13/11/14

Hegemonía y lenguas nacionales: una aproximación gramsciana

Joshua Hurtado Hurtado   |   El teórico de corriente marxista Antonio Gramsci presentó grandes aportaciones para el estudio de la sociedad con su análisis de las manifestaciones de la hegemonía. Aplicado a las lenguas y el lenguaje, se puede ver que las estructuras gramaticales y las lenguas nacionales están vinculadas al ejercicio del poder de un grupo minoritario.

Un juego de poder en el lenguaje y en la gramática [1]

Cuando llegamos a este mundo, las personas nos encontramos inmersas en diferentes sistemas y estructuras sociales. Al aprender a hablar, no escogemos nosotros un lenguaje, sino que vamos incorporando los diferentes elementos de nuestro entorno. Asimismo, llegamos a un lugar y momento sociales específicos, con particularidades en cultura, valores, y estructuras sociales.

Sin embargo, ¿cuántas veces nos ponemos a pensar en el origen de dichas cuestiones? ¿Por qué, por ejemplo, un modelo tradicional de familia está compuesto por un padre y una madre, unidos en matrimonio, e hijos? ¿O quién establece la manera correcta de comunicarnos, tanto en su forma oral como en su forma escrita?

Una lectura del teórico italiano Antonio Gramsci, de corriente marxista, nos puede dar herramientas para buscar las respuestas a preguntas como las anteriores. Teniendo en el mundo contemporáneo un papel muy significativo en la rama de los Estudios Culturales, la obra de Gramsci ha aportado diferentes maneras de analizar el poder, principalmente el poder de las ideas, y ha permitido examinar a mayor detalle las relaciones entre la sociedad civil y las estructuras administrativas del Estado. El concepto central en sus escritos, y con el cual se pueden realizar análisis socioculturales y políticos, es el de hegemonía.

Este artículo está enfocado a dar una perspectiva sobre cómo el poder se manifiesta en elementos de la vida cotidiana, en este caso, el lenguaje, algo que Peter Ives (2004) expone en su obra [2]. Las manifestaciones, aclaro, no necesariamente son evidentes, y las prácticas cotidianas pueden ser tan familiares que no nos damos cuenta del juego de poder que las produjo. Primero es necesario hablar de las aportaciones de Gramsci en cuanto al concepto de hegemonía. Esto nos permitirá, por una parte, entender cómo la gramática correcta de un lenguaje está vinculada al ejercicio del poder, y por otra, examinar casos concretos donde los grupos en el poder tienen mucha influencia en el lenguaje de una sociedad.

El concepto de hegemonía está íntimamente vinculado a Gramsci en la era contemporánea. Sin embargo, es importante aclarar que él no fue el inventor del término, pues este ya se usaba desde mucho tiempo atrás para denominar el impacto cultural e influencia militar de las ciudades-estado en Grecia. Principalmente en el caso de Atenas, el concepto de hegemonía se aplicaba al liderazgo que mostraba para unir a las otras ciudades-estado bajo su mando. El concepto también fue usado por Lenin, líder de la Revolución Rusa de 1917 y uno de los fundadores de la Unión Soviética. Él usó el concepto de hegemonía para visualizar la manera en que podrían aliarse el proletariado ruso con el campesinado. Sus oponentes: el Estado Zarista, en primera instancia, pero también los bloques liberales y burgueses.

Si el concepto de hegemonía ya existía y se aplicaba en diferentes contextos, ¿por qué se le asocia tanto con Antonio Gramsci? ¿Qué innovación introdujo en el concepto de hegemonía para su análisis en las ciencias sociales y políticas? A pesar de que nunca dio una definición precisa del concepto en sus Cuadernos de la Cárcel[3] [editados póstumamente], algo que varios académicos reconocen es que Gramsci permitió expandir los campos en los que se manifiesta el dominio de las élites, y no únicamente reducirlos al campo de las relaciones materiales de producción, como afirmaban Marx y Engels. Otra de sus contribuciones al concepto de hegemonía, y una que ha sido quizá más crucial para el estudio de las sociedades actuales, es que permite explicar por qué grandes partes de una población continuamente aceptan e incluso apoyan grupos minoritarios, gobiernos y sistemas políticos y sociales que mantienen prácticas sociales y políticas que van en contra de sus intereses (Ives, 2004).

