5/9/15

Guerra de posiciones y de maniobra en América Latina, entre Occidente y Oriente – La estrategia de la revolución

Daniel Alberto Sicerone Podestá   |   El presente trabajo de investigación es producto de una contrastación teórica de los textos  correspondientes a pensar la estrategia de la revolución en América Latina desde la dualidad de la guerra de posiciones (Gramsci) y la guerra de maniobra (Trotsky). Ambas estrategias son interpeladas desde la Revolución Alemana de 1923 y las conclusiones estratégicas para la configuración de una revolución latinoamericana desde las particularidades propias de una región semi-colonial del sistema capitalista mundial, reconociendo que más allá de las claras y evidentes diferencias con el Occidente central, la estructura económica de nuestra región se encuentra subsumida a la lógica del capital, y por ende, para salir del estado de dependencia global es necesaria una revolución obrera y popular.
Introducción
En el presente trabajo de investigación se desarrollará un discurso acerca de la falencia estratégica de Antonio Gramsci en cuanto reflexiona acerca de la estrategia para Occidente. Se rescata valorizaciones relevantes de la guerra de posición como elemento que permite re-pensar la dominación de la clase dominante en una perspectiva que toma en cuenta la complejidad de las superestructuras y como ellas se han erigido en fortalezas que permiten dotar de mayor consistencia al sistema capitalista frente a las diferentes crisis por las que atraviesa. 

El problema central surge cuando Gramsci no ha podido dar cuenta del paso de la guerra de posición a la guerra de maniobra, es decir al asalto del poder. Este problema no se desprende de la negación de Gramsci del asalto del poder, sino de haber sacado conclusiones equivocadas de los procesos revolucionarios en la Europa de 1920, especialmente con la derrota de la revolución alemana. En cambio, será Trotsky quien logre comprender el paso de la guerra de posición a la guerra de maniobra, sacando las conclusiones y debatiéndolas en la Internacional Comunista.

Esto no quiere decir que Gramsci carece de peso estratégico para pensar la transición al socialismo, y que de esta forma estaría bloqueado para re-pensar el marxismo latinoamericano. Al contrario, se considera que la postura de la guerra de posición en América Latina cumple un papel sumamente relevante en etapa previa al asalto del poder político, conquistando la clase obrera y sus organizaciones posiciones que permitan reforzar al conjunto de la clase, mejorando la correlación de fuerzas, además de ir construyendo una nueva cosmovisión del mundo en clave obrera y popular, con la finalidad de poder asestar un golpe directo contra al poder burgués como parte de una insurrección bien planificada y definida. Las lecturas de esta realidad en el pensamiento gramsciano son diversas, desde aquellas que no ven ese momento de paso a la guerra de maniobra (socialdemocracia y autonomismo), como también existe una concepción que si toma en cuenta tal paso. Esta se corresponde a Portantiero, quien determina que la guerra de posición deviene luego en guerra de maniobra.
Guerra de maniobra y de posiciones
Para poder profundizar la cuestión es necesario re-introducir un debate dentro del marxismo revolucionario acerca de la derrota de la revolución alemana. Las dos concepciones que se cruzaran serán la de Trotsky y Gramsci. Para ello se planteara un elemento central, la revolución alemana de 1923 y la lectura que harán de ella tanto Trotsky como Gramsci. Se concuerda que tal experiencia tiene como producto dos lecturas que se sintetizan a continuación:

Mientras que para Trotsky que había extraído las principales lecciones de la revolución alemana del ’23, lo que debían comprender los partidos de la III Internacional –incluidos los de “occidente”– era que se trataba de “una época de cambios bruscos”; para Gramsci, que no se había adentrado en aquel balance, la conclusión adquiría un carácter más “general” donde la existencia de superestructuras más sólidas en “occidente” hacía “más lenta y más prudente la acción de las masas”. Esta conclusión será la base para sus desarrollos posteriores en los Cuadernos de la Cárcel. (Albamonte y Maiello, 2012: 128).

