11/11/15

Gramsci en el palacio de las ideologías

Antonio Leal    |   Hace 57 años muere, después de 11 años de rigurosa prisión, Antonio Gramsci, una de las figuras más relevantes del pensamiento político del presente siglo. El Tribunal Especial Fascista para la Defensa del Estado lo condena a 20 años, 4 meses y 5 días de prisión, bajo la arenga del Fiscal Michele lsgró: "por veinte años debemos impedir a este cerebro que funcione". La vida de Gramsci fue trágica, no sólo por la cárcel y la destrucción gradual y dolorosa de su cuerpo, sino, también, por su enorme soledad privada y especialmente política, derivada, esta última, de una elaboración contracorriente, original, alternativa al marxismo-leninismo, contraria, en sus fundamentos, a las concepciones stalinistas y al curso general de la política de la Internacional Comunista -que condicionó incluso al grupo dirigente del PC italiano- y que supera muchas de las propias tesis de Marx, especialmente en el ámbito de la política pura y de los fenómenos superestructurales.

El Gramsci de los "Cuadernos de la Cárcel" es un teórico Incómodo dentro del comunismo oficial. Su marxismo, como el de Korsch y el de Lukács, fue elaborado en el ámbito del renacimiento del hegelianismo, de la supremacía de la política y de la subjetividad y en crítica con las teorías del "objetivismo científico" que establecían la ineluctabilidad del cumplimiento de las "leyes históricas" y de las previsiones.

Ello fue posible porque, desde su génesis, el pensamiento de Gramsci no es fundativamente monocultural, sino que se sitúa en el ámbito de tres ases ideológicos principales, que en sí mismos le confieren originalidad creativa y lo ligan a lo más avanzado de la cultura contemporánea: el filón idealista -con Hegel, Croce, Gentile-, el filón revolucionario dialéctico -con Marx, Labriola y Lenin-, el filón voluntarista -con Sorel y Bergson-.

De allí que los Cuadernos de la Cárcel se articulen en El Materialismo Histórico y la Filosofía de Benedetto Croce; en Los Intelectuales y la Organización de la Cultura; El Resurgimiento; Notas sobre Maquiavelo, sobre la Política y el Estado Moderno; Literatura y Vida Nacional; Pasado y Presente; contenido de una investigación completamente atípica para un pensador político que, sin embargo, a través de estas vertientes culturales reorganiza la estrategia de las transformaciones y las características de una nueva sociedad para el occidente desarrollado.

De esta forma, Gramsci se vincula directamente a la cultura europea, en especial, al idealismo clásico italiano y al liberalismo, que ya incorporaba las conquistas democráticas, que Marx había conocido sólo incipientemente, analizando la historia de Italia y de Europa y, a la vez, el capitalismo en una fase de su desarrollo 60 años después de El Capital de Marx y 30 después de El Desarrollo del Capitalismo en Rusia, de Lenin.

Gramsci tuvo a su alcance un "material teórico e histórico" muy superior al de Marx y pudo verificar, en la práctica, la inconsistencia de muchas de las tesis de los creadores del "socialismo científico". Ciertamente, el mundo de Gramsci no era ni el de la Guerra Civil en Francia, ni el de la Comuna de París, ni el del triunfo socialdemócrata alemán en las elecciones de fin de siglo, que determinaron, en gran medida, las diversas fases de la reflexión de Marx y de Engels sobre el Estado. No era, tampoco, el clima insurreccional de la Revolución de Octubre, ni el de la Guerra Civil y de las tareas de la NEP, como tampoco el de un estado milenariamente totalitario, como el del zarismo, por el cual no había pasado, ni pasaría durante los 70 años del comunismo soviético, la revolución francesa y las conquistas, valores, principios y formas de organización de la democracia representativa.

Gramsci comprende, especialmente en la elaboración de los Cuadernos de la Cárcel, que el camino de los soviets, en Europa Occidental, era inviable y que la revolución y la idea misma del socialismo debían situarse en el desarrollo de la sociedad civil y en el paso de las contradicciones que se dan en la esfera de la estructura a una sede más compleja y articulada: el bloque histórico. Gramsci, quien había impulsado en 19~9, en homología a los soviets rusos, la creación de los "Consejos de Fábrica", que conmovió las fábricas de Turín y del norte de Italia durante el período del "biennio rosso", comprendió tempranamente que después de la derrota de las tentativas revolucionarias en Alemania, Baviera, Austria, Hungría, la Revolución Rusa, no obstante su impacto mundial, era una situación particular, que de ninguna manera podía convertirse en un modelo y que era necesario volver a empezar por el occidente para configurar una nueva estrategia que valorizara la cultura, la dimensión ético-espiritual, el individuo, la continuidad del conocimiento, de la historia y la discontinuidad que implicaba la configuración de las transformaciones.

