23/7/15

Sraffa, Wittgenstein & Gramsci

Foto: Ludwig Wittgenstein, Piero Sraffa & Antonio Gramsci
Amartya Sen   |   La Accademia Nazionale dei Linzei celebró en Roma, en marzo de 2003 1 un gran congreso con motivo de cumplirse el vigésimo aniversario del fallecimiento de Piero Sraffa.' Se rendía así homenaje a un intelectual del más alto relieve quien, durante su vida, publicó sorprendentemente poco pese a lo cual ejerció una influencia muy considerable en el campo de la economía, la filosofía y las ciencias sociales contemporáneas. El impacto intelectual que produjo Sraffa incluye muy diversas incursiones en la teoría económica, entre las que destaca toda una reinterpretación de la historia de la economía política, que partía de la obra de David Ricardo.2 También resultó verdaderamente decisivo su ascendiente sobre Ludwig Wittgenstein, a quien llevó a alejarse de su primera obra, el Tractatus Logico-Philosophicus (1921), para dar lugar -en una de las más singulares trayectorias de la filosofía contemporánea- a su obra tardía, las Investigaciones filosóficas ( 1953) 1 publicada con carácter póstumo. 3
Foto: Amartya Sen

Al “economista Sraffa” no se le suele conocer por estas otras facetas de su rica personalidad intelectual. Esto ocurre, en parte, porque su profesión fue, en efecto, la de economista pero también porque sus aportaciones en el campo de la teoría económica dan la impresión -siquiera sea a primera vista- de que se sitúan al margen de lo que pudieran ser sus ideas filosóficas. Sraffa es un autor muy citado en su disciplina4 aun cuando - como ya se ha apuntado- tan sólo publicó un pequeño número de artículos y un único libro, además de haberse hecho cargo de la edición de las obras de David Ricardo. Su aportación a la economía, en particular la contenida en su único libro Producción de mercancías por medio de mercancías. Preludio a una crítica de la Teoría Económica (Sraffa, 1960)1 ha dado lugar a muy importantes debates en la especialidad. Sus obras alumbraron una importante escuela de pensamiento en el ámbito de la teoría económica por mucho que, según algunos, no hay nada de verdadero valor en sus escritos y aun cuando otros -con Paul Samuelson a la cabeza tengan que el pensamiento de Sraffa es tan profundo como errado.5

La tentación de ver en Sraffa únicamente al economista ha sido sin duda muy fuerte. Sin embargo, resulta particularmente beneficioso considerar sus muy diversas aportaciones como un todo. De no menor importancia para la historia del pensamiento filosófico puede llegar a ser el reexamen de las relaciones que mantuvo con Wittgenstein, sobre quien ejerció una notable influencia, considerándolas a la luz de la relación que mantuvo con Antonio Gramsci, el teórico marxista que a su vez ejerció una fuerte influencia sobre Sraffa. De hecho estas relaciones duales permiten explorar una hipotética “conexión gramsciana” en la transformación del “primer Wittgenstein” en el “segundo Wittgenstein"
Wittgenstein y Sraffa
Ludwig Wittgenstein regresó al Trinity College de Cambridge en enero de 1929. Había dejado Cambridge, donde había sido alumno de Bertrand Russell, en 1913. La vuelta 6. Sobre este punto véase Brian McGuinness  (1982); Ray Monk (1991); Paolo Albaní ( 1998) y John Davis (2002), entre otros. 86 de Wittgenstein fue todo un acontecimiento dada su ya consolidada reputación como filó- sofo genial. John Maynard Keynes escribió a su esposa, Lydia Lopokova: “Pues sí, Dios ha llegado. Me encontré con él en el tren de las cinco y cuarto”.

Piero Sraffa, que no conocía a Wittgenstein de la época anterior, se había instalado en Cambridge procedente de Italia poco más de un año antes del regreso de Wittgenstein. Aunque entonces tenía tan sólo veintinueve años - pues había nacido en Turín el 5 de agosto de i898- era ya bien conocido en Gran Bretaña e Italia como un economista muy original. Se había licenciado por la Universidad de Turín a finales de i920 con un trabajo (tesi di laurea) de teoría monetaria, pero fue un artículo sobre los fundamentos de la teoría de los precios, que apareció en i925 en los Annali di Economia (revista que se publicaba en Milán), lo que le reportó una gran celebridad tanto en Italia como en Gran Bretaña. En este ensayo demostraba que los fundamentos sobre los que se asentaba la teoría de los precios aceptada por entonces y que había formulado Alfred Marshall (el máximo representante de la “escuela de Cambridge” hegemónica en la época) estaban mal concebidos. Al año siguiente apareció en inglés una versión ampliada de este mismo trabajo en el Economic fournal (Sraffa, i926) que tuvo una enorme resonancia.

En Italia había contraído fuertes compromisos de carácter político como miembro activo del Grupo de Estudiantes Socialistas y del equipo de redacción de L'Ordine Nuovo, periódico de orientación izquierdista fundado y dirigido por Antonio Gramsci en i919 (y que, con posterioridad, sería prohibido por el gobierno fascista). De hecho, en la época en que Sraffa se trasladó a Gran Bretaña, en i927, era toda una referencia para los intelectuales de izquierda en Italia, era simpatizante aunque no militante del Partido Comunista Italiano, fundado en i921 y dirigido por Gramsci. En i923 había obtenido una plaza de profesor ayudante de la Universidad de Perugia y en i926 era profesor titular de la de Cagliari (Cerdeña); pese a ello, cuando se intensificó la represión fascista decidió abandonar su país.

En i922, el padre de Piero Sraffa, Angelo, rector entonces de la Universidad Luigi Bocconi, recibió dos telegramas de Mussolini en los que le pedía que su hijo se retractase de una valoración crítica de la política financiera italiana que había publicado en el Manchester Guardian (invitado a hacerlo por John Maynard Keynes). Mussolini se quejaba de lo que consideraba que era “extender la desconfianza hacia su régimen”, “un acto de sabotaje en toda regla “. Angelo Sraffa, académico valiente y expeditivo, le contestó diciendo que el artículo en cuestión no hacía más que exponer “hechos bien conocidos” y que, por lo tanto, no había de qué retractarse. Durante los años siguientes Piero Sraffa tuvo diversos enfrentamientos con el gobierno italiano y se sintió muy reconfortado por la invitación contenida en una carta de Keynes, en enero de i927, a ocupar un puesto como docente en Cambridge, adonde se trasladó en septiembre de ese año. En la época en que Wittgenstein volvió a dicha universidad (enero de 1929), Sraffa ya había consolidado en ella una reputación; “legendaria como uno de los intelectuales más lúcidos de la comunidad universitaria.”

La influencia ejercida por Sraffa sobre Wittgenstein fue consecuencia de la larga serie de conversaciones periódicas que mantuvieron durante mucho tiempa6 ¿En qué consistió dicha influencia? En los años que siguieron a 1929 tuvo lugar todo un cambio en la orientación del pensamiento del filósofo -un cambio en el que las conversaciones con su colega y amigo italiano desempeñaron, sin duda, un papel fundamental. En su TEMAS 87 obra temprana (en particular en el Tractatus Logico-Philosophicus) Wittgenstein se sirvió de la que suele denominarse “teoría pictórica del significado” de acuerdo con la cual una oración representa un estado de cosas por ser una especie de pintura del mismo, un mero reflejo de la estructura del mismo estado de cosas que representa. A riesgo de incurrir en una simplificación excesiva, cabe decir que Wittgenstein insiste en que una proposición y lo que ésta describe deben tener una misma forma lógica. Sraffa vio que esta concepción filosófica estaba profundamente equivocada e instó a su amigo a reconocer la necesidad en que se encontraba de reconsiderarla.

