29/4/15

Trotsky y Gramsci. En torno a la revolución en las democracias capitalistas (I, II & III)

Antonio Gramsci & Leon Trotsky
Anahí Rivera
Es conocida la vieja afirmación de los cientistas sociales socialdemócratas y de algunos marxistas permeados por el estalinismo de que León Trotsky logró elaborar una teoría de la revolución para el oriente europeo, pero de inútil aplicación para pensar el triunfo de la revolución en occidente.

Vicente Mellado   |   El consenso existente en las aulas universitarias es que habría sido Antonio Gramsci el marxista que elaboró una teoría política para superar la sociedad y el Estado capitalista en occidente. Para esta región, la estrategia de la revolución socialista sería la conquista de la hegemonía de las clases subalternas mediante una “guerra de posiciones” (teniendo presente el hecho de que, como sostuvo Perry Anderson, el concepto de hegemonía adquirió varias definiciones). Esta estrategia seria la correcta para aquellas sociedades con instituciones civiles fuertes y diversos canales de mediación entre las clases dominantes y las clases subalternas. En cambio, Trotsky solamente pudo elaborar una teoría política aplicable a sociedades carentes de “fortalezas civiles” y donde el Estado lo era todo. La revolución en la Europa oriental sería el resultado de un golpe frontal directo al Estado mediante una “guerra de movimientos”.

El acuerdo de los cientistas sociales neomarxistas, posmarxistas y marxistas posestalinistas respecto a la propuesta de Trotsky es que la teoría de la revolución permanente sería el reflejo de la estrategia de la guerra de movimiento. Afirmándose en citas de Gramsci, Christine Buci-Glucksmann afirmó que Trotsky “sigue siendo el teórico político del ataque frontal, en un periodo en el cual ese ataque sólo ocasiona la derrota” . Para otros intelectuales, como el filósofo polaco posestalinista Leszek Kolakowsky, Trotsky no sólo construyó una teoría errada para la conquista del poder en occidente, sino que no habría aportado nada al marxismo .

[Nos]  proponemos desarrollar la problemática en torno a la revolución en las sociedades capitalistas con sistemas democráticos consolidados basándonos en los encuentros y desencuentros de Trotsky y Gramsci. Fueron precisamente ellos los últimos marxistas del periodo de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista (1919-1922) que desarrollaron un análisis científico de las estructuras sociales y políticas de las sociedades capitalistas avanzadas de occidente con el objetivo de lograr la revolución socialista. Creemos que su legado histórico es de fundamental importancia para pensar la revolución en las actuales sociedades subdesarrolladas con sistemas políticos democráticos liberales.

Guerra de posiciones y guerra de movimientos

La tesis clásica mencionada más arriba no nació de un capricho cualquiera. Se ha sostenido en los mismos escritos de Gramsci. En sus Quaderni del carcere, el revolucionario italiano sostuvo que la revolución permanente de Trotsky se correspondía con la estrategia del “ataque frontal”, similar a la “teoría de la ofensiva” del Partido Comunista Alemán del bienio de 1921-22. Para Gramsci, eso sería sinónimo de “guerra de movimientos”, estrategia adecuada para sociedades donde “el Estado lo era todo [y] la sociedad civil era primitiva y gelatinosa” .

Si bien definió guerra de posiciones y guerra de movimientos , Gramsci no logró establecer un puente que las integrara en un todo. Tampoco comprendió la tesis de la revolución permanente de Trotsky (que polemizaremos en artículos posteriores), que no tiene relación alguna con el tópico de “ataque permanente”.

El lenguaje empleado de posición y movimiento alude a la estrategia militar que los Estados capitalistas aplicaron en los conflictos bélicos durante el siglo XIX hasta la Primera Guerra Mundial (1914-1918). Los marxistas de la III Internacional llevaron ese lenguaje político que era propio del terreno de la lucha entre estados imperialistas o capitalistas al terreno de la lucha de clases y la toma del poder político por la clase obrera.