Todo ello comportaba, sin duda, no sólo una visión alternativa y lejana del leninismo y de la experiencia rusa, sino, además, la superación del propio Marx, al menos en la parte más radical de su elaboración, y la creación de un horizonte teórico completamente nuevo, capaz de indagar, ya no sólo en la fase del ascenso del movimiento obrero y de la crisis del capitalismo, sino también, y muy especialmente, en este nuevo fenómeno llamado fascismo y en la nueva fase expansiva del capitalismo determinada por el Fordismo y el Taylorismo, que Gramsci apreció como el elemento más progresivo de la economía y que le llevó a pensar, como una de sus más agudas intuiciones, que era el "americanismo'' y no la economía de guerra-estatal de Stalin lo que definiría el futuro productivo y tecnológico de la humanidad.

Es así, entonces, que mientras la Internacional Comunista teorizaba sobre el social-fascismo, Gramsci proponía para Italia la Asamblea Democrática Constituyente como salida al fascismo; mientras la Internacional Comunista hablaba de la crisis global y definitiva del capitalismo y de la inminencia del socialismo, Gramsci hablaba de una nueva fase de expansión capitalista y de la necesidad de preparar al movimiento obrero para operar en las nuevas y "complejas trincheras" de la ideología y de la cultura y veía el progreso en la racionalización de la industria norteamericana. Mientras la Internacional Comunista impulsaba el asalto al poder, la instalación de la dictadura del proletariado y la violencia como método, Gramsci hablaba de construir la hegemonía del sujeto histórico para acceder a la sociedad civil y al Estado a través del consenso y de las mayorías; mientras la Internacional Comunista ubicaba, como el marxismo en general, todos los fenómenos de la vida humana en el ámbito de las clases y transformaba las necesidades políticas en razones éticas, Gramsci elaboraba una idea de transformación que liga, estrechamente, ética y política en la dimensión de un moderno universo social.
El antistalinismo de Gramsci
Sin duda, la investigación que Gramsci lleva adelante desde la cárcel está profundamente determinada por su creciente desapego a la experiencia rusa, completamente ajena a la cultura europea, y por su fuerte contradicción con el autoritarismo de Stalin, cuyo régimen era considerado por Gramsci, ya en 1929, como "cesarista regresivo'" calificativo que utilizaba para nominar nada menos que al régimen de Mussolini. Es decir, veía en Stalin a un dictador que conducía la experiencia socialista a un fracaso inevitable, mucho antes que los mayores intelectuales europeos lograran siquiera imaginarse la dimensión del holocausto que produciría el dictador comunista georgiano.

Los Cuadernos y Las Cartas de la Cárcel entregan no sólo formas sutiles o abiertas de preocupación o condena respecto de lo que ocurría en la URSS, sino además un método interpretativo sobre el stalinismo. Señalaba que la exacerbación del "estatismo" en lo político y en lo económico sólo conduciría a una creciente concentración del poder, a un estado de funcionarios "elemental, pobre y autoritario", cuyas características estaban más ligadas al viejo estado zarista que al estado expansivo que el capitalismo creaba en occidente. De igual manera, en el mismo período, formuló una dura crítica a los rudimentarios y sesgados métodos de la "planificación económica del socialismo", que inspirados en los economistas oficiales Lapidau y Ostrovitranov, se llevaban adelante, produciendo la colectivización forzada del campo, las grandes migraciones de pueblos enteros que Stalin trasladó brutalmente y el exceso de planificación económica centralizada que a partir de ese momento caracterizó no sólo la experiencia rusa, sino toda la vida de los "comunismos reales" que se desplomaron a partir del 89.