Según una anécdota que se ha hecho famosa, Sraffa respondió a la afirmación del filósofo acariciándose el mentón con las yemas de sus dedos, lo que por lo visto cabía entender con facilidad como un gesto napolitano de escepticismo, y le espetó: “¿Cuál es la forma lógica de esto?” Años después Sraffa, a quien tuve el privilegio de conocer bien -primero como estudiante y más tarde como colega- en el Trinity College de Cambridge, insistiría en que esta anécdota, si no enteramente apócrifa (“soy incapaz, me dijo, de recordarla con precisión”), era más una especie de fábula con moraleja incluida que un hecho real (“discutía con Wittgenstein tanto y tan a menudo que las puntas de mis dedos tenían bien poco que decir”). Pero esta historia ilustra plásticamente la naturaleza del escepticismo que suscitaba en él la filosofía contenida en el Tractatus y, en particular, la cuestión de cómo puedan las convenciones aportar algo al significado de nuestros gestos y expresiones lingüísticas.

Las conversaciones que Wittgenstein mantuvo con Sraffa fueron sin duda de enorme importancia para el primero. Más tarde éste le confesaría a Henrik von Wright -el distinguido filósofo finlandés- que le hacían sentirse “como el tronco de un árbol al que se le hubieran cortado todas sus ramas”. De acuerdo con la convención establecida, la obra del filósofo suele dividirse entre la que corresponde al “primer” Wittgenstein y la que corresponde al “segundo”, y 1929 sería precisamente el año en el que se situaría la divisoria que separaría a uno de otro. Sin embargo, Sraffa no sería el único crí- tico al que tuvo que enfrentarse Wittgenstein. Frank Ramsey, el jovencísimo prodigio matemático residente también en Cambridge, fue otro de los más prominentes. Wittgenstein (19531 pág. x) deja constancia de su agradecimiento a éste, pero reconoce que estaba “aún más” en deuda con la crítica constante a la que “un profesor de esta Universidad, el Sr. P. Sraffa, ha sometido, durante muchos años, a mi pensamiento”, añadiendo que “a (su) aguijón le debo las ideas más ricas en consecuencias de este libro [las Investigaciones filosóficas]”.

Wittgenstein contó a un amigo (Rush Rhees, filósofo como él también en Cambridge) que lo más importante que le enseñó su amigo italiano fue la “perspectiva antropológica” con la que le proponía afrontar los problemas filosóficos. En su perspicaz análisis de la influencia de Sraffa y Freud sobre el pensamiento de Wittgenstein, Brian McGuinness ( i982) estudia el impacto que produjo en éste último la “manera antropológica o etnológica de ver las cosas que le fue sugerida por el economista Sraffa” (págs. 36-39). Mientras que en el Tractatus intenta ver el lenguaje con independencia de las circunstancias sociales en las que se hace uso de él, en las Investigaciones filosóficas pone el acento en las convenciones y reglas que confieren a las expresiones lingüísticas 7.Wittgenstein no sólo admiraba a Sraffa, sino que le confió la custodia de algunos de sus trabajos filosóficos. Sraffa escribió lo siguiente a Van Wright el 27 de agosto de 1958 (en la Biblioteca Wren del Trinity College existe una copia manuscrita del propio remitente): “Al comparar mi ejemplar del Cuaderno Azul [de Wittgenstein) con la edición recientemente publicada [Wittgenstein 1958) me encuentro con que contiene cierto número de pequeñas correcciones de la mano del mismo Wittgenstein que no han sido tenidas en cuenta en la versión impresa. Supongo que las hizo cuando me dio el libro poco después de la muerte de Skinner [en 194 1 J, a quien perteneció anteriormente”. Resulta fácil constatar la conexión existente entre este punto de vista y lo que con posterioridad se ha dado en llamar “filosofía del lenguaje ordinario”.

El escepticismo expresado por el napolitano roce de la barbilla con las yemas de los dedos (aunque lo expresara un muchacho toscano de Pisa, nacido en Turín) sólo puede interpretarse en términos de reglas y convenciones establecidas - lo que podría llamarse “la corriente de la vida”- en el mundo napolitano. Wittgenstein (1953, pág. 5) utilizó la expresión “juego de lenguaje” para ilustrar cómo la gente llega a dominar el uso del lenguaje y el significado de palabras y gestos (por mucho que, en última instancia, en cualquier lenguaje real haya mucho más de lo que puede entenderse como simples juegos de lenguaje).
Podemos imaginarnos también que todo el proceso del uso de las palabras (...) es uno de esos juegos por medio de los cuales aprenden los niños su lengua materna. Llamaré a estos juegos “juegos de lenguaje” y hablaré a veces de un lenguaje primitivo como un juego de lenguaje.
Reservas y desavenencias
¿Le impresionó a Sraffa el impacto que llegaron a tener sus propias ideas sobre el filósofo que cabe considerar el más prominente de nuestro tiempo (“el Dios “con quien se encontró Keynes en el tren de las cinco y cuarto)? Y, por otra parte, ¿cómo llegó a forjar ideas de semejante alcance por su propia cuenta? En más de una ocasión, durante los habituales paseos vespertinos que tuve ocasión de compartir con él entre 1958 y 1963, le planteé estas cuestiones y no obtuve más que respuestas desconcertantes. No -me decía-, en ningún momento se había sentido particularmente impresionado, puesto que sus observaciones no pasaban de ser algo “bastante obvio “. No, nunca fue consciente de cómo se le habían ocurrido puesto que -insistía- no dejaban de ser “bastante obvias”.

Apreciaba mucho a Wittgenstein y lo admiraba profundamente. 7 Pero estaba claro que dudaba de la utilidad de las interminables conversaciones que mantuvo con el genial filósofo. Cuando yo mismo llegué al Trinity como estudiante, en los primeros años cincuenta, poco tiempo después de la muerte de Wittgenstein, pude percatarme de que entre ambos había tenido lugar algún tipo de desavenencia. Al contestar a mis preguntas, Sraffa mostraba abiertamente su reticencia a la hora de abordar lo que en realidad aconteció. “Tuve que dar por interrumpidas nuestras conversaciones habituales ... Digamos que me resultaban aburridas”. Estas fueron las palabras más precisas que pude obtener de él. Sin embargo, Ray Monk en su biografía de Wittgenstein (1991) se refiere a este asunto con bastante mayor detalle (pág. 487):
En mayo de i946 Piero Sraffa decidió que ya no deseaba tener más conversaciones con Wittgenstein, diciendo que ya no podía dedicar su tiempo ni su atención a los asuntos que Wittgenstein deseaba discutir. Esto fue un gran golpe para Wittgenstein. Le rogó a Sraffa que siguieran con sus conversaciones semanales, aunque eso significara abandonar los temas filosóficos. “Hablaremos de cualquier cosa “, le dijo. “Sí “, replicó Sraffa, “pero a tu manera “.
También podría haberle resultado exasperante la ingenuidad política del filósofo. De hecho, tuvo que disuadir a Wittgenstein cuando éste -de origen judío y extraordinariamente locuaz- se proponía viajar a Viena en 1938 precisamente cuando Hitler iba a presidir el gran desfile que celebraba su entrada triunfal en la ciudad. Del mismo modo, aunque las convicciones políticas de ambos se situaran en la izquierda, al italiano Sraffa (realista con más que sobrada experiencia) poca gracia podrían hacerle las peregrinas ocurrencias de su amigo sobre cuestiones de índole social, aderezadas con el fuerte sentimiento romántico que le inspiraba la dureza de la vida de los trabajadores, en quienes cifraba la esperanza de la revolución comunista que conduciría al rechazo del culto a la ciencia al que Wittgenstein atribuía una influencia nefasta sobre la vida contemporánea.