Por guerra de posiciones entendemos la necesidad de una clase o grupo social de conquistar la mayor cantidad de fortalezas y bases en la sociedad civil o el Estado (burgués) con el objetivo de concentrar fuerzas y prepararse para la ofensiva contra el enemigo de clase. En este caso hacemos referencia a la necesidad de que la clase obrera en alianza con las demás clases explotadas y oprimidas conquiste “posiciones” para preparar el ataque frontal contra la burguesía y su aparato estatal. 

Por otro lado, la guerra de movimientos se define como la necesidad de un ejército de movilizar rápidamente gran parte de su aparato militar concentrando el ataque en un punto determinado con el objetivo de derrotar y eliminar al enemigo. Como sostuvo Carl Von Clausewitz, “la guerra es un acto de fuerza destinado a obligar a nuestro enemigo a hacer nuestra voluntad”.

La guerra de posiciones está relacionada con la estrategia defensiva. En cambio, la guerra de movimientos está relacionada con la estrategia ofensiva. Sin embargo, la esencia de la estrategia militar es el ataque, es decir, la ofensiva. Esto significa que la guerra de posiciones no es más que el “momento preparatorio” para pasar al ataque frontal. Según Clausewitz, la defensa debe ser una pausa temporal, necesaria para reorganizar las fuerzas de un ejército y prepararse para pasar nuevamente a la ofensiva. De lo contrario, la campaña militar está destinada al estancamiento y por tanto al fracaso estratégico.

La defensa no constituye el fin último de la guerra. La defensa posee un fin pasivo, conservar posiciones o fortalezas. En cambio, el ataque contiene un aspecto positivo que es la conquista de nuevas posiciones estratégicas (no solamente la victoria final). Para Clausewitz, la defensa constituye un recurso temporal mientras se reorganizan las fuerzas para pasar al ataque del enemigo.

Creemos que allí reside el gran problema de la propuesta “gramsciana”. El dirigente comunista, realizó un balance correcto aunque parcial después de la derrota del movimiento obrero alemán en 1923 y del ascenso del fascismo en Italia. Los nacientes partidos comunistas debían realizar un retroceso táctico, volcándose a la conquista de posiciones (el frente único) para afirmar nuevas bases sociales y políticas que permitieran a los obreros reagruparse y conquistar alianzas con otros sectores de explotados y oprimidos.

La oleada revolucionaria había pasado y los nacientes partidos comunistas debían echar hondas raíces en el movimiento de masas como fase previa para preparar la conquista del poder. El problema es que Gramsci a partir de ese momento comenzó a desarrollar una teoría política para el movimiento revolucionario cuyo eje central lo constituyó la estrategia de conquistar posiciones en oposición a la estrategia de movimientos. Allí reside lo engorroso y misterioso del pensamiento de Gramsci. 

Lo que nos proponemos desarrollar en esta sección de “Trotsky y Gramsci. En torno a la revolución en las democracias capitalistas” es la tesis de que el marxista sardo elaboró una teoría política para el movimiento revolucionario cuyo eje central lo constituyó la estrategia de “guerra de posiciones” en oposición a la “guerra de movimientos”. Creemos que no supo integrar en una estrategia totalizante la relación dialéctica entre guerra de posición y guerra de movimiento. Esta última desapareció de sus escritos a partir de los años 20 hasta sus últimos días vividos en las cárceles de la dictadura fascista en la década del 30.

Por el contrario, creemos demostrar que León Trotsky si realizó el intento por integrar la guerra de posición con la guerra de movimiento en una estrategia revolucionaria por la conquista del poder político cuya máxima expresión lo constituye el Programa de Transición. Transgrediendo las tesis del reformismo, la socialdemocracia y el consenso académico, afirmamos que Trotsky si fue un conocedor de los procesos revolucionarios de occidente, en un nivel superior al de Gramsci. Sostener que el revolucionario ruso-ucraniano no conoció los movimientos proletarios de las democracias capitalistas avanzadas por no haber realizado un análisis histórico de las formaciones estatales y los movimientos políticos de occidente —como si lo hizo Gramsci—, no constituye un argumento sólido.

