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Gramsci, Hegemonía y Relaciones Internacionales — Un ensayo sobre el método

Antonio Gramsci ✆ Emanuele Rosso
Este artículo es, a día de hoy, una de las piezas clásicas y fundamentales para la posibilidad de estudiar las relaciones globales de poder a partir de las herramientas conceptuales desarrolladas por Gramsci a lo largo de su obra. Cox, contribuye de esta forma a las corrientes críticas de las Relaciones Internacionales al discutir varios conceptos gramscianos y cuáles serían las implicaciones para estudiar las relaciones internacionales en distintos periodos de hegemonía y contrahegemonía. De igual forma, el autor planteó la cuestión –en su momento novedosa– de la relevancia de tomar en cuenta los procesos internos de construcción de bloques históricos contrahegemónicos como aquellos que podrían tener un efecto revolucionario en las estructuras y organizaciones internacionales, así como ruptura con la hegemonía plasmada como una clase perteneciente a un orden económico universal transnacional.

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Robert W. Cox   |   Hace algún tiempo comencé a leer los Cuadernos de Prisión de Gramsci. En estos fragmentos, escritos en una prisión fascista entre 1929 y 1935, el fundador del Partido Comunista de Italia se preocupaba por el problema de entender las sociedades capitalistas de las décadas de 1920 y 1930, y particularmente el significado del fascismo y de las posibilidades de construir una forma alternativa de estado y sociedad basada en la clase obrera.

Lo que tenía que decir concernía al estado, las relaciones de este con la sociedad civil y la relación de la política, la ética y la ideología con la producción. No sorprende que Gramsci no tuviera mucho que decir directamente sobre relaciones internacionales. Aún así, encontré de gran ayuda el pensamiento de Gramsci para entender el significado de la organización internacional, que entonces me preocupaba principalmente. Particularmente valioso es su concepto de hegemonía, pero también son valiosos varios conceptos relacionados que él mismo resolvió o desarrolló a partir de otros. Este ensayo describe mi interpretación sobre lo que Gramsci quería decir con hegemonía y esos conceptos relacionados, y sugiere cómo pienso que deberían ser adaptados, reteniendo su significado esencial, para la comprensión de problemas de orden mundial. No pretende ser un estudio crítico de la teoría política de Gramsci, sino una mera derivación desde ella a algunas ideas útiles para la revisión de la actual teoría de las Relaciones Internacionales 1.
Gramsci y la Hegemonía
Todos los conceptos de Gramsci se derivan de la historia –tanto de sus propias reflexiones sobre aquellos periodos de la historia que pensaba que ayudarían a arrojar cierta luz explicativa sobre el presente, como de su experiencia personal de lucha social y política–. Esto incluía el movimiento sindical obrero de los tempranos años veinte, su participación en la Tercera Internacional y su oposición al fascismo. Las ideas de Gramsci tienen que ser comprendidas siempre dentro de su contexto histórico. Más aún, él ajustaba constantemente sus conceptos a circunstancias históricas específicas. Los conceptos no pueden ser considerados prácticamente en abstracción de sus aplicaciones cuando se trata de usos tan abstractos y diferentes del mismo concepto que parecen contener contradicciones o ambigüedades2. Un concepto, según el pensamiento de Gramsci, es impreciso y flexible, y alcanza la precisión solo cuando se pone en contacto con una situación particular que este ayuda a explicar –un contacto que también transforma el significado del concepto–. Esta es la fortaleza del historicismo de Gramsci y en ello yace su poder explicativo. El término historicismo es, sin embargo, frecuentemente mal entendido y criticado por aquellos que buscan una forma de conocimiento más abstracta, sistemática, universalista y no histórica3.

Gramsci orienta su pensamiento conscientemente al propósito práctico de la acción política. En sus escritos de prisión, siempre se refiere al marxismo como “la filosofía de la praxis”4. En parte al menos, uno puede suponer, debe haber sido para subrayar el propósito revolucionario práctico de la filosofía. En parte también, debe haber sido para indicar su intención de contribuir al desarrollo de una corriente viva de pensamiento, cuyo impulso fue dado por Marx pero no siempre circunscrita a su obra. Nada puede estar más lejos de su mente que un marxismo consistente en una exégesis de textos sagrados con el propósito de perfeccionar un conjunto de categorías y conceptos atemporales.
Origen del Concepto de Hegemonía
Hay dos aspectos principales que conducen a la idea de hegemonía de Gramsci. El primero viene de los debates de la Tercera Internacional sobre la estrategia de la Revolución Bolchevique y la creación del estado socialista soviético; el segundo de los escritos de Maquiavelo. Buscando el origen del primer aspecto, algunos especialistas han tratado de contrastar el pensamiento de Gramsci con el de Lenin, alineando a Gramsci con la idea de hegemonía del proletariado y a Lenin con la dictadura del proletariado. Otros, han subrayado su acuerdo básico5. Lo importante es que Lenin se refería al proletariado ruso como ambas clases, la dominante y la dirigente; dominación que implica dictadura y dirección que implica liderazgo con el consentimiento de las clases aliadas –especialmente el campesinado–. Gramsci, en efecto, recuperó una idea que rondaba en los círculos de la Tercera Internacional: los obreros ejercían hegemonía sobre las clases aliadas y dictadura sobre las clases enemigas. Finalmente esta idea era aplicada por la Tercera Internacional solamente a la clase obrera y expresaba el papel de dicha clase, liderando la alianza de obreros, campesinos, y quizás otros grupos potencialmente a favor del cambio revolucionario6.

La originalidad de Gramsci reside en el giro que le da al primer aspecto: empezó a aplicarlo a la burguesía, al aparato o mecanismo de hegemonía de la clase dominante7. Esto posibilitó distinguir los casos en los cuales la burguesía había alcanzado una posición hegemónica de liderazgo sobre otras clases de aquellos en los que no la había alcanzado. En el norte de Europa, en los países donde primero se había establecido el capitalismo, la hegemonía burguesa era más completa. Esto requería necesariamente hacer concesiones a las clases subordinadas a cambio del liderazgo burgués, concesiones que podían llevar finalmente a formas de socialdemocracia que preservan el capitalismo haciéndolo más aceptable para trabajadores y pequeña burguesía. Debido a que su hegemonía estaba firmemente arraigada en la sociedad civil, la burguesía a menudo no necesitaba dirigir el estado por sí misma. La aristocracia terrateniente en Inglaterra, los Junkers en Prusia, o un renegado pretendiente al manto de Napoleón I en Francia, podían hacerlo por ella, siempre y cuando estos dirigentes reconocieran las estructuras hegemónicas de la sociedad civil como el límite básico de su acción política.