Sin embargo, seguramente el fenómeno más relevante de sus conclusiones está dado por el hecho de que Gramsci no concibió el fenómeno stalinista sólo como una degeneración del marxismo, sino que llegó a la conclusión de fondo de que muchos de sus elementos, aislados y extrapolados, eran parte de la propia interpretación filosófica de Marx, agigantados por esa verdadera "revolución copernicana" del marxismo que era el leninismo: en Marx ya aparecían los conceptos de "verdad histórica científica", "ideología desde fuera", "dictadura proletaria", que configuraron las verdaderas claves del poder autoritario comunista.

Gramsci, sin duda, perteneció al núcleo de los pensadores más abiertos de la "belle époque" del marxismo y compartió, con énfasis, tiempos y realidades diversas, con Lukács y Rosa Luxemburgo. Altos niveles de autonomía y de elaboración que se diferenciaron definitivamente del marxismo-leninismo que se transformó en la doctrina oficial de los partidos comunistas de todo el mundo. Todos ellos se inscriben en la corriente que coloca de relieve el factor de la subjetividad, de la espiritualidad, de la ética, de la estética (de la cual Lukacs es seguramente uno de los mayores estudiosos "ontológicos''), estableciendo un nuevo nexo entre sujeto y objeto, entre medio y fin, que permite descubrir en ellos profundas categorías que nunca fueron parte de la tradición marxista clásica: solidaridad, rechazo a la indiferencia, catarsis, tolerancia cultural, eticidad que no reconocía doble standard.

Tal vez una sola cita de Rosa Luxemburgo permita graficar la lejanía de reflexión de estos pensadores con la experiencia que por 70 años fue el "modelo socialista mundial". Ella escribe en 1919. a escasos dos años de la instalación del poder ruso. Desde la cárcel de Breslau donde es asesinada ese mismo año:
"Una privación de derechos que no es una medida concreta para un objetivo concreto, sino una regla general de efecto duradero. es una improvisación de un camino sin salida ... Hay que reconocer la libertad de prensa, la libertad de asociación y de reunión ... La libertad sólo para los partidarios del gobierno, para los miembros de un partido, por más numeroso que sea, no es libertad de manera alguna. La libertad es siempre y exclusivamente la libertad de quien piensa distinto. No es producto de ningún concepto fanático de justicia, sino que se debe a que todo lo instructivo, integral y purificador en la libertad política depende de esa característica esencial y su efectividad se esfuma cuando la libertad se convierte en privilegio".
Estas expresiones de Rosa Luxemburgo coinciden netamente con las que Gramsci expresa en su famosa carta al Comité Central del Partido Comunista de la URSS, en la cual expresa su convicción de que dicha experiencia se encuentra al borde del colapso, y con aquella lapidaria e inescuchada reflexión de Lukács, tantos años más tarde, justamente con motivo de la invasión soviética a Checoslovaquia: ''Todo el experimento iniciado en 1917 ha fracasado y será necesario recomenzar desde el inicio y en otro lugar".

Piénsese simplemente en las diferencias existentes entre estos juicios escritos entre los años 19 y 30 en pleno dominio del stalinismo, y la apología que un intelectual comunista chileno como Volodia Teileilboim hace de Stalin el año 53, después de su muerte, para comprender por qué Gramsci y muchos otros intelectuales marxistas innovadores y sus elaboraciones quedaron excluidas como "ajenas al pensamiento revolucionario. Dice Teiteilboim: "Hace algunos días que murió el amado conductor de los trabajadores del mundo, el más grande, profundo y noble amigo de la humanidad ... Ningún balance de vida es más pleno y fecundo ... Dio abundancia y existencia dichosa a su pueblo ... Conservó y fortaleció la dictadura del proletariado y la democracia socialista ... ". Todo esto dicho cuando ya en la URSS, como lo denunciaría posteriormente Kruschov, habían sido asesinados por la dictadura stalinista millones de seres humanos y entre ellos todos los viejos líderes de la propia Revolución de Octubre.

Esto grafica ampliamente no sólo el coraje intelectual de Gramsci, sino su enorme capacidad de visión política que le permitió diferenciarse radicalmente de este marxismo y crear una nueva mentalidad y un nuevo léxico de la política progresista.
Hegemonía ética y cultural
Muchos estudiosos han calificado a Gramsci como el "teórico de la superestructura". Puede ser reductiva esta clasificación, sin embargo, lo cierto es que Gramsci reconceptualiza y reubica formulaciones filosóficas y políticas anteriores para determinar un nuevo "léxico de la política".

