23/4/15

Gramsci, superestructura, teoría política y democracia

Ismael Ledesma Mateos   |   En la construcción de la teoría política del siglo XX un autor crucial es Antonio Gramsci (1891-1937), fundador del Partido Comunista Italiano y víctima de la represión política del régimen fascista de Mussolini, encarcelado en un momento determinante en la historia de Italia y de Europa. La teoría política gramsciana representa una innovación determinante en la teoría política contemporánea, pues realiza profundas reflexiones acerca de “la construcción del partido”, poniendo énfasis en el concepto de hegemonía y sus relaciones con el partido revolucionario, el Estado y la sociedad civil, que encontramos en Los cuadernos de la cárcel, escritos durante su reclusión, a partir de 1929.

El pensamiento de Gramsci es congruente con la idea de que en vez de hablar de una teoría política marxista, debemos hablar de una teoría marxista de la política. Además, en su pensamiento existe un conocimiento e influencia de Maquiavelo, de Marx y de Lenin. Pero para Gramsci, que ya conocía la experiencia soviética, con sus excesos y errores, la manera de plantear la acción política comunista tiene que ser diferente, remontando el énfasis en lo económico para prestar especial atención en la “superestructura” de la sociedad.

En la cárcel Gramsci hace un análisis histórico, social y filosófico de las ideas más importantes en el pensamiento político italiano, y reconociendo el valor de Maquiavelo consigue desarrollar una teoría marxista de la política —tal como afirma Claudio Aguayo—, así como retoma ideas de Benedetto Croce y algunos importantes marxistas de su país. Resulta de especial importancia el entendimiento de cómo una “clase dirigente” se convierte en la “clase dominante”, y cómo se da la consolidación de la hegemonía en el seno de la sociedad civil, que involucra un conjunto de instituciones a través de las cuales la burguesía ejerce dicha hegemonía, que debe ser disputada por el proletariado.

La concepción del Estado en Gramsci implica dos componentes centrales: “hegemonía” y “coerción”, que habría que asociar con la afirmación de Max Weber de que “el poder es la conjunción del rito y el mito”. Gramsci sostiene que el modelo coercitivo deberá agotarse en la medida en que se fortalezcan los “elementos cada vez más conspicuos de sociedad regulada” (o Estado ético o sociedad civil). La fase de la así llamada “dictadura del proletariado deberá pasar a una nueva ‘libertad orgánica’, donde desaparezcan el Estado, el gobierno y la sociedad civil como tales, proceso que debe ser dirigido por el partido, el cual definitivamente no puede ser antidemocrático sino todo lo contrario”. En uno de sus textos Gramsci nos habla de que “el partido debe ser igual que una orquesta; al ensayar quizás no todos sus instrumentos son armoniosos e iguales, pero al concluir su ensayo (discusión, conflicto) debería darse paso a una armonía partidaria interna”.

Conocido por muchos como “el teórico de las superestructuras”, tampoco despreció la importancia de la estructura económica de la sociedad; pero insiste en que es en la superestructura donde se crea y reproduce la hegemonía, lo que conduce a que el poder de la clase dominante que controla el Estado no se dé sólo por la acción de los aparatos represivos del mismo, sino fundamentalmente por la hegemonía que conlleva la formación de un “bloque hegemónico”, que implica el control de las instituciones educativas, de las religiosas y de los medios de comunicación.

En consecuencia, en el concepto de bloque histórico formulado por Gramsci —que es sin duda una de sus contribuciones fundamentales— el Estado no es sólo un aparato de dominación de una clase por otra, sino que implica una síntesis de coerción, consenso, hegemonía y control, que dan cuenta del ejercicio verdadero del poder político.

Según Claudio Aguayo, otra contribución gramsciana que debe remarcarse es la manera de operación del partido y los tres elementos que lo regulan: primero, un “elemento indefinido”, que es la masa activa y no simplemente “de maniobra” ocupada en la prédica moral “con estímulos sentimentales, con mesiánicos mitos de espera de épocas fabulosas, en las cuales todas las contradicciones y miserias serán automáticamente resueltas y curadas”. Segundo: el “elemento de cohesión principal”, es decir, dotado de “una potente fuerza […] que centraliza, disciplina, y, sin duda a causa de esto, está dotado igualmente de inventiva”. Gramsci resume este elemento en la metáfora de los capitanes: “un ejército ya existente será destruido si le llegasen a faltar los capitanes, mientras que la existencia de un grupo de capitanes, acordes entre sí, con fines comunes, no tarda en formar un ejército aun donde no existe”. El tercer elemento es un elemento “intermedio” que articula el primero y el segundo, que los pone en un contacto no sólo físico “sino moral e intelectual”.

Cualquiera que estudie la operación de los partidos políticos y los procesos propagandísticos puede percatarse de esta realidad. Gracias a la visión gramsciana, en los años setenta y ochenta del siglo XX muchos partidos comunistas de Occidente sufrieron transformaciones sustanciales, incluyendo el Partido Comunista Mexicano, empezándose a platear la vía democrática y parlamentaria al socialismo, en busca de tomar el control del Estado por la vía de la hegemonía y no de la revolución armada.

Para varias generaciones de militantes de izquierda en todo el mundo occidental (yo incluido en mi juventud) Gramsci fue un referente indispensable, el cual debería ser retomado. El Padre Ubú, plagado de autoritarismo, se aterraría al conocer una obra que muestra una visión de la democracia, del socialismo y del comunismo con un rostro humano congruente con la democracia.