Esta percepción de la hegemonía llevó a Gramsci a ampliar su definición del estado. Cuando el aparato administrativo, ejecutivo y represivo del gobierno estaba en efecto constreñido por la hegemonía de la clase dominante de toda una formación social, no tenía sentido limitar la definición de estado a los elementos de gobierno. Para ser significativa, la noción de estado también tendría que incluir el apuntalamiento de la base de la estructura política en la sociedad civil. Gramsci pensó en esto en términos históricos concretos –la iglesia, el sistema educativo, la prensa, todas las instituciones que ayudaban a crear en la gente determinados modos de comportamiento y expectativas consistentes con el orden social hegemónico. Por ejemplo, Gramsci argumentaba que las logias Masónicas en Italia fueron un lazo entre los oficiales del gobierno que entraron a formar parte de la maquinaria del estado tras la unificación de Italia, y por lo tanto deben ser consideradas como parte del estado con el propósito de abarcar su estructura política más amplia. La hegemonía de la clase dominante, por consiguiente, abarcaba las categorías convencionales de estado y sociedad civil, categorías que retenían una cierta utilidad analítica pero que dejaron de corresponderse con entidades separables en la realidad.

Como he apuntado antes, el segundo aspecto que lleva a la idea Gramsciana de hegemonía se remonta a Maquiavelo y nos ayuda a ampliar aún más el alcance potencial de aplicación del concepto. Gramsci había reflexionado sobre lo que había escrito Maquiavelo, especialmente en El Príncipe, respecto al problema de fundar un nuevo estado. Maquiavelo, en el siglo XV, se preocupaba por el liderazgo y la base social de apoyo necesaria para una Italia unida; Gramsci, en el siglo XX, por el liderazgo y la base de apoyo de una alternativa al fascismo. Donde Maquiavelo miraba al Príncipe individual, Gramsci mira al Príncipe Moderno: el partido revolucionario comprometido con continuar y desarrollar un diálogo con su propia base de apoyo. Gramsci tomó de Maquiavelo la imagen del poder como un centauro: medio hombre, medio bestia; una combinación necesaria de consentimiento y represión8. En la medida en que el aspecto consensuado del poder está al frente, la hegemonía prevalece. La represión está siempre latente pero solo se aplica en casos marginales o fuera de lo normal. La hegemonía es suficiente para asegurar la conformidad en el comportamiento de la mayoría de la gente la mayor parte del tiempo. La conexión Maquiavélica libera el concepto de poder –y de hegemonía como una forma de poder– del vínculo con clases sociales históricamente específicas y da una aplicabilidad más amplia a las relaciones de dominio y subordinación, incluyendo, como sugeriré más adelante, las relaciones de orden mundial. Sin embargo, no corta los lazos entre las relaciones de poder y sus bases sociales –por ejemplo, en el caso de las relaciones de orden mundial, convirtiéndolas en relaciones entre estados estrictamente concebidas–, pero dirige su atención hacia la profundización y toma de conciencia de dicha base social.
Guerra de Movimiento y Guerra de Posición
Pensando en el primer aspecto de su concepto de hegemonía, Gramsci reflexionó sobre la experiencia de la Revolución Bolchevique y trató de determinar qué lecciones podrían sacarse de ella para la revolución en Europa occidental9. Llegó a la conclusión de que las circunstancias en Europa Occidental diferían en gran medida de las de Rusia. Para ilustrar las diferencias de circunstancias, y las consecuentes diferencias en las estrategias requeridas, recurrió a la analogía militar de guerras de movimiento y guerras de posición. La diferencia básica entre Rusia y Europa Occidental estaba en las fortalezas relativas del estado y de la sociedad civil. En Rusia, el aparato administrativo y represivo del estado era formidable pero demostró ser vulnerable, mientras que la sociedad civil no estaba desarrollada. Una clase obrera relativamente pequeña guiada por una disciplinada vanguardia era capaz de superar al estado en una guerra de movimiento y no sufrir resistencia efectiva del resto de la sociedad civil. El partido de vanguardia podía empezar a fundar un estado nuevo a través de una combinación de represión contra los elementos recalcitrantes y de construcción de consenso para otros. –Este análisis era particularmente apropiado para el período de la Nueva Política Económica antes de que la represión empezara a ser aplicada en una escala mayor contra la población rural–.

En Europa occidental, por el contrario, la sociedad civil, bajo la hegemonía burguesa, estaba mucho más desarrollada y tomaba diversas formas. Una guerra de movimiento posiblemente podría, en condiciones de agitación excepcionales, permitir a la vanguardia revolucionaria ejercer el control del aparato del estado; pero debido a la resiliencia de la sociedad civil, tal abuso estaría a largo plazo condenado al fracaso. Gramsci describía el estado de Europa occidental –deberíamos entender estado en el sentido limitado de aparato administrativo, ejecutivo y represivo, y no como el concepto más amplio de estado, mencionado anteriormente– como “una zanja exterior, detrás de la cual se levanta un sistema poderoso de fortalezas y excavaciones”
“En Rusia, el Estado era todo, la sociedad civil era primigenia y desvaída; en occidente, había una relación apropiada entre el estado y la sociedad civil, y cuando el estado se tambaleó, una robusta estructura de sociedad civil se reveló de golpe” 10.
De acuerdo con esto, Gramsci argumenta que la guerra de movimiento no podía ser efectiva contra las sociedades-estado hegemónicas de Europa occidental. La estrategia alternativa es una guerra de posición que lentamente refuerza las bases sociales de un nuevo estado. En Europa occidental, la lucha debe ganarse en la sociedad civil antes de que un ataque al estado pueda tener éxito. Un ataque prematuro al estado mediante una guerra de movimiento sólo revelaría las debilidades de la oposición y llevaría a una reimposición de la dominación burguesa hasta que las instituciones de la sociedad civil retomaran el control.

