldorf (300-350 mil), y Bremen y Chemnitz —ciudad con gran influencia comunista en la década del 20— entre 250 mil y 300 mil habitantes. Cabe destacar que en Berlín, entre 1918 y 1924, alrededor del 75% del electorado votó a los partidos de trabajadores (socialdemocracia reformista, socialdemócratas independientes y comunistas).

Pese a las dificultades del periodo posterior al Tratado de Versalles, Alemania continuó estando a la vanguardia del desarrollo tecnológico. La enorme concentración industrial en sectores punta se dejó entrever en la industria eléctrica y química, el rubro automotriz, la poderosa industria del acero y las innumerables industrias metalúrgicas. Siemens, Krupp, I. G. Farben, Rathenau’s AEG, Thyssen, Daimler Benz (Stuttgart) y muchas otras gigantescas fábricas constituyeron la cara del poderoso desarrollo capitalista alemán. Gran parte de estas —como la Krupp— localizaron plantas de producción en todo el país.

El único país que tenía una estructura social y productiva similar a Alemania fue los Estados Unidos. Pero ellos no fueron derrotados, sino vencedores en 1918. Italia estaba lejos de ser una potencia industrial. La “patria” de Gramsci formó parte del “occidente periférico”. En términos de desarrollo capitalista, entre España y Francia. Más cercana a la primera que a la segunda. No es menor considerar este detalle. El atraso económico del centro-sur de Italia constituyó uno de los objetos de análisis del revolucionario sardo. En otro artículo analizaremos la especificidad histórica de la formación social itálica y su complejidad. Volvamos a Alemania.

En vísperas de la Gran Guerra, la clase obrera alemana era una de las mejor cualificadas del mundo. Gracias al estricto sistema de enseñanza secundaria de matriz prusiana, los trabajadores alemanes se encontraban entre los más alfabetizados de Europa. Los obreros metalúrgicos constituyeron el sector predominante de la fuerza de trabajo fabril. Antes de que se desatara la catástrofe de 1914, estos trabajadores gozaron de los salarios más elevados entre otros beneficios. Fueron la columna vertebral del sindicalismo germano y del poderoso Sozialistische Partei Deutschlands (SPD), el Partido Socialdemócrata Alemán.

La guerra removió toda la conciencia de clase de los trabajadores alemanes, en particular los metalúrgicos. Los decretos del Estado imperial de congelar los salarios y prolongar la jornada laboral, tuvieron un gran impacto en los obreros. A partir de 1916 comenzó el desabastecimiento de combustible y la escasez de alimentos, lo que unido a la prolongación de la guerra desató la ira e indignación de los metalúrgicos. Las huelgas de 1917 y la aparición de los Consejos de Fábrica con sus “delegados revolucionarios” de Berlín —con Richard Müller a la cabeza— prepararon el punto de quiebre —la revolución de 1918— en la historia del movimiento obrero alemán.

Depositarios de una larga tradición de organización sindical, los trabajadores alemanes se habían fogueado desde 1875 bajo un régimen político dual que permitió la singular convivencia entre una democracia parlamentaria y una monarquía de carácter absolutista. Resulta evidente que el desarrollo de la primera, con su Reichstag (parlamento nacional) y los Landtag (gobiernos parlamentarios federales) habían contribuido a moldear una subjetividad obrera de confianza e integración de las instituciones del Estado capitalista. A esto cabe agregar la formación de un fenómeno social completamente nuevo en la historia de las sociedades capitalistas: la burocracia sindical o, en palabras de Gramsci, la “policía política” de la burguesía en el movimiento obrero (2). Capa social que se erige por sobre los trabajadores organizados en un sindicato, la burocracia sindical se convirtió en un nuevo organismo de la sociedad civil mediante la cual las clases dominantes difunden y ejercen su hegemonía. La principal organización sindical en Alemania fue la Allgemeiner Deutscher Gewerkschaftsbund (ADGB), y su máximo dirigente fue Karl Legien.