Desde el punto de vista metodológico, Gramsci supera una forma de aproximarse a los problemas que ha sido típica de la izquierda: ver la realidad filtrada por un conjunto de pre-supuestos más que como un proceso de descubrimiento de las novedades. Gramsci es un crítico implacable de las tesis pre-constltuídas, de los "objetivismos" y de los "deterninismos" de los cuales está plagado el marxismo clásico. El busca desentrañar el saber, el conocimiento, a partir de los procesos y de las complejidades analíticas que detrás de ellos se encierran. Pero, además, busca establecer la supremacía de la razón para comprender la conflictualidad, las contradicciones, los aspectos globales, la visión de conjunto de los fenómenos y su proyectualidad, que es justamente lo que permite pensar la "gran política" que es el verdadero objetivo científico y filosófico de Gramsci.

Son notorias la novedad y la flexibilidad de los instrumentos y de las categorías gramscianas y la forma no definitiva con que cada uno de ellos son presentados por Gramsci. Pero, además, es evidente que su incursionar prevalentemente en la superestructura, en los fenómenos de la cultura y de la espiritualidad de la sociedad, tiene que ver con el hecho de que para Gramsci el socialismo, como objetivo histórico, es mucho más que un sistema económico o político; es, antes que nada, un valor moral profundamente liberador.

Para reinterpretar la historia, Gramsci parte por especificar el concepto de bloque histórico, situándolo en una determinada fase dentro de una misma formación social, comprendiendo, con ello, el desarrollo no sólo como ruptura, sino también en un sentido evolutivo, cuestión hoy vital cuando se trata de operar en el escenario de un solo sistema.

Clave, en la redefinición de la nueva estrategia diferenciada para Occidente que elabora Gramsci, es el de determinar el alcance del concepto de sociedad civil y el vínculo que éste establece con la sociedad en general. Gramsci separa, de una parte, la sociedad civil de la esfera de las relaciones económicas y la coloca en la superestrutura, concediendo a ésta un papel autónomo y dinámico radicalmente distinto del que tiene la visión clásica. De otra parte, distingue en la superestructura el momento fundamental del consenso, que es típico de la sociedad civil, del momento coercitivo de la ley, que por el contrario es típico de la sociedad política, es decir, del Estado.

La reconceptualización gramsciana de la sociedad civil representa una novedad no sólo respecto de Marx, sino de la cultura filosófica y política en general. Para Adam Smith, la sociedad civil es el intercambio y el comercio. Para Kant, es la sociedad de las relaciones económicas, y se basa en la ley de la competencia y en la ambición de poder y de riqueza. Voltaire hace su crítica al cristianismo en nombre y desde el punto de vista de la sociedad civil, con la que identifica el progreso moral de Europa. Hegel sitúa en la sociedad civil tanto la esfera económica, cuanto sus relaciones y las formas de organización del Estado. Marx la circunscribe al conflicto de las relaciones económicas.

Gramsci confiere al concepto de sociedad civil un contenido absolutamente moderno, radicado totalmente en la superestructura. La sociedad civil es el lugar específico de la producción del consenso y, por tanto, la base real, la garantía de la estabilidad del Estado, la sede del desarrollo de la hegemonía. Es el contenido ético del Estado. A través de la sociedad civil el Estado forma el consenso, trata de elevar a la población al nivel de las exigencias del modelo productivo. Es aquí donde se produce el paso de lo objetivo a lo subjetivo y, por ende, el punto de partida de una visión enormemente más elaborada que la de Marx.

En definitiva, la elaboración gramsciana es la única teoría política de la transición formulada por un teórico de génesis marxista e implica la superación de la dicotomía entre superestructura y estructura -lo que en el plano filosófico representa la superación de la subordinación de la materia por sobre el espíritu que es el punto de partida de muchos de los elementos conflictuales, unilaterales y autoritarios presentes en la "esencia'' del marxismo-- y la eliminación de una visión reductiva del Estado que ha visto en éste sólo un órgano coercitivo que a juicio de Lenin era necesario "destruir" como condición para acceder al "poder obrero".