Sigue pues en pie la cuestión de por qué Sraffa se mostraba tan reservado al referirse a la profundidad y originalidad de las conversaciones mantenidas con el filósofo incluso al principio (en 1929 e inmediatamente después), y por qué consideraba que las ideas que tanta importancia tuvieron para éste eran tan elementales. Él mismo no publicó nada sobre ellas, pero hay constancia de que lo que a Wittgenstein le parecía una innovación intelectual, un nuevo saber, no era más que un tema de discusión corriente en el círculo intelectual al que pertenecían en Italia tanto él mismo como Gramsci. De este último asunto paso a ocuparme a continuación.
La conexión con Gramsci
Antonio Gramsci fue menos reacio que Sraffa a poner por escrito sus ideas filosóficas. Cuando John Maynard Keynes escribió a Sraffa en enero de 1927 comunicándole que la Universidad de Cambridge estaba dispuesta a ofrecerle un puesto docente, Gramsci acababa de ser apresado (su detención tuvo lugar, para ser precisos, el 8 de noviembre de i926). Tras varias penosas experiencias carcelarias, y especialmente la padecida en Milán, se vio sometido junto a otros presos políticos a un proceso en Roma, en el verano de i928. Gramsci fue condenado a veinte años de cárcel (“hemos de impedir que esa cabeza funcione durante los próximos veinte años” fueron las palabras pronunciadas por el fiscal que harían fortuna), siendo internado en el penal de Turi, a unos treinta kilómetros de Bari. A partir de febrero de i929 Gramsci se dedicó a escribir notas y ensayos que, posteriormente, serían dados a conocer bajo el título de Cuadernos de la cárcel (Gramsci, i971, i975).

Estas notas nos proporcionan una clara visión de los asuntos que interesaban tanto a su autor como a los integrantes de su círculo. Sraffa se sentía muy satisfecho por el hecho de que su amigo pusiese por escrito sus pensamientos y para ayudarle abrió a su nombre una cuenta ilimitada en una librería milanesa (Sperling & Kupfer) que pagaría él. Como ya· se señalado, Sraffa se integró en la redacción de L'Ordine Nuovo -cuyo director era Gramsci- en i 921 pero conocía a éste con anterioridad y colaboraba en la revista desde i919 (sobre todo como traductor de textos en inglés, francés y alemán). El hecho de trabajar juntos en esa importante publicación estrechó la relación que habían iniciado con anterioridad y les permitió mantener intensas discusiones durante años. 8 Aunque de vez en cuando discreparan -como ocurrió, por ejemplo, en i924 cuando Sraffa se mostró crítico con la línea del partido (el Partido Comunista “incurre en un tremendo error al dar la impresión de que sabotea una alianza de los movimientos de oposición “), no cabe duda de la extraordinaria fecundidad de aquellas discusiones.

Dado que los Cuadernos de la cárcel daban continuidad, en muchos sentidos, a la dilatada reflexión intelectual de Gramsci y puesto que reflejaban el tipo de ideas por las que se interesaban los miembros del círculo de sus amigos, resulta provechoso ver cómo sus notas se relacionan con temas recurrentes en las conversaciones entre Sraffa y Wittgenstein, incluyendo referencias al papel que se atribuía en ellas a las reglas y convenciones, así como al alcance de lo que llegaría a conocerse como “filosofía del lenguaje ordinario”. En un ensayo sobre “el estudio de la filosofía” Gramsci examina “algunos puntos de referencia de carácter preliminar” y formula su audaz afirmación de que “es esencial destruir el extendido prejuicio de que la filosofía es una cosa extraña y difícil tan sólo porque es la actividad específica de una categoría particular de especialistas o de filósofos profesionales y sistemáticos”. Lejos de eso, habría que mostrar que “todos los hombres son “filósofos”, definiendo los límites y las características de la “filosofía espontánea” que es patrimonio de todos”.

¿Cuál es el objeto, pues, de esta “filosofía espontánea”? El primer punto al que se refiere es “el lenguaje, que es una totalidad de nociones y conceptos determinados, y no sólo de palabras gramaticalmente vacías de contenido “. Tanto el papel de las reglas y de las convenciones, incluidos en lo que Wittgenstein dio en llamar “juegos de lenguaje”, como la relevancia de lo que se ha venido a denominar “la manera antropológica” por la que abogaba Sraffa ante el filósofo, ocupan un lugar destacado en los Cuadernos de la cárcel (Gramsci i975, pág. 324):
Se pertenece siempre a un grupo determinado, precisamente al que forman todos los elementos sociales que comparten un mismo modo de pensar y de actuar, una misma concepción del mundo. Se es conformista de un conformismo tal, siempre se es hombre-masa u hombre colectivo.
El papel de las convenciones lingüísticas fue considerado por Gramsci sirviéndose para ello de diversas ilustraciones. He aquí uno de sus ejemplos (Gramsci 1975 pág. 447):
También puede traerse a colación el ejemplo ofrecido por Bertrand Russell en un pequeño libro suyo /The Problems of Philosophyj. Russell viene a decir lo siguiente: “Sin contar con la existencia del hombre sobre la tierra no podríamos siquiera pensar en la existencia de Londres o Edimburgo, pero podemos hacerlo en la de dos puntos en el espacio, uno al norte y otro al sur, en donde ahora están Londres y Edimburgo “. ( ... ) este y oeste no son más que términos arbitrarios y convencionales, esto es, construcciones históricas puesto que, fuera de la historia real, cualquier punto del planeta es el este y el oeste al mismo tiempo. Esto puede verse con mayor claridad si partimos del hecho de que estos términos han cristalizado no desde el punto de vista de un hipotético y melancólico hombre en genera l, sino desde el punto de vista de las clases cultas europeas que, como resultado de su hegemonía mundial, han impuesto su aceptación en todas partes. f apón es el Lejano Oriente no sólo para Europa sino también probablemente para los americanos de California e incluso para los mismos japoneses quienes, por la influencia de la cultura política inglesa, pueden llamar Próximo Oriente al mismo Egipto.
La dilucidación del modo en el que se vinculan las ideas de Sraffa con las de Gramsci y el sentido de las influencias cruzadas entre ambos requeriría -como ya se ha indicado un estudio más amplio. 9 Pero resulta razonable suponer que, de un modo u otro, Sraffa estaba bien familiarizado con los temas que interesaban a Gramsci en los años veinte y primeros treinta. No es demasiado difícil entender que a Sraffa -si se tiene en cuenta el ámbito cultural del que procedía- le pareciesen profundamente equivocadas las ideas expuestas por Wittgenstein en el Tractatus. Tampoco lo es ver por qué tenía que parecerle tan evidente que “la perspectiva antropológica” - que resultaba novedosa y trascendente para Wittgenstein- era realmente fecunda.
Valoración del capital y comunicación social
¿Cuál es el peso que cabe atribuir en la teoría económica de Sraffa a las ideas -incluida la llamada “perspectiva antropológica”- consideradas por Gramsci, Wittgenstein y el propio Sraffa? En su obra temprana, en particular en su celebrado ensayo publicado en italiano en i925 y en la versión inglesa aparecida en el Economic Journal al año siguiente -en la que se asentó su prestigio- demostraba que la orientación de la teoría económica vigente, la de Alfred Marshall, que interpretaba los resultados de la acción del mercado como efecto de la competencia pura, contenía una contradicción interna en el caso de las economías de escala en la producción de las empresas individuales. El análisis de Sraffa estimuló una considerable serie de trabajos subsiguientes dedicados a las economías de escala y a las formas de mercado no plenamente competitivas, como los de Joan Robinson ( i933) y Edward Chamberlain ( i933). Estas aportaciones pioneras no parecen haber tenido demasiada relevancia para el tipo de cuestiones filosóficas que, posteriormente, serían desarrolladas por Wittgenstein o por Sraffa o Gramsci.