Trotsky extrae como principal lección de la revolución alemana de 1923 que la época de crisis, guerra y revoluciones se caracteriza por cambios bruscos, es decir que los mismos no tienen un desarrollo lento y posiblemente determinado, sino que son productos de la época del imperialismo como fase superior del capitalismo, de las luchas interbuguesas, de la luchas anticoloniales, de las guerras mundiales, de la presión capitalistas sobre las masas para descargar las consecuencias de la crisis y hacérsela pagar a ellos, etc. El problema estratégico exige comprender que la clase capitalista dominante no dejara de ser dominante por  el solo hecho de la presión o asedio de las masas sobre ella. Frente a ello utilizara sus fortalezas y su despliegue político-militar con la finalidad de imponer su voluntad. Por ello, “la guerra es, en consecuencia, un acto de violencia para imponer nuestra voluntad al adversario” (Clausewitz, 2007: 19).

Reconociendo que “la guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de la misma por otros medios” (Clausewitz, 2007: 39), la estrategia en una guerra civil, considerando que sea una forma por excelencia de los puntos más álgidos de la lucha de clases, será crucial. De esta forma Trotsky reconoce el elemento de variación brusca de la época de crisis, guerra  y revoluciones. Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, el enfrentamiento no deja de tener por ello un contenido político. Las formas de guerra civil que se desarrollan en los procesos álgidos de la lucha de clases, necesitan ser acompañados de una praxis política que estimule el paso de la defensa al ataque, de la precisión de la insurrección, y de la correlación de fuerzas para ello. No se trata de ir a lo frontal, sino de esperar el momento adecuado para asestar el golpe. Trotsky lo plantea claramente cuando sostiene que:

Hoy es posible sublevarse, derribar al enemigo, tomar el Poder, y mañana  quizá sea imposible. Pero tomar el Poder supone modificar el curso de la Historia. ¿Es concebible que tamaño acontecimiento deba depender de un intervalo de veinticuatro horas? Claro que sí. Cuando se trata de la insurrección armada, no se miden los acontecimientos por el kilómetro de la política, sino por el metro de la guerra. Dejar pasar algunas semanas, algunos días, a veces un solo día sin más, equivale, en ciertas condiciones, a la rendición de la Revolución, a la capitulación. Sin las presiones, las críticas y las desconfianzas revolucionarias de Lenin, verosímilmente, no habrá erguido su línea el partido en el momento decisivo, porque era muy fuerte la resistencia en altas esferas, y en la guerra civil, como en la guerra en general, desempeña siempre un primer papel el Estado Mayor (Trotsky, 1975:55)

No solo demuestra el papel del factor tiempo en la preparación y la praxis de la insurrección, sino que también introduce la propuesta de Lenin. El compañero de Trotsky reconocía a la insurrección como un arte, y por ello sostiene que:

En septiembre, por los días de la Conferencia Democrática, exigía Lenin la insurrección inmediata. “Para tratar la insurrección como marxistas, es decir, como un arte –escribía-, debemos al propio tiempo, sin perder un minuto, organizar un Estado Mayor de los destacamentos insurreccionales, repartir nuestras fuerzas, lanzar los regimientos fieles a los puntos más importantes cercar el teatro Alejandra, ocupar la fortaleza de Pedro y Pablo, detener al Gran Estado Mayor y al gobierno, enviar contra los cadetes militares y la División Salvaje destacamentos prontos a sacrificarse hasta el último hombre antes que dejar penetrar al enemigo en los sitios céntricos de la ciudad; debemos movilizar a los obreros armados, convocarlos a la batalla suprema, ocupar simultáneamente el telégrafo y el teléfono, instalar nuestro Estado Mayor Insurrecto en la estación telefónica central, ponerlo en comunicación por teléfono con todas las fábricas, con todos los regimientos, con todos los puntos donde se desarrolla la lucha armada, etc. Claro que todo ello no es más que aproximativo; pero insisto en probar como no se podría  en el momento actual permanecer fiel al marxismo y a la Revolución sin tratar la insurrección como un arte” (Trotsky, 1975: 53)

