2/2/15

Gramsci y el tercer gobierno del Frente Amplio en Uruguay

Pepe Mujica
✆ Jaime Suárez
“Para ser fáciles habríamos tenido que desnaturalizar y empobrecer una discusión que se refería a conceptos (de la mayor importancia, a la sustancia más íntima y preciosa de nuestro espíritu. Hacer eso no es ser fáciles: es ser tramposos, como el tabernero que vende agua teñida dándola por barolo o lambrusco. Un concepto difícil en sí mismo no puede dar en fácil por la expresión sin convertirse en torpe caricatura. Y, por lo demás, fingir que la aguada torpeza sigue siendo el concepto es propio de bajos demagogos, de tramposos de la lógica y de la propaganda” – Antonio Gramsci, de un artículo titulado Cultura y lucha de clases publicado en II Grido del Popolo el 25-05-1918

Esteban Valenti   |   La derecha más lúcida realizó una lectura, un balance de los resultados electorales de octubre-noviembre del 2014 que incluía una visión sobre los cambios culturales que se habían producido en la sociedad uruguaya. No hay duda que la sola consolidación de un porcentaje muy alto de votantes y adherentes al Frente Amplio a nivel de todo el territorio nacional es un cambio cultural, además de político. Siguiendo a Gramsci lo peor que podemos hacer es simplificar los hechos, los procesos para hacerlos supuestamente más comprensibles. Eso, es indigno de la izquierda.

Cualquier análisis debe partir de su horizonte, de adonde pretende llegar, no es simplemente la descripción de la realidad. Yo considero que el cambio más importante que debe producir la izquierda uruguaya en este tercer gobierno, tiene que ver con los cambios culturales y en la superestructura, como parte de los cambios radicales en la estructura económica y de relaciones sociales en el país.

El determinismo económico ha sido la mayor bastardización de la teoría de Marx y una de las bases de los mayores fracasos de la izquierda en el mundo. Como cualquier lector atento de los Cuadernos sabe perfectamente que el núcleo del pensamiento de Antonio Gramsci, consiste en el examen de las relaciones recíprocas entre la estructura y la superestructura de la sociedad, analizadas con sentido creador y libre de las incrustaciones positivistas y del determinismo económico por el cual el socialismo es un acto necesario y espontáneo resultado de la decadencia del capitalismo.

La batalla cultural parte de la base de la centralidad de la política, como lucha explícita por el poder, pero también como elaboración conceptual sobre el funcionamiento de la economía, de las relaciones sociales, de la sociedad civil, de la cultura y de las instituciones.

La batalla cultural, no es un lujo, es parte central de la lucha política por cambiar, hacer más justas las relaciones sociales, la distribución de la riqueza, el acceso a los derechos y las libertades y avanzar hacia formas superior de organización social. Y sus objetivos corresponden a las diferentes etapas de una sociedad.

En el año 2005, cuando asumimos el primer gobierno, con el país que salía de una de las peores crisis de su historia, la teoría y la práctica, la elaboración conceptual y la política desde el gobierno y desde el FA tenía un conjunto de prioridades también culturales.

La derecha nos acusa insistentemente de tener una visión "fundacional" y en realidad fue totalmente diferente nuestra tarea y nuestro horizonte, quisimos recuperar la identidad de una nación con porvenir, con metas, con un proyecto propio y no como juguete de las corrientes ventosas externas y lo hicimos apelando a la propia historia del Uruguay, incluyendo la historia de los partidos fundacionales que habían dejado por el camino sus propias identidades y proyectos, en particular el batllismo y el nacionalismo popular.

La gran batalla cultural que fuimos ganando en el debate y sobre todo en los hechos fue la recuperación por parte de los uruguayos de la confianza en su propio destino, en su propio país. Hoy ese es un capital fundamental para cualquier Proyecto Nacional. Pero ya estamos en otra época, ya no es suficiente.

Hay una relación indisoluble entre los nuevos objetivos de desarrollo, de crecimiento productivo, de avance social y los cambios culturales y supraestructurales necesarios, imprescindibles.

La "batalla cultural", considerada en general es que se lleva adelante para configurar el "sentido común" (gramsciano) de la sociedad. Este "sentido común" no refiere a lo que suele considerarse como conocimiento innato o autoevidente, sino que designa una serie de concepciones genéricas históricamente construidas. Antonio Gramsci lo definió con claridad: "El sentido común es la filosofía de los no filósofos, es decir, la concepción del mundo absorbida acríticamente por los diversos ambientes sociales y culturales en los que se desarrolla la individualidad moral del hombre medio". El "sentido común" de Gramsci es el "clima de opinión" de Friedrich Hayek, es decir, "un conjunto de preconcepciones muy generales" sobre la existencia.

En el "sentido común" se expresa la hegemonía, función que Gramsci atribuía a la "sociedad civil", vale decir, al conjunto de organismos de naturaleza no coercitiva que se sumergen en la batalla por la dirección intelectual y moral de la sociedad.

En la batalla cultural por la confianza nacional, por un nuevo optimismo nacional un papel fundamental lo jugó el empleo, el trabajo, el crecimiento y la calificación de la masa de trabajadores. Eso hoy es totalmente insuficiente, se necesita un cambio cultural profundo en el mundo del trabajo y de los trabajadores en particular. Los trabajadores han conquistado nuevos derechos, nuevas protecciones sociales, mejores salarios y jubilaciones, ¿Y ahora?