Sin embargo, son estas las cuestiones que ocupan un lugar central en el libro de Sraffa Producción de mercancías por medio de mercancías. Preludio a una crítica de la teoría económica. (1960) Permítaseme ilustrar este extremo con dos de las cuestiones tratadas en este elegante libro. La primera de ellas se refiere a la agregación de capital y a la idea del capital como factor de producción. La teoría económica dominante -conocida como “economía neoclásica”- puede formularse a niveles diferentes de agregación. Los bienes de capital tales como maquinaria y equipo son evidentemente muy variados y cualquier alusión global que haga referencia al “capital “ como factor general de la producción debe implicar algún tipo de “modelización “ de dicha agregación que sea comprensible y susceptible de discusión en términos de la comunicación social. Del mismo modo, existe la muy polémica afirmación de que es la productividad del capital añadido (el llamado “producto marginal del capital”) lo que puede verse como determinante del valor de la tasa de rendimiento del capital (tasa de interés o de beneficio).

La crítica de Sraffa pone en entredicho estas afirmaciones al mostrar que el capital como factor sustitutivo de producción no puede definirse, en general, independientemente de la tasa de interés, y que la llamada productividad marginal del capital difícilmente puede ser considerada como factor determinante de la tasa de interés. De hecho, las técnicas de producción no pueden siquiera clasificarse en función de que sean más o menos “intensivas en capital”, puesto que la intensidad de éste, que depende de la tasa de interés, puede alterar una y otra vez su posición relativa a medida que desciende dicha tasa de interés.'

Este es un resultado técnicamente tan relevante que nos fuerza a plantearnos cuáles son sus consecuencias. Los modelos neoclásicos de agregación, con el capital como factor de producción, quedan muy seriamente afectados. Pero la teoría económica neoclásica no requiere exponerse en términos de agregación puesto que es posible ver la producción, sin más, como un conjunto de bienes de capital diferenciados y, con ello, dar por zanjada la cuestión. Del mismo modo, el tipo de estrategia de política económica que puede desprenderse de un planteamiento en términos de agregación (así la utilización de técnicas menos intensivas en capital cuando los costes del trabajo son bajos y los del capital altos) no depende ni de cómo se determinen en realidad las tasas de interés, ni está supeditada a ningún modelo específico de valoración del capital.”

Sin embargo, a nivel de la teoría pura, la idea de que el interés es la retribución de la productividad del capital más que el resultado, digamos, de la explotación del trabajo (o simplemente la diferencia entre el valor del producto y el coste de los inputs, incluidos los salariales) puede desempeñar -como a menudo ha ocurrido- un papel destacado en los debates políticos y sociales sobre la naturaleza del sistema capitalista. Así, no es difícil percibir el relieve político y social de la demoledora crítica llevada a cabo por Sraffa del capital como factor de producción, una vez que se identifica e interpreta el objeto de su crítica en la línea marcada por un debate clásico, sostenido durante varios siglos. Sus hallazgos han de ser vistos, pues, como respuesta a una explicación de carácter descriptivo muy particular -y con relevancia normativa- del sistema de producción capitalista (que es donde radica la relevancia social potencial de estos resultados técnicos).

Por mi parte, debo confesar que me resulta extremadamente difícil convencerme de que mi escepticismo ante un capitalismo libre de trabas dependa de cuestiones tales como la utilidad del capital agregado en tanto que factor de producción o como la productividad que se le atribuye. Más bien creo que depende de la situación y de los problemas que el capitalismo puede llegar a generar y de los efectos que tiene sobre las vidas de las gentes, si no se le limita y complementa con otras instituciones que, normalmente, son del todo ajenas al mercado. Y sin embargo no cuesta mucho darse cuenta de la amplitud de la perspectiva que, en términos sociales y políticos, proporciona el análisis de Sraffa, así como de su relevancia en términos de argumentación para los debates en los que se cuestiona la productividad del capital como explicación del beneficio.
Los precios y los dos sentidos de su determinación
Pasemos a nuestro segundo ejemplo. Sraffa considera que una economía está en equilibrio cuando presenta una tasa de beneficio (o interés) uniforme. A partir de una visión sinóptica de la economía que contenga de manera comprehensiva todas las actividades involucradas en la producción, incluidos los inputs y outputs observados y una tasa de interés dada, Sraffa muestra que -con esta sola información- podemos determinar (en el sentido de representar cuantitativamente) los precios de todas las mercancías así como la distribución de la renta entre salarios e interés (o beneficio). 1 ' Del mismo modo, si se considera una tasa de interés (o beneficio) más y más alta, entonces la tasa salarial será -de manera proporcional- más y más baja. Podemos, pues, obtener una relación salario-beneficio a la baja (lo que equivaldría a la escenificación de una “lucha de clases “ estabilizada poco menos que en la placidez), para una situación de la producción dada, de manera que la determinación bien sea de la tasa de interés (o beneficio) o bien de la tasa salarial permitiría calcular los precios de todas las mercancías.

En toda esta historia el convidado de piedra es la demanda: de la información relativa a la producción pasamos directamente a los precios. En este ejercicio matemático, no hay necesidad alguna de hacer referencia a las condiciones de la demanda de las diferentes mercancías que son, en este concreto supuesto analítico, del todo irrelevantes. En la interpretación de este limpio resultado, el fundamento filosófico del significado y la percepción social cobra una particular relevancia. Resulta sumamente importante comprender lo que quiere decirse en un contexto matemático con el término “determinación “ (o, por decirlo en términos “antropológicos “, cómo podría ser entendida ésta por la comunidad matemática), pues no debemos confundir los diferentes sentidos en los que puede usarse el término en cuestión. Entre los críticos adscritos a la teoría económica dominante ha existido siempre una fuerte tendencia a atribuir a la “crítica” de Sraffa la intención de declarar irrelevantes las condiciones de la demanda en la determinación causal de los precios, con el consiguiente efecto sobre una teoría que atribuye un papel tan destacado tanto a la demanda como a la utilidad. Robinson (1961) no es la única en mostrar una cierta debilidad por esta idea (pág. 57):
... cuando se nos proporciona un conjunto de ecuaciones técnicas para la producción y la tasa salarial real que es uniforme en el conjunto de la economía, no queda ya lugar alguno para ecuaciones de demanda en la determinación de los precios de equilibrio.
No obstante y puesto que el cálculo entero se realiza para un supuesto de producción dado y observado (con inputs y outputs prefijados como una instantánea de las operaciones de la producción en la economía), la cuestión de qué es lo que ocurriría si cambiasen las condiciones de la demanda - lo que, por descontado, conllevaría volúmenes diferentes de producción- no se contempla en modo alguno en este ejercicio. ' 3 La tendencia a interpretar la determinación matemática como si se tratase de una determinación causal puede provocar, pues, un enorme malentendido.' 4
Valor e importancia descriptiva
Si los resultados obtenidos por Sraffa no tienen mucho que decir sobre la determinación causal ¿qué es lo que les hace merecedores de atención? Cabe contestar a esta pregunta considerando la naturaleza de la comunicación social a la que contribuye la obra de Sraffa. En primer lugar, la determinación analítica -no sólo la determinación causales un asunto del mayor interés. La demostración sraffiana de que una visión sinóptica de las condiciones de producción de la economía puede decirnos mucho acerca de los precios posibles no es sólo una notable diagnosis analítica, sino que es también un hallazgo de considerable relevancia intelectual para quienes decidan ocuparse de la correspondencia entre cantidades producidas y precios. Gramsci escribió que cualquiera es filósofo, a uno u otro nivel, y muy probablemente pueda decirse algo parecido respecto del hecho de que la curiosidad analítica -e incluso la matemática- estén muy difundidas e influyan nuestro pensamiento social.