Trotsky realizó análisis políticos que sorprenden por su rigor científico. No estando libre de limitaciones y errores (al igual que los escritos de Gramsci), los escritos acerca de España, Francia, Inglaterra y Alemania constituyen todo un legado histórico para la construcción de movimientos revolucionarios en países con sistemas políticos democráticos consolidados y donde predomina el trabajo asalariado urbano.

Las democracias de raigambre liberal ya no se limitan a la Europa occidental y Estados Unidos como fue en los años 30. Después de la caída del muro de Berlín en 1989, la democracia (neo) liberal se impuso en gran parte del orbe mundial. Creemos que el legado de Trotsky y Gramsci sirven para teorizar la construcción de un partido revolucionario en la actualidad.

Notas

1Buci-Glucksmann, Christine, Gramsci y el Estado. Hacia una teoría materialista de la filosofía, siglo XXI, 1974, p. 337.
2Kolakowsky, Leszek, Las principales corrientes del marxismo. Tomo III. La crisis, Alianza Editorial, 1978, pp.185-217.
3Gramsci, Antonio, “Guerra de posiciones y guerra de maniobras o frontal”, en: Cuadernos de la Cárcel, Tomo 3 (1930-1932), Ediciones Era, 1975, p. 157.
4Gramsci, Antonio, “Pasado y presente. Paso de la guerra de maniobras (y del ataque frontal) a la guerra de posiciones incluso en el campo político”, en: op. cit, pp. 105-106.
5Clausewitz, Carl Von, De la Guerra, Editorial Tecnos, 1999, p. 6.



II


Después de la Segunda Guerra Mundial, los partidos comunistas europeos de occidente (en particular el italiano), socialdemócratas y académicos marxistas convirtieron el legado histórico de Antonio Gramsci en la alternativa “marxista occidental” en oposición a la propuesta insurreccional de origen leninista considerado eficaz para los países con formaciones sociales atrasadas.

La lectura socialdemócrata y reformista de Gramsci

A mediados de la década del 70 los partidos comunistas de Italia, Francia y España proclamaron el giro al denominado eurocomunismo. Este giro estratégico (si bien ya se había planteado desde 1956 con el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética) estableció que el único medio de acceso al poder político era integrándose a las instituciones del Estado democrático burgués. De este modo, se institucionalizó la vía pacífica al socialismo aceptando la alianza con partidos burgueses considerados progresistas para ser gobierno. Fue la consumación de la degeneración estratégica iniciada por el estalinismo desde mediados de los años 20.

La supuesta originalidad de la vía “eurocomunista” al socialismo se basó en proclamar la independencia del “control ideológico” que preconizaba la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) sobre los partidos comunistas del mundo. Para diferenciarse del denominado leninismo de origen oriental, el eurocomunismo hizo del “gramscismo” el fundamento teórico político del comunismo occidental.

De manera coincidente, la intelectualidad de izquierda europea crítica a la política de la URSS, atravesada por los innumerables movimientos sociales del periodo 1968-1978 en occidente y en el bloque soviético, estableció que la única manera de lograr un socialismo genuinamente “pluralista y democrático” era radicalizando el sistema democrático liberal propio de Europa occidental. La vía insurreccional solamente había terminado en dictaduras totalitarias.

En esta línea se encontraron militantes del Partido Comunista Italiano (PCI) —Umberto Cerroni, María Antonieta Machiocchi y Luciano Gruppi—, socialistas —Norberto Bobbio— y herederos de la escuela estructuralista francesa de Louis Althusser —Ernesto Laclau y Chantall Mouffe—. Estos intelectuales y muchos más, hicieron de Gramsci el padre putativo de la vía occidental al socialismo.