A través de Los Cuadernos de la Cárcel de Gramsci vemos que el concepto de hegemonía tiene cuatro características principales. Peter D. Thomas (2009)[4] las enumera como:
- Busca generar consentimiento, no dominar por coerción;
- Su terreno de eficacia yace en la sociedad civil, no en los aparatos administrativos del Estado;
- Opera principalmente en el mundo occidental, y;
- Puede aplicarse al liderazgo tanto de las fuerzas burguesas como del proletariado, porque el concepto es una teoría del poder social.
Hay que elaborar en los puntos anteriores. Si bien la hegemonía busca generar consentimiento y no dominar por coerción, es necesario establecer que Gramsci visualiza al consentimiento y la coerción como actuando en síntesis, siendo el consentimiento respaldado por una ligera amenaza coercitiva del grupo que ejerce su hegemonía. Thomas mismo elabora sobre este aspecto, diciendo que “la fuerza y el consentimiento deben integrarse hasta alcanzar un equilibrio “desbalanceado”, con la fuerza prevaleciendo ligeramente sobre el consentimiento, pero nunca eclipsándolo” (Thomas, 2009, p.165). Este aspecto también servirá para explicar la relación entre hegemonía y lenguaje posteriormente. Opera en la sociedad civil y en el mundo occidental porque es en “Occidente” donde, en los tiempos de Gramsci, se podía visualizar mejor que las democracias parlamentarias estaban ubicadas en este hemisferio. En los regímenes democráticos, asimismo, la sociedad civil estaba más activa en los procesos políticos y sociales, por lo cual era necesario negociar y generar consentimiento entre los diferentes grupos de interés para apoyar a un sector que deseaba obtener poder político. En cuanto al último punto, puede aplicarse al liderazgo de los dos tipos de fuerzas porque implica trabajar en el ámbito de las ideas de los diferentes grupos. Es decir, se debe negociar en cuestiones de principios, valores y deseos con cada uno de esos grupos, si se quiere obtener su respaldo voluntario.

Antes de proceder, es importante aclarar que el propio Gramsci analiza la hegemonía manifiesta en el lenguaje. Sin embargo, aparte de un análisis sobre el caso italiano, usa el lenguaje principalmente como una metáfora para cuestiones políticas más complejas que no se abordarán en este artículo. Ahora bien, ¿qué relación tiene el concepto de hegemonía con el lenguaje? ¿Y de qué manera nos permite visualizar los juegos de poder que se encuentran bajo la superficie en la práctica de la comunicación? Para ello, debemos remitirnos a los Cuadernos de la Cárcel, donde Gramsci discute el papel de los intelectuales. Él indica que, si bien todas las personas tienen una actividad intelectual y filosófica que él denomina “filosofía espontánea”, son las personas que ocupan en la sociedad el papel de “intelectuales” los que practican la actividad “tradicional intelectual”. Es decir, los que ocupan la posición de intelectuales tradicionales se encargan de organizar y difundir ideas, de tal manera que puedan tener un impacto elevado en la sociedad receptora. Gramsci le da un peso importante a los intelectuales, debido a que generalmente quienes se encuentran en una posición de ejercer una actividad de esa índole se ubican en la clase social dominante, en términos marxistas. Por ello, las ideas que diseminan en la sociedad, consciente o inconscientemente, están vinculadas a las ideas que permiten a la clase dominante mantener las estructuras de poder vigentes. Mientras más unidos estén los intelectuales a la clase dominante, se les puede considerar como “orgánicos”, pues permiten legitimar y fortalecer el status quo.

Es con la actividad de los intelectuales que podemos ver el vínculo de la hegemonía con el lenguaje (Ives, 2004). El juego de poder se visualiza al momento de implantar una lengua nacional en los marcos educativos y legales, pues esto puede llevar a la exclusión de sectores significativos de la población que no conozcan o no dominen esta lengua nacional. Asimismo, a nivel de comunicación interpersonal, la implantación de una lengua nacional genera una barrera arbitraria e innecesaria para la interacción con los aparatos administrativos del Estado, quienes suelen adoptar formalmente la lengua nacional y no todos sus funcionarios están capacitados para interactuar con personas que hayan aprendido otra lengua en primera instancia. Finalmente, con las imposiciones gramaticales y ortográficas que formulan los intelectuales, sectores adicionales de la población se ven limitados en algunas prácticas formales. Si bien pueden comunicarse con los demás hablantes de su misma lengua, las restricciones gramaticales y ortográficas a las que no están acostumbrados les generan una brecha en la comunicación que ellos mismos tienen que invertir tiempo y esfuerzo en cerrar.

En el caso de las lenguas nacionales, se puede empezar a resolver la pregunta de por qué grandes grupos de personas aceptan la hegemonía de la clase dominante incluso si está en contra de sus intereses. Gramsci explica que los grupos subalternos tienen sus propias concepciones del mundo. Sin embargo, estas concepciones pueden estar en una etapa primitiva o preconcebida, manifestándose únicamente a través de acciones, sin poder articularse en un pensamiento coherente o en una clara expresión de lenguaje.