Gramsci, en cambio, no saca las lecciones estratégicas de los “cambios bruscos”, y por ello termina considerando que la complejidad de las superestructuras en Occidente determina que la guerra sea más prudente, más lenta. Pero no basta con la definición de la complejidad superestructural de Occidente para concebir el tipo de estrategia empleada y su diferencia con la de Trotsky y los bolcheviques, sino que “es importante destacar que las divergencias entre Trotsky y Gramsci sobre la revolución en “occidente” no surgen de la constatación de la mayor complejidad de las superestructuras políticas “occidentales”, sino de las diferentes conclusiones estratégicas que ambos extraen de ello. (Albamonte y Maiello, 2012: 128). El peso de la cuestión está en las lecciones estratégicas que se extraen de los procesos reales de la lucha de clases, principalmente la Alemania de 1923.

En la revolución alemana de 1923 la posición de Trotsky fue la de conformar un frente único con la izquierda de la socialdemocracia alemana en Sajonia y Turinga, conformando gobiernos obreros en aquellas zonas. Esta táctica se conformaba dentro de un horizonte estratégico de lucha por el poder político, y de allí se extraen las conclusiones que reflejaran los errores estratégicos del V Congreso de la Internacional Comunista y el desbarranco del estalinismo. Por ello, Albamonte y Maiello reconocerán el peso de la estrategia en Trotsky, donde manifestaran que:

Para Trotsky el frente único defensivo no era un fin en sí mismo, sino la condición para poder pasar a la ofensiva por la toma del poder. El frente único para la defensa en determinado momento de la relación de fuerzas debía pasar a ser ofensivo, es decir, salirse de los límites del régimen burgués y proponerse su destrucción. La forma organizativa de este frente único ofensivo era para Trotsky justamente los Soviets, o las organizacionesde tipo soviéticas que la clase obrera haya forjado en su lucha. El pasajea la ofensiva marcaba a su vez el comienzo de la guerra civil en términos ampliosa partir de la preparación de insurrección (Albamonte y Maiello, 2012: 132).

Trotsky conjuga defensa y ofensiva, reconociendo el papel de las fortalezas como espacios que no solo sirven para una mejor defensa frente al enemigo, sino también como aprovecho para pasar a la conquista. Conquistar gobiernos obreros en Sajonia y Turinga se corresponde a fortalecer al proletariado y sus organizaciones, y por otro lado desarmar a las fuerzas reaccionarias. Por ello:

Contra toda espera pasiva de las condiciones análogas del “modelo ruso”, levanta la táctica audaz de gobierno obrero como parte de una política activa de preparación de la insurrección. Esta “trinchera” tiene que servir para armar al proletariado, para desarrollar a partir de los comités de fábrica y Centurias Proletarias, una red de organismos de autoorganización y autodefensa, lleven el nombre que fuese. Ambas tareas debían ser desarrolladas al calor de la preparación de la ofensiva y como parte de la misma (Albamonte y Maiello, 2012: 134).

Gramsci adolece de la cuestión estratégica, y por ello no logra dar el paso de una guerra de posiciones a una guerra de maniobra. Esta situación fue el cultivo necesario para que las posteriores interpretaciones consideraran que su canon teórico fluía a posiciones que buscaba encontrar espacios dentro del régimen burgués. Nuevamente Albamonte y Maiello consideran que:  

En Gramsci el pasaje a la ofensiva es uno de los puntos más ambiguos en su pensamiento estratégico. Como decíamos en la comparación con Maquiavelo, en esto se han basado todo tipo de corrientes reformistas para adoptar el concepto de “guerra de posición” como fundamento de una estrategia abocada a la búsqueda de espacios dentro del régimen burgués, llevando al absurdo el concepto de “defensa”. (Albamonte y Maiello, 2012, pág. 141).
América Latina entre guerra de maniobra y posición
Frente a tales cuestiones, Portantiero destaca que “el predominio de la guerra de posiciones como opción estratégica no implica, por otra parte, el total abandono de la guerra de maniobras; sólo supone que la presencia de ésta se limita a una función táctica” (Portantiero, 1977: 19). La afirmación de Portantiero resulta ser polémica, y suma justificaciones con un pretendido vuelco de Lenin hacia una posición de modificar el asalto del poder por el asedio. Frente a ello se considera que la guerra de posiciones y la guerra de maniobra deben conjugarse en una política emancipatoria, pero la vía insurrecionalista no queda descartada en la época de crisis, guerra y revoluciones, aunque pudiera haber tiempos medianamente largos donde el capitalismo logre cierta estabilización y dicha insurrección pareciera imposible. Eso depende de la lucha de clases.