De conjunto, los intelectuales críticos al estalinismo de la posguerra confluyeron en el siguiente consenso: la originalidad de Gramsci reside en haber construido una teoría marxista donde antes de la toma del poder del Estado, la clase obrera debe conquistar la hegemonía de la sociedad civil. Esta estrategia es lo que en el lenguaje “gramsciano” se denominó “guerra de posiciones” (ver el artículo I de esta sección) en contraposición a la “guerra de movimientos” o maniobra propia de formaciones sociales con un desarrollo débil y atrasado de sus instituciones civiles. En estas formaciones sociales primaría la estrategia leninista de la insurrección. En cambio, en occidente, la presencia de innumerables y complejos sistemas de “trincheras y fortificaciones” culturales existentes al interior de la sociedad civil dificultarían la conquista del poder del Estado mediante la insurrección. Ésta última debe ceder necesariamente a la lucha de la clase obrera por conquistar la hegemonía en la sociedad civil.

Basándose en la clásica cita de Gramsci que afirma que “en política, la guerra de posición es hegemonía” (1), la intelectualidad europea crítica al estalinismo terminó elaborando la teoría de un socialismo pluralista y democrático solamente viable desde el interior de las instituciones del Estado capitalista y respetando la propiedad privada.

A partir de los años 80, con la crisis del comunismo soviético y la ofensiva del neoliberalismo contra la clase trabajadora, en particular la industrial, el legado de Gramsci terminó alimentando teorías que proclamaron la muerte de la clase obrera como sujeto revolucionario. Desde ese momento, nuevas corrientes filosóficas y categorías epistemológicas irrumpieron en la escena política y en el lenguaje de las ciencias sociales: posestructuralismo, posmodernismo, posmarxismo, marxismo mínimo, y autonomismo, por nombrar algunos.

Estas corrientes de pensamiento filosófico político terminaron por coronar el camino iniciado por el eurocomunismo y la socialdemocracia en los años 70: convertir a Gramsci en un filósofo marxista completamente inofensivo para el Estado capitalista. Peor aún, el autonomismo y el posmarxismo sustituyeron a la clase obrera como sujeto que debía conquistar la hegemonía de la sociedad civil por un sujeto difuso (la “multitud”), un sujeto diverso y espontáneo en sus demandas (los movimientos sociales) o simplemente un sujeto republicano (la ciudadanía).

Si para el eurocomunismo y la socialdemocracia todavía la clase obrera tenía importancia estratégica relativa (base de los Estados de Bienestar), para las corrientes “post” y el autonomismo la clase obrera se convirtió en sinónimo de totalitarismo. Ahora era el momento histórico de los sujetos marginados del trabajo asalariado urbano (principalmente el industrial) como constructores estratégicos de una nueva sociedad. Eran libres, descentralizados y sin subordinación a los viejos partidos de masas de corte leninista. La caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS contribuyeron a acelerar el triunfo ideológico de estas corrientes.

¡En defensa de Gramsci! | La necesidad de un partido revolucionario de la clase trabajadora

Como mencionamos en un artículo anterior de esta sección (2), Gramsci en sus escritos terminó oponiendo la guerra de posiciones a la guerra de movimientos o maniobra. Sin embargo, el revolucionario italiano nunca dejó plasmado en su obra que la lucha por el socialismo debía ser utilizando exclusivamente los mecanismos de la democracia burguesa. Esa fue la lectura de la socialdemocracia y el eurocomunismo.

