16/11/14

La Legitimidad en Weber y la Hegemonía en Gramsci | Distintas dimensiones del dominio consensual

Antonio Gramsci
David Levine
Max Weber
✆ David Levine
Mabel Thwaites Rey   |   Los conceptos de legitimidad y hegemonía, centrales en el análisis político contemporáneo, remiten a la cuestión clásica de los modos en que se fundamenta el poder político, es decir, cómo se justifica la dominación para obtener cierto consenso en los dominados y, simultáneamente, cómo se puede pensar la transformación social.

Bobbio (1985) señala que es un principio general de la filosofía moral que lo que tiene necesidad de ser justificado es la mala conducta, no la buena. Por eso el poder requiere justificación y sólo la justificación, cualquiera que ésta sea, puede hacer del poder de mandar un derecho y de la obediencia un deber, lo que equivale a transformar una relación de mera fuerza en una relación jurídica. 

Surge así una pregunta clave: ¿cuál es la razón última por la que en las sociedades hay gobernantes y gobernados, estableciéndose el vínculo entre ambos no como mera relación de hecho, sino como relación entre el derecho de los primeros a mandar y el deber de los segundos a obedecer? La respuesta a esta pregunta nos conecta con la problemática del consenso, que expresa las formas en que ciertas reglas de convivencia social son aceptadas de un modo estable.

Teoría y praxis

Las nociones de legitimidad y hegemonía se entroncan, a su vez, con dos dimensiones cruciales en materia política: una es la que anima las prácticas concretas relativas a la toma y ejercicio del poder, es decir, la acción política capaz de definir los rumbos de gobierno y, en consecuencia, afectar la vida de una comunidad política (el “hacer política”). La otra es el análisis de la política, la interpretación que los científicos sociales dan a los hechos que acontecen en la polis (el “pensar la política”). Esto, más allá de toda pretensión de neutralidad valorativa u objetividad, suele tener mayor o menor incidencia sobre las prácticas políticas concretas en la medida en que, como “insumos” teóricos, como información fáctica o como fundamentos normativos, ingresan a la acción política de diversas formas y a través de múltiples mediaciones.

Así, las dimensiones de la política como objeto de estudio o como campo de acción aparecen permanentemente tensionadas en las realidades históricas concretas y es sólo a la luz de esta tensión que puede comprenderse más afinadamente la magnitud de un determinado pensamiento y de las ideas de un autor que se propuso reflexionar y dar cuenta de los fenómenos políticos de la historia o de su propia época. Y aquí es preciso destacar la importancia de conocer la génesis histórica de un concepto dado, el contexto de su producción y la trayectoria intelectual de su autor, para poner a prueba su riqueza explicativa en la realidad que pretendió comprender y en el presente, en la medida en que tenga un carácter universalizable y no estrechamente acotado en términos temporales.

Siguiendo este criterio, para analizar estos conceptos y sopesar las implicancias teóricas y prácticas que puedan tener en la actualidad, nos centraremos en las formulaciones de dos autores clásicos: Max Weber* y Antonio Gramsci,** indisolublemente ligados al alcance y difusión contemporánea de estas categorías analíticas. Ambos pensadores son ―clásicos en el sentido que plantea Bobbio (1985), es decir que: a. son intérpretes auténticos y únicos de su tiempo, para cuya comprensión se utilizan sus obras; b. siempre son actuales y cada generación los relee; c. han construido teorías-modelo o conceptos clave que se emplean en la actualidad para comprender la realidad. Pero hay un interés adicional que nos lleva a referirnos a ellos. Los dos son claros ejemplos de las diferentes opciones relativas a la acción y a la reflexión política, y por eso resulta pertinente dar cuenta de cómo se ubicaron en sus respectivos momentos históricos respecto de las cuestiones políticas fundamentales de su época. Y son, además, ejemplos cabales de la tensión entre analizar y actuar en política.

Tanto el alemán como el italiano estuvieron profundamente comprometidos con la vida política de su tiempo y participaron en ella, aunque de manera muy distinta. Mientras Weber estaba convencido de las bondades del sistema capitalista e intentaba pensar las formas de desarrollarlo en su Alemania natal, lo cual incluía no sólo la articulación de los estratos superiores sino la incorporación ordenada de los obreros en la vida material y política, Gramsci quería cambiarlo radicalmente y todo su afán intelectual y su práctica política se encaminaron hacia esa finalidad. En tanto Gramsci consagró su vida entera a la militancia política activa, fue fundador y dirigente del Partido Comunista Italiano y padeció la cárcel hasta su muerte por no abjurar de sus convicciones, Weber tuvo una relación más mediada y compleja con los movimientos políticos de su época y fue transformando sus posiciones desde un cierto liberalismo nacionalista conservador en su juventud, hasta posturas democrático-parlamentarias mas pragmáticas y reformistas al final de su vida.