Dejando de lado la cuestión estratégica en Trotsky y Gramsci, reconociendo que la postura del primero saca las conclusiones más acertadas del proceso de Alemania de 1923, Gramsci representa un teórico fundamental para pensar la táctica en momentos donde la ofensiva no parece estar al alcance inmediato para las fuerzas revolucionarias. El pensador italiano permite re-pensar el marxismo latinoamericano en cuanto Latinoamérica es considerada Otro Occidente. Para Gramsci, la distinción entre Oriente y Occidente determinaba la modificación de la estrategia, considerando que las principales características de las mismas son las siguientes:

En Oriente el estado era todo, la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre estado y sociedad civil existía una justa relación  y bajo el temblor del estado se evidenciaba una robusta estructura de la sociedad civil. El estado solo era una trinchera avanzada, detrás de la cual existía una robusta cadena de fortalezas y casamatas; en mayor o menor medida de un estado a otro, se entiende, pero esto precisamente exigía un reconocimiento de carácter nacional (Gramsci, 1977:. 340)

Si en Oriente el Estado lo era todo, y la sociedad civil gelatinosa, la estrategia sería una guerra frontal. En cambio, si en Occidente la sociedad civil es más robusta, por lo tanto se comprenderán a las superestructuras como fortalezas que impiden un asalto directo del poder. Se concuerda en que estas superestructuras deben ser conquistadas como las trincheras de una guerra, pero la insurrección como ofensiva sigue representando un aspecto central. América Latina no se corresponde con la robustez de la sociedad civil del Occidente europeo, aunque desde el proyecto de la Modernidad capitalista se ha instaurado en América la mismidad. Se intentó hacer de América una extensión de Europa, y por ello el reflexionar sobre lo nuestro significa tomar dos posiciones. La primera de ellas es la aceptación y posterior ideologización de nuestra situación. Y la segunda corresponde a re-pensarnos desde el conflicto, por romper esa mismidad y conformarnos en un constante devenir del ser.

El proceso del Argentinazo en el 2001 refleja el debate acerca de la guerra de posición y la guerra de maniobra en América Latina, como también las luchas en Bolivia como precedentes del ascenso del Evismo al poder. En Argentina del año 2001 se produce un levantamiento netamente popular conformado por los desocupados, la juventud trabajadora y sectores de la clase media que veía su situación económica empeorarse. La movilización de masas y posterior enfrentamiento con las fuerzas represivas motivo la caída del gobierno de De La Rúa, pero la debilidad del movimiento por la inexistencia del movimiento obrero organizado, los organismos de doble poder, y un partido obrero que pudiera dirigir al conjunto de los explotados, fue un limitante para un despliegue victorioso de la guerra de maniobra. Un teórico de la guerra de posiciones diría que esa crisis que puso en jaque al régimen burgués debería comprenderse como una acción de desgaste del sistema.

No es descabellada tal posición, aunque ese desgaste se sobrepuso por la acción de las superestructuras robustas que aplacaron la crisis, y la intervención de un gobierno cesarista. Por la acumulación de desgastes el régimen burgués no cae. La clase dominante al ver su posición dominante en peligro recurre a la mayor coerción posible para mantener el orden burgués, o a la acción de una tercera fuerza, ya sea los militares, como forma de derrotar una revolución en curso. De tal forma, comprender la estrategia de la guerra de posiciones como una guerra de desgaste y asedio constante sin comprender el paso a la guerra de maniobras, resulta ser un grueso error teórico de Gramsci, y la imposibilidad de re-pensar al marxismo latinoamericano desde tal posición. Aunque si se logra apreciar un marxismo latinoamericano en clave gramsciana desde el aspecto que una guerra de posiciones establece el despliegue de la hegemonía del proletariado.