Por el contrario, durante el periodo 1919-1926, Antonio Gramsci defendió la idea de construir un partido comunista que preparara a la clase obrera para la insurrección y la conquista del poder político. Los escritos acerca de los Consejos de Turín y Milán son evidencia de esa perspectiva (3). Este “momento preparatorio” exigía que la clase obrera conquistara la hegemonía del conjunto de los explotados y oprimidos, en particular el campesinado del Mezzogiorno. En sus tesis de Lyon (abril de 1926), Gramsci afirmó:
“Las fuerzas motrices de la revoluciones italiana, tal como surge de nuestro análisis, son, en orden de importancia, las siguientes: 1] la clase obrera y el proletariado rural 2] los campesinos del Mezzogiorno y de las islas y los campesinos del resto de Italia. El desarrollo y la rapidez del proceso revolucionario sólo pueden ser apreciados a partir de una evaluación de ciertos elementos subjetivos, es decir, de la medida en que la clase obrera logre adquirir una personalidad política propia, una firme conciencia de clase y una independencia de todas las demás clases, de la medida en que logre organizar sus fuerzas, o sea, ejercer de hecho una función de conducción de los demás factores, comenzando por dar una expresión política concreta a su alianza con los campesinos” (4).
El concepto de hegemonía en Gramsci —como ya ha mencionado Anderson (5)— fue tomado de los bolcheviques para desarrollar una estrategia revolucionaria de la toma del poder político en la realidad italiana. Esta se sustentaba en la alianza de la clase obrera con el campesinado. Era un deber del partido revolucionario conquistar la hegemonía política de las clases explotadas y oprimidas para tomar el poder.

Al parecer, el eurocomunismo, la socialdemocracia y las tendencias posmodernas omitieron esto de su análisis. Y cuando lo consideraron, como Buci Glucksmann, fue solamente en breve para legitimar rápidamente la vía pacífica al socialismo.

Para Gramsci, la hegemonía sobre la parte oprimida de la sociedad civil la construye la clase obrera como sujeto revolucionario. No un sujeto abstracto como la “ciudadanía” o el “pueblo” en general.

El problema reside en que desde fines de la década del 20, Gramsci desplazó su análisis al problema de la hegemonía de las clases subalternas en la sociedad civil, considerando un “momento preparatorio” anterior a la conquista del poder político. Ese momento preparatorio se convirtió para Gramsci en una guerra de posiciones de larga duración en el tiempo histórico, trayendo como resultado la omisión del momento insurreccional.

La consecuencia estratégica de esto es que el “momento de la maniobra”, necesario para pasar a la ofensiva contra el Estado burgués, terminó subordinado a la guerra de posiciones. Para Gramsci, la maniobra se debía manifestar en acciones “parciales” para asegurar la defensa de las fortalezas conquistadas en la sociedad civil (7). Como el momento insurreccional desapareció de sus escritos en los años 30, el resultado fue una separación del momento posicional. Dicho en lenguaje leninista, la conquista de la hegemonía se separó de la conquista del poder político. Esta separación es la que trajo las interpretaciones aludidas más arriba.

Estas elipsis y ambigüedades es lo que aprovechó el reformismo (en sus diversas variantes) para hacer de Gramsci —parafraseando a Lenin—un “adocenado liberal”. En Chile esta es la concepción de Gramsci que predomina actualmente. Nosotros, por el contrario, sin negar las limitaciones de los análisis de Gramsci, defendemos lo más enriquecedor de su legado político para la construcción de un genuino partido marxista hoy: la necesidad de que los trabajadores asalariados urbanos conquisten posiciones estratégicas para desde allí expandir su hegemonía política sobre el resto de los explotados y oprimidos de la sociedad capitalista. Solo de este modo un partido revolucionario podrá echar hondas raíces en la clase trabajadora y conquistar la confianza del resto de las clases y capas sociales oprimidas.