Weber, como sostiene su esposa y biógrafa, “creía que el reconocimiento de la realidad y su dominio por el intelecto sólo podían ser el primer paso hacia la formación directa de la realidad por la acción. Parecía ser un luchador y gobernante nato, aún más que pensador innato. La cuestión era saber si podría encontrar la forma apropiada, si su época le ofrecía un material apropiado para la cristalización de estas fuerzas. El mismo, en un período posterior, pensó en dedicarse a la política práctica (Marianne Weber 1995:192). Pero nunca llegó a plasmar su voluntad de acción en una práctica política concreta, en el sentido más clásico de la participación partidaria y militante. Su afán se concentró en el análisis riguroso de la realidad y su origen histórico, algo que consideraba indispensable para incidir activamente, políticamente, sobre ella.

Gramsci, fiel a la tradición marxista en la que se inscribe, también pensaba que era imprescindible conocer en profundidad la realidad que se pretende cambiar. Estaba convencido de que sólo con una comprensión rigurosa de los datos que ofrece esa realidad resulta posible armar una estrategia acertada para la transformación revolucionaria. Es en ese contexto que se entiende su famosa frase ―pesimismo de la inteligencia, optimismo de la voluntad. Esto es, hace falta conocer y aceptar las condiciones dadas tal como son y no como se desearía que fueran, para entregarse con total energía y entusiasmo a la azarosa empresa de cambiarlas en favor de las clases subalternas. 1

Así, en Gramsci el pensamiento es una relación en la que comprender significa “saber” pero también “sentir”, lo que lo lleva a la preocupación por saldar la separación entre unos intelectuales que “saben” pero no “comprenden” ni “sienten” y una esfera popular que “siente” pero no “comprende” (Campione, 2000). Es a partir de esta relación dialéctica entre práctica y teoría que el intelectual debe alcanzar a “sentir las pasiones elementales del pueblo (...) No se hace política-historia sin estas pasiones, esto es, sin esta conexión sentimental entre intelectuales y pueblo–nación. 2 Aquí aparece un rasgo esencial del pensamiento gramsciano: la pasión, como elemento fundante de toda práctica política ligada a la razón. En las Notas sobre Maquiavelo dice:
“Es cierto que prever significa solamente ver bien el presente y el pasado en cuanto movimiento (...) Pero es absurdo pensar en una previsión puramente ‘objetiva‘. Quienes prevén tienen en realidad un ‘programa’ para hacer triunfar y la previsión es justamente un elemento de ese triunfo. Esto no significa que la previsión deba siempre ser arbitraria y gratuita o puramente tendenciosa. Se puede decir mejor que sólo en la medida en que el aspecto objetivo de la previsión está vinculado a un programa, adquiere objetividad: 1) porque sólo la pasión aguza el intelecto y contribuye a tornar más clara la intuición; 2) porque siendo la realidad el resultado de una aplicación de la voluntad humana a la sociedad de las cosas, prescindir de todo elemento voluntario o calcular solamente la intervención de las voluntades ajenas como elemento objetivo del juego general mutila la realidad misma. Sólo quien desea fuertemente identifica los elementos necesarios para la realización de su voluntad (1978: 63).
El tema de la razón y la pasión también es un clásico weberiano. El cierre de su célebre conferencia “La política como vocación” es un ejemplo de esta combinación, que lo acerca mucho más a la concepción de Gramsci de la política de lo que cabría suponer por sus diferentes posiciones.
“La política consiste en una dura y prolongada penetración a través de tenaces resistencias, para la que se requiere, al mismo tiempo, pasión y mesura. Es completamente cierto, y así lo prueba la Historia, que en este mundo no se consigue nunca lo posible si no se intenta lo imposible una y otra vez. Pero para ser capaz de hacer esto no solo hay que ser un caudillo, sino también un héroe en el sentido más sencillo de la palabra. Incluso aquellos que no son ni lo uno ni lo otro han de armarse desde ahora de esa fortaleza de ánimo que permite soportar la destrucción de todas las esperanzas, si no quieren resultar incapaces de realizar lo que hoy es posible. Sólo quien está seguro de no quebrarse cuando, desde su punto de vista, el mundo se muestra demasiado estúpido o demasiado abyecto para lo que él le ofrece; sólo quien frente a todo esto es capaz de responder con un ‘sin embargo; sólo un hombre de esta forma construido tiene ‘vocación’ para la política (1997: 178-9).
Si bien la racionalidad, para Weber, es el pilar indiscutido de las formas de desarrollo modernas –capitalistas-, las emociones y los valores tienen un papel central a la hora de provocar los cambios necesarios para evitar que la maquinaria inanimada de la burocracia ‘paradigma de la racionalidad’, devore la individualidad. Es más, lograr el equilibrio entre pasión, responsabilidad y mesura es, para él, la clave de toda acción política efectiva. 3 Para Gramsci, la solución para la tensión entre pasión y razón está en la constitución de una intelectualidad ‘orgánica de las clases subalternas, que se organice mediante el partido revolucionario 4, al que denomina, remitiendo a Maquiavelo, el ‘Príncipe Moderno. La función del partido, en tanto ‘intelectual colectivo es alcanzar la ‘organicidad entre teoría y práctica, que es condición indispensable para la transformación revolucionaria, conquistando y organizando una nueva hegemonía que dé lugar a una ‘voluntad colectiva nacional-popular.

