16/11/14

Pensar con Gramsci

Mabel Thwaites Rey   |   Pensar con Gramsci, pensar a través de Gramsci implica eludir el afán meramente filológico con el que a veces se abordan ciertas citas de su obra. La potencia del pensamiento del italiano, la especificidad de su vigencia reside en su cualidad incitadora a las preguntas, a la indagación, a la duda, a ir más allá de lo aparente, de lo conocido, de lo reflejo. En suma, al pensamiento. Leído una y otra vez, en cada coyuntura, en cada momento histórico, se comprueba cada vez que Gramsci reta a pensar en lo sustantivo, en los problemas de fondo, en las líneas distintivas que arraigan la dominación y que, a la par, muestran las fisuras que permiten confrontarla. Encontrar en el presente los rasgos anticipatorios del futuro y construir a partir de ellos la acción política emancipatoria: esto es, en un sentido, lo que Hernán Ouviña llama  política prefigurativa.

1. Remite a la materialidad, a lo que existe, a lo ya operante, al marco estructural que configura el escenario sobre y en el cual se plantean las luchas. No hay, entonces, acción posible por fuera de las condiciones reales existentes. No hay ideales y derroteros con destino alguno que no estén anclados en la realidad, en el presente. El futuro está en el hoy, en aquello que constituye el material con el cual se puede construir el porvenir. Esto implica reconocer los límites que enmarcan cada época histórica.
2. Expresa el sentido de totalidad que engloba en la estructura no solo los rasgos dominantes, sino los que muestran las fallas, las fracturas por donde se puede intentar (prefigurar) la ruptura.

3. Supone la capacidad subjetiva y consciente de detectar lo nuevo, de interpretar la realidad (lo que supone el análisis riguroso de las relaciones de fuerzas, de las contradicciones coyunturales y estructurales) y construir desde allí el porvenir. Este es el territorio de la voluntad, de la acción, de la pasión puesta al servicio de la transformación social radical. A mediados de 1919, en uno de sus primeros artículos para L’ Ordine Nuovo, el joven Gramsci formuló una pregunta que puede leerse como síntesis del problema central de la militancia  política: “¿Cómo soldar el presente con el porvenir, satisfaciendo las necesidades urgentes del presente y trabajando útilmente para crear y "anticipar el porvenir?”.

En otro texto contemporáneo, Gramsci sostiene que
"hay que conciliar las exigencias del momento actual con las exigencias del futuro, problema del "pan y la manteca" con el problema de la revolución, convencidos de que en el uno está el otro, que en el más está el menos, que las instituciones tradicionales se refuerzan en las nuevas instituciones, solamente en las cuales, sin embargo, se oculta el resorte para desarrollar la lucha de clases que debe alcanzar su fase máxima en la dictadura proletaria que debe suprimirla”.
“El Estado socialista -dirá en otro artículo- existe ya potencialmente en las instituciones de vida social características de la clase obrera explotada. Relacionar esos institutos entre ellos, coordinarlos y subordinarlos en una jerarquía de competencias y de poderes, concentrarlos intensamente, aun respetando las necesarias autonomías y articulaciones, significa crear ya desde ahora una verdadera y propia democracia obrera en contraposición eficiente y activa con el Estado burgués, preparada ya desde ahora para sustituir al Estado burgués en todas sus funciones esenciales de gestión y de dominio del patrimonio nacional”.
Gramsci escribía esto en el bienio rojo, cuando los consejos de fábrica recibían el influjo de los nacientes soviets rusos. Es en este contexto de ascenso de masas que Gramsci piensa la construcción socialista en términos plurales. Porque los consejos se enmarcan en una heterogénea red de instituciones, que incluye también a los comités de barrio, los sindicatos, los partidos políticos y los consejos de campesinos. Esto suponía la impugnación al mito revolucionario de acuerdo con el cual se concibe la instauración del poder proletario como una dictadura del sistema de secciones del Partido Socialista, y la postulación de conformar
“un nuevo aparato estatal que en su ámbito interno funcione democráticamente, es decir, que garantice a todas las tendencias anticapitalistas la libertad y la posibilidad de convertirse en partidos de gobierno proletario, y, proyectado hacia el exterior, sea como una maquina implacable que triture los organismos del poder industrial y político del capitalismo”. (1).
Esta dinámica de constitución y ejercicio de poder popular requería asimismo, de acuerdo al joven sardo, de una disputa diaria de sentido en el plano ideológico-cultural, que si bien desarrollará durante su forzado encierro a partir de la categoría de hegemonía, ya muy tempranamente Gramsci le otorga relevancia a esta cuestión. En un artículo precursor, escrito a comienzos de 1916, dice: 
“toda revolución ha sido precedida por un intenso trabajo de crítica, de penetración cultural, de permeación de ideas a través de agregados humanos al principio refractarios y sólo atentos a resolver día a día, hora por hora y para ellos mismos, su problema económico y político”. (2)
La situación, poco después, cambiaría profundamente, y las condiciones de posibilidad de construcción obrera autónoma y anticipatoria en las que pensaba Gramsci en ese tiempo se verían afectadas por completo. 

