23/5/15

Populismos de izquierdas en Europa | Gramsci y las geografías del poder

Antonio Gramsci
✆ Renzo Galeotti 
Ernesto Laclau y el cambio político
La apuesta por latino-americanizar Europa
Nicos Poulantzas y el problema del Estado

Joan Miró Artigas   |    En uno de los pasajes más discutidos de sus Cuadernos de Cárcel, Gramsci escribió: ‘‘En 1921 Vilich [Lenin], lidiando con cuestiones organizativas, escribió y dijo (más o menos) esto: no hemos sido capaces de traducir nuestro lenguaje al lenguaje europeo’’ (Gramsci, 1995: 306). Tal como Peter Ives (2006: 19) nos recuerda, Lenin no usó exactamente el verbo “traducir” para criticar la resolución aprobada por el Tercer Congreso de la Internacional sobre la cual Gramsci reflexionaba. Lenin de hecho escribió: “no hemos aprendido como comunicar nuestra experiencia a los extranjeros”.

En cualquier caso, la introducción de la noción de traducción por parte de Gramsci no es ni mucho menos gratuita. Con ella Gramsci señalaba como durante los años veinte los recién creados partidos comunistas se habían limitado a intentar copiar o reproducir el modelo revolucionario de los bolcheviques, cuándo lo que de hecho hacía falta era traducirlo, modificarlo para adaptarlo, a las condiciones de “Occidente”.

Es bien conocido que Gramsci se refirió más de una vez al marxismo como “historicismo absoluto”. Lo que muchas veces se olvida, no obstante, es como Gramsci no sólo enfatizó la especificidad histórica de las relaciones sociales, sino también, aunque menos explícitamente, como estas son siempre relaciones sensibles también a su localización en espacios y lugares concretos (Jessop, 2008). En las reflexiones gramscianas sobre estrategia política, la dimensión espacio-temporal de los fenómenos humanos siempre estuvo presente. Por ejemplo, en contra la teoría de la revolución permanente de Trotsky, la cual Gramsci definía como “cosmopolita, esto es, superficialmente nacional y superficialmente Occidentalista”, Gramsci oponía las “profundamente nacionales” reflexiones leninistas sobre el frente único y la NEP (Gramsci, en Thomas, 2010: 149). En este sentido, Gramsci acuñó el concepto de “guerra de posiciones”, como alternativa a la “guerra de movimientos” en base a las distintas relaciones sociedad política-sociedad civil en Oriente y Occidente:
“En Oriente el Estado era todo, la sociedad civil era primitiva y gelatinosa; en Occidente, entre Estado y sociedad civil existía una justa relación y bajo el temblor del Estado se evidenciaba una robusta estructura de la sociedad civil. El Estado sólo era una trinchera avanzada, detrás de la cual existía una robusta cadena de fortalezas y casamatas.” (1975: 94)
En Occidente, el Estado, el poder político, estaba acorazado por un robusto conjunto de trincheras localizadas a lo largo de la sociedad civil: escuelas, universidades, medios de comunicación, asociaciones cívicas, sindicatos amarillos, etc. En Occidente, la estrategia para construir una nueva hegemonía no pasaba por un rápido asalto a las instituciones estatales, sino por la lenta y laboriosa tarea de construir un “sentido común” nuevo. En Occidente, para derribar el bloque en el poder, hacía falta una “inaudita concentración de hegemonía”.

La dicotomización Occidente versus Oriente, pues, no era una simple división geográfica como Anderson (1976) defendió en su día, sino cualitativa, hecho que se reflejaba en las formulaciones estratégicas de Gramsci. La ampliamente difundida idea en las fábricas turinesas de después de la Primera Guerra Mundial, “tenemos que hacer los mismo que en Rusia”, resultó problemática para Gramsci. Una revolución no es nunca un evento monolítico que se pueda reproducir en sociedades diferentes, sino que por el contrario, se trata de un concepto relacional y dinámico que demanda ser entrelazado con el resto de elementos de una sociedad para ser desarrollado (Ives, 2006).

Laclau y el cambio político

Es bien sabida la influencia en la estrategia de Podemos de la obra del teórico argentino Ernesto Laclau. Laclau, el teórico del populismo, siempre pensó en términos latinoamericanos. Como señaló en una de sus últimas entrevistas (Howarth, 2015), y en concordancia con su fervoroso peronismo, él siempre desarrolló su arsenal teórico tomando como materia prima las luchas políticas de la Argentina de los 60 y 70, y por extensión, el resto del continente latinoamericano. Esto no equivale a decir que su teoría no puede ser aplicada en otras partes del planeta (él de hecho escribió extendidamente sobre fenómenos tan dispares como el kemalismo, el titismo o la vía italiana al socialismo), pero si a ser conscientes del necesario trabajo de traducción que requiere el uso de las lentes laclaudianas para estudiar realidades políticas por las cuáles no fueron pensadas.