La heterogeneidad de las clases subalternas en América Latina determina que sea la clase obrera quien deba ser la clase dirigente, y por ello debe conquistar la hegemonía, conformando un bloque histórico. Antes de tomar el poder es necesario que la clase obrera tenga peso hegemónico, pero es necesario también el despliegue de una estrategia que pase del momento defensivo al momento ofensivo, considerando a la insurrección como un arte. Gramsci permite comprender que no solo basta con determinar que la clase obrera deba tomar el poder, sino también transformar los pre-juicios dentro de la propia nación con la finalidad de unir a los explotados. El proletariado bonaerense no puede hacerse del poder negando la participación del proletariado cordobés o santafesino, y los elementos plebeyos del resto del país. Mientras que la división heredada por conformación burguesa de la nación argentina no sea criticada y se pueda dar una ruptura con ella, el despliegue hegemónico seria virtual.

Una guerra de posiciones es parte de la táctica revolucionaria en cuanto pueda disputar trincheras al enemigo de clase, y desde allí fortalecer al conjunto de las clases explotadas. Pero tal lucha de trincheras tiene un límite, el de que la clase capitalista al ser Estado, posee el monopolio de la fuerza represiva y las decisiones económicas que apuntan a mantener la acumulación del capital. Para superar estos límites, debe existir el paso a una guerra de maniobra, la cual carece de frontalismo vulgar, ya que parte de reconocer los momentos y las acciones estratégicas necesarias para hacerse del poder, tomando en cuenta el factor tiempo como central. El desgaste no puede ser medido en forma mecánica y unilateral, ya que la dialéctica enseña que el fenómeno social de totalidad es producto de la intervención de una heterogeneidad de factores, tales como la lucha de clases, las crisis hegemónicas, las crisis económicas, etc.

Las jornadas de diciembre de 2001 en Argentina demostraron dos políticas claras. La política reformista de las organizaciones e intelectuales de centro izquierda auto-considerados progresistas, y la de los marxistas revolucionarios, dentro de las cuales pueden apreciarse dos posturas también. Para los progresistas, utilizando a Gramsci, habría que plantear una salida a la crisis sin transformar al sistema, re-significando el tema de la participación a una participación dentro del orden burgués. El marxismo revolucionario se manifestaba desde dos posiciones, por un lado la izquierda democratizante que defendía una Asamblea Constituyente, lo cual pondría en jaque al régimen, pero mantenía la cuestión de la estatalidad, y por otro lado una política basada en la guerra de maniobra. La debilidad de la inserción de la izquierda revolucionaria en el movimiento de masas, dejo el campo libre para que predominara la política burguesa. Ello puede observarse a continuación:

De allí que la verdadera alternativa empieza a ser: o reforma o revolución, y para dirimirla a favor de la revolución es que luchamos tanto por la creación de los organismos de doble poder obrero como por un partido revolucionario que los lleve a la victoria. Por esto es tan peligrosa la orientación de la izquierda parlamentarista argentina, desde el diputado Luis Zamora hasta Izquierda Unida y el PO, que plantean la demanda de Asamblea Constituyente como una reforma de tipo constitucional, pacífica y evolutiva, en lugar de plantearla sobre las ruinas del viejo régimen, lo que sólo puede ser un subproducto de acciones insurreccionales encabezadas por la clase obrera que barra con las instituciones del orden vigente. De allí también que los marxistas revolucionarios la hayamos reformulado, después de las jornadas de diciembre, como Asamblea Constituyente Revolucionaria, para diferenciarla de estas salidas “democratizadoras”, aún las más “extremas” que pudiera adoptar el régimen burgués para sobrevivir (Romano y Sanmartino, 2002).