El centro de toda la concepción de la superestructura de Gramsci y de su extensión del concepto de Estado, sea respecto de Marx, pero, en general de la filosofía política de la época, reside en el tema de la hegemonía. A través de ella se expresa la relación entre sociedad civil y Estado, la dialéctica entre consenso y autoridad, la diferencia entre "guerra de posición" -que comporta una profunda reforma intelectual y moral como la difusión de una nueva hegemonía que transforma la filosofía en "sentido común" de la sociedad- y "guerra de maniobras" -que era el modelo típico de las revoluciones jacobinas pasando por la francesa, la rusa y por la mayoría de los eventos de los últimos dos siglos y que comportaron siempre, como común denominador, la idea del asalto, del acto palingenétíco. la utilización de la violencia como "partera de la historia"- y se define el papel de los intelectuales y del propio partido-príncipe. Este es el nudo de la elaboración gramsciana y, sin duda, su mayor aporte filosófico al marxismo y a la teoría política en general.

Gramsci afirma. en sus Cuadernos de la Cárcel, que "el momento de la hegemonía o de la dirección cultural es el momento esencial de la más moderna filosofía de la praxis". Aquí, como en la formulación del "partido príncipe", se vincula a Maquiavelo para tomar en su propia noción de hegemonía esta "doble naturaleza del centauro maquiavélico, de la bestia y del hombre", de la violencia como factor que, en definitiva, no logra jamás construir una nueva civilización.

En mi opinión, la estrategia de hegemonía de Gramsci supera definitivamente, en términos teóricos, pero también históricos, a la noción de "dictadura del proletariado" que nace con Marx, en tanto abstracción histórica, que absolutiza Lenin y que Stalin transforma en "dictadura del partido comunista". Hegemonía, por el contrario, es sinónimo de dirección cultural, es el componente obligatorio de la ampliación social e ideológica del Estado en general, es un momento de medición entre teoría e historia, un momento de tránsito de la filosofía a la ciencia política.

Todo esto implica un verdadero repensamiento de la política, desde Maquiavelo a Marx. Cambia el concepto de "revolución permanente" del Marx del 48, como la estrategia eminentemente jacobina y extrema de Lenin. Desaparece, con Gramsci, la hora X, la idea tan cobijada en la izquierda marxista-leninista, de la secuencia: espera acumulación de fuerzas-preparación del salto definitivo-asalto al poder como acto único y resolutivo y, en cambio, se disemina la lucha hegemónica dentro de la sociedad civil y los aparatos de hegemonía, en una búsqueda permanente e ininterrumpida de soluciones incorporadas en un proyecto transformador que señala la capacidad de ser fuerza dirigente -no excluyente- dentro del Estado que se quiere democratizar y socializar.

Para Gramsci la hegemonía exige una constante capacidad para renovar la legitimidad y para construir nuevas esferas de consenso y de productividad cultural, de manera tal, que el conflicto por la hegemonía queda siempre abierto, no se gana de una vez para siempre, está en disputa y ello prefigura la alternancia. Son temas completamente ausentes en el marxismo clásico y, más aún, en el ortodoxo. La concepción de hegemonía supone un régimen político de libertades democráticas y Gramsci lo señala claramente: "somos liberales, aun cuando somos socialistas. El liberalismo, en cuanto costumbres, hábitos, reglas, es condición ideal e histórica del socialismo". Es decir, Gramsci supera la idea de Marx y de Lenin del Estado-fuerza y le contrapone la idea de la sociedad regulada y de una libertad orgánica donde Estado se identifica con sociedad civil.

En la elaboración gramsciana de hegemonía hay una notable influencia del neoclasicismo griego, del renacimiento italiano, de una síntesis creadora que va desde Robespierre a Kant, y, sobre todo, del neoidealismo de Benedetto Croce, particularmente en lo que se refiere al rol de la cultura, del pensamiento en el desarrollo de la historia y al lugar y función de los intelectuales en un bloque histórico.

En los Cuadernos de la Cárcel, Gramsci pone el acento en el valor moral y político de la cultura que concibe integrada de tres factores principales: la historia, la obra de los intelectuales y el fin ético-político de la creatividad.

Estos factores se entrelazan cuando se socializan los conocimientos y se pone de relieve el carácter historicista del consenso colectivo que cada época genera y el carácter de la propia conciencia crítica que es capaz de colocar en cuestión, como condición de desarrollo, todo dogma, todo precepto fijo.

