8/7/15

Las ideas de Antonio Gramsci (I & II)

Luis Armando González   |   […] en la Europa de finales del siglo XIX y principios del XX se hizo presente una gama de intelectuales políticos de entre los cuales Antonio Gramsci es uno de los más significativos. Otras figuras relevantes fueron, sin discusión alguna, Rosa Luxemburgo (1870-1919) y Karl Liebknecht (1871-1919), cuya vocación intelectual se insertó en una vida dedicada al compromiso político, el cual no sólo les dejó amargas experiencias (amenazas, persecución y exilio), sino que los llevó a padecer una muerte violenta a manos de sus camaradas del Partido Socialdemócrata, en ese entonces en el poder en Alemania[1]

Gramsci es parte de esa tradición en la que se inscriben Luxemburgo, Liebknecht y otros: un intelectual que quiso ser —que fue— un protagonista en la política de su tiempo. Su vida y obra nos interesan no sólo por lo que significan en sí mismas, sino por el impacto directo e indirecto que tuvieron en el imaginario político latinoamericano de izquierda y por su indudable actualidad. ¿Quién fue Antonio Gramsci? ¿Cuál fue su aporte intelectual? ¿Cuál fue el alcance de su compromiso político? Eso es lo que veremos a continuación.

Antes que nada hay que decir que Antonio Gramsci (1819-1937) es un buscador de la verdad. Gramsci quiere conocer lo que es el mundo histórico-social del hombre y entender al hombre como pieza fundamental del mismo: reformulando lo dicho por Marx en las "Tesis sobre Feuerbach" (Tesis VI), el hombre para Gramsci es el "nudo" de sus relaciones sociales. Pero nuestro autor no se conforma con sólo conocer la dinámica fundamental de la realidad histórico-social (y humana), sino que quiere poner ese saber al servicio de una forma concreta de emancipación: la revolución socialista. Es decir, la filosofía gramsciana es una "filosofía de la praxis"; es una filosofía que se fundamenta en la actividad práctico-sensible humana: "es en la práctica donde el hombre debe demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poder, la terrenalidad de su pensamiento" [2]. Ahora bien, en Gramsci, la verdad tiene como correlato necesario a la revolución, de modo que ambas se alimentan y se sostienen mutuamente.
1. Verdad y revolución: Gramsci, su tiempo y su muerte
Gramsci dijo en una ocasión: "sólo la verdad es revolucionaria". Y lo que con ello quiso decir es que la praxis revolucionaria destinada a instaurar el socialismo debe ser fiel, por sobre todas las cosas, a la verdad. La fortaleza de la revolución y del revolucionario proviene de su compromiso insobornable con la verdad, que se verifica como tal en la praxis emancipadora concreta que los pueblos realizan. Es decir, el luchador por el socialismo debe estar abierto, por sobre cualquier dogma de clase o de partido, a la verdadera realidad del mundo y del hombre, que se va mostrando y concretizando en forma progresiva; asimismo, asumiendo esa dimensión revolucionaria que de suyo posee la verdad, debe ajustar su lucha a las exigencias de esa verdad.

Gramsci dedicó la casi totalidad de sus energías intelectuales a la búsqueda de esa verdad revolucionaria. Su aspiración era revelar a la consciencia de las clases subalternas dinamismos fundamentales de la sociedad capitalista en los cuales tendría que incidir necesariamente una praxis que quisiese ser verdaderamente radical. El poder establecido percibió los alcances del desafío lanzado por el filósofo y político de origen sardo: "Debemos impedir que este cerebro funcione durante veinte años", afirmó el fiscal fascista Michele Isgró, que actuaba como acusador en el juicio seguido contra Gramsci y sus compañeros comunistas por el régimen de Benito Mussolini[3].

Nuestro autor realiza su labor filosófica y política en su contexto de crisis y de transición histórico-social. El fin de la primera guerra mundial (1914-1918) plantea a las naciones europeas tareas urgentes de reconstrucción. A nivel cultural e ideológico los retos son también ineludibles, sobre todo la necesidad de crear y difundir una nueva concepción del mundo  y del hombre, más optimista y positiva, más en consonancia con las nuevas aspiraciones de desarrollo y progreso nacidas de la post-guerra.  

