23/12/15

Reflexiones desde la universidad — Presencia de Antonio Gramsci en México

Luchas en México
✆ José Chávez Morado
Víctor Flores Olea   |   En días pasados, tuve la suerte de que me hiciera una entrevista el estudiante de postgrado Aldo Guevara, quien realiza en el CEIICH de la UNAM una investigación que debe resultar extraordinariamente interesante. El objetivo de la entrevista fue el de discutir algunas cuestiones relacionadas con la presencia en México de Antonio Gramsci, el gran pensador marxista y uno de los fundadores del Partido Comunista Italiano. Una de las conclusiones más obvias del intercambio es el de la muy frágil presencia de Gramsci en México en las décadas de los 60, 70 y 80, tal vez en esta última ya con una presencia mucho mayor, hasta el punto de que las ideas básicas del pensador italiano habían penetrado probablemente hasta la dirección del Partido Comunista Mexicano, y que no fueron ajenas a su conversión que lo acercaba al eurocomunismo, y a su posterior disolución.

La coyuntura que abrió las puertas a este encuentro fue que escribí en la Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México, en 1959, dos textos alusivos a Gramsci. El primero fue un artículo en que presentaba a Gramsci sobre todo a partir de algunas ideas suyas sobre “el Príncipe de Maquiavelo”, a quien considera, por una serie de razones, como un antecedente y hasta un predecesor de los partidos políticos de la actualidad. Por supuesto, tal es una cuestión que debía debatirse a fondo, ya que hoy “los partidos políticos” han modificado sustancialmente su función y significado políticos. Por supuesto, en ese artículo trató también de poner de relieve la importancia que Antonio Gramsci, atribuye a los intelectuales y a la cultura en la formación histórica de las sociedades y en su estructura y orientación política.

En los fragmentos traducidos en aquella época procuro rescatar algunas idea de Gramsci precisamente sobre la cultura y los intelectuales, y mantener su perspectiva amplia sobre la política y las transformaciones sociales, en las cuales ambas categorías desempeñan un papel clave en la formación de las ideas y en su capacidad para configurar movimientos sociales que resultan absolutamente claves en los enfrentamientos y transformaciones históricas. Ideas y cultura que, cuando son profundas, no han sido nunca coyunturales sino verdaderos elementos definitorios de cada sociedad.

Por supuesto, en la conversación se subrayó el carácter no violento de las transformaciones revolucionarias propuestas por Gramsci (su “guerra de posiciones”), en contraste con la “guerra revolucionaria” o ‘armada” de Lenin (su “guerra de maniobras”, la primera orientada más, si posible, a las transformaciones de los países avanzados de occidente y la segunda a los países atrasados o con menor desarrollo relativo.

En la conversación se mencionó, por parte de Aldo Guevara, que en América Latina Gramsci había entrado antes y en mayor abundancia en Argentina, lo cual no es tan extraño si consideramos que los intelectuales y políticos de ese país guardan vínculos abundantes con Italia y, en general, con los países europeos. Aldo Guevara confirmaba al mismo tiempo su sólida formación respecto al destino latinoamericano de Antonio Gramsci.

En el intercambio hubo también de reconocerse que, en México, salvo excepciones como la señalada arriba, Gramsci fue logrando paulatinamente una importante presencia sobre todo en medios académicos, con la indirecta influencia política que estos fenómenos traen consigo necesariamente. Yo mismo me preciaría de haber contribuido a lo anterior a través de escritos, seminarios, conferencias y charlas universitarias, en que invariablemente he puesto énfasis en la importancia teórica de Gramsci en el campo del marxismo, y tal vez sobre todo en la importancia de sus análisis relativos a la llamada sociedad de masas.

Si llevamos a cabo una interpretación seria de la obra de Gramsci, al lado por ejemplo de la obra de algunos de los más destacados teóricos integrantes de la llamada Escuela de Frankfurt, digamos Theodor Adorno, Max Horkheimer o Herbert Marcuse, y otros distinguidos pensadores marxistas de la segunda mitad del siglo XX, encontraremos no sólo un buen número de afinidades sino tal vez algo más importante: el hecho de que la obra gramsciana completa y llena el vacío y reproches que muchas veces se le ha hecho a la obra de estos pensadores: el hecho de que la obra de Gramsci realiza propuestas extraordinariamente importantes para infundirle sentido práctico a la “crítica” política y social que comportan al más alto nivel las reflexiones de los filósofos de Frankfurt, y la obra del propio Gramsci. Es decir, el aspecto de la praxis, fundamental en el marxismo, es colmado también al más alto nivel por las reflexiones gramscianas, que las piensa precisamente para sociedades desarrolladas como las que tuvieron a la vista los filósofos de Frankfurt.

Desearía culminar con un par de reflexiones: la calidad humana e intelectual de Jaime García Terrés, quien como Jefe de Difusión Cultural de la UNAM y Director General de la Revista de la propia Universidad se mostró siempre extraordinariamente generoso y abierto para publicar textos “socialmente ignorados”, como resultaba en la época la obra de Antonio Gramsci. Al contrario, pensadores que se suponían marxistas no tuvieron la menor duda en rechazar la publicación de la obra del marxista italiano aduciendo que se trataba de un “revisionista”. No obstante el paso de los años prefiero reservarme estos nombres, ya que pudiera ser demasiado penoso para sus descendiente. Por lo demás, dire que ese calificativo de “revisionista” estaba entonces de moda y era el primer argumento de que echaban mano los stalinianos.

Hoy, al paso de los años, sólo podemos sentir que Antonio Gramsci no haya tenido mundialmente más seguidores teóricos y en la práctica, porque entonces la visión del marxismo hoy sería muy diferente a la que prevalece.
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