20/12/14

Barack Obama y el papa Francisco: ¿gramscianos de derecha?

Foto: Barack Obama & papa Francisco
Fernando Rosso & Juan Dal Maso
"Gramsciano de derecha" fue la definición acuñada por Iñigo Errejón, el joven académico asesor de Podemos, a Enric Juliana, el periodista del diario catalán, La Vanguardia. Juliana es un admirador de los “eurocomunismos” allí donde existieron (Italia) y un nostálgico dónde no tuvieron lugar como partidos de masas o fueron más limitados (Estado Español, con la excepción de Cataluña). Esta definición podría caberle a Obama y el Papa, artífices, junto con Raúl Castro, de una política contrarrevolución social con formas de "revolución pasiva". 

En un reflejo "decisionista", el presidente Obama, después de una pérdida significativa de poder (tras una derrota electoral), sorprendió a propios y extraños, en alianza con el Papa, retomando la agenda con una política "bonapartista". 

Mientras pega "por derecha" contra Rusia (y hasta contra Venezuela), pega "por izquierda" contra los gusanos y los sectores más recalcitrantes del partido republicano y por esa vía abre un camino para intentar terminar de consumar una restauración capitalista en Cuba con métodos "consensuados" con la burocracia del PCC.

Para el gobierno cubano, el giro acelerado hacia la "apertura" se imponía por las condiciones autogeneradas por décadas, con el aditamento de las consecuencias que las crisis venezolana y rusa, pueden tener sobre su golpeada economía.

¿Es un triunfo de David contra Goliat? No parece. Si bien el gobierno cubano puede exhibir este acuerdo como una conquista y efectivamente existió una enorme y heroica resistencia del pueblo cubano frente al bloqueo de Estados Unidos, lo cierto es que el bloqueo es (sigue siendo hasta que no se levante de verdad y eso será complejo de aprobar en el republicanizado nuevo Congreso que asume en enero) una especie de "continuación de la guerra fría por otros medios". Y una continuación de la guerra fría por otros medios, si bien política, es a su modo un acto de guerra. Es decir, retrasa la "reconversión" de Cuba mediante una "salida política".

"Progresista" y restaurador, Obama busca darle oxígeno a la declinante hegemonía norteamericana con un gesto de alto impacto político que a su vez refuerza la sobrevida del americanismo. Mientras los diarios burgueses dan cuenta de los "festejos en las calles de La Habana", uno se acuerda de la piba que dejaba lo más contenta la facultad para laburar en Burger King, en la memorable película Good Bye Lenin, escena que sintetiza el rostro del neoliberalismo en los países del Este: trabajo precario e ideología del progreso individual. 

Antonio Gramsci prestó especial atención al fenómeno del americanismo, que hundía sus raíces en el fordismo como técnica que revolucionaba la producción industrial. A diferencia de Europa, en Estados Unidos la hegemonía nacía de la fábrica, dado que la racionalización de la producción conllevaba una racionalización de la población, mediante el control de los hábitos y costumbres de los obreros y su entorno familiar por un lado y por otro no existía un "bloque agrario" conformado entre la Iglesia, las masas populares y los intelectuales, por lo que el sentido común se formaba más directamente a partir de la disciplina industrial.

Y el fenómeno del americanismo es sin duda, una variante más o menos permanente del Siglo XX, más allá de sus distintas formas, industrial o consumista, "democrático" o guerrerista.

En épocas de relativa desindustrialización de Estados Unidos, producto de la relocalización de empresas que buscan en el sudeste asiático u otras semicolonias las mieles de una mano de obra mil veces más barata, el americanismo se liga directamente al consumo. En ese contexto, se podría decir que la hegemonía nace en la fábrica pero se consuma en la vidriera del shopping o en la góndola del supermercado.

Como afirma Abel Gilbert, en EEUU, “no todos comparten esa aversión (hacia Cuba y el castrismo) de décadas: aunque de modo menos estridente, empieza a ser cada vez más compartida en EE.UU la idea de que al castrismo, remozado desde que Raúl se hizo con el poder y puso en marcha reformas que nadie habría imaginado con Fidel al mando, no se lo derrota con la CIA sino con la SEARS, la famosa cadena comercial, con la que los espías comparten algo más que una analogía fonética: 'Find something great!'”

Entonces, lo que se juega Obama, más allá de la coyuntura, es la consumación de esta "victoria final" del american way of life sobre "el comunismo" (nadie considera a Corea del Norte como un baluarte "de izquierdas"), que lo ubicaría como un estadista de la potencia del Norte y a su vez tendría consecuencias para la política exterior norteamericana que hoy no podemos prever con suficiente claridad. Se va cascoteado por los republicanos, pero gana puntos en la "batalla cultural". 

El Papa, por su parte, en darle el toque final a la "guerra santa" del Vaticano contra el "comunismo" objetivo compartido durante el Siglo XX con el imperialismo norteamericano. Una diplomatización de la contrarrevolución, a tono con la tradición italiana y vaticana.

Ambos, con un gesto "populista" buscan absorber lo que queda de la revolución cubana con el avance de la restauración capitalista y dar un golpe simbólico de importancia estratégica: muerto el perro, se acabó la rabia. 

Pero ¿se acabará la rabia? O mejor dicho ¿cuál es el alcance del golpe simbólico? ¿Es como una "caída del muro" a la latinoamericana? Salvador Benesdra pinta en El traductor el cuadro deprimente en que se hunde su alter ego, Ricardo Zevi, cuando va en un taxi y escucha la noticia de la caída de la URSS. Por buenas y malas razones, la URSS era una referencia (incluso para el trotskismo que luchaba contra la burocracia) de que la expropiación de los capitalistas era posible.

La burocracia cubana, como última esquirla de ese fenómeno aberrante que marcó el Siglo XX (las burocracias de los “socialismos reales” que llegaron a construir un sistema internacional de estados); ha logrado desdibujar ese símbolo latinoamericano y mundial que fue Cuba. 

La isla hoy no tiene la misma significación en el imaginario popular (aunque se mantengan amplias simpatías), en parte por la propia política castrista hacia la restauración, en parte por su ligazón con el "socialismo del siglo XXI" que combina la socialdemocracia y el populismo. Y en parte porque la idea de socialismo tiene entre las masas populares menos fuerza hoy que hace medio siglo. La crisis económica mundial ha desatado múltiples fenómenos de lucha social, pero el nivel de radicalización da como resultado fenómenos políticos que con sus "colores locales" reivindican por distintas vías al eurocomunismo, desde Podemos hasta Jacobin.

Como decía un trabajador para graficar el desprestigio impuesto por la burguesía y la burocracia contra el llamado comunismo: "el único que habla bien de Cuba es Maradona."

Por último, al darse la restauración no como "catarsis" sino como negociación, el camino hacia el capitalismo se va dando mediatizadamente y sin el efecto simbólico condensado de un "acontecimiento" como la caída del Muro de Berlín. En este sentido, el "triunfalismo" yanqui que podría sobrevenir a partir de los avances en la restauración dista años luz del de los años '90. 

Lo que se viene para Cuba está por verse, en principio restauración no necesariamente implica en el contexto actual de descrédito del "neoliberalismo", un avance inmediato de un programa radical neoliberal. La retrogradación social puede venir acompañada de la supervivencia de ciertas conquistas estatales, como restauración negociada. Posiblemente se abra un período donde estén planteadas luchas del pueblo cubano en defensa de sus conquistas, así como por la interpretación del legado de la revolución cubana.