Una segunda razón por la que interesarse por los resultados alcanzados por Sraffa consiste en comprenderlos en términos de la idea de valor y del contenido político de dicho concepto. En el pensamiento clásico, el “valor “ha sido considerado no sólo como una 15. Robinson (1964), pág. 39. [Trad. cast., pág. 46.] 16. En epistemología se plantea una cuestión -relacionada con ésta- referida a la precisión que se requeriría para que resultara aceptable una hipotética afirmación científica sobre esta misma cuestión. También resulta pertinente el análisis de Sraffa que parece inspirarse en la observación de Aristóteles (contenida en su Ética o Nicómoco) según la cual hay que “buscar la precisión en cada clase de cosas hasta el punto en que así lo admita su naturaleza.” Sobre este extremo, vé- ase Sen ( 1982), ensayo 20 (“La descripción como elección”), y Coates ( 1996), junto con las referencias que aportan. Por mi parte no insistiré aquí sobre este punto. 94 vía para la fijación de los precios (tanto Smith como Ricardo y Marx se plantearon el problema de la transformación del valor en precio), sino también una manera de dar lugar a una descripción con relieve social. Para muchos economistas la idea misma de “valor “ aparece como algo pura y simplemente equivocado. Así, Robinson apela a la metodología positivista (podría decirse que era una “popperiana de izquierdas”) para negar toda relevancia real a la idea de valor en general y a su uso por la economía marxiana en particular. En su Filosofía económica, Robinson ( 1964) formula su denuncia en estos términos:
En este plano, la argumentación en su totalidad resulta ser metafísica; proporciona un típico ejemplo de la forma en que actúan las ideas metafísicas. Desde un punto de vista lógico sólo es un galimatías, pero para Marx era un foco iluminador y para los marxistas ulteriores, una fuente de inspiración.
“El valor no sirve de nada “, concluye Robinson. “Carece de contenido operativo alguno.

No es más que una palabra”.' 5 Las cuestiones filosóficas planteadas por Gramsci, Sraffa y, desde luego, por Wittgenstein, tienen una importancia considerable para este asunto. Del mismo modo que la metodología positivista juzga carentes de sentido ciertos enunciados cuando no se ajustan al sentido estrecho de “significado “ en términos estrictos de verificación o falsación, así también el Tractatus atribuía muy poca entidad a enunciados que no representaran o reflejaran un estado de cosas con esa misma forma lógica. Esto implica -como señala Simon Blackburn ( 1994)- negar “significado factual o cognitivo a aquellas oraciones cuya función no encaje con la idea de representación [defendida en el Tractatus], como es el caso de las relativas a la ética, el significado o el yo” (pág. 401, art. “Wittgenstein “). En abierto contraste con esta posición, el enfoque filosófico que mantiene el “segundo Wittgenstein” -en parte bajo la influencia de Sraffa- incluye una concepción del significado mucho más amplia. 16

La interpretación del valor y su relevancia descriptiva fueron muy bien analizadas por Maurice Dobb (1937, 1973), el economista marxista que fuera un íntimo amigo y durante muchos años colaborador de Sraffa en la edición de las obras completas de David Ricardo. Dobb destacaba el interés político y social que merecía el estudio de las relaciones económicas entre los individuos. Incluso nociones tales como “explotación “ que algunos (como Robinson) han calificado de “metafísicas “, pueden verse como un intento de reflejar, en el terreno del lenguaje y la comunicación, una cuestión de interés público y general relativa a las asimetrías sociales en las relaciones económicas. Como escribe Dobb (1973, pág. 45):
... la “explotación “ no es -como en ciertas ocasiones se ha dicho- ni algo metafísico ni un mero pronunciamiento “ético “ (menos todavía puede considerarsele como “pura retórica” ): constituye una descripción objetiva de una relación socio-económica del mismo tipo que lo es la acertada caracterización del feudalismo como un sistema en el que los señores “vivían del trabajo de sus siervos” que hizo Marc Bloch.
El análisis sraffiano de las relaciones de producción y de la coherencia entre costes y precios (en el marco de una instantánea de la economía), si bien es distinta de una descripción de corte marxiano basada en el trabajo, es también un intento de hacer explícitas las relaciones sociales centrando la atención en el lado de la producción, en lugar de hacerlo en el de la utilidad o en el de las condiciones subjetivas. Podemos discutir hasta qué punto es pertinente la perspectiva que con ello se nos ofrece, pero no podemos dejar de reconocer que lo que se subraya en el análisis de Sraffa constituye una descripción 17. y es de ella de la que paso a ocuparme a continuación.
Uso, cambio y contrafácticos
La obra fundacional de David Ricardo, On the Principies of Political Economy and Taxation, publicada en 1817, comienza con estas palabras:
Adam Smith observaba que “la palabra Valor tiene dos significados diferentes, pues a veces expresa la utilidad de un objeto particular y, otras, la capacidad de comprar otros bienes, capacidad que deriva de la posesión de ese objeto. Al primero lo podemos llamar “valor en uso'; y al segundo “valor en cambio”“. “Las cosas” - continuaba diciendo- “que tienen un gran valor en uso, tienen comúnmente escaso o ningún valor en cambio y, por el contrario, las que tienen un gran valor en cambio, no tienen, muchas veces, sino un pequeño valor en uso o ninguno “. El agua y el aire son sumamente útiles; son, de hecho, indispensables para la vida; sin embargo, en circunstancias ordinarias, no se puede obtener nada a cambio de ellos. El oro, por el contrario, a pesar de tener poco uso en comparación con el aire y el agua, podrá cambiarse por una gran cantidad de otros bienes.
Estas líneas constituyen todo un rompecabezas de innegable interés por sí mismo, y puede también decirnos algo sobre cómo cabría pensar sobre precios y valores en general. Hay dos modos alternativos de explicar con claridad cómo el oro puede alcanzar un precio mayor que el agua, pese a ser mucho menos importante para la vida humana que el agua. Una respuesta, que se apoya en el lado de la utilidad, consiste en decir que dada la gran cantidad de agua normalmente disponible y la escasez de oro, la llamada “utilidad marginal” del agua (el beneficio añadido que obtiene el consumidor de una unidad adicional de agua) es pequeña comparada con la utilidad marginal del oro. Otra respuesta sería que el coste de producción - o de extracción- del oro es mucho mayor que el del agua, en la situación contemplada de la economía.

Ninguna de estas respuestas consigue explicar causalmente por qué y cómo han surgido en realidad los precios y las cantidades existentes. Son más bien respuestas a la pregunta planteada por Smith y por Ricardo: ¿cómo puede entenderse por qué el oro “aunque de escaso uso en comparación con el aire o el agua” se intercambie “por una cantidad tan grande de otros bienes”? La explicación basada en los costes y la basada en la utilidad son, por lo que hemos visto, modos alternativos de explicar lo que observamos, apelando a ideas como costes de producción y utilidad marginal, que pueden servir de medios para la comunicación social y la comprensión pública.