Sin embargo, no es en su sentido estrictamente histórico que nos interesa rescatar este pensamiento, sino en su sentido más profundo de resignificar de manera creativa y anti-dogmática el pensamiento insurgente de Marx, en pos de un proyecto de transformación integral de la sociedad capitalista que debe comenzar antes de la mentada “conquista del poder”. 

La transformación revolucionaria (y por lo tanto el poder popular mismo) deja de ser entonces un horizonte futuro, para arraigar en las prácticas actuales que en potencia anticipan el nuevo orden social venidero. Se invierte así el derrotero transicional clásico: antes de pugnar por la “conquista del poder”, hay que constituir espacios y organizaciones populares en el seno de la sociedad, basadas en un nuevo universo de significación simbólico y material antagónico al capitalista. El desafío que esta propuesta nos plantea es cómo articular la satisfacción de las necesidades urgentes del presente, con la creación del porvenir en nuestra realidad cotidiana. 

En su excelente trabajo Hacia una política prefigurativa. Algunos recorridos e hipótesis en torno a la construcción del poder popular, Hernán Ouviña señala las derivaciones que para las prácticas militantes autónomas tiene esta concepción de Gramsci. 

Me interesa señalar aquí, en cambio, lo que significa “anticipar” el futuro a partir de identificar los rasgos materiales que dibujan las condiciones de posibilidad de transformación. Esta dimensión material, sin embargo, no se reduce a las condiciones de producción, sino que incluye las prácticas y a las lecturas sobre tales condiciones y prácticas que operan en la realidad y condicionan las posibilidades prefigurativas. 

Prefigurar es una forma construir a partir de la voluntad, de las prácticas, de la acción, aquello que queremos anticipar. Es la dimensión de lo subjetivo. Es, en suma, el territorio de la política. 

Es en el escenario de la disputa intelectual y moral, sobre la que nos ilumina tanto el Gramsci encarcelado, que se va prefigurando el futuro y conquistando la emancipación. Pero esta disputa no se da en el vacío ni su contenido es idéntico a sí mismo e inmutable en todo tiempo histórico. Reconocer los cambios en la materialidad sustantiva del presente (síntesis de relaciones de fuerza pasada), identificar sus rasgos salientes, sus texturas, sus aristas, sus nudos y fisuras, es central para poder empujar en el sentido de la emancipación humana de manera real y no meramente autocomplaciente. 

Con Gramsci podemos pensar cómo hacer actual esa necesidad aún no saciada de cambio. Podemos pensar en la construcción de herramientas políticas de nuevo tipo, con creatividad, con agudeza, con compromiso. 

Notas

(1) Gramsci, Antonio, “El problema del poder”, enConsejos de fábrica y Estado de la clase trabajadora, México, Editorial Roca, 1973, p. 61
(2) Gramsci, Antonio, “Socialismo y Cultura”, en Antología, Buenos Aires, Siglo XXI, 1998, p. 16. En este precursor artículo, escrito a comienzos de 1916, Gramsci confronta contra las interpretaciones burguesas que conciben a la cultura como “saber enciclopédico en el cual el hombre no se contempla más que bajo la forma de un recipiente que hay que rellenar y apuntalar con datos empíricos, con hechos en bruto e inconexos que él tendrá luego que encasillarse en el cerebro como en las columnas de un diccionario para poder contestar, en cada ocasión, a los estímulos varios del mundo exterior”. A contrapelo de esta forma de cultura que “solo sirve para producir desorientados, gente que se cree superior al resto de la humanidad porque ha amontonado en la memoria cierta cantidad de datos y fechas que desgrana en cada ocasión para levantar una barrera entre sí mismo y los demás”, propugna la creación de una cultura que suponga organización y asunción consciente del hombre como “creación histórica”. Gestar esta nueva cultura (tarea fundamental de toda construcción de poder popular, que debe partir de los “núcleos” de buen sentido que arraigan en los grupos subalternos) significa por lo tanto renegar de la civilización capitalista, a partir de un modo de pensar y transformar la realidad concreta de nuestra vida cotidiana.

Trabajo presentado en la Jornada “Antonio Gramsci y la cultura latinoamericana” realizada en la Biblioteca Nacional, organizada por la Biblioteca Nacional y la Fondazione Instituto Gramsci de Roma.
http://gramscimania.info.ve/