Ahora bien, las sociedades capitalistas de Occidente tienen que enfrentar otro desafío, que es, con mucho, el más fundamental: la revolución bolchevique (1917), que anuncia perspectivas histórico-sociales cualitativamente distintas a las ofrecidas por el capitalismo, esto es, una vía de desarrollo alternativo, de tipo socialista. Este desafío se hace sentir en forma particularmente aguda en Italia, donde las clases dirigentes pronto se ven de nuevo arrastradas por la crisis socio-económica y las clases  subalternas —sobre todo, el movimiento obrero— se radicalizan y exigen la instauración del modelo de los soviets en la nación italiana. La conflictividad socio-política crece incesantemente; las clases dominantes no pueden mantenerse en el poder y las clases emergentes no están preparadas para hacerse del mismo. En consecuencia, la crisis italiana no desemboca en una solución revolucionaria, sino que se resuelve en una en una solución fascista.

En efecto, el 28 de octubre de 1922 se produce la llamada "marcha sobre Roma"; al día siguiente, Benito Mussolini —quien había fundado el partido fascista tres años antes, luego de abandonar las filas del Partido Socialista Italiano (PSI)—  se hace del poder político del Estado.

El régimen fascista implantado por Mussolini se propone como objetivo fundamental el de desmantelar y descabezar, aplicando el terrorismo de Estado, la organización obrera (los sindicatos, el Partido Comunista, el Partido Socialista) y las formas de organización y participación  propias de la democracia burguesa. En 1920, al analizar el proceso político italiano y sus tendencias, Gramsci había previsto la posibilidad del fascismo: "La fase actu­al de la lucha de cla­ses en Ita­lia es la fase que precede o a la conquista del poder político por parte del proletariado revolucionario... o a una tremenda reacción por  parte de la clase propietaria y de la casta gobernante" [4]. Fue la segunda alternativa la que se hizo realidad. Aplicando la violencia estatal y paraestatal, las escuadras fascistas acabaron con el trabajo organizativo, ideológico y político que el movimiento obrero había realizado con años de esfuerzo y sacrificio: 
"Las cámaras del Trabajo eran saqueadas e incendiadas, las escuadras fascistas asaltaban las redacciones de los periódicos democráticos, los dirigentes de izquierda eran perseguidos, encarcelados, apaleados, asesinados"[5].
La pérdida más grande que sufrió el socialismo italiano, en este contexto de terror fascista, fue el encarcelamiento y muerte de Gramsci. En efecto, el 8 de noviembre de 1926 Antonio Gramsci, a la sazón con treinta y cinco años, y siendo diputado por el Partido Comunista, es detenido y encarcelado. La cárcel va acabando con su vida, lenta y dolorosamente, pese a los esfuerzos sobrehumanos que hace por resistir y mantenerse: el mal de Pott, la tuberculosis pulmonar, una hipertensión a 200, la crisis anginoides y la crisis de gota terminan doblegando sus energías[6]. El día 27 de abril de 1937, a sólo seis días de haber obtenido su libertad, fallece Gramsci, a la edad de cuarenta y siete años. En una carta inédita de su cuñada Tatiana Schucht fechada el 18 de abril de 1936 se puede leer lo siguiente sobre su estado físico: 
"su corazón se ha debilitado mucho y aunque en algunos aspectos sus condiciones físicas parezcan mejorar, en realidad no es así ni mucho menos. Temo que Nino (Gramsci) se ha convertido ya en su inválido. Ha sufrido demasiado [en] estos últimos años y su organismo, demasiado arruinado, no consigue superar el estado de agotamiento físico en que ha caído. Además, muchos órganos vitales de su cuerpo, demasiados funcionan a duras penas"[7].
Antonio Gramsci fue condenado por su compromiso inclaudicable con la verdad y con la revolución. Cuán equivocados estaban los que pensaron que con encerrarlo en la cárcel iban a evitar que su cerebro siguiera pensando. Si ya antes de ser condenado a prisión era un buscador brillante de la verdad y un luchador consciente por la revolución y el socialismo, es en la cárcel donde da concreción, realizando un extremo esfuerzo físico e intelectual, a lo mejor de su pensamiento y también a una de las mejores obras que ha producido el intelecto humano de todos los tiempos. En ese "monumento del pensamiento humano" que son los Cuadernos de la Cárcel y las Cartas desde la Cárcel, Gramsci deja constancia de la radicalidad de su compromiso. En los Cuadernos y en las Cartas está plasmado el esfuerzo supremo de un hombre que hizo de la búsqueda de la verdad una contribución orgánica —esto es, exigida por la misma verdad— a la revolución, y que estuvo dispuesto a dar la vida por ello.