El propio Sraffa no publicó mucho que se encuentre en relación directa con esta cuestión (excepto al referirse a la utilización de conceptos “contrafácticos “, cuestión a la que paso a referirme de inmediato), sin embargo, podemos atisbar alguno de los asuntos relacionados con ella a partir de los escritos de Maurice Dobb, amigo, colaborador y defensor de las posiciones adoptadas por él. En efecto: en un artículo ya clásico sobre “los requisitos de una teoría del valor “, incluido en su libro, Political Economy and Capitalism, Dobb (1937) argumentó que una teoría del valor no habría de ser considerada meramente como un artificio mecánico que tan sólo tiene un uso puramente instrumental en la teoría de los precios. Cuando las teorías del valor afrontan la “cuestión de Smith-Ricardo” relativa a una comprensión coherente de la estructura dual del valor de uso y el valor de cambio, intentan formular lo que por sí mismas son importantes aserciones sociales sobre la naturaleza del mundo económico al centrar su atención en materias tales como la utilidad añadida de las mercancías, la satisfacción que pueden generar, el trabajo empleado en su fabricación o los costes en los que se ha incurrido para producirlas.

La inclinación que muestra la economía política clásica -incluida la economía marxiana clásica- a reclamar de la teoría del valor algo más que un “producto intermedio “ meramente mecánico en la teoría de los precios es, sin duda, bien conocida. De hecho, esta inclinación suele verse - por razones en buena medida políticas- como una argucia en la artificiosa justificación de la importancia de la teoría del valor trabajo. Sin embargo, con ello no se le hace precisamente justicia a la perspectiva clásica, puesto que la importancia de una explicación en términos sociales forma parte del enfoque clásico; pues, en efecto, en este contexto conviene señalar la relevancia que, tanto desde la perspectiva de la economía política clásica como de la economía marxiana, se le ha otorgado -de modo característico- no sólo al trabajo y a la producción, sino también a la idea del “valor de uso “ (o al concepto que le ha sustituido, el de la satisfacción -o “utilidad “- que puedan generar las mercancías). La comparación entre las dos teorías del valor rivales -la teoría del valor trabajo y la teoría de la utilidad- llegó a considerarse relevante precisamente porque ambas llevaban a afirmaciones muy sugerentes desde el punto de vista social (no hay aquí intención alguna de negar el interés social que pueda tener la teoría de la utilidad como teoría del valor).

De hecho, en 19291 en una crítica muy temprana y presciente de lo que más tarde se convertiría en el enfoque de las “preferencias reveladas” (lanzado por Samuelson 1938) 1 Dobb (1929) se lamentaba de la tendencia de la economía moderna a subestimar los aspectos psicológicos de la utilidad a favor del mero comportamiento de elección (pág. 32):
En realidad la teoría moderna tiende, de manera generalizada a dejar de lado ... las cuestiones psicológicas: tiene la tendencia a hacer coincidir la utilidad y la desutilidad con las propuestas que de hecho se dan en el mercado, a abandonar la “teoría del valor” por una “teoría de los precios”. Pero eso equivale a claudicar, no a resolver el problema.” 8
Realmente “el problema” al que se refiere Dobb, y al que se enfrenta tanto la teoría del valor utilidad, como la del valor trabajo, es el de hacer “una aportación cualitativa importante a la definición de la naturaleza del problema económico “ (Dobb 19371 págs. 21-22). Dobb pasa a distinguir entre estas dos explicaciones de carácter social al señalar que “la aportación cualitativa [teoría de la utilidad] realizada hasta entonces era de un orden bastante distinto, al interesarse no por las relaciones de producción, sino por la relación de las mercancías con la psicología de los consumidores” (pág. 21 ). En contraste con ello, la imagen de la economía que ofrece Sraffa se centra, precisamente, en “las relaciones de producción”, de modo que Dobb (1973) 1 al explicar la posición de Sraffa, se propone explícitamente subrayar ese mismo contraste.

Este contraste era -según se ha podido constatar de manera fehaciente- del máximo interés para Sraffa. Pero en esta comparación Sraffa vio otra gran diferencia muy importante para él desde el punto de vista metodológico (aunque, según me consta, no llegase a interesar demasiado a Dobb), dada la desconfianza filosófica que le inspiraba la apelación a supuestos “contrafácticos” en descripciones ajustadas a los hechos. Sraffa advirtió que, al optar por una explicación basada en los costes (como se apuntaba en Sraffa, i960) 1 nos basamos enteramente en hechos “observados”, tales como los inputs y outputs y una tasa de interés dada, sin tener que invocar “contrafáctico “ alguno (es decir, sin tener que suponer qué ocurriría si las cosas fueran diferentes de lo que son). 19 No es ese el caso de la explicación basada en la utilidad, puesto que la “utilidad marginal “ implica de manera inevitable un razonamiento contrafáctico, dado que refleja cuánta utilidad extra se obtendría con la adición de una unidad de la mercancía en cuestión.

El estatus filosófico de los contrafácticos ha sido objeto de un intenso debate en el terreno de la epistemología. Por mi parte, considero que el esfuerzo por excluir los contrafácticos del intento de comprender el mundo no está del todo justificado.'º Pero puedo afirmar -a partir de las muchas conversaciones que mantuve con Sraffa- que él creía que su uso comportaba dificultades que no presentaban las proposiciones estrictamente derivadas de la observación. Con esto no quiero decir que no se sirviese nunca de conceptos contrafácticos (la vida resultaría insoportable sin ellos) pero sí que pensaba que en este punto había una profunda discrepancia metodológica. Tanto si se está de acuerdo como si no con la opinión de Sraffa acerca de la escasa fiabilidad de los contrafácticos, no deja de ser llamativa la existencia de tal contraste metodológico entre la visión basada en la utilidad y la que proporciona la basada en los costes (en la versión que Sraffa). La diferencia entre ellas radica no sólo en el hecho de que la primera se centra en las condiciones subjetivas exigidas por la idea de utilidad en tanto que la segunda lo hace sobre las condiciones materiales u objetivas de la producción (diferencia que se entiende con facilidad y sobre la que se ha discutido mucho), sino también en la distinción menos reconocida según la cual la primera se ve obligada a apelar a contrafácticos mientras que la segunda - según la formulación sraffiana- no tiene necesidad alguna de ellos.
Observaciones finales
Piero Sraffa desempeñó un papel crucial al propiciar los profundos cambios de orientación que experimentó la filosofía contemporánea, dado que contribuyó a convencer a Wittgenstein de la necesidad de abandonar la filosofía de su primera obra, el Tractatus Logico-Philosophicus, por la que, con el tiempo, hallaría expresión en su libro póstumo, Philosophical Investigations. Dicha influencia fue plenamente reconocida por el propio Wittgestein (y también por sus biógrafos). Lo que, sin embargo, puede resultar desconcertante es, como ya se ha apuntado, que Sraffa no se mostrase demasiado impresionado ni por la transcendental importancia de su influencia ni por el carácter innovador atribuido a sus propias ideas. Ahora bien, ese desconcierto queda en buena medida mitigado si se tiene en cuenta que, para Sraffa, no se trataba más que de cuestiones con las que se sentía familiarizado por ser habituales en las discusiones del círculo intelectual del que también formaba parte su amigo Gramsci.

Como consecuencia, las debilidades de la concepción del significado y del lenguaje contenida en el Tractatus no serían ninguna sorpresa para Sraffa, como tampoco lo sería la necesidad de apelar al conjunto de consideraciones que posteriormente pasaría a ser conocido como “la manera antropológica” de comprender el significado y el uso del lenguaje. Aquí es donde apunta con claridad lo que podría llamarse “la conexión Gramsci “ en el paso del primer al segundo Wittgenstein, aunque habría que investigar bastante más para deslindar, si ello fuera posible, las aportaciones respectivas de Sraffa y Gramsci a las ideas que se debatían en el medio intelectual al que ambos pertenecían.

