1/5/15

El momento gramsciano español (y catalán)

A propósito de: Xavier Domènech Sampere, Hegemonías. Crisis, movimientos de resistencia y procesos políticos (2010-2013).  Madrid, Ediciones Akal, 2014, 312 p.

David Soto   |  El pasado lunes 27 de abril se conmemoraba la muerte, después de una larga estancia en prisión, del intelectual italiano y comunista Antonio Gramsci (1891-1937). Durante su encarcelamiento por el régimen fascista de Mussolini emprendió un trabajo que no pudo acabar: sus famosos Quaderni del carcere, miles de páginas sin apenas orden, que serán editadas muchos años después de su muerte y que llegarán a convertirse en un obra clásica del pensamiento marxista y de las ciencias políticas y sociales. Allí Gramsci entre otras cosas puso su atención priorita, como es sabido, en el análisis de la cultura y de la ideología como terrenos de construcción política. Entre otras cosas, criticó que los dirigentes del Partido Socialista Italiano no hubieran sabido dar la batalla en el terreno oportuno. Además de sostener que la batalla política se daba en lo nacional, Gramsci argumentó con criterio que la supremacía de una clase no derivaba de su papel predominante en el proceso productivo, sino que debía construirse con trabajo y ánimo en el terreno político y cultural, en donde se manifestaba como hegemonía.

La siempre demandada actualidad de Gramsci no viene solo requerida por la suerte electoral de sus discípulos españoles (ni meros herederos del italiano, ni meros herederos de Laclau), sino porque podríamos asistir a un momento de cesura histórica. Estaríamos en palabras de Xavier Domènech ante un momento de crisis orgánica y por tanto también ante una crisis de la hegemonía social, cultural y política dominante que abriría (y cerraría) posibilidades a un nuevo tipo de movimientos de protesta y a las mismas izquierdas.

El “fascismo” de Gramsci

Aquilino Duque   |   La Revolución rusa produjo en los revolucionarios italianos una reacción crítica. Mussolini, hombre de acción, extrajo sus consecuencias, y Gramsci, hombre de pensamiento, extrajo las suyas, pero ambos coincidieron en una misma ilusión, a saber, que la revolución, que los rusos habían hecho mal, sólo podían hacerla bien los italianos. Mussolini ve en la revolución un fracaso económico; Gramsci, un error histórico. Mussolini observa que Lenin, al destruir el capitalismo ruso, tiene que ponerse en manos del capitalismo cosmopolita. Gramsci observa que la hegemonía, presunto concepto leninista, degenera en dictadura por haberse puesto lo económico por delante de lo espiritual.

Nadie es profeta en su tiempo y Gramsci, mientras triunfaba la versión mussoliniana de la revolución, iba a parar a la cárcel, donde tampoco sus ideas eran compartidas por los demás comunistas encarcelados. No deja de ser admirable que un hombre, derrotado en la política y rehuido por sus camaradas de cautiverio, encontrara la fuerza interior de desarrollar un pensamiento que, con el tiempo, muerto él ya, había de tener una insólita fortuna. Si la ortodoxia es la corriente que triunfa y hace suya el aparato dominante, no cabe duda de que Gramsci fue un hereje desde el punto de vista de la escolástica marxista.