La muerte de Gramsci fue sin duda una muerte violenta y dolorosa, producida por los poderes dominantes de la época. No transgredió con los enemigos de la revolución y el socialismo; y murió a causa de ello. A diez años de su muerte, en 1947, el pueblo reconoció el carácter martirial de su muerte, colocando una lápida en su casa de infancia. La lápida dice lo siguiente:
"Diez años después de su martirio / a Antonio Gramsci / en la casa donde nació / esta lápida colocaron / el afecto de sus ciudadanos / y el reconocimiento de los hombres libres" [8].
2. Filosofía, revolución y socialismo           
Para Gramsci, la filosofía sólo puede ser "filosofía de la praxis". Es decir, es una reflexión teórica que se ocupa de la actividad que los hombres realizan en el mundo. Es un quehacer teórico que toma a la actividad práctica humana como base fundamental del todo histórico-social. En esta perspectiva, el mundo humano es histórico y es social porque es una producción de los mismos hombres; pero ese mundo, a su vez, es el que configura la realidad esencial de éstos. Entre los hombres y su realidad social e histórica existe una íntima articulación lograda a través de actividad práctico-sensible de aquéllos. Esta actividad práctico-sensible humana, configuradora de la historia y, al mismo tiempo, configuradora de la naturaleza humana es, strictu sensu, praxis. Y el saber que se ocupa de ella es un saber sobre la praxis. Más aún, si se asume que el hombre es un ser de la praxis y que la praxis es lo que unifica radicalmente la realidade histórica y social, entonces lo que se hace es filosofía de la praxis. Tales son la perspectiva y orientación de Gramsci.                       

El mundo humano es una totalidad; es un "bloque histórico". La idea de bloque histórico apunta al carácter de totalidad que posee cada sociedad concreta. Como un todo que es, la realidad histórico-social está articulada por diversas instancias interdependientes: son justamente estas instancias las que dan a cada sociedad su específica concreción histórica. En este sentido, la sociedad no es una entidad uniforme ni evanescente: es un "bloque", es decir, una totalidad consistente en una pluralidad de instancias (económicas, políticas, culturales, ideológicas); es, asimismo, una totalidad de carácter "histórico", esto es, una totalidad que se va construyendo y constituyendo procesual y dinámicamente por la praxis humana. La realidad como bloque histórico, en este sentido, no es algo dado de una vez para siempre, como si fuese una realidad natural. Es, por el contrario, una realidad producida por la actividad práctico-sensible de los hombres. Ahora bien, ¿cuáles son los momentos fundamentales de la totalidad social entendida como bloque histórico?                       

Estos momentos fundamentales son dos: la superestructura ideológico-política y la estructura económica[1]. Asimismo, esta problemática está ligada a la indagación que Gramsci hace sobre los vínculos o nexos que se establecen al interior de la sobre-estructura, esto es, sobre las relaciones existentes entre "dominación" y "consenso", entre "sociedad política" (lo político-coercitivo) y "sociedad civil" (lo ideológico-consensual). Entonces, pues, a Gramsci le interesa dilucidar dos cuestiones esenciales. En primer lugar, se pregunta por la índole de los vínculos entre estructura económica y sobre-estructura ideológico-política; y, en segundo lugar, enfrenta la cuestión de los nexos establecidos, al interior de la sobre-estructura, entre lo político y lo ideológico, o como él mismo dice, entre sociedad política y sociedad civil.         

En la tradición marxista, Gramsci es uno de los primeros que se ocupa del análisis de las superestructuras y hace notar su importancia para la transformación radical de la sociedad burguesa. Ya en Marx, sobre todo en la Ideología Alemana y en el "Prólogo" de la Contribución a la crítica de la economía política, aparece un primer esbozo importante sobre el peso que tiene lo ideológico en el proceso de cambio revolucionario. Lenin, por su parte, ahonda más en el análisis de lo sobre-estructural, especialmente en El Estado y la revolución, pero centrándose fundamentalmente en el momento político-coercitivo, es decir, en la sociedad política. Gramsci, asumiendo los mejores logros de esta perspectiva "clásica", dirige su mirada no hacia el momento político, sino hacia el momento de dirección ideológica y cultural. Y justamente éste es su aporte principal al marxismo como filosofía de la praxis.                     