La aportación de Sraffa al pensamiento económico no puede separarse - en términos generales- de las que fueran sus propias ideas filosóficas. Después de sus escritos tempranos sobre teoría de la empresa (donde demostraba la necesidad de analizar la competencia en condiciones “imperfectas” o “monopolísticas “), su obra posterior no se centró en la búsqueda de respuesta a los interrogantes que normalmente se planteaba la economía tradicional, sino más bien en cuestionarla y, en cierto modo, en ampliar el estrecho marco en el que ésta se movía. En este artículo se ha intentado poner de relieve la posibilidad de interpretar las posiciones divergentes de Sraffa en términos del papel social o comunicativo del que investía a la teoría económica en cuestiones de interés descriptivo general (en lugar de considerarlas como el intento de construir una teoría causal alternativa de la determinación de los precios y la distribución).”

Sraffa se sirvió del razonamiento analítico para iluminar asuntos susceptibles de discusión pública en contextos sociales y políticos. En particular, demostró la inviabilidad de la idea de que los beneficios pueden verse como reflejo de la productividad del capital. Más concretamente, la obra de Sraffa subraya la importancia de la teoría del valor en una descripción que pueda considerarse adecuada. El contraste entre la interpretación de los precios basada en la utilidad y la basada en los costes pertenece al ámbito de la descripción pertinente y es resultado del debate social, de modo que explicaciones contrapuestas mantienen su interés: lo tuvieron en el pasado y siguen teniéndolo hoy. El examen detenido de estas descripciones alternativas difiere del de la determinación causal de los precios en la medida en que tanto la demanda como la oferta tienden, ambas, a quedar involucradas de manera simultánea.

En este punto se presenta una similitud evidente con la clarificación clásica llevada a cabo por John Hicks (1940, i981) de acuerdo con la cual mientras que en una teoría de la determinación de los precios se requieren tanto utilidad como costes, cuando se llega a la “valoración de la renta social” estos dos elementos -utilidad y costes- proporcionan dos vías alternativas de interpretar los precios, con las correspondientes diferencias de sus implicaciones sobre la comprensión de la renta nacional o social. La medición de la renta social “en términos reales puede significar su valoración en términos de utilidad, o en términos de costes, y una y otra serán, en principio, diferentes “ (Hicks 1981 , pág. 142). 22

Al insistir en la distinción entre utilidad y costes, Sraffa concedió una particular importancia a la demostración de que su apreciación de la versión basada en los costes (tal como queda recogida en Sraffa i960) descansa, de manera exclusiva, en información objetiva, en lugar de recurrir a presuposiciones contrafácticas. Se trata de una situación muy alejada de la que refleja la imagen basada en la utilidad, pues el concepto de utilidad marginal es contrafáctico por definición. La relevancia metodológica de tal distinción - entre descripciones con o sin contrafácticos- es una cuestión abierta (y confieso que persisto en mi escepticismo a este respecto), pero es un asunto al que el propio Sraffa atribuía una extraordinaria importancia. Por otra parte, guarda estrecha relación con otros aspectos metodológicos del análisis sraffiano, incluida su enérgica -y por lo demás correctainsistencia en que su análisis no requiere en ningún momento supuesto alguno de rendimientos constantes de escala.'3

Por lo demás, hay que vencer la tentación de considerar la aportación de Sraffa como una teoría causal de la determinación de los precios (resuelta, de manera misteriosa, sin otorgar papel alguno a las condiciones de la demanda). Todo gira en torno al significado del concepto de “determinación” y al uso que Sraffa hace del mismo. El sentido que éste le atribuye tiene que ver con la determinación matemática de un conjunto de hechos por parte de otro. Para ilustrar este punto -con un ejemplo bastante extremo-, digamos que un reloj de sol puede permitirnos “determinar “ qué hora es si nos atenemos a la sombra que proyecta el dial (o gnomon), pero no podemos decir que es la sombra del dial la que “determina causalmente “ la hora. El valor del reloj no estriba en su capacidad de “fijar “ la hora, sino más bien en el de “decirla “ sin más.