La tesis populista de Laclau (2005) entiende que la incubación y desarrollo de una ruptura populista pasa por tres fases. En un primer ciclo, un régimen político dado entra en una fase de crisis orgánica, esto es, pierde progresivamente su capacidad para representar el interés general como consecuencia de su incapacidad para absorber algunas de las demandas de los grupos subalternos a la vez que margina y/o reprime otras; para Laclau, esta fase correspondió a la conocida como década perdida de Latino América. En un segundo momento, estas situaciones de crisis llevan a la proliferación de “movimientos horizontales de protesta” que ya no demandan nada al régimen existente sino que directamente se oponen a él. Para Laclau (2006) este era el caso de los piqueteros argentinos, las guerras del Gas y el Agua en Bolivia o del caracazo venezolano de 1989. Para Iglesias y Errejón, este ere el momento 15-M. Finalmente, en una tercera fase, este conjunto de demandas insatisfechas, que de momento no se relacionaban entre sí, empiezan a cristalizar en un conjunto de símbolos comunes, y sobre todo, alrededor de la figura de un líder que las interpela por afuera del sistema político existente. No hace falta decir que en la hipótesis Podemos este líder se trata del mismo Iglesias. El nuevo líder será capaz de rearticular este campo político desagregado en una identidad nueva, el pueblo, el cual aglutinará por oposición al régimen existente el conjunto de demandas insatisfechas.

Como vemos, la precondición para la emergencia del populismo es la existencia de “sociedades fragmentadas” (Errejón, 2014a) que posibiliten la construcción de nuevas identidades. De hecho, como bien apunta Errejón (2013) al analizar de manera comparada los procesos de cambio latinoamericano, a mayor grado de derrumbe del sistema político, tejido comunitario e imaginario social existente, mayor capacidad de radicalización han mostrado los proyectos populistas. O siguiendo la visión sobre la agencia política de Laclau, el sujeto consiste básicamente en el espacio dejado libre para la estructura dislocada (1990).

La apuesta por latino-americanizar Europa

La estrategia de Podemos pues, siempre ha pasado por la idea, expresada originalmente por la otra fundadora del pos-marxismo junto con Laclau, Chantal Mouffe, sobre la necesidad de “latinoamericanizar la política europea” (Lorca, 2012). Esto es, asumir que el cambio social nacerá de una victoria electoral, la cual después de conquistar el estado mayor, se lanzará a la ocupación del resto de posiciones sociales. Dado la supuesta profundidad de la famosa crisis de régimen, esta guerra de posiciones (un concepto que de por sí, en principio, se corresponde a procesos sociales de largo recorrido) se librará en cuestión de meses. “Tic-tac-tic-tac-tic-tac” dijo Iglesias, el cual también usó este concepto gramsciano para teorizar sobre una simple campaña electoral (2015).

Pero como diría Marx, esta repetición supuestamente bolivariana aparece cada día más como farsa. Hay muchos elementos que parecen impugnar la hipótesis populista de Podemos, pero uno parece de especial relevancia. En las pasadas elecciones andaluzas Podemos sacó un más que aceptable resultado, sino fuera por las expectativas previamente generadas, al recoger un poco menos del 15% de los votos. A su vez, IU sacó el casi el 7%. La “izquierda” (perdón) pues recogió en Andalucía el pasado mes de marzo un poco más del 20% de los votos. O lo que es la mismo, la famosa reorganización del tablero político al margen del eje izquierda-derecha, más los votos de IU, igualó el techo histórico de esta en las elecciones de 1994, esto es, el 20% de los votos.

Quizás hoy una lectura gramsciana del escenario político español sugeriría que este la sociedad civil, sus identidades y lealtades políticas, el Estado en su sentido integral, etc. no son tan “gelatinosos” o “fragmentados” como algunos pensaron. Quizás en una sociedad dónde toda la población esta escolarizada, consume asiduamente medios de comunicación de masas, tiene acceso a internet, etc. demanda una estrategia cualitativamente diferente que en sociedades andinas dónde estos servicios estaban ausentes. Quizás para cambiar las coses no basta con articular políticamente el descontento y sentido común existente (Errejón en López, 2014), sino profundizar en las brechas abiertas y tejer pacientemente un sentido común de nuevo tipo.

Poulantzas y el problema del Estado

En base a este análisis pues, el objetivo de la cúpula dirigente de Podemos ha sido construir “una maquinaria de guerra electoral” (en López, 2014). Si el orden social existente ya está derrumbándose por sí mismo; si la gente ya apuesta por una ruptura con él (y si no, moderamos un poco el grado de esta ruptura); si mediante una victoria electoral se pueden iniciar cambios revolucionarios; el objetivo parece claro (y único): ganar las elecciones.