Ahora bien, esta "revalorización" gramsciana del momento de dirección, complemento del momento de dominación, tiene como base una perspectiva antropológica bien determinada. Y es que para Gramsci los hombres, como seres de la praxis, ocupan un lugar ontológico esencial en la constitución de la historia: son los hombres los que, al producir sus condiciones de existencia, se producen a sí mismos como un conjunto de relaciones sociales. Por consiguiente, es imposible pensar cualquier instancia de la realidad histórico-social sin pensar al hombre productor de esa realidad, con sus ideas, sus motivaciones, su visión de mundo. Incluso se puede decir que es por tal dimensión espiritual que el hombre realiza los distintos niveles de su actividad práctica. En este punto, Gramsci asume toda la riqueza y consecuencias de la idea de Marx de que es en las formas ideológicas donde los hombres adquieren consciencia de los conflictos socio-históricos y los resuelven. Es por ello que la cuestión ideológica ocupa un lugar central en la reflexión gramsciana; es por esta razón que a Gramsci se le ha llamado el "teórico de las superestructuras"         

La estrategia revolucionaria de la clase obrera en las sociedades occidentales, dada la enorme relevancia de la sociedad civil, debe ser distinta a la seguida por los revolucionarios bolcheviques en Rusia. Si en la Rusia zarista el orden establecido se mantenía principalmente a través de la coerción estatal (la sociedad política), y, en consecuencia, para derribar ese orden era necesario el ataque frontal y directo ("guerra de movimiento"), en occidente se debe privilegiar, como fase previa a la toma del poder político del Estado, la creación de un consenso ideológico entre las clases subalternas, que posibilite la hegemonía de la clase obrera. Es decir, en occidente se debe privilegiar la lucha por una nueva visión de mundo, superior a la visión de mundo elaborada por la burguesía ("guerra de posiciones"), como etapa preparatoria del asalto al poder del Estado.           

Gramsci cae en la cuenta de la mayor resistencia del Estado y la sociedad civil en occidente. Este hecho es el que funda "su convicción de que, para quebrar el aparato de dominación de la clase dirigente a fin de lograr el objetivo estratégico alcanzado en Oriente en 1917, es necesario disponer, en Occidente, de una reserva de fuerzas a la vez diferente y más importante. Esta reserva de fuerzas habrá de construirse a partir de un trabajo lento y difícil que haga penetrar en la consciencia de las clases subalternas la visión de mundo que realmente expresa sus intereses más genuinos, es decir, la filosofía de la praxis. Si la sociedad civil es lo que da estabilidad hegemónica a los capitalismos occidentales, la estrategia revolucionaria debe apuntar hacia el control de los "aparatos de hegemonía" (Buci-Glucksmann), a través de los cuales la burguesía expande su control de clase. Para instaurar un nuevo bloque histórico, la clase obrera debe crear antes sus propios aparatos de hegemonía, lo cual supone crear su propio "bloque intelectual-moral" y su propia cosmovisión, su propia ideología.            

En resumen, la vía indicada por Gramsci va en el sentido de una acumulación, en el seno de las masas, de un potencial de consciencia revolucionaria al mismo tiempo más desarrollado, más amplio y más radical". En este "potencial de consciencia revolucionaria", forjado en la etapa pre-revolucionaria, el que va posibilitar a la clase obrera no sólo "dominar" en el nuevo bloque histórico, sino también "dirigirlo", esto es, cumplir con una función hegemónica, ya que es "la hegemonía lo que permite que una capa social ejerza una doble función de dirección y dominación"                    