Notas

1. Gramsci, Antonio, “Maquiavelo. El moderno príncipe”, en: Cuadernos de la Cárcel, Tomo 3 (1930-1932), Cuaderno 13 (XXX), Ediciones Era, 1975, p. 244.
2. Trotsky y Gramsci. En torno a la revolución en las democracias capitalistas (I).
3. Gramsci, Antonio, Escritos periodísticos del Ordine Nuovo (1919-1920), Tesis once, 1991.
4. Gramsci, Antonio, “La situación italiana y las tareas del PCI (Tesis de Lyon)”, en: Escritos Políticos (1917-1933), siglo XXI, 1977, p. 239.
5. Anderson, Perry, Las antinomias de Antonio Gramsci, Editorial Fontarama, 1977.
6. Buci-Glucksmann, Christine, Gramsci y el Estado. Hacia una teoría materialista de la filosofía, siglo XXI, 1974, pp. 221-235.
7. Gramsci, Antonio, “Cuaderno 13(XXX). Notas breves sobre la política”, en: Cuadernos de la Cárcel, Tomo 5 (1932-1934), Ediciones Era, 1975, p. 22.



III


Se ha defendido la tesis de que el único marxista del periodo entre guerras que logró un análisis teórico de las formaciones sociales occidentales, respetando sus particularidades, fue Antonio Gramsci. En este breve artículo damos a conocer cómo León Trotsky también logró analizar la particularidad de los procesos de lucha de clases en las formaciones sociales avanzadas

Hegemonía en Trotsky. Hegemonía en Gramsci

A diferencia de Gramsci, Trotsky conoció de cerca a los movimientos obreros occidentales más importantes. A principios de siglo pasó varios años por Inglaterra y Alemania. Vivió siete años en Austria (1907-1914), lo que le permitió mantener un contacto fluido con Alemania. Con el estallido de la Primera Guerra Mundial (1914-1918), se mudó a Francia donde levantó un periódico junto a socialistas rusos exiliados (bolcheviques y mencheviques) titulado Nache Slovo (Nuestra Palabra). En esta última posta antes de ser exiliado en 1916, conoció al movimiento obrero francés en su versión “sindicalista revolucionaria” y a algunos de sus dirigentes más prominentes como Pierre Monatte, futuro y efímero militante del Partido Comunista Francés.

Con esto no queremos afirmar que Trotsky conoció en mayor grado que Gramsci las estructuras de funcionamiento de los Estados capitalistas occidentales. Los análisis de Gramsci en torno a las fortalezas hegemónicas de las clases dominantes en la sociedad civil son más que conocidos por el público lector. Pero si a partir de sus Quaderni del carcere el marxista italiano se orientó a analizar la hegemonía que emanaba de las diversas estructuras del poder capitalista en occidente, el marxista ruso se dedicó a analizar desde donde y bajo qué relaciones de fuerza la clase obrera podía dar el salto para romper dichas estructuras de poder. A diferencia de Gramsci, Trotsky logró captar de manera audaz y con mayor agudeza los momentos de crisis y disgregación del poder burgués para asestarle un golpe mortal.

Como ha mencionado Perry Anderson (1), si Gramsci desplazó su análisis de la hegemonía hacia el campo de las estructuras del poder burgués, Trotsky mantuvo su foco de la hegemonía en el campo clásico de análisis de los bolcheviques: la alianza obrera y campesina bajo la dirección política del proletariado. La garantía de dicha alianza consistía, según el marxista soviético, en que la clase obrera conquistara la hegemonía del campesinado y del conjunto de las masas oprimidas.

Sin embargo, en sus escritos acerca de Gran Bretaña, Trotsky hizo énfasis en las posiciones estratégicas ya conquistadas por los trabajadores británicos para avanzar en la toma del poder. Aquí el análisis no rodeó la problemática de la alianza con los campesinos, clase social en retroceso continuo desde el punto de vista cuantitativo y cualitativo en la Inglaterra industrial.

La lectura política de Trotsky se orientó en responder cómo era posible construir un partido comunista de vanguardia con influencia en las masas obreras británicas. El centro de su análisis lo constituyó la original experiencia histórica de lucha sindical inglesa. Los sindicatos serían el eje de construcción del partido comunista.