Las implicaciones estratégicas de este análisis son claras pero están cargadas de dificultades. Construir las bases de un estado y sociedad alternativos bajo el liderazgo de la clase obrera significa crear instituciones alternativas y recursos intelectuales alternativos dentro de la sociedad existente, y construir puentes entre obreros y otras clases subordinadas.

Significa construir activamente una contra hegemonía dentro de la hegemonía ya establecida mientras se resiste a las presiones y tentaciones de recaer en la acumulación de ganancias para grupos subalternos que contempla la estrategia de la hegemonía burguesa. Esta es la línea entre la guerra de posición como una estrategia revolucionaria de largo alcance y la socialdemocracia como una política de lograr mejoras dentro del orden establecido.
Revolución Pasiva
No todas las sociedades europeas occidentales eran hegemonías burguesas. Gramsci distingue entre dos tipos de sociedades. Unas habían pasado por una revolución social y resuelto sus consecuencias en nuevos modelos de producción y de relaciones sociales. Inglaterra y Francia eran casos que habían llegado más lejos que la mayoría en este sentido. Otras eran sociedades que habían, por así decirlo, importado o impulsado aspectos de un nuevo orden creado en el extranjero sin que hubiera sido desplazado el viejo orden. Estas últimas se veían atrapadas entre una revolución-restauración que tendía a acabar bloqueada, ya que ni las fuerzas nuevas ni las antiguas podían triunfar. En estas sociedades, la nueva burguesía industrial no lograba alcanzar la hegemonía. El estancamiento resultante de las clases sociales tradicionalmente dominantes creaba las condiciones para lo que Gramsci llama “revolución pasiva”, la introducción de cambios que no impliquen ninguna agitación de las fuerzas populares11.

Un acompañamiento típico de la revolución pasiva en el análisis de Gramsci es el cesarismo: un hombre fuerte interviene para resolver la disyuntiva entre fuerzas sociales iguales y opuestas. Gramsci admitió que se daban ambas formas de cesarismo, progresistas y conservadoras: progresistas cuando un reglamento fuerte preside el desarrollo más ordenado de un nuevo estado, conservadoras cuando estabilizan el poder existente. Napoleón I era un caso de cesarismo progresista, pero Napoleón III, ejemplo del cesarismo conservador, era más representativo del tipo que probablemente surgiría en el curso de una revolución pasiva. Aquí, el análisis de Gramsci es virtualmente idéntico al que hace Marx en El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte: la burguesía francesa, incapaz de gobernar directamente a través de sus propios partidos políticos, estaba feliz al desarrollar el capitalismo bajo el régimen político que tenía sus bases sociales en el campesinado, una clase inarticulada y desorganizada cuyo representante virtual podía afirmar ser Bonaparte.

En la Italia de finales del siglo XIX, la burguesía industrial del norte, la clase que más ganaba con la unificación de Italia, era incapaz de dominar la península. Las bases para el nuevo estado se convirtieron en una alianza entre la burguesía industrial del norte y los terratenientes del sur –una alianza que también procuró beneficios a los clientes pequeñoburgueses (especialmente del sur) que dotaron de personal a la burocracia y a los partidos políticos del nuevo estado y se convirtieron en intermediarios entre los diversos grupos de población y el estado–. La falta de cualquier participación popular prolongada y extendida en el movimiento de unificación explicaba el carácter de “revolución pasiva” de su resultado. En los albores de la Primera Guerra Mundial, las ocupaciones de fábricas y tierras por parte de obreros y campesinos demostraron una fortaleza que fue lo suficientemente considerable para amenazar, pero todavía insuficiente para desbancar al estado existente. Entonces tuvo lugar lo que Gramsci llamó un “desplazamiento de las bases del estado”12 a favor de la pequeña burguesía, la única clase extendida por todo el territorio nacional, que se convirtió en el pilar del poder fascista. El fascismo continuó la revolución pasiva, manteniendo la posición de las antiguas clases propietarias, todavía incapaces de atraer el apoyo de los grupos subalternos de obreros y campesinos.

Aparte del cesarismo, a la segunda principal característica de la revolución pasiva en Italia Gramsci la llamó trasformismo. Fue ejemplificada en la política italiana por Giovanni Giolitti, que intentó conseguir la más amplia coalición de intereses y que dominó la escena política en los años anteriores al fascismo. Por ejemplo, pretendía atraer a obreros industriales del norte a un frente común con propietarios a través de una política proteccionista. El trasformismo trabajó para incorporar a líderes potenciales de grupos sociales subalternos. Por extensión, el trasformismo puede servir como una estrategia de asimilación y domesticación de ideas potencialmente peligrosas, ajustándolas a las políticas de la coalición dominante y puede por lo tanto obstaculizar la formación de una oposición de clases, organizada, al poder social y político establecido. El fascismo continuó el trasformismo. Gramsci interpreta el corporativismo del estado fascista como un intento sin éxito de introducir algunas de las más avanzadas prácticas industriales del capitalismo americano bajo la tutela de la antigua gestión italiana.

El concepto de revolución pasiva es un homólogo del concepto de hegemonía que describe la condición de la sociedad no hegemónica –una en la que la clase no dominante ha sido capaz de establecer la hegemonía en el sentido que tiene el término para Gramsci–. Hoy esta noción de revolución pasiva, junto con sus componentes, cesarismo y trasformismo, es particularmente pertinente para los países en vías de industrialización del Tercer Mundo.
Bloque Histórico (Blocco Storico)
Gramsci atribuía la fuente de su noción de bloque histórico –blocco storico– a Georges Sorel, a pesar de que Sorel nunca utilizó este término o ningún otro en el sentido preciso que le dio Gramsci13. Sorel, sin embargo, interpretó la acción revolucionaria en términos de mitos sociales a través de los que la gente involucrada en la acción percibía una confrontación de totalidades –en las que vieron un nuevo orden amenazando al orden establecido–. En el transcurso de un cataclismo, el antiguo orden sería derrocado como un todo y el nuevo sería libre para desarrollarse poco a poco14. Mientras que Gramsci no compartía el subjetivismo de su visión, sí compartía la visión de que juntos, el estado y la sociedad constituían una estructura sólida, y que la revolución implicaba el desarrollo, dentro de ella, de otra estructura lo suficientemente fuerte para reemplazar a la primera. Haciéndose eco de Marx, él pensó que esto podía ocurrir solo cuando la primera hubiera agotado todo su potencial. Dominante o emergente, dicha estructura es lo que Gramsci llamaba un bloque histórico.