Esta situación también demuestra que la guerra de posiciones carece de vacio estratégico para pelear por el poder, ya que de una crisis hegemónica, la recomposición del régimen o la suplantación por otro diferente, pueden llevar al movimiento de masas al retroceso y una derrota estratégica. El ascenso del fascismo en Italia reflejo que la derrota de los consejos obreros de Turín posibilitara que las fuerzas reaccionarias lograran imponer un régimen fascista contra el movimiento obrero. Del asedio no significa que la clase dominante se desgastara hasta el punto de debilitarse y plantear con mayor facilidad la toma del poder. El producto del asedio de la guerra de posiciones depende de la lucha de clases, de la intervención del partido obrero revolucionario en conquistar fortalezas y dar golpes certeros que permitan debilitar tanto la coerción como el consenso de la clase capitalista. Esto no significa un proceso lineal, sino producto de la heterogeneidad de factores determinantes, donde la praxis es el elemento central.

Retomando aspectos centrales para re-pensar el marxismo latinoamericano en clave gramsciana podemos observar un elemento central en el pensador italiano, la concepción de lo político con cierta autonomía frente a lo económico, separándose de las corrientes catastrofistas de lo económico. De esta forma, se puede pensar que las contra-tendencias de una crisis económica tenga un peso relevante sobre el mecanicismo del elemento económico. La recuperación de una crisis a largo plazo debe responder con una superación de la crisis económica, pero la crisis hegemónica puede resolverse por la incapacidad de las masas de establecerse en un nuevo Estado y régimen. El problema de la cuestión de dirección que planteara Trotsky en el Programa de Transición resulta interesante, ya que una dirección no proletaria puede encauzar tal crisis hacia una re-estabilización, tal como ocurrió en Argentina. Por ello se concuerda con que:

Para Gramsci la cuestión particular del elemento económico, del malestar en las distintas clases y la respuesta mecánica o inmediata por parte de las clases al mismo, entran, como acciones de coyuntura, en un campo más basto “en cuyo terreno se produce el paso de esas correlaciones sociales a correlaciones políticas de fuerza, para culminar en las correlaciones militares decisivas”. Esto excluye toda idea de una determinante unívoca del proceso revolucionario. Plantea incluso las condiciones de reestabilización capitalista generadas por las contratendencias presentes en toda crisis, si esa crisis no se traduce en la disgregación estatal y en la capacidad de las clases explotadas de asumir un papel dirigente, expresadas en la maduración de un movimiento obrero revolucionario genuino y en la constitución de un partido revolucionario director (Romano y Sanmartino, 2002).

Tanto Argentina, como casi el conjunto de los países de América Latina comparten una estructura económica semi-colonizada basada en la exportaciones de materias primas, pero con una imitación de la democracia burguesa de los países imperialistas. Esto hace que convivan junto a una economía dependiente y débil las superestructuras de Occidente. Reconociendo que no hay una unilateralidad de la crisis económica con un proceso revolucionario, no todos los procesos de crisis orgánica determinan una transformación del régimen y del Estado. Esto depende de la lucha de clases como factor adjunto a las crisis económicas y políticas. Se puede preguntarse el porqué de la recuperación y re-estabilización del régimen político. La respuesta se encuentra tanto en la incapacidad de la clase obrera de tener el peso hegemónico y de plantear una dialéctica entre la guerra de posiciones y la guerra de maniobra, o que suceda el fenómeno bonapartista del chavismo como salida a la crisis originada en el 1989 dentro del marco del orden burgués.