Gramsci concibe al intelectual, desde el punto de vista filosófico, como lugar principal de creación de la actividad nacional y como ideólogo y científico, como político y científico, como un verdadero "promotor" de la persuasión y, por tanto, analiza esta categoría de manera nueva: a partir de su función en la sociedad ya que en tanto "funcionario de la superestructura" mantiene compacto un determinado bloque histórico, pero, a la vez, dado que posee un alto grado de autonomía respecto de la estructura económica yde los modelos establecidos, es, también, un factor de autocrítica del sistema y de cambio de éste.

Rica y vigente es la calificación que Gramsci hace de la combinación especialista más político; de la naturaleza y el valor de las tradiciones, del folclore, del lenguaje, de la religión en la formación de la subjetividad colectiva; de la cultura nacional-popular; del sentido común; las bases de una teoría de la cultura que crea conciencia social y, a la vez, civilización.

De esta forma, democracia política es en Gramsci la tendencia a hacer coincidir a gobernantes y gobernados, es la transformación de las exigencias de la sociedad civil en derechos, pero, obtenido esto, y por tanto más allá del liberalismo formal, es la consolidación de estos derechos en comportamientos y decisiones autónomas de la colectividad, basada en sólidos principios éticos y en una perenne transformación cultural.
Los límites de la elaboración gramsciana
¿En qué sentido se puede hablar hoy de Gramsci como teórico de la política? Naturalmente, es necesario evitar la tendencia a actualizar, a toda costa, su pensamiento, a manipularlo esquemáticamente y, sobre todo, a colocar en los hombros de Gramsci conceptos de la política que él no formuló o que se universalizaron, en tiempos muy posteriores a los de su elaboración. Su pensamiento es producto de su ambiente histórico, político y conceptual. Aceptar el pensamiento de Gramsci significó, en su momento, admitir que había algo completamente nuevo en el Palacio de las Ideologías, que había un análisis que, desde el marxismo, establecía una supremacía de la realidad por sobre las verdades iluministas preconstituidas, que había un fuerte empeño político- ético por desarrollar y por expandir en la vida cotidiana de la sociedad civil, que no habían portadores de verdades objetivas, sino sólo la humildad de estar en la complejidad de las cosas y de los fenómenos.

Es decir, Gramsci ha servido, sobre todo, a la izquierda, para estar en la sociedad civil de manera no instrumental, para concebir, como elementos de diferenciación, altos niveles de appeal ético-moral como base de la proyección política.

El criterio debe ser el analizar a Gramsci en una perspectiva "metapolítica", afirmando, sea el objetivo ético de la política, el laicismo típico de la modernidad, como el objetivo de corregir el alejamiento de la política de la vida y de la polis y de impedir que ésta se convierta en una pura gesüón.de poder. El pensamiento gramsciano es, sin duda, útil en esta dimensión.

Sin embargo, en este análisis emergen claramente los límites de la elaboración gramsciana. Para Gramsci, de todas maneras, el marxismo es una doctrina de salvación que pone fin al reino de la ilusión (la religión) y al del engaño (capitalismo). El marxismo creyó que todas las demás eran "ideología", es decir, falsa conciencia y, por tanto, distorsión de la realidad. El marxismo, en cambio, era concebido no como una ideología, sino como un orden superior, como una ciencia normativa, como la unidad de la teoría y de la práctica. Con el marxismo, la humanidad debía adquirir conciencia de ella misma y de su destino comunista. y ésa debía ser la verdad de la historia.

Gramsci tuvo una visión, indudablemente, más laica del marxismo, y su historicismo es mucho más que una lectura prometeica de la política. Pero al formular una concepción de partido-príncipe,  guía insustituible de los procesos de expansión del gobierno de la sociedad y sede primaria de la formación de hegemonía, limitó la teoría de la hegemonía al no reconocer, como sustancia de la democracia, el valor del pluralismo, del pluripartidismo, de la representación.

Gramsci -al quedar prisionero de una concepción clasista que supone siempre la "eliminación" como factor político y la exclusión de otro grupo social- no convence cuando se trata de la formulación de los sujetos y de los modos de los ejercicios del poder. de la configuración y del sentido de los sujetos activos en la historia. Todo ello, porque su marxismo, abierto y expansivo, es de todos modos la cultura para el ascenso de una clase y de un partido al poder. Es un marxismo para una revolución que no logrará adquirir el grado de universalismo social que su propio historicismo requería para ser plenamente moderno.
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