Trotsky y el análisis de la situación histórica de Gran Bretaña (1925)

En enero de 1925, Trotsky fue relevado de su cargo de Comisario de Guerra y nombrado presidente del Comité de Concesiones, jefe de la Dirección Electrotécnica y presidente de la Dirección Científico Técnica de la Industria. En pleno proceso de consolidación de la burocracia estalinista, Trotsky aprovechó de realizar un análisis del momento histórico que vivía la gran isla británica (Escocia, Gales e Inglaterra).

En la primavera de 1925 escribió Where is Britain going? (¿A dónde va la Gran Bretaña?) (2), texto de más de 150 páginas donde plasmó las perspectivas de la revolución proletaria en la cuna del capitalismo industrial moderno. Según Isaac Deutscher, fue el único libro de un marxista que se proclamó en favor de la posibilidad real del comunismo en Gran Bretaña (3). Sin embargo, como varios de los valiosos escritos de Trotsky, no estuvo libre de errores de pronóstico. Siendo el más importante el que la revolución en Inglaterra no ocurrió.

El vaticinio de Trotsky se sostuvo en una observación empírica sólida. Utilizó una serie de fuentes periodísticas británicas —entre ellas el prestigioso Daily Herald del Labour Party— y algunos libros de historia de Gran Bretaña escritos por la más diversa gama de historiadores —desde el marxista Max Beer al reaccionario whig Thomas Macauly.

Sin negar los errores del revolucionario ruso, como el vaticinio de una ruptura violenta de Inglaterra con Estados Unidos en su lucha por la hegemonía del mercado mundial, hay un aspecto que Deutscher apenas tomó en cuenta: el acierto de Trotsky de que era posible la construcción de un sólido partido revolucionario en las filas de la clase obrera británica debido a la ascendente radicalización política que se vivía en los sindicatos como nunca en la historia de Inglaterra. El que no haya resultado se debe a explicaciones históricas que trascienden la propuesta de este artículo. Lo que queremos destacar es el fluido escenario abierto en Gran Bretaña desde el término de la Primera Guerra Mundial y la creación de condiciones sociales y económicas que empujaron objetivamente a la clase obrera más antigua de la humanidad a la radicalización política.

Entre 1920 y 1926 el desempleo real en Gran Bretaña no bajó del 12% promedio. Los rubros industriales que alguna vez fueron su carta de presentación en el mercado mundial, habían perdido competitividad (carbón, hierro, acero, vehículos, maquinaria y textiles) (4). Cesantía, hambre y bajo salarios eran los problemas que aquejaban a los trabajadores británicos. ¿Semejante situación no vaticinaba un estallido social violento?

Lejos de generalizar desde la experiencia soviética, Trotsky guardó con gran rigor la particularidad histórica del movimiento obrero inglés y la construcción de su clase dominante. Si en Rusia no existieron mediaciones sólidas entre el Estado y los obreros, en la isla británica la existencia de mecanismos de cooptación de las masas explotadas y oprimidas era enorme: prensa masiva, las iglesias puritana y anglicana, los espacios de recreación cooptados por la burguesía (el boxeo, el fútbol, las carreras de caballo y todos los deportes propios de la sociedad popular inglesa), y el más importante de todos: el viejo parlamento inglés.

Puede decirse que Trotsky se limitó simplemente a señalar estas fortalezas de hegemonía burguesa. Pero convergió con Gramsci en el siguiente balance estratégico para occidente: “cuanto más rico y cultivado es un país, más antiguas sus tradiciones parlamentarias y democráticas, más difícil es al partido comunista adueñarse del poder” (5). De este modo, el revolucionario ruso buscó los mecanismos para enfrentar estas dificultades en el camino de la toma del poder. Allí encontramos el abordaje de los sindicatos y el Labour Party como llaves para la construcción del partido revolucionario —entiéndase en esa época el partido comunista.