Para Sorel, el mito social, una forma poderosa de subjetividad colectiva, obstaculizaría las tendencias reformistas. De otro modo estas podrían atraer a los obreros lejos del sindicalismo hacia un incremento del unionismo del comercio o hacia políticas de partido reformista. El mito era tanto un arma para la batalla como una herramienta para el análisis. Para Gramsci, el bloque histórico tenía, de manera similar, una orientación revolucionaria por su hincapié en la unidad y la coherencia del orden socio-político. Era una defensa intelectual contra la conquista del trasformismo.

El bloque histórico es un concepto dialéctico en el sentido de que sus elementos interactivos crean una unidad más amplia. Gramsci calificó algunas veces estos elementos interactivos como lo subjetivo y lo objetivo, y otras como superestructura y estructura.
“Estructuras y superestructuras de un “bloque histórico”. Esto quiere decir que el complejo contradictorio y discordante conjunto de las superestructuras es el reflejo del conjunto de las relaciones sociales de producción” 15.
La yuxtaposición y las relaciones recíprocas de las esferas de actividad política, ética e ideológica con la esfera económica evitan el reduccionismo. Evita reducir todo tanto a la economía –economismo– como a las ideas –idealismo–. En el materialismo histórico de Gramsci –que tuvo cuidado de distinguir de lo que él llamaba “economismo histórico” o una interpretación estrictamente económica de la historia–, las ideas y condiciones materiales van siempre juntas, influyéndose mutuamente, y no pudiendo reducirse la una a la otra. Las ideas deben ser entendidas en relación a las circunstancias materiales. Las circunstancias materiales incluyen las relaciones sociales y los medios físicos de producción. Las superestructuras de la ideología y la política dan forma al desarrollo de ambos aspectos de la producción y son transformadas por estos.

Un bloque histórico no puede existir sin una clase social hegemónica. Cuando la clase hegemónica es la clase dominante en un país o formación social, el estado –según el concepto más amplio de Gramsci– mantiene la cohesión e identidad dentro del bloque a través de la propagación de una cultura común. Un nuevo bloque se forma cuando una clase subordinada –por ejemplo, obreros– establece su hegemonía sobre otros grupos subordinados –por ejemplo, pequeños agricultores, marginados sociales–. Este proceso requiere un diálogo intensivo entre líderes y seguidores dentro de una potencial clase hegemónica. Gramsci puede haber coincidido con la idea leninista de un partido vanguardista que toma la responsabilidad de liderar a una clase obrera inmadura, pero sólo como uno de los aspectos de una guerra de movimiento. Debido a que la estrategia que necesitaban los países occidentales era una guerra de posición, según él, el papel del partido debía ser liderar, intensificar y llevar a cabo un diálogo dentro de la clase obrera, y entre esta y otras clases subordinadas con las que podía formar una alianza. La técnica de movilización conocida como “mass line” desarrollada por el Partido Comunista Chino es consistente con el pensamiento de Gramsci al respecto.

Los intelectuales juegan un papel principal en la construcción de un bloque histórico. Los intelectuales no constituyen un estrato social distintivo y relativamente sin clases. Gramsci los veía orgánicamente conectados con una clase social. Ellos tenían la función de desarrollar y mantener las imágenes, tecnologías y organizaciones mentales que agrupaban a los miembros de una clase y de un bloque histórico en una identidad común. Los intelectuales burgueses hicieron esto para toda una sociedad bajo la hegemonía burguesa. Los intelectuales orgánicos de la clase obrera interpretarían un papel similar en la creación de un nuevo bloque histórico bajo la hegemonía de la clase obrera dentro de esa sociedad. Para hacer esto tendrían que elaborar una cultura, una organización y una técnica claramente distintivas y hacerlo en constante interacción con los miembros del bloque emergente. Todo el mundo, para Gramsci, es de algún modo un intelectual, aunque sólo algunos desempeñan la función social de intelectual a tiempo completo. En esta tarea, el partido era, a su entender, un “intelectual colectivo”.

En el movimiento hacia la hegemonía y la creación de un bloque histórico, Gramsci distingue tres niveles de consciencia: la económico-corporativa, que es consciente de los intereses específicos de un grupo particular; la solidaridad o consciencia de clase, que se extiende a toda una clase social pero permanece en un nivel puramente económico; y la hegemónica, que armoniza los intereses de la clase líder con los de las clases subordinadas e incorpora estos otros intereses en una ideología expresada en términos universales16. El movimiento para la hegemonía, dice Gramsci, es un “pasaje desde la estructura a la esfera de las superestructuras complejas”, se refería al paso de los intereses específicos de un grupo o clase a la construcción de instituciones y elaboración de ideologías. Si reflejan una hegemonía, estas instituciones e ideologías serán universales en su forma, es decir, no aparecerán como las de una clase particular, y darán alguna satisfacción a los grupos subordinados sin minar el liderazgo o los intereses vitales de la clase hegemónica.
Hegemonía y relaciones internacionales
Ahora podemos ver la transición de lo que decía Gramsci sobre la hegemonía, y los conceptos relacionados con esta, a las implicaciones de estos conceptos en las relaciones internacionales. Primero, sin embargo, es útil repasar lo que el joven Gramsci dijo sobre las relaciones internacionales. Empecemos con este pasaje:
“¿Las relaciones internacionales preceden o siguen –lógicamente– a las relaciones sociales fundamentales? No cabe duda de que las siguen. Cualquier innovación orgánica en la estructura social, a través de sus expresiones técnico-militares, modifica orgánicamente también las relaciones absolutas y relativas en el terreno internacional”17.
Por “orgánico” Gramsci entendía estructural, de largo plazo o relativamente permanente, en oposición al corto plazo o “coyuntural”. Lo que estaba diciendo era que los cambios básicos en las relaciones de poder internacionales o de orden mundial, que son observados como cambios en el balance estratégico-militar y geopolítico, pueden identificarse con cambios fundamentales en las relaciones sociales.