En definitiva, de lo que se trata para Gramsci es de hacer que las posibilidades revolucionarias en el occidente capitalista se hagan efectivas. Es decir, de lo que se trata es de crear las premisas que permitan hacer realidad la "civilización socialista", en la que sea factible el nacimiento de un hombre nuevo, libre, consciente, autodisciplinado interiormente. Este hombre nuevo, verdadero sujeto de la historia, sólo se hará realidad en lo que Gramsci llama "sociedad regulada" (=sociedad comunista), en la cual, en el marco de la sociedad política, se construirá "una sociedad civil compleja y bien articulada, en la cual el individuo se gobernase a sí mismo, sin que por ello su autogobierno entre en conflicto con la sociedad política, sino convirtiéndose, por el contrario en su continuación normal, en su complemento orgánico".      
3. El filósofo, intelectual orgánico           
Gramsci hace filosofía de la praxis, es decir, dedica sus esfuerzos intelectuales a la reflexión sobre las actividades que los hombres realizan en el mundo. Es, pues, un filósofo de la praxis. Su labor estrictamente teórica le permite tratar la dimensión cultural, educativa e ideológica de la praxis humana, pero, sobre todo, le permite ahondar en su dimensión revolucionaria. Gramsci reflexiona largamente sobre esa actividad humana que, en el capitalismo, tiene como finalidad específica la subversión radical del orden establecido y la instauración de un nuevo orden de tipo socialista.

Ahora bien, Gramsci no agota todos sus esfuerzos sólo en conocer lo que es la praxis humana revolucionaria —cosa que en sí misma es muy importante y de gran transcendencia para la humanidad. Sn embargo, no le basta con eso, porque ha hecho suya la tesis XI sobre Feuerbach de Marx que dice que "los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de distintos modos; de lo que se trata es de transformarlo. Y, aunque esa tesis pueda admitir otras lecturas, para Gramsci lo que quiere significar es que entre la interpretación del mundo, que es una labor de carácter teórico, y su transformación, que es una tarea de carácter práctico, no puede ni debe haber separación. Es decir, teoría y práctica son inseparables y juntas, orgánicamente, constituyen la praxis. Entonces, la interpretación de la realidad debe apuntar hacia la transformación, y ésta debe fundamentarse en una interpretación rigurosa de aquélla. "La tesis XI —dice Gramsci— (...) no puede interpretarse como un repudio de toda clase de filosofía, sino sólo como hastío de los filósofos y de su psitacismo, y como la afirmación enérgica de una unidad entre la teoría y la práctica... Esa interpretación de las Tesis sobre Feuerbach como reivindicación de la unidad entre la teoría y la práctica y, por tanto, como identificación de la filosofía con lo que Croce llama ahora religión (...) puede, además, justificarse con la famosa proposición según la cual 'el movimiento obrero alemán es el heredero de la filosofía clásica alemana', la cual no significa, como escribe Croce, 'heredero que no continuaría ya la obra de su predecesor, sino que emprendería otra de naturaleza diversa y contraria, sino precisamente que el 'heredero' continúa al predecesor, pero lo continúa 'prácticamente' porque de la mera contemplación ha obtenido una voluntad activa, transformadora del mundo, y en esa actividad práctica está contenido el 'conocimiento', el cual es 'conocimiento real' y no 'escolástica'.         

Y, sobre todo, la unificación propuesta entre teoría y práctica es una unificación entre "teoría revolucionaria" y "práctica revolucionaria". Su articulación orgánica es necesaria para la realización de la "reforma intelectual y moral" que conduzca al socialismo. El pensador de la praxis, el filósofo, se inserta en esta dinámica como teórico y como político, como intelectual y como dirigente. Es decir, el filósofo tiene que ser un "intelectual orgánico". Como tal, tiene que vincular orgánicamente su trabajo intelectual —de búsqueda de la verdad— a las luchas revolucionarias destinadas a superar radicalmente el sistema capitalista. Esto es, debe ligar orgánicamente su trabajo intelectual a la clase revolucionaria: de convertirse en un intelectual militante. Sólo así puede conjugar adecuadamente teoría y práctica; sólo de ese modo puede convertirse en un verdadero 'dirigente' (especialista+político).                       

Si como teórico el filósofo de la praxis debe elaborar una visión de mundo ajustada y siempre sometida a las exigencias de la realidad, como político su trabajo consiste en hacer que las clases subalternas se eleven intelectualmente hacia una concepción superior del mundo. Es decir, el filósofo tiene que trabajar por lograr la "adhesión orgánica" de las clases subalternas a una nueva visión de mundo, de modo que el "sentimiento-pasión" devenga "comprensión": "sólo entonces la relación es de representación y se produce el intercambio de elementos individuales entre gobernantes y gobernados, entre dirigentes y dirigidos; sólo entonces se realiza la vida de conjunto, la única que es fuerza social. Se crea el 'bloque histórico'.         