Resultaría insólito que Piero Sraffa, en sus análisis económicos, no estuviese influido por sus propias ideas filosóficas y se hubiese condenado, él mismo, a seguir por los estrechos cauces del razonamiento representacional o positivista de la economía contemporánea dominante. Sraffa, al afrontar cuestiones económicas fundamentales con interés social y político y de carácter general (algunas de las cuales han venido siendo discutidas durante los últimos doscientos años), fue mucho más allá de esos estrechos límites. Es reconfortante, me parece, constatar que no hubo muchos Pieros Sraffa sino tan sólo uno.
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Notas
1. “Piero Sraffa: Convegno lnternazionale”, Accademia Nazionale dei Lincei, 1 1 -12 de febrero de 2003. El presente artículo procede de otro trabajo, más extenso (“Piero Sraffa: A Student's Perspective”), que fue presentado al mencionado congreso y que será publicado por la Accademia. Por las discusiones tan provechosas que he tenido ocasión de mantener a lo largo de muchos años estoy sumamente agradecido a Kenneth Anrow, Kaushik Basu, Christopher Bliss, Nick Denyer. Maurice Dobb, Pierangelo Garegnani, Frank Hahn, Geoff Harcourt, john Hicks, Heinz Kurz, Brian McGuinness, James Minrlees, Robert Nozick, Luigi Passinetti, Suzy Payne, Hilary Putnam, Joan Robinson, Emma Rothschild, Robert Solow, Luigi Spaventa, Stefano Zamagni y, por supuesto, a Piero Sraffa. Quiero manifestar también mi reconocimiento al editor y a los asesores de esta revista por las valiosas sugerencias que me han hecho llegar
2. Véase Pier·angelo Garegnani ( 1960, l 998);Alessandro Roncaglia ( 1978, 1999); Luigi Pasinetti ( 1979, 1988), Nicholas Ka ldor ( 1984, 1985);John Eatwell y Cario Panico ( 1987); Pau l Samuelson (1987, 2000 a.b); Paolo Sylos Labini ( 1990) y Bertram Schefold ( 1996), entre otros trabajos.
3. Veáse también Wittgenstein ( 1953, 1958) por lo que a este extremo se refiere.
4.Véase, por ejemplo, el muy consultado The New Palgrave:A Dictionary o( Economics (Eatwell, Milgate y Newman 1987). Sobre la vida y la obra de Sraffa pueden verse, en inglés, entre otros, lan Steedman ( 1977, 1988); Roncaglia ( l 978);Jean-Pienre Palier ( 1987); Schefold ( 1989); Krishna Bharadwaj y Bertram Schefold ( l 990);Terenzio Cozzi y Roberto Marchionatt (2000) y Heinz Kurz (2000).
5.Véase Samuelson ( 1987, 2000 a, b).Véase también Frank Hahn (1982).
6. Sobre este punto véase Brian McGuinness ( 1982); Ray Monk ( 199 1 ); Paolo Albaní ( 1998) y John Davis (2002), entre otros.
7.Wittgenstein no sólo admiraba a Sraffa, sino que le confió la custodia de algunos de sus trabajos fi losóficos. Sraffa escr-ibió lo siguiente a Van Wright el 27 de agosto de 1958 (en la Biblioteca Wren del Tr·inity College existe una copia manuscrita del propio remitente): “Al comparar mi ejemplar del Cuaderno Azul [de Wittgenstein) con la edición recientemente publicada [Wittgenstein 1958) me encuentro con que contiene cierto número de pequeñas correcciones de la mano del mismo Wittgenstein que no han sido tenidas en cuenta en la versión impresa. Supongo que las hizo cuando me dio el libro poco después de la muerte de Skinner [en 194 1 J, a quien perteneció anteriormente”.
8. Sobre la amistad entre Sraffa y Gramsci, véase Nerio Naldi (2000). Los intereses intelectuales que compartían son muy variados. John Davis ( 1993, 2002) ha investigado con agudeza el impacto que tuvieron sobre el pensamiento de Sraffa las ideas gramscianas de “hegemonía”, “cesarismo” y “praxis” así como la influencia que, a través de Sraffa, pudieron tener en Wittgenstein. Estas posibles concomitancias son, sin duda alguna, mucho más complejas que las recogidas en este trabajo, que se refieren a los aspectos más elementales del significado y de la comunicación que se sitúan en la base de la filosofía ahora dominante.
9. Quisiera señalar brevemente dos de las líneas en cuyo estudio convendría profundizar para fijar la afinidad -o la discrepancia entre las ideas de Sraffa y las de Gramsci. La primera de ellas se 1-efiere a lo que Saul Kripke ( 1982) llama “la paradoja wittgensteiniana” aludiendo a la afirmación del filósofo según la cual “ningún curso de acción puede quedar determinado por una regla, puesto que cualquier curso de acción puede hacerse concordar con ella.” Dado que “el último Wittgenstein” se centra precisamente en ella al relacionar significado y comunicación con el seguimiento de reglas. Kripke considera esta “paradoja” como el que “quizás sea el principal problema de las Investigaciones filosó- ficas” (pág. 7). La segunda línea de investigación que querría apuntar sería la de estudiar hasta dónde puede llegar “la manera antropológica” de afrontar los problemas filosóficos, y más concretamente, si ha de invocarse la “costumbre” únicamente con el fin de comprender cómo se usa el lenguaje o bien si cabe llevarla tan lejos como lo hizo David Hume al afimnar que “la guía de la vida” no es la razón “sino la costumbre”, idea por la que mostraron su simpatía tanto Keynes como Sraffa ( 1938). De estas dos cuestiones me ocupo en la versión ampliada de este mismo artículo, citado arriba, “Piero Sraffa: A Student's Perspective”, que publicará la Accademia Nazionale dei Lincei.
10. La significación y alcance precisos de esta y de otras cuestiones relacionadas con ellas han dado lugar a controversias muy enjundiosas; véanse, entre otros, Robinson ( 1953-54): Robert Solow ( 1955-56): Garegnani ( 1960, 1970, 1990): Samuelson ( 1962, 1966): Pasin etti ( 1966, 1974): Harcourt ( 1972): Dobb ( 1972): Christopher Bliss ( 1975): Steedman ( 1977, 1988): Edwin Burmeister ( l 980):Vivian Walsh y Harvey Gram ( ( 1980): Bharadwaj ( 1990): Bharadwaj y Schefold ( 1990): Mauro Baranzini y Geoffrey Harcour·t ( 1993): Cozzi y Marchionatti (2000): Ku rz ( 1990) y Avi Cohen y Geoffrey Harcourt (2002).
11. Tratado en Sen (1974), reimpreso en Sen ( 1984).
12. Esta solución es válida con esta sencilla formulación en el caso en el que no se da una producción conjunta; de darse, la relación en cuestión sería más compleja pero no se conve rtiría en insoluble . Véase Bertram Schefold ( 1989).
1 3. Me he ocupado de examinar las distinciones relevantes en Sen ( 1978).Véase también Salvadori (2000) por lo que se refiere al análisis textual de lo que Sraffa afirma -y de lo que no- en relación con el papel de la demanda. Dada la naturaleza del ejercicio teórico al que se enfrenta (con la producción de mercancías como algo dado) resulta igualmente claro por qué - aceriadamente- afirma (Sraffa, 1960, prefacio) que no hay un supuesto específico de rendimientos de escala constantes que su análisis deba contener. Las características internas de la visión sinóptica obtenida pueden, desde luego, reflejar relaciones de mercado concretas (e incluso un equilibrio subyacente), especialmente en relación con una tasa de beneficio uniforme y con una tasa salarial universal dada. Pero Sraffa está sin duda alguna en lo cierto cuando afirma que no se requiere añadir ningún otro supuesto (por ejemplo, el de los rendimientos constantes de escala) a lo ya contenido en la imagen sinóptica ofrecida (sin que sea necesario tener en cuenta contrafáctico alguno).
14. Sraffa examina este extremo en una nota inédita (signatura 03112/ 15:2 del archivo Sraffa que se conserva en la Biblioteca Wr-en, delTrinity College; las cursivas son mías) escrita en 1942 (Estoy en deuda con Heinz Kurt por· haberme llamado la atención sobre e lla): “Este artículo --escribe, en referencia al que sería su libro- se ocupa de un problema extremadamente simple; tan simple, en efecto, que normalmente su solución se ha dado por supuesta. El problema en cuestión es e l de establecer las condiciones de equilibrio de un sistema de precios y la tasa de beneficio, con independencia del estudio de las (uer.zas que pueden dar lugar a dicho estada de equilibrio”.
15. Robinson (1964), pág. 39. [Trad. cast., pág. 46.]
16. En epistemología se plantea una cuestión -relacionada con ésta- referida a la precisión que se requeriría para que resultara aceptable una hipotética afirmación científica sobre esta misma cuestión. También resulta pertinente el análisis de Sraffa que parece inspirarse en la observación de Aristóteles (contenida en su Ética o Nicómoco) según la cual hay que “buscar la precisión en cada clase de cosas hasta el punto en que así lo admita su naturaleza.” Sobre este extremo, véase Sen (1982), ensayo 20 (“La descripción como elección”), y Coates (1996), junto con las referencias que aportan. Por mi parte no insistiré aquí sobre este punto.
17. Véase en particular Ricardo, en la edición preparada por Sraffa con la colaboración de Dobb (195 1-73), y Dobb ( 1973).
18. Dobb ( 1929), pág. 32.Asimismo resulta interesante señalar que el mismo Dobb, en una carta dirigida a otro intelectual marxista, R. P. Dutt, fechada el 20 de mayo de 1925 (poco después precisamente de su primer encuentro con Piero Sraffa), escribió: “la teoría de la utilidad marginal me parece que es del todo pertinente.
19. Véase Sraffa (1960).págs. v-VI.
20. En efecto: el alcance de la economía como disciplina seria muchísimo más limitado de lo que es si se prescindiera por completo de razonamientos contrafácticos, tal como he intentado demostrar en Sen (2002): vé-ase también Sen (1982), ensayo 20 (“La descripción como elección”), págs. 432-449.
21 . Dado que e l li bro clásico de Sraffa ( 1960) lleva el subtítulo de “Preludio a una crítica de la teoría económica”, ha venido a suponerse que, una vez. completada dicha “critica” -de la que su libro sería el “preludim”--, su autor desarrollaría una teoría alternativa de los precios y la distribución. Si los argumentos expuestos en este artículo son correctos, dicha suposición estaría equivocada. Lo que Sraffa pretendía -de acuerdo con el punto de vista que aquí se ha expueste”-- no era sino ampliar el campo y el alcance de los problemas propios de su disciplina, sin limitarse a dar respuestas diferentes a las cuestiones que, de manera rutinaria, se plantea la teon'a económica dominante.
22. El alcance del contraste propuesto por· Hicks, entre las dos perspectivas alternativas, es uno de los asuntos estudiados en Sen ( 1 979). En su comentario a un trabajo anterior, de 1940.
23.Véase Sraffa ( 1960), págs. V-VI, donde escribe: “cuando, en 1928, Lord Keynes leyó un borrador de las primeras proposiciones de este trabajo, necomendó que si no iban a suponerse rendimientos constantes, debería hacerse una clara advertencia en tal sentido” (pág. vi). Esa “clara advertencia” aparece en el prefacio del libro de Sraffa (1960).

Traducción del inglés por Vicent Raga Pujol




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