Gramsci no pretende de ninguna manera evitar al estado o despreciar su importancia. El estado seguía siendo para él la entidad básica de las relaciones internacionales y el lugar donde los conflictos sociales tienen lugar –el lugar también, por esto, donde las hegemonías de las clases sociales pueden ser construidas–. En estas hegemonías de clases sociales, las características particulares de las naciones se combinan de una manera única y original. La clase obrera, que puede ser considerada internacional en un sentido abstracto, se nacionaliza en el proceso de construcción de su hegemonía. El surgimiento de nuevos bloques dirigidos por obreros a nivel nacional podría, dentro de esta línea de razonamiento, preceder a cualquier reestructuración básica de las relaciones internacionales. Sin embargo, el estado, que sigue siendo el primer foco de la lucha social y la entidad básica de las relaciones internacionales, es el estado más amplio que incluye sus propias bases sociales. Este punto de vista deja de lado una visión del estado limitada o superficial que lo reduce, por ejemplo, a la burocracia de su política exterior o a sus capacidades militares.

Desde su perspectiva italiana, Gramsci tenía un agudo juicio sobre lo que hoy llamaríamos dependencia. Sabía que lo que pasó en Italia estuvo marcadamente influido por poderes externos. En un nivel puramente de política exterior, las grandes potencias tienen relativa libertad para determinar sus políticas exteriores en respuesta a intereses domésticos; las potencias más pequeñas tienen menos autonomía18. La vida económica de las naciones subordinadas es penetrada y entrelazada con la de las naciones poderosas. Esto es todavía más complicado por la existencia dentro de los países de regiones estructuralmente diferentes que tienen patrones distintivos de relación con fuerzas externas. 19

En un nivel aún más profundo, los estados poderosos son precisamente los que han pasado por intensas revoluciones económicas y sociales y han resuelto por completo las consecuencias de dichas revoluciones en forma de estado y de relaciones sociales. La Revolución Francesa era el caso que consideraba Gramsci, pero del mismo modo podríamos pensar en el desarrollo de Estados Unidos y en el poder soviético. Todos estos fueron progresos nacionales que se expandieron más allá de las fronteras del propio país para convertirse en fenómenos expansivos internacionalmente. Otros países han sufrido el impacto de estos progresos de una manera más pasiva, un ejemplo de lo que Gramsci describe a nivel nacional como una revolución pasiva. Este efecto ocurre cuando el ímpetu para cambiar no surge de “un gran desarrollo económico local… es en su lugar el reflejo de los desarrollos internacionales que transmiten sus corrientes ideológicas a la periferia”20.

El grupo portador de las nuevas ideas, en estas circunstancias, no es un grupo social autóctono activamente comprometido en la construcción de una nueva base económica con una nueva estructura de relaciones sociales. Es un estrato intelectual que coge ideas originadas en una anterior revolución social y económica externa. En consecuencia, el pensamiento de este grupo toma una forma idealista que no se fundamenta en un desarrollo económico doméstico; y su concepción del estado toma la forma de “un racional absoluto” 21. Gramsci criticó el pensamiento de Benedetto Croce, la figura dominante entre los intelectuales italianos de su propio tiempo, por expresar este tipo de distorsión.
Hegemonía y orden mundial
¿Es el concepto Gramsciano de hegemonía aplicable a nivel mundial o internacional? Antes de intentar sugerir cómo debería hacerse esto, está bien descartar algunos usos del término que son comunes en la investigación de las relaciones internacionales. Muy a menudo la “hegemonía” se refiere a la dominación de unos países sobre otros, de este modo su uso queda relegado a una relación estrictamente entre estados. Algunas veces, “hegemonía” se utiliza como un eufemismo de imperialismo. Cuando los líderes políticos chinos acusan a la Unión Soviética de “hegemonismo” parecen tener en mente una combinación de estas dos. Estos significados difieren tanto del sentido que Gramsci le da al término que es mejor, por cuestiones de claridad en este escrito, usar el término “dominación” para reemplazarlos.

Para aplicar el concepto de hegemonía al orden mundial, es importante determinar cuándo empieza un periodo de hegemonía y cuándo termina. Un periodo en el cual se ha establecido una hegemonía mundial puede llamarse hegemónico y uno, en el cual la dominación de tipo no hegemónico prevalece, será no hegemónico. Para ilustrarlo, consideremos el pasado siglo y medio categorizado en cuatro periodos diferenciados, aproximadamente, 1845-1875, 1875-1945, 1945-1965 y 1965 hasta el presente22.

El primer periodo (1845-1875) fue hegemónico: había una economía mundial que tenía su centro en Gran Bretaña. Las doctrinas económicas consistentes con la supremacía británica, pero universales en forma –ventaja comparativa, librecambio y patrón oro– se esparcieron gradualmente fuera de Gran Bretaña. La fuerza represiva respaldaba este orden. Gran Bretaña retenía la balanza de poder en Europa, previniendo así cualquier desafío a la hegemonía desde un poder con base en el territorio. Gran Bretaña tenía además el liderazgo marítimo supremo y la capacidad para reforzar la obediencia de los países periféricos a las reglas del mercado.

En el segundo periodo (1875-1945), todas estas características se revirtieron. Otros países desafiaron la supremacía británica. La balanza del poder en Gran Bretaña se desestabilizó, lo que condujo a dos guerras mundiales. El librecambio fue sustituido por el proteccionismo; el patrón oro fue finalmente abandonado; y la economía mundial fragmentada en bloques económicos. Este fue un periodo no hegemónico.

En el tercer periodo, tras la Segunda Guerra Mundial (1945-1965), los Estados Unidos fundaron un nuevo orden mundial hegemónico similar en su estructura básica a aquel dominado por Gran Bretaña a mediados del siglo XIX, pero con instituciones y doctrinas ajustadas a una economía mundial más compleja y a sociedades nacionales más sensibles a las repercusiones sociales de las crisis económicas.

En algún momento entre finales de los sesenta y principios de los setenta se hizo evidente que este orden mundial con base en Estados Unidos ya no funcionaba bien. Durante los tiempos inciertos que siguieron, aparecieron tres posibilidades de transformación estructural del orden mundial: una reconstrucción de la hegemonía con una mayor gestión política en la línea concebida por la Comisión Trilateral; una mayor fragmentación de la economía mundial alrededor de las esferas económicas centradas en las grandes potencias; y la posible aseveración de una contrahegemonía localizada en el Tercer Mundo con la demanda conjunta del Nuevo Orden Económico Internacional como precedente.