Sindicatos y Partido Laborista: la llave para la construcción del partido revolucionario en Gran Bretaña

Trotsky identificó tres sectores de vanguardia del proletariado británico: los portuarios, los mineros y los ferroviarios. Para 1920, de un total de poco más de 10 millones de obreros dedicados a labores industriales o relacionadas con estas, 1.250.000 eran mineros del carbón. Todos estaban organizados en sindicatos reconocidos por la ley burguesa. Lejos de cualquier fetichismo del obrero fabril, Trotsky supo reconocer que en estos rubros económicos se había gestado desde antes de la Gran Guerra la gran vanguardia de los trabajadores británicos. Fueron estos los que dirigieron las huelgas más decisivas y practicaron el control obrero parcial (mediante los shop steward comittes) extendiéndolo a algunas industrias manufactureras. En esta situación histórica, los obreros del carbón cumplirían un rol fundamental en la movilización revolucionaria de los trabajadores británicos. Su diagnóstico resultó acertado.

Cuando estalló la gran huelga general de mayo de 1926, durante nueve días el Estado imperial y sus instituciones tendieron a la disgregación, abriendo una posibilidad histórica para la clase obrera británica asestara un gran golpe de fuerza. Sin embargo, la persistencia de la Internacional Comunista de mantener su alianza con los dirigentes sindicales laboristas de izquierda como Arthur James Cook y Arthur Purcell al interior del Comité Anglo-Soviético, solamente posibilitó la contención de la ira de los sindicatos y los desocupados movilizados.

Para Trotsky, conquistar la dirección política de los sindicatos ingleses que afiliaban a 5 millones de obreros resultaba una tarea estratégica. Además, los sindicatos ingleses tenían una expresión política: el partido laborista. Organización a la que entraron cientos de miles de obreros de vanguardia durante la década del 20.

Fenómeno único en la historia mundial, los sindicatos británicos engendraron y parieron un partido político. Este recibía la afiliación automática de los trabajadores sindicalizados y una cotización obligatoria de estos para el financiamiento del partido.

Al respecto, el marxista soviético consideró que los comunistas, grupo pequeño e insignificante en Inglaterra, debía buscar la manera de volver a entrar al laborismo —había sido expulsado del partido y perseguido por el ala derecha del laborismo en 1924— para facilitar su diálogo con la clase obrera. La política de entrar en el partido laborista como una fracción con libertad de crítica y difusión de su programa fue discutida desde el II Congreso de la Internacional Comunista (1920), siendo Lenin su principal promotor (7).

Lejos de una concepción voluntarista de la construcción del Partido Comunista en Inglaterra, Escocia y Gales, Trotsky reconoció, que por la tradición del movimiento obrero y por la fuerza arrolladora del Labour Party, “la clase obrera tendrá probablemente que renovar varias veces sus esferas directoras antes de que llegue a crear un partido verdaderamente a la altura de la situación histórica y de las tareas del proletariado inglés” (6).

Notas

(1) Anderson, Perry, Las Antinomias de Antonio Gramsci, Editorial Fontarama, 1981.
(2) Edición en español bajo el título: ¿A dónde va Inglaterra? Europa y América, Ediciones Biblos/Madrid, 1927. disponible en: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/eis/1925-1926-a-donde-va.pdf.
(3) Deutscher, Isaac, Trotsky. El profeta desarmado (1921-1929), Lom ediciones, 2007, pp. 197-202.
(4) Parker, Robert Alexander Clarke, El siglo XX. Europa. 1918-1945, Siglo XXI, 1969, pp. 131-155.
(5) ¿A dónde va Inglaterra? Europa y América, Ediciones Biblos/Madrid, 1927, p. 33. disponible en: https://www.marxists.org/espanol/trotsky/eis/1925-1926-a-donde-va.pdf
(6) Ibid, p. 47.
(7) Lenin V.I., “Discurso sobre el papel del Partido Comunista”, 23 de julio de 1920. En: https://www.marxists.org/espanol/lenin/obras/1920s/internacional/congreso2/02.htm.
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