Bajo esta concepción, acorde con Errejón, reside una lectura del Estado basado en la obra de Poulantzas (o seguramente, más próximo a Errejón, de García Linera, vicepresidente boliviano fuertemente influenciado por el teórico griego). De acuerdo con esta visión, el Estado no es simplemente un instrumento monolítico al servicio de la clase dominante, sino un campo de lucha atravesado por contradicciones (García Linera, 2015). El estado no sería pues un simple “comité ejecutivo” de la burguesía, sino una relación social que cristaliza en forma institucional el conjunto de relaciones de fuerza de la sociedad (Poulantzas, 2000). Así pues, una estrategia revolucionaria en el capitalismo tardío no pasa por construir un contra-poder al margen del estado, como se plantea por ejemplo en El Estado y la revolución, sino por trabajar en el interior del Estado (Errejón, 2014b).

Pero como bien señala el mismo Poulantzas, esta segunda concepción corre el riesgo de derivar en una estrategia puramente socialdemócrata que sueña en el cambio social a través de la acumulación indefinida de reformas (Weber, 2013: 5). Este sería el caso, por ejemplo, del eurocomunismo ideado por Berlinguer. Pero esta de hecho constituye una interpretación totalmente errónea del trabajo de Poulantzas. Tal como lo expresó en su clásico Estado, Poder y Socialismo (2000), una proceso revolucionario debe tomar siempre una doble perspectiva: por un lado, tomar posiciones dentro del Estado, pero no con el solo objetivo de acumular reformas, que también, sino con la misión de acentuar las contradicciones internas del Estado, de polarizar sus cuadros y posiciones. Por el otro, y de forma paralela, debe desarrollar una lucha fuera de las instituciones estatales, una lucha capaz de construir un conjunto de redes y poderes populares que de un lado apoyen la lucha en el interior del aparato estatal, y del otro presionen a este en la dirección rupturista.

En esta última tarea quizás las izquierdas independentistas vascas y catalanas, a las que Iglesias gusta tanto gusta aconsejar, pueden dar alguna pista a Podemos. Ellas no cuentan con el soporte de la progresía de medio mundo, ni con un ejército de catedráticos y fundaciones varias, ni tampoco con acceso a los mass media de Madrid. Pero si de una cosa saben es de trabajo de base, de tejer barrio a barrio, pueblo a pueblo, de manera humilde, la “guerra de posiciones de largo recorrido” que Toggilati pensó para el comunismo italiano.

Bibliografía

Anderson, P. (1976) “The Anatomies of Antonio Gramsci”, New Left Review, 100, pp. 5-78,
Errejón, I. (2013) “Sin manual, pero con pistas: algunes trazas comunes en los procesos constituyentes andinos (Venezuela, Bolivia, Ecuador)”, Viento Sur, 128, 27-37.
Errejón, I. (2014a) “Estados en transición: nuevas correlaciones de fuerzas y la construcción de irreversibilidad”, CELAG e IAEN.
Errejón, I. (2014b) “Pugnar y avanzar: el papel del estado en el cambio social”, página web En lucha.
García Linera, A. (2015) “Estado, democracia y socialismo”, Rebelión. Disponible en: http://www.rebelion.org/noticia.php?id=195607
Gramsci, A. (1976) Notas sobre Maquiavelo, política y el Estado moderno, México: Editorial Juan Pablos.
Howarth, D. (ed.) (2015) “Interview with Ernesto Laclau”, en Ernesto Laclau. Post-Marxism, Populism and Critique, Abingdon: Routledge.
Ives, P. (2006) “The Mammoth Task of translating Gramsci”, Rethinking Marxism, 18(1).
Jessop, B. (2008) State power, Cambridge: Polity Press.
Laclau, E. (1990) New reflections on the revolution of our time, London: Verso.
Laclau, E. (2005) La razón populista, Argentina: FCE.
Laclau, E. (2006) “La deriva populista y la centroizquierda latinoamericana”, Nueva Sociedad, pp. 56-61.
López, A. (2014) “Vamos a construir una maquinaria de guerra electoral – Entrevista a Íñigo Errejón”, Diario Público.
Lorca, J. (2012) “’Hay que Latinoamericanizar Europa’ – Entrevista a Chantal Mouffe”, Página 12.
Poulantzas, N. (2000) State, power and socialism, London: Verso.
Thomas, P. D. (2010) The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism, Leiden: Brill.
Webber, H. (2013) “El Estado y la transición al socialismo – Entrevista a Nicos Poulantzas”, Viento Sur.