Las robustas superestructuras fungen como reproductoras simbólicas de una representación del mundo que comprende la propiedad privada y la acumulación del capital como procesos naturales del devenir social. Tanto la escuela, los medios masivos de comunicación, la intelectualidad pequeño burguesa o burguesa, las políticas editoriales, la promoción de investigaciones sociales, congresos, etc., determinan que el sistema se auto-reproduzca manteniendo las ideas dominantes de la clase dominante. La guerra de posiciones en América Latina puedan ser una contra-tendencia de tal actitud, pero si no se resuelve el problema del poder, y por ende la cuestión que separa al trabajador del medio de producción, ya sea la fábrica o la tierra, los condicionamientos de la base económica serán un impedimento para una transformación en el plano cultural hacia una nueva cosmovisión.
Conclusión
De forma conclusiva se puede reconocer que la guerra de posiciones en Gramsci adolece de un vacío de estrategia. Igualmente se rescata el canon teórico gramsciano sobre las superestructuras capitalistas como fortalezas que impiden un desarrollo de una guerra frontal de forma más directa. El marxismo latinoamericano debe re-pensarse desde una praxis contra-hegemónica, batallando porque la clase obrera ocupe trincheras y desde ahí se fortalezca. Pero esta situación tiene su límite, tal como se desarrolló anteriormente. Aquí es donde el marxismo latinoamericano no puede alimentarse de la teoría gramsciana, y para ello debe asumir una concepción insurreccionalista que da forma de una estrategia de guerra de maniobra como momento esencial en que la clase obrera y sus organizaciones, luego de volverse hegemónicas, luchen por el poder político contra la clase capitalista dominante. Gramsci representaría un pensador de la cuestión hegemónica y el papel de los organismos de auto-organización como pre-figurantes, pero también representaría el límite para poder plantear una lucha por el poder político.

América Latina como país semi-colonial donde el capital imperialista cumple un papel central en la economía, atando de manos al capital nacional al mismo, impide que el empresariado nacional sea quien pueda llevar adelante una política antiimperialista consecuente, y por ello recae la hegemonía del bloque subalterno en el proletariado y sus organizaciones. Pensar al marxismo latinoamericano desde esta posición significa que deba expresarse como una teoría que comprenda el papel de los sujetos sociales en la praxis transformadora de la realidad, así como también el peso de la estrategia en la lucha por el poder.

El proceso del argentinazo en el 2001 es un claro ejemplo de la necesidad de la constitución de un bloque subalterno con aspiración de poder dirigido por la clase obrera y sus organizaciones, y que la lucha no termina en que caiga un determinado gobierno, sino en la constitución de un nuevo Estado. Las enseñanzas de Gramsci sobre los consejos obreros demuestran tal actitud progresiva hacia tal sentido, y es por ello que el marxismo latinoamericano se nutre de su pensamiento.
Notas
[1] Argentino, residenciado en la República Bolivariana de Venezuela. Licenciado en Filosofía por la Universidad Católica Cecilio Acosta. Maestrante del Posgrado en Filosofía de la Universidad del Zulia. Tesis de pregrado: "El marxismo latinoamericano como proyecto emancipador desde la interpretación de las categorías gramscianas". Ponencias: Congreso Redieluz 2014 “La centralidad de la praxis en la filosofía de Marx”. Pre-Congreso Invecom 2014: “Medios públicos venezolanos como difusores de ideología desde la hermenéutica de las categorías marxistas de Ludovico Silva” Congreso Invecom 2015: “Hacia una filosofía de la comunicación en la vida cotidiana. Exploraciones filosóficas”. Artículos publicados: Revista Reflexiones Marginales para el Volumen de Diciembre-Enero 2014-2015, denominada "La reemergencia de la clase obrera contra la muerte del sujeto en clave posmoderna" Revista Reflexiones Marginales para el Volumen de Junio-Julio 2015, denominada “Posibilidades y emergencia de una izquierda libertaria-dionisíaca en América Latina”. Revista Pacarina del Sur para el Volumen enero-marzo, denominado: “Una lectura gramsciana del marxismo latinoamericano”.
Bibliografía
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Trotsky, L. (1975). Lecciones de octubre. ¿Qué fue la revolución rusa? Buenos Aires, ed. El Yunque.
Romano, M. Sanmartino, J. (2002). “Crisis de dominio burgués: reforma o revolución en Argentina”. Revista Estrategia Internacional, Nº 18, Buenos Aires, Fracción Trotskista. “(Documento en línea)”. Disponible en: http://www.ft.org.ar/estrategia/ei18/ei18regimen.htm(Consultado el 27-05-2015).
http://www.pacarinadelsur.com/