En este sentido, se ven incapaces de delimitar claramente cuál es la diferencia entre sus intereses y los de los grupos dominantes. Por lo mismo, tampoco son capaces de hacerles frente ni de constituir un bloque unido que se oponga a las prácticas sociales y políticas de las élites que toman decisiones para una sociedad entera. En el caso de la implantación de una lengua nacional, los grupos subalternos tampoco son capaces de comunicarse bien entre ellos, ya sea por las barreras del lenguaje, o bien, porque no logran articular bien sus posturas. La situación se dificulta más si se considera que los canales formales de comunicación hacia las personas a cargo de la toma de decisiones se encuentran bloqueados o reducidos por ser incapaces (o estar indispuestos) de recibir propuestas formales que no estén expuestas en la lengua nacional. Por ejemplo, un documento formal para funcionarios de un gobierno donde el Español es la lengua nacional no procederá si no está redactado en ese idioma, a menos que la administración haya previsto eso. Y en este aspecto, los diferentes gobiernos en donde el español sea la lengua oficial pueden tener medidas muy diferentes.

La hegemonía del grupo dominante, en cambio, sí se manifiesta de manera clara en la implantación de la lengua oficial debido a la función de los intelectuales orgánicos. Ellos permiten avalar la postura de que una lengua oficial nacional promueve una mayor integración y cohesión social, emanada del discurso político. Al mismo tiempo, ocultan la exclusión provocada para los sectores que no pueden comunicarse efectivamente con la lengua oficial. Asimismo, generan una manera correcta de expresarse, diseñando reglas gramaticales y ortográficas que pueden no estar vinculadas del todo a la realidad social. Debido a que ellos sí tienen la capacidad y la unidad requerida para la articulación de pensamientos y posturas coherentes, los intelectuales orgánicos son agentes que permiten la dominación por parte del grupo en el poder hacia los grupos subalternos.

Específicamente ligando el concepto de lenguaje al de hegemonía, Gramsci señala:
“En cada ocasión que surge la cuestión del lenguaje, de una u otra manera, una serie de otros problemas llegan a un primer plano: la formación y la ampliación de la clase gobernante, la necesidad de establecer una relación más íntima y segura entre los grupos gobernantes y la masa nacional-popular; en otras palabras, reconocer la hegemonía cultural” (Gramsci, 1985, p. 170, traducción propia)[5]
En este caso, la hegemonía cultural se manifestaría mediante una lengua nacional, reforzando el dominio de la clase gobernante mientras que se disminuyen más las posibilidades de unión de los grupos subalternos. Divididos y con una imposición que trabaja a nivel conceptual y de esquemas mentales (puesto que un idioma y un lenguaje adquiridos van modificando los esquemas de pensamiento con el paso del tiempo), estos grupos se ven obligados a aceptar las reglas lingüísticas, y así pierden la capacidad de articular un discurso coherente que desafíe el discurso de los gobernantes.

El tipo de intelectuales orgánicos con mayor prominencia en este juego de hegemonía cultural por medio del lenguaje son aquellos lingüistas y académicos que cooperan estrechamente con la clase política que implantó la lengua. Su rol social profesional como lingüistas intelectuales les permite diseñar las reglas de la práctica correcta de la lengua implantada. En este aspecto, Gramsci hace un análisis de las formas de comunicación y del papel de la gramática. Él divide la gramática en dos tipos: la gramática espontánea y la gramática normativa. En cuanto a la gramática espontánea, hace referencia a la inmanencia del sistema de lenguaje que existe dentro de la persona y que le permite articular sus propios pensamientos. Es también, en un segundo plano, aquella que le permite comunicarse con otros individuos de su mismo idioma y lograr un entendimiento entre ambas partes, aunque no se adhiera a las prácticas formales de la lengua. Estas prácticas formales están reguladas por la gramática normativa, que es la que diseñan los intelectuales orgánicos. Este tipo de gramática es la que genera las reglas de la manera “correcta” de comunicarse de forma oral y escrita.

Gramsci afirma que al implantar una gramática normativa, se están perpetuando las desigualdades sociales, pues al mantener pautas sobre la manera correcta de comunicarse, se están creando diferenciales de poder entre aquellos que se adhieren a las reglas y aquellos que no. El resultado es que aquellos que se adhieren a las reglas llegan a considerarse como más “educados”, y más se les presentan más oportunidades. En otras palabras, es más probable que aquellos que aceptan las ideas y pautas de la clase gobernante tengan una mejor posición social que quienes las rechazan. De esta manera, la lingüística como disciplina académica no está desligada del contexto social: al contrario, se vuelve una disciplina con funciones esencialmente políticas (Ives, 2004).
  