Simplemente sumando porcentajes de aumentos o nuevas leyes sociales no se asegura el avance, hace falta un salto de calidad en el peso del mundo de los trabajadores materiales e intelectuales, de la ciudad y del campo en la sociedad civil, en la resolución y participación en las batallas contra la violencia a todos los niveles, por los valores de la convivencia y la tolerancia, por nuevos derechos asociativos para el acceso a la vivienda y por nuevas formas de producción asociativa y cooperativa.

Y para mezclarse con el mundanal ruido hay que asumir que ciertas concepciones totalmente reivindicativas y nada más, que se han agotado en un economicismo a ultranza, a nivel general y en particular en sectores muy sensibles como la educación no ayudan a que esta batalla tenga la profundidad y la épica necesaria. Y esta es responsabilidad de todos, no solo de los intelectuales sindicales, pero en primer lugar de ellos.

La educación, en el sentido más amplio del concepto, el acceso a la cultura debe formar parte de uno de los centros vitales de la batalla del bloque histórico de los cambios, porque puede ser plataforma para más profundos avances o freno y retroceso para el conjunto de la sociedad uruguaya.

No es un tema sindical o empresarial, o de determinadas organizaciones es una responsabilidad del conjunto de las fuerzas políticas e ideológicas del cambio y de la izquierda. Es una batalla en la opinión pública, en las instituciones, en la academia, entre los trabajadores e intelectuales y en el vasto mundo de la cultura.

Esa batalla cultural tuvo además otro aspecto central que impactó directamente en nuestra propia identidad: la lucha por la democracia. La promoción de la verdad y la justicia y de los derechos humanos fue y sigue siendo uno de los factores centrales de los cambios positivos que se han producido en la sociedad uruguaya e incluso en la izquierda uruguaya.

¿No notamos que hoy el concepto vívido de democracia se afianzó en el Uruguay, tanto como relato sobre el pasado reciente y sus tragedias y oscuridades como su evolución permanente y su consolidación? En el sentido común nacional y popular la fuerza actual de las ideas democráticas es muy superior al pasado y eso incluye a la izquierda en su conjunto como actores, como sujetos y como receptores.

La estructura y superestructura forman un bloque histórico que se constituye como reflejo del conjunto de las relaciones sociales de producción existentes. En este sentido, un grupo hegemónico es aquel que representa los intereses políticos del conjunto de grupos que dirige. La estructura, por consiguiente, es concebida como un conjunto de relaciones sociales en un determinado período histórico que marca el campo posible de un movimiento social.

Para Gramsci "el estado es hegemónico, es el producto de determinadas relaciones sociales, el complejo de actividades con las cuales las clases dirigentes justifican y mantienen su dominio y logran obtener el consenso activo de sus gobernados. Las instituciones son el escenario de la lucha política de clases".

Un estado es fuerte en la medida en que la clase dominante logra despojarse de sus intereses corporativos e incorpora los intereses de otros sectores dominados. Las crisis en Gramsci surge cuando entra en crisis la capacidad de sumar, agregar, incluir - procesándolos - el mayor número de intereses al bloque hegemónico. La crisis es siempre crisis entre representantes y representados. A la vez nunca una crisis es una vuelta al pasado. Gramsci concentra su interés en el modo en que el Estado  se recompone en situaciones de crisis.

Gramsci toma los conceptos de estructura y superestructura del marxismo pero de una manera creativa, nueva. La estructura consiste en el conjunto de relaciones económicas existentes, esto según los marxistas anteriores a Gramsci el cambio en la estructura determinaría el cambio de la superestructura (la cultura , las instituciones, la concepción del mundo, etc)

La sociedad política está formada por el estado y sus órganos por lo tanto el factor coercitivo es fundamental mientras que la sociedad civil al ser todas las organizaciones de la sociedad que se hallan institucionalizadas pero que no incluyen al Estado (empresas, asociaciones civiles, sindicatos, cooperativas, etc.). Ambas sociedad civil y política forman parte de la superestructura.

Un cambio mucho más profundo en la educación, en el clima de convivencia, en el combate a la violencia en todas sus formas, en el nivel cultural y artístico de nuestra sociedad ya no se resuelve solo con más recursos, más estado, más normas e instituciones estatales, requiere de un cambio más profundo en el sentido común nacional y popular. Un cambio cultural, en la hegemonía.

Estos cambios no se decretan, no se legislan, no se imponen, requieren una fuerza política y una sociedad civil que debaten y construyen un nuevo pensamiento dominante. Y esa es una gran obra intelectual, cultural y política que estamos lejos de haber discutido y de disponernos a emprender a partir de la situación actual del FA y sus problemas orgánicos y estructurales.

El ejercicio del poder ha instalado el tema de los cargos en la izquierda casi como un eje fundamental, lo demuestra incluso el debate y los mordiscos sobre cargos departamentales en Montevideo, incluso sobre suplentes, por encima de cualquier discusión programática. En realidad la obsesión sobre los cargos es un tema que asume ya carácter ideológico.

La simplificación del tabernero que quiere vender agua por tannat porque es más simple, tiende a reducir todo a los aspectos programáticos del gobierno, cuando en realidad esa es hoy solo una parte y es imprescindible la acción desde el Frente y desde la sociedad civil. Incluso los cambios institucionales o constitucionales, no pueden substituir este frente fundamental para el avance y la profundización de los cambios.

Incluso con un gobierno exitoso en sus resultados económicos y sociales, la nueva etapa, el tercer gobierno de la izquierda reclama una profunda acción política a nivel de todo el país y con una amplia participación popular e intelectual.

¿Podemos garantizar que tendremos buenos resultados en el gobierno? Si, lo hemos demostrado y tenemos las condiciones. ¿Podemos asegurar esta ofensiva permanente y profunda del bloque histórico de los cambios progresistas? No, y estamos bastante lejos, incluso de su discusión.