Sobre las bases de esta notación provisional, podría parecer que, históricamente, para convertirse en hegemónico un estado tendría que fundar y proteger un orden mundial que fuera universal en su concepción, es decir, no un orden en el que un estado explota directamente a otros, sino uno que la mayoría de los otros estados –o por lo menos aquellos dentro del alcance de la hegemonía– puedan encontrar compatible con sus intereses. Dicho orden difícilmente sería concebido sólo en términos interestatales, por este motivo probablemente resurgirían oposiciones frontales a los intereses del estado. Daría prioridad, más probablemente, a oportunidades para que las fuerzas de la sociedad civil operaran a escala mundial –o en la escala de la esfera dentro de la cual prevalece la hegemonía–. El concepto hegemónico de orden mundial se fundamenta no solo sobre la regulación de los conflictos interestatales sino también sobre una sociedad civil concebida globalmente, esto es, un modelo de producción de extensión internacional que trae consigo vínculos entre las clases sociales de los países incluidos en él.

Históricamente, las hegemonías de este tipo son instauradas por estados poderosos que han pasado por verdaderas revoluciones sociales y económicas. La revolución no sólo modifica la economía interna y las estructuras políticas del estado en cuestión sino que también desata energías que se extienden más allá de las fronteras del estado. Una hegemonía mundial es, por consiguiente, en sus inicios una expansión hacia el exterior de la hegemonía interna – nacional– establecida por la clase social dominante. Las instituciones económicas y sociales, la cultura, la tecnología asociada a esta hegemonía nacional se convierten en patrones de emulación exterior. Tal hegemonía expansiva impacta en los países más periféricos como una revolución pasiva. Estos países no han pasado a fondo por las mismas revoluciones sociales, sus economías no están desarrolladas del mismo modo, pero intentan incorporar elementos del modelo hegemónico sin cambiar las viejas estructuras de poder. Mientras los países periféricos puede que adopten algunos aspectos económicos y culturales del centro hegemónico, su capacidad de adoptar sus modelos políticos es menor. Así como el fascismo se convirtió en la forma de la revolución pasiva en la Italia del periodo de entre guerras, muy variadas formas de régimen militar burocrático vigilan la revolución pasiva en las periferias de hoy en día. En el modelo hegemónico mundial, la hegemonía es más intensa y consistente en el centro y más cargada de contradicciones en la periferia.

La hegemonía a nivel internacional no es, por consiguiente, simplemente un orden entre estados. Es un orden dentro de una economía mundial con un modelo de producción dominante que penetra en todos los estados y los vincula a otros modelos de producción subordinados. Es también un complejo de relaciones sociales internacionales que conectan las clases sociales de los diferentes países. La hegemonía mundial se puede definir como una estructura social y una estructura política; y no puede ser solamente una de estas cosas sino ambas. Es más, la hegemonía mundial se expresa con normas universales, instituciones y mecanismos que establecen reglas generales de comportamiento para los estados y para aquellas fuerzas de la sociedad civil que actúan más allá de las fronteras nacionales –reglas que sostienen el modelo de producción dominante–.
Los mecanismos de la hegemonía: organizaciones internacionales
Un mecanismo a través del cual se expresan las normas universales de una hegemonía mundial es la organización internacional. De hecho, la organización internacional funciona como el proceso a través del cual se desarrollan las instituciones de la hegemonía y su ideología. Entre las características que muestran el papel hegemónico de las organizaciones internacionales están las siguientes: (1) representan las reglas que facilitan la expansión de los órdenes hegemónicos mundiales; (2) son en sí mismas el producto del orden hegemónico mundial; (3) legitiman ideológicamente las normas del orden hegemónico mundial; (4) incorporan a las élites de países periféricos y (5) absorben ideas contra-hegemónicas.

Las instituciones internacionales comprenden reglas que facilitan la expansión de las fuerzas económicas y sociales dominantes pero que al mismo tiempo permiten que intereses subordinados hagan ajustes con un daño mínimo. Las reglas que gobiernan las relaciones monetarias y de intercambio mundiales son particularmente significativas. Se establecen en primer lugar para promover la expansión económica. Al mismo tiempo, permiten que excepciones y derogaciones se ocupen de situaciones problemáticas. Pueden ser revisadas a la luz de un cambio de circunstancias. Las instituciones de Bretton Woods proporcionaban más salvaguardias para preocupaciones sociales domésticas como el desempleo que el patrón oro, con la condición de que las políticas nacionales fueran consistentes con la meta de una economía mundial liberal. El sistema actual de tipo de cambio variable también influye en las acciones nacionales mientras mantiene el principio de un anterior compromiso para armonizar las políticas nacionales en interés de una economía mundial liberal.

Las instituciones internacionales y las reglas son iniciadas generalmente por el estado que establece la hegemonía. Como mínimo tienen que tener el apoyo de ese estado. El estado dominante se ocupa de asegurar la conformidad de otros estados de acuerdo a la jerarquía de poderes dentro de la estructura interestatal de la hegemonía. Algunos países de segundo nivel son consultados primero y su apoyo está asegurado. La participación formal puede favorecer a los poderes dominantes como en el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, o puede funcionar sobre la base de un voto por estado, como en la mayoría del resto de las principales instituciones internacionales. Hay una estructura informal de influjo que refleja los diferentes niveles de poder económico y político reales, y que subyace a los procedimientos formales de toma decisiones.

Las instituciones internacionales representan también un papel ideológico. Ayudan a definir las directrices políticas de los estados y a legitimar ciertas instituciones y prácticas a nivel nacional. Reflejan orientaciones favorables a las fuerzas sociales y económicas dominantes. La OCDE, al recomendar el monetarismo, ratificó un consenso dominante de pensamiento político en los países centrales y fortaleció a aquellos determinados a combatir la inflación de esta manera en contra de otros más preocupados por el desempleo. La OIT, abogando por el tripartismo, legitima las relaciones sociales que se desarrollaron en los países centrales como el modelo deseable de evocación.