Weber, en tanto, se preocupa por encontrar una salida política al dilema de hierro que en las sociedades moderna plantea la existencia inexorable de un aparato burocrático que sigue la lógica de la racionalidad formal, pero que entraña el peligro de autonomizarse y aniquilar la voluntad individual. De esta forma “la sociedad moderna, tecnológica y racionalizada, le parece una “jaula de acero donde el hombre es aniquilado por la petrificación mecánica del conjunto de las relaciones humanas (Traverso 2001: 51). Y de ahí su incesante búsqueda, en la política, de una acción capaz de intervenir en un proceso “inevitable: la transformación del mundo en una máquina sin vida, la “coagulación de su espíritu. De esta forma, la pregunta de cómo conjugar razón y sentimientos -el campo de lo “irracional- se constituye en el dilema clave de la concepción weberiana de la dominación.

Durante la Primera Guerra Mundial, Weber sostuvo la política expansionista y militarista alemana, pero luego reconoció autocríticamente el fracaso de esa orientación. Gramsci, por el contrario, adscribió activamente a la posición internacionalista de los socialistas de su tiempo y adhirió a las posturas a favor de la neutralidad, pero no simplemente abstencionistas, sino de una neutralidad activa y operante, ya que creía que los pueblos debían resistirse a ser arrastrados a las guerras interimperialistas por las clases dominantes de cada país. En 1918, ya hacia el final de su vida, Weber defendió la idea de una república democrática y federal, renunciando al punto de vista imperialista. De este modo, el alemán asumió la inevitable democratización del Estado y la necesaria quiebra de la hegemonía prusiana. Tuvo incluso una aproximación relativa a la social-democracia y aceptó participar en la redacción de la Constitución de Weimar. Para Weber, el problema político fundamental era el de la debilidad e inconsecuencia de la burguesía alemana, incapaz de asumir su protagonismo histórico. Como solución planteó la conveniencia de reforzar el papel dirigente del Parlamento frente a la pesada maquinaria de la burocracia prusiana y una versión específica de democracia representativa como instrumento frente al despotismo burocrático y la demagogia. Defendió un régimen de democracia acotada, con rasgos plebiscitarios, donde los elementos irracionales del carisma pudieran ser refuncionalizados con el objetivo de facilitar que las masas se identificaran con el Estado y lo defendieran frente a la subversión extremista, revolucionaria y reaccionaria. 5

No obstante, Weber nunca pudo decidirse a tener una militancia activa y un compromiso más explícito con un partido concreto. En ello influía profundamente tanto su actitud crítica y escéptica como su postura teórica, atada a su vocación de académico riguroso que le exigía intentar producir conocimientos lo más objetivos posibles, capaces de esclarecer y orientar una práctica política entendida en el sentido de intervenciones políticas mesuradas y no meramente partidaria. En palabras de Aron:
“Max Weber fue hombre de ciencia y no hombre político ni hombre de Estado, aunque sí, ocasionalmente, periodista político. Estuvo, sin embargo, apasionadamente preocupado por la cosa pública durante toda su vida y no dejó nunca de experimentar una especie de nostalgia de la política, como si la finalidad última de su pensamiento hubiera debido ser la participación en la acción (1997: 9).
La potencia intelectual de Gramsci, su interés por el estudio exhaustivo de la realidad italiana estaba animado por la indudable voluntad de transformarla de manera revolucionaria. Su afán de estudio, de saber, se subordinaba a la necesidad de entender los mecanismos de la dominación capitalista, para establecer, en consecuencia, las estrategias posibles para enfrentarlo con éxito. Ello no quiere decir que Gramsci no procurara generar un conocimiento “objetivo. Por el contrario, su producción –y principalmente la carcelaria- no estaba destinada a la disputa partidaria o a la propaganda político-ideológica, sino a desentrañar la realidad en sus significados últimos, único camino viable para transformarla, como él mismo subrayaba.

De ahí su profundo estudio de la “cuestión nacional en Italia y su constitución como Estado unificado, problema clave planteado por la escisión entre un norte próspero y un sur económica, cultural y socialmente atrasado. A Weber, por su parte, le importaba la estabilidad de un orden capitalista al que valoraba como el único racionalmente viable y deseable. Y si, por un lado, su producción más académica intentaba dar cuenta de su desarrollo en occidente, ligado a la noción de racionalidad como concepto que permitía describirlo con cierta “objetividad, por el otro, en sus escritos políticos, procuraba dar respuestas más concretas, salidas políticas específicas para la Alemania de su tiempo. 6

El presente ensayo es el Capítulo 5 del libro “Estado y Marxismo: Un siglo y medio de debates”, del cual Mabel Thwaites Rey es su compiladora |  Prometeo, Buenos Aires, 2008.