Desarrollo capitalista moderno. Clase obrera concentrada y numerosa. Altos niveles de alfabetización y cualificación laboral. Sólido parlamentarismo burgués y de una consolidada burocracia sindical. Capas medias numerosas y determinantes en los equilibrios electorales. Variedad de partidos políticos. Asociaciones civiles y clubes sociales. Prensa representante de todas las clases y grupos sociales. En síntesis, toda una compleja red de “casamatas y trincheras”, “fortalezas de la sociedad civil”, rodeando al Estado capitalista alemán.

La derrota sufrida por la guerra y la revolución rusa removieron para siempre esas casamatas y trincheras. Abrió grietas irreparables en las fortalezas durante largo tiempo. Esto abrió un periodo álgido de lucha de clases único en la historia de una formación social capitalista avanzada. Era una oportunidad histórica para realizar la revolución proletaria en occidente y los bolcheviques fueron concientes de eso. Lo que hizo más complejo y necesario a la vez pensar cómo hacer la revolución en Alemania fue, que al ser removidas las casamatas, trincheras y fortalezas de la sociedad civil y el Estado, se liberaron fuerzas sociales de gran envergadura como nunca se vieron en la revolución rusa.

La experiencia social y política del movimiento obrero alemán del periodo 1918-1921 removió la estrategia bolchevique de la revolución proletaria.

¿Cómo conquistar el poder político en un país donde las instituciones parlamentarias actúan como una contención a la marea revolucionaria? ¿Cómo conquistar a la mayoría de la clase obrera si es hegemonizada por una poderosa burocracia sindical y un poderoso partido de trabajadores aliado de las clases dominantes? ¿Qué ocurre cuando no existe un solo partido obrero sino que existen más y no solo de trabajadores sino de otras variedades sociales? Radek, Lenin y Trotsky se hicieron estas preguntas.

En Rusia no hubo instituciones parlamentarias burguesas, tampoco sindicatos de masas ni burocracia sindical, ni partidos obreros de masas con quien los bolcheviques tuvieron que disputar la hegemonía del movimiento laboral. La conclusión era evidente y lo planteó Trotsky en el IV Congreso de la IC (noviembre de 1922): la construcción de partidos comunistas de vanguardia con influencia en las masas explotadas en occidente será un proceso más lento pero necesario para la toma del poder (3). Pero el análisis del revolucionario ruso tenía un reparo para evitar cualquier conservadurismo ante esa afirmación. Que el proceso de construcción de un partido revolucionario en Alemania o en occidente sea más lento, no significa que los tiempos de crecimiento o avance del partido no se aceleren por la situación de crisis económica y política. La variable fundamental que integró Trotsky, y que en Gramsci está ausente es que los partidos comunistas deben estar preparados para aprovechar la apertura de situaciones revolucionarias que permitan avanzar en la toma del poder en una posición determinada. De lo contrario, la construcción de un partido revolucionario será conservadora y no estará preparado —al decir de Lenin— para enfrentar los “giros abruptos” de la lucha de clases.

¿Cuáles fueron los nuevos desafíos y problemas estratégicos que enfrentaron los comunistas germanos, los bolcheviques y la IC en Alemania? Lo veremos en el artículo siguiente.
Notas
(1) En la descripción de la estructura demográfica, social, económica y de participación en elecciones en Alemania nos hemos basado en: Broué, Pierre, The German Revolution. 1917-1923, Brill, 2005 [1971]; Parker, R. A. C., El siglo XX. Europa, 1918-1945, siglo XXI, 1969; Hobsbawm, Eric, Historia del Siglo XX, editorial Crítica, 1994. No obstante, hemos utilizado principalmente la obra de Broué.
(2) Gramsci, Antonio, “El cesarismo” (Q13, §27), en Cuadernos de la Cárcel, Tomo 5, México, Ediciones Era, 1999, p. 66.
(3) Rosengarten, Frank, “The Gramsci-Trotsky Question (1922-1932)”, Social Text, No. 11 (Winter, 1984-1985), Duke University Press, pp. 79-80.
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