El talento de las élites de los países periféricos es captado por las instituciones internacionales en la manera del trasformismo. Los individuos de los países periféricos, aunque vayan a las instituciones internacionales con la idea de trabajar desde dentro para cambiar el sistema, están condenados a trabajar dentro de las estructuras de una revolución pasiva. En el mejor de los casos ayudarán a transferir elementos de “modernización” a la periferia, pero sólo si son consistentes con los intereses de los poderes locales establecidos. La hegemonía es como una almohada: absorbe los golpes y tarde o temprano el potencial agresor la encontrará confortable para quedarse. Sólo cuando la representación en las instituciones internacionales esté firmemente basada en un desafío social y político articulado a la hegemonía –en un emergente bloque histórico y contrahegemónico– podría la participación suponer una amenaza real. La asimilación de individuos sobresalientes de la periferia hace esto menos probable.

El trasformismo también absorbe potencialmente las ideas contrahegemónicas y las hace congruentes con la doctrina hegemónica. La noción de independencia, por ejemplo, comenzó como un reto para la economía mundial proponiendo un desarrollo autónomo determinado de manera endógena. El término no ha sido transformado para que signifique apoyo de las agencias de la economía mundial a programas de bienestar propios en los países periféricos. Estos programas pretenden capacitar a las poblaciones rurales para alcanzar la autosuficiencia, detener el éxodo rural a las ciudades, y para lograr así un mayor grado de estabilidad social y política entre poblaciones que la economía mundial es incapaz de integrar. La independencia en su significado transformado se convierte en complementaria y apoya los objetivos hegemónicos de la economía mundial.

Por consiguiente, una táctica para provocar el cambio en la estructura de orden mundial puede ser descartada como una total ilusión. La probabilidad de una guerra de movimiento a nivel internacional a través de la cual los radicales se alcen con el poder de la superestructura de las instituciones internacionales es muy pequeña. A pesar de Daniel Patrick Moynihan, los radicales del Tercer Mundo no controlan las instituciones internacionales. Incluso si lo hicieran, no conseguirían nada con ello. Estas superestructuras están inadecuadamente conectadas con cualquier base política popular. Están conectadas con las clases hegemónicas nacionales en los países centrales y, a través de la intermediación de estas clases, tienen una base más amplia en estos países. En las periferias, sólo se conectan con la revolución pasiva.
Las perspectivas de la contrahegemonía
Los órdenes mundiales –para volver a la declaración de Gramsci, citada anteriormente en este ensayo– están fundamentados en las relaciones sociales. Un cambio estructural significativo en el orden mundial puede ser, por lo tanto, probablemente identificado con algún cambio fundamental en las relaciones sociales y en los órdenes políticos nacionales que corresponden Debemos trasladar el problema de cambiar el orden mundial de las instituciones internacionales a las sociedades nacionales. El análisis de Italia de Gramsci es incluso más valioso aplicado al orden mundial: sólo una guerra de posición puede, a largo plazo, provocar cambios estructurales, y una guerra de posición implica construir la base sociopolítica para el cambio a través de la creación de nuevos bloques históricos. El contexto nacional sigue siendo el único donde se puede fundar un bloque histórico, aunque la economía mundial y las condiciones políticas mundiales influyan materialmente las perspectivas de tal empresa.

La prolongada crisis de la economía mundial –cuyo comienzo puede remontarse hasta los últimos años 1960 y principios de los 1970– es propicia para algunos progresos que podrían llevar a un desafío contrahegemónico. En los países centrales, aquellas políticas que interrumpen los pagos transferidos a grupos sociales desfavorecidos y generan alto desempleo, abren las perspectivas de una gran alianza de los desamparados en contra de los sectores del capital y el trabajo que encuentran terreno común en la producción internacional y el orden mundial de monopolio liberal. Las bases políticas para esta alianza serían más probablemente postkeynesianas y neomercantilistas. En los países periféricos, algunos estados son vulnerables a la acción revolucionaria, como sugieren los acontecimientos desde Irán a Centroamérica. La preparación política de la población en suficiente profundidad puede no ser, sin embargo, capaz de mantener la paz ante una oportunidad revolucionaria y esto disminuye las perspectivas de un nuevo bloque histórico. Una organización política efectiva –El Príncipe Moderno de Gramsci– sería necesaria para congregar a las nuevas clases trabajadoras generadas por la producción internacional y construir un puente a campesinos y marginados urbanos. Sin esto, solo podemos concebir un proceso donde las élites políticas locales, incluso algunas producto de movimientos revolucionarios fracasados, atrincherarían su poder dentro de un orden mundial de monopolio liberal. Una hegemonía de monopolio liberal reconstruida sería bastante capaz de practicar el trasformismo ajustándose a una gran variedad de instituciones y prácticas nacionales, incluyendo la nacionalización de industrias. La retórica del nacionalismo y del socialismo podría entonces conciliarse con la restauración de la revolución pasiva bajo una apariencia nueva en la periferia.