El análisis del siguiente caso servirá para resaltar el siguiente aspecto: el análisis de la hegemonía y las lenguas nacionales no se debe aplicar en lo abstracto, sino ver en cada caso concreto y destacar los procesos por los que se llegó al estado actual de la lengua estudiada. De lo contrario, se puede llegar a la errónea conclusión de que todas las lenguas nacionales fueron implantadas arbitrariamente. Sin embargo, se debe continuar estudiando la manera en cómo la práctica de las lenguas nacionales y la gramática afecta las estructuras sociales en los casos que se estén estudiando.

Gramsci aplicó su análisis de la lengua nacional y la gramática al caso italiano. Poco después de la unificación de Italia, Alessandro Manzoni fue asignado por el gobierno para unificar también la lengua italiana. Previamente, la gente hablaba diferentes dialectos dependiendo de su ubicación geográfica en Italia, las diferencias lingüísticas siendo distribuidas en líneas Norte-Sur del país de manera similar a diferencias en cuestiones culturales, sociales y económicas. La lengua nacional oficial que se impuso fue denominada como “italiano estandarizado”, pero estaba basado principalmente en el dialecto que se hablaba en el norte del país, en particular en Florencia. El profundo problema que había al imponer el italiano estandarizado es que, aunque había ciertas similitudes en el léxico y gramática, las diferencias abundaban entre los dialectos del norte y los del sur. En un encuentro entre dos italianos, uno del norte y otro del sur, no serían capaz de entenderse ni de comunicarse efectivamente. Con el proceso de estandarización de la lengua a todo el territorio italiano, las personas del sur se vieron forzadas a adoptar todo el nuevo sistema de palabras junto con su gramática. Y aunque la estandarización dio el beneficio de que la producción de textos impresos y, posteriormente, programas de radio pudieron llegar a toda la población nacional para el momento en que nació la siguiente generación, las personas adultas y de la tercera edad del sur de Italia tuvieron serias dificultades para adaptarse. Algunas, incluso, no llegaron a adoptar la lengua oficial, por lo cual se quedaron excluidas de muchos de los procesos sociales y políticos que ocurrirían en Italia desde ese entonces. En cambio, la clase gobernante que emanaba del norte pudo expandir su dominio cultural y político hacia la región sur.

Ante esta situación, Gramsci propuso lo siguiente: para evitar la exclusión de varios sectores de la población, una lengua nacional oficial debería considerar todos los diferentes dialectos y sus variaciones que se practiquen dentro de un territorio. La nueva lengua debería incorporar los diferentes elementos y formar una base de comunicación a partir del idioma. De esta manera, Ives (2004) concluye que una lengua oficial sería un resultado de un proceso verdaderamente democrático, donde se consideren a todos los implicados, y no solamente se imponga la visión de la clase gobernante.

Para finalizar, es importante señalar una de las verdaderas aportaciones de Gramsci, en opinión de este autor: la capacidad de desentrañar a nivel de ideas y esquemas mentales las influencias del ejercicio del poder de los grupos dominantes. Al rastrear históricamente cómo adquirieron su poder, resultará más fácil presentar un reto. Para este fin, también resulta esencial el trabajo de Gramsci con respecto a la hegemonía: generar el consenso con los demás grupos dominados, y unirse en un bloque contrahegemónico que dispute el dominio de la clase gobernante.

Notas

[1] Le dedico este artículo al Dr. Omar Danilo Hernández Sotillo, uno de los mejores profesores que he tenido y al cual le agradezco que me dejara ayudarlo con su investigación y que me introdujera al análisis de productos culturales y a Antonio Gramsci en la vida académica.
[2] Ives, P. (2004). Language and Hegemony in Gramsci. Londres: Pluto Press
[3] Gramsci, A. (Autor); Hoare, Q., y Smith, G.N. (editores). (1971). Selections from the Prison Notebooks. Nueva York: International Publishers.
[4] Thomas, P.D. (2009) The Gramscian Moment: Philosophy, Hegemony and Marxism. Londres: Brill. Las citas son traducción propia.
[5] Gramsci, A. (Autor). Forgacs, D., & Smith, G.N. (editores) (1985). Selections from Cultural Writings. Cambridge, Massachussets: Harvard University Press.

Joshua Hurtado Hurtado es estudiante de Relaciones Internacionales en el Tecnológico de Monterrey, Campus Monterrey. Actualmente se encuentra participando en la cátedra de investigación sobre Globalización y Desarrollo del mismo campus, en el tema de sociología de la salud. Ha sido asesor de estudiantes de las carreras de Relaciones Internacionales, Ciencia Política y otras afines, desde el 2012 hasta la fecha, en el Tecnológico de Monterrey, Campus Monterrey, y es asistente editorial de la revista 'CONfines'.
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