En resumen, pues, el filósofo es un teórico y un político; un intelectual y un dirigente. Si lo primero lo conduce a la elaboración de un saber "superior", lo segundo le obliga a vincular ese saber "superior" al "sentido común" de las masas. Y esto porque, en definitiva: "la filo­sofía de la pra­xis no tie­nde a man­tener a los 'sim­ples' en su f­ilos­ofía primitiva del sentido común, sino al contrario, a conducirlos hacia una concepción superior de vida"[13]. Es decir, la filosofía de la praxis tiene como uno de sus fines fundamentales la reforma intelectual y moral de la sociedad.            

Gramsci vincula su personalidad entera a esta "reforma intelectual-moral". Lo hace como teórico y como político, es decir, lo hace como intelectual orgánico. Consciente de la trascendencia revolucionaria que tiene dicha "reforma" liga orgánicamente su actividad al Partido Comunista, que, cual "moderno Príncipe", tiene la misión de encabezar y dirigir la renovación total de la sociedad. Su compromiso inclaudicable con la verdad, exigida por la nueva visión de mundo, y, desde ella, con la revolución le condujeron a la muerte violenta. Su vida fue trágica, por más que él quiso ser siempre un optimista de la voluntad. "Se podría decir que en los tiempos que corren —escribe Francisco Fernández Buey— tiene más sentido que nunca una reflexión acerca de la tragedia del hombre Gramsci, acerca de una tragedia que sustancia muy bien la más general tragedia del movimiento comunista moderno en la Europa central y occidental, la de los revolucionarios sin revolución".
Notas
Parte I
[1] Cfr., Cole, G.D.H., Historia del pensamiento socialista. La segunda internacional 1889-1914. México, FCE, 1959, Vol. III, pp. 296 y ss.
[2] Marx, K. "Tesis sobre Feuerbach". Tesis II.
[3] Cfr. Fiori, G., Vida de Antonio Gramsci. Barcelona, Península, 1976, pp. 24 y ss.
[4] Fiori, G., Vida de Antonio Gramsci..., p. 190.
[5] Fiori, G., Vida de Antonio Gramsci..., p. 190.
[6] Fiori, G., Vida de Antonio Gramsci..., p. 343.
[7] Fiori, G., Vida de Antonio Gramsci..., p. 344.
[8] Fiori, G., Vida de Antonio Gramsci..., p. 11.
Parte 2
[1] Cfr., Bobbio, N., Gramsci y la concepción de la sociedad civil. Barcelona, Avance, 1976.
[2] Cfr. Gramsci, A., Cuadernos de la cárcel. México, ERA, 1986, pp. 357 y ss., Vol. IV.
[3] Cfr., Buci-Gluksmann, Ch., Gramsci y el Estado (Hacia una teoría materialista de la sociedad). México, siglo XXI, 1978.
[4] Cfr., Texier, J., Gramsci. Barcelona, Grijalbo, 1976.
[5] Macciocchi, M. A., Gramsci y la revolución de occidente. México, siglo XXI, 1987. 
[6] Buci-Gluksmann, Ch., Gramsci y el Estado (Hacia una teoría materialista de la sociedad)..., p. 66.
[7] Macciocchi, M. A., Gramsci y la revolución de occidente..., p. 102.
[8] Macciocchi, M. A., Gramsci y la revolución de occidente..., p. 102. 
[9] Cfr., Manacorda, M., El principio educativo en Gramsci. Salamanca, Sígueme, 1984, pp. 147 y ss.
[10]Macciocchi, M. A., Gramsci y la revolución de occidente..., p. 185.
[11] Gramsci, A., Antología (Selección, traducción y notas de Manuel Sacristán). México, siglo XXI, 1981, pp. 426-427.
[12]Macciocchi, M. A., Gramsci y la revolución de occidente..., p. 201.
[13] Macciocchi, M. A., Gramsci y la revolución de occidente..., p. 202
[14] Fernández Buey, F., "Tragedia y verdad de Antonio Gramsci". Realidad, No. 45, mayo-junio de 1995, p. 550.