En resumen, la tarea de cambiar el orden mundial empieza con el largo, laborioso esfuerzo de construir nuevos bloques históricos dentro de las fronteras nacionales.
Notas
1 Para esta cita, me refiero en lo posible a GRAMSCI, Antonio, Selections from the Prison Notebooks, International Publishers, Nueva York, 1971 [Edición y traducción de Quintin Hoare y Geoffrey Nowell Smith], posteriormente citada como Selections. La edición crítica completa, GRAMSCI, Antonio, Quaderni del carcere, Editorial Einaudi, Turín, 1975 está citada como Quaderni.
2 Este parece ser el problema subyacente para ANDERSON, Perry, “Los Antinomies of Antonio Gramsci”, New Left Review, no. 100, Noviembre 1976-Enero 1977; que pretende encontrar inconsistencias en el uso de los conceptos de Gramsci.
3 En este punto ver THOMPSON, Edward P., “The Poverty of Theory”, en The Poverty of Theory and Other Essays, Merlin Press, Londres, 1978; que representa una posición historicista análoga a la de Gramsci en oposición al marxismo filosófico abstracto de ALTHUSSER, Louis, “Marxism is not Historicism”, en ALTHUSSER, Louis y BALIBAR, Etienne (eds.), Reading Capital, New Left Books, Londres, 1979 [Traducción de Ben Brewster].
4 Se dice que esto fue para evitar la confiscación de sus notas por el censor de la prisión, quien, si esto es cierto, debió haber sido particularmente corto.
5 BUCI-GLUCKMANN, Christine, Gramsci et l’État: Pour une théorie matérialiste de la philosophie, Fayard, Paris, 1975, coloca a Gramsci directamente en la tradición Leninista. PORTELLI, Hughes , Gramsci et le bloc historique, Fayard, Paris, 1972, y MACCIOCCHI, Maria Antonietta, Pour Gramsci, Fayard, Paris, 1973, ambos comparan a Gramsci con Lenin. El trabajo de Buci-Gluckmann me parece estar pensado más a fondo. Ver también MOUFFE, Chantal y SHOWSTACK SASSOON, Anne , “Gramsci en Francia e Italia –A review of literature”, Economy and Society, vol. 6, no. 1, Febrero 1977, ps. 31-68.
6 Esta noción encajaba bien con la afirmación de Gramsci de la situación de Italia en los tempranos años 1920; la clase obrera era por sí misma demasiado débil para llevar a cabo toda la carga de la revolución y sólo podría ocasionar la fundación de un nuevo estado mediante una alianza con el campesinado y algunos elementos de la pequeña burguesía. De hecho, Gramsci consideraba el movimiento sindical obrero como una escuela para el liderazgo de dicha coalición, y sus esfuerzos previos a su encarcelamiento estuvieron dirigidos hacia la construcción de esta coalición.
7 Ver BUCI-GLUCKMANN, Christine, Gramsci et l’État..., op. cit., p.63.
8 MACHIAVELLI, N.,
The Prince, W. W. Norton, Nueva York, 1977 [Edición crítica de Robert M. Adams], ps. 49-50; y GRAMSCI, Antonio, Selections..., op. cit., ps. 169-170.
9 El término “Europa Occidental” se refiere aquí a Gran Bretaña, Francia, Alemania e Italia en los años 1920 y 1930.
10 GRAMSCI, Antonio, Selections..., op. cit., p.238.
11 Gramsci tomó prestado el término “revolución pasiva” del historiador napolitano Vincenzo Cuocco (1770-1823), que estuvo activo en las primeras etapas del Risorgimento. En la interpretación de Cuocco, los ejércitos de Napoleón habían llevado una revolución pasiva a Italia.
12 BUCI-GLUCKMANN, Christine, Gramsci et l’État..., op. cit., p.121.
13 Gramsci, Quaderni, Vol. IV, p. 2632.
14 Ver la discusión de SOREL del mito y la “batalla napoleónica” en la carta a Daniel Halevy que introduce sus Reflections on Violence, Collier, Nueva York, 1961 [Traducción de T.E. Hulme y J. Roth].
15 GRAMSCI, Selections..., op. cit., p. 366.
16
Ibídem, ps. 180-195.
17 Ibíd., p. 176.
18
Ibíd., p. 264.
19 Ibíd., p. 182.
20 Ibíd., p. 116.
21 Ibíd., p. 117.
22 Las fechas son provisionales y deberían ser redefinidas por la investigación de las características estructurales propias de cada periodo, así como de los factores que se considera constituyen los puntos de ruptura entre un periodo y otro. Estas se ofrecen aquí como meras anotaciones para que una revisión de la investigación histórica plantee algunas preguntas sobre la hegemonía y sus estructuras y mecanismos auxiliares. El Imperialismo, que ha tomado formas diferentes en estos periodos, es una cuestión muy relacionada. En primer lugar, pax britannica, aunque algunos territorios estaban administrados directamente, el control de las colonias parece haber sido incidente en lugar de necesario para la expansión económica. Argentina, un país formalmente independiente, tenía esencialmente la misma relación con la economía británica que Canadá, una antigua colonia. Esta, como anotó George Lichtheim, puede ser llamada la fase de “imperialismo liberal”. En el segundo periodo, el llamado “nuevo imperialismo” puso más énfasis en controles políticos directos. También vio un crecimiento de las exportaciones de capital y del capital financiero identificado por Lenin como la misma esencia del imperialismo. En el tercer periodo, el que es conocido como neoliberal o imperialismo de monopolio liberal, la internacionalización de la producción emergió como la forma predominante, apoyada también por nuevas formas de capital financiero –consorcios y bancos multinacionales–. Parece que no tiene sentido intentar definir la esencia inmutable del imperialismo, pero sería más útil describir las características estructurales del imperialismo que se corresponden con los sucesivos órdenes mundiales hegemónicos y no hegemónicos. Para una discusión más extendida sobre esto respecto a la pax britannica y la pax americana, ver COX, Robert W., “Social Forces, States and World Orders: Beyond International Relations Theory”, Millenium: Journal of International Studies, vol. 10, no. 2, Summer, 1981, ps. 126-155.
Bibliografía
ALTHUSSER, Louis, “Marxism is not Historicism”, en ALTHUSSER, Louis y BALIBAR, Etienne (eds.), Reading Capital, New Left Books, Londres, 1979 [Traducción de Ben Brewster].
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BUCI-GLUCKMANN, Christine, Gramsci et l’Etat: Pour une théorie matérialiste de la philosophie, Fayard, Paris, 1975.
COX, Robert W., “Social Forces, States and World Orders: Beyond International Relations Theory”, Millenium: Journal of International Studies, vol. 10, no. 2, Summer, 1981, p. 126-155.
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THOMPSON, Edward P., “The Poverty of Theory”, en The Poverty of Theory and Other Essays, Merlin Press, Londres, 1978.

Robert W. Cox
Robert W. Cox fue profesor de Ciencia Política en la Universidad de York, de Toronto, Canadá desde 1977 a 1992 y también director general de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).
Traducido con permiso de la editorial Sage Publications, artículo original: COX, Robert, “Gramsci, Hegemony and International Relations: An Essay in Method”, en Millennium: Journal of International Studies, Vol. 12, N° 2, 1983, pp. 162-175. Una versión anterior de este escrito se presentó al Panel de Hegemonía y Relaciones Internacionales, convocada por la Asamblea para una Nueva Ciencia Política en el encuentro anual de 1981 de la Asociación Americana de Ciencias Políticas, Nueva York, Septiembre de 1981.
Traducción de Elisa López del Castillo, Licenciada en Administración y Dirección de Empresas por la Universidad de Salamanca y posgraduada en Historia Contemporánea por la Universidad Autónoma de Madrid.
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