18/11/14

Apuntes sobre Dirigentes y dirigidos | Para leer los ‘Cuadernos de la Cárcel’ de Antonio Gramsci

Gabriel de la Luz Rodríguez   |   En las ciencias sociales contemporáneas y en la teoría crítica posiblemente no exista una figura tan citada pero tan poco estudiada de forma sistemática como Antonio Gramsci. Esto se debe como nos explica Manuel S. Almeida puntillosamente a la tardanza con la cual se fue publicando la totalidad del trabajo gramsciano, la aparente fragmentación de sus escritos y el monopolio que sobre Gramsci tuvo por tanto tiempo el Partido Comunista Italiano. Lentamente pero de forma consistente el pensamiento de Antonio Gramsci fue percolando en los estudios sociales desde fines de la década de los setenta y principios de los años ochenta del siglo pasado. En gran medida esto se debió al influjo que ciertas capas de intelectuales asociados a la última cepa de la nueva izquierda europea y latinoamericana tuvo sobre la academia y el mundo editorial. En América Latina, diversos estudiosos de países como Argentina, México y Brasil jugaron un papel fundamental en dicha diseminación. En España, los filósofos Manuel Sacristán y Francisco Fernández Buey hicieron lo propio.
Finalmente, en Inglaterra críticos culturales como Raymond Williams y el sociólogo jamaicano Stuart Hall le abrieron las puertas al mundo anglo-parlante. Desde mediados de los ochenta y principios de los noventa esta última cosecha que redundó en la institucionalización de los estudios culturales hizo que Gramsci aterrizara en la poderosa academia estadounidense. 

A través de esta difusión geográfica, Antonio Gramsci y su andamiaje conceptual se convierten en moneda común en campos de estudio tan diversos como las comunicaciones y los estudios culturales, la sociología y la antropología, la teoría política, la historia, la pedagogía, la crítica literaria y la lingüística. En efecto, por todo lo dicho podríamos persuadirnos de que Gramsci paulatinamente pasó al panteón clásico de las ciencias sociales occidentales. Sin embargo, como ocurre con su tótem tribal Carlos Marx, el pensamiento de Antonio Gramsci sigue influyendo la organización política de múltiples movimientos sociales y partidos en distintas partes del planeta. Y de igual manera que con Marx hace más de siglo y medio no siempre de forma coherente y consistente. Inclusive en muchas ocasiones en franca contradicción con los postulados originalmente planteados por estos autores.

Son pocas las figuras en Occidente que han podido comprender la complejidad de la dominación política moderna y su forma estado como Gramsci. Este último lo logró meditando sobre las transformaciones socio-económicas y políticas más acuciosas del capitalismo de la primera post-Guerra. Algunos de estos cambios incluyeron el auge del fascismo, la entronización de grandes partidos de masa y el crecimiento de una sociedad civil fuerte en Europa occidental y en los Estados Unidos, así como el vertiginoso desarrollo de las fuerzas de producción. Gramsci observó con interés la creciente hegemonía del obrero de masas en los circuitos productivos y el establecimiento de la colaboración de clases orientada al consumo a propósito del fenómeno que llamó fordismo. Esta riqueza temática, que se desprende fundamentalmente de los Cuadernos de la cárcel, la teje comprensivamente Almeida a partir de un hilo muy especial. Para el autor de Dirigentes y dirigidos la clave hermenéutica principal para entender la obra madura de Gramsci se encuentra en sus análisis sobre las relaciones de poder. Desde esta perspectiva, Dirigentes y dirigidos: Para leer los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci es un libro de teoría política. Interesantemente, como nos subraya el autor, si bien es cierto que para Gramsci todo es político, la política se redefine en sus cuadernos como dimensión constitutiva del quehacer humano. En clave marxista, pero siguiendo a Gramsci, diríamos que todo es superestructura aún la base.

Tomando este planteamiento como bueno, Almeida elabora argumentos interesantes para abordar cómo Gramsci trastocó el armazón conceptual y metodológico del marxismo con el cual siempre se identificó. Y es aquí, desde mi perspectiva, en donde existe una riqueza interpretativa por explorar. Leyendo a Almeida sobre Gramsci y con respecto a esta dimensión podemos prestarle atención al tercer capítulo de Dirigentes y dirigidos, titulado Hegemonía, estado y estrategia política en los Cuadernos. En estas páginas Almeida plantea de forma directa la aportación gramsciana a la teoría política. Obviamente, el concepto hegemonía es la noción principal. Según Almeida,
“La tradición teórica dentro de la cual Gramsci se enmarca cuando escribe sobre política es consistente, aunque heterogénea, y está poblada por figuras como Hegel, Marx y Lenin, entre otras. La relación de Gramsci con esta tradición es dialéctica, en tanto la confronta e innova sobre ella, a la vez que retiene, aunque modificados, algunos de los elementos heredados”  (2014: 89-90).
A renglón seguido Almeida repasa las aportaciones de los maestros de la dialéctica política para identificar sus influencias sobre Gramsci. En el proceso nos ofrece una metodología muy sugestiva con respecto a cómo delinear el argumento gramsciano frente al rompecabezas que a veces puede representar la fragmentación de sus Cuadernos de la Cárcel.

Los comentarios de Almeida sobre como el uso del termino hegemonía por Gramsci transforma conceptual y políticamente tanto la visión liberal como marxista del estado y la sociedad civil son importantes. Específicamente nos interesa subrayar las implicaciones que tiene dicha reconceptuación sobre la teorización del poder. Adelantándose a lo que será posteriormente la reflexión de Michel Foucault sobre el poder, Gramsci apunta a una resignificación radical del término. Es decir, con Gramsci tenemos una reflexión que se aleja de una noción sustancialista del poder, del poder como cosa, a una más técnica pues teoriza el poder como estrategia. Esa reformulación, nos explica Almeida no se desarrolla en el vacío, como un ejercicio filosófico puro sino que Gramsci la postula como consecuencia de su lucha como militante comunista. Precisamente, debido al interés que Gramsci tenía con colaborar en la construcción de un contra-poder socialista frente a la hegemonía burguesa se ve obligado a hacer una recomposición de lugar. En otras palabras, frente a los nuevos factores sociales en Occidente repiensa lo que había sido hasta ese momento la política obrera, tanto sindical como comunista. Nos dice Almeida:
“La importancia no es tanto cuán original, o no, es su entendimiento del estado al incluir en él a la sociedad civil, sino que radica más bien en la forma en que deja ver de forma más clara las diferentes expresiones del ejercicio del poder por parte de una clase dominante. Para Gramsci eso es lo más importante, pues únicamente calibrando el funcionamiento del poder se puede con la mayor propiedad proponer una estrategia política que articule un contra-poder efectivo” (2014:107).
Esta concepción de la estrategia, mediatizada siempre por determinantes socio-históricos nunca llegó tan lejos como la de Foucault en proponer una teoría del sujeto, pero se acercó bastante. Sin embargo, Gramsci, a diferencia de Foucault, siempre observó la microfísica del poder en función de la identidad colectiva, es decir de la constitución de lo propiamente político según la tradición más antigua de la filosofía política. Eso sí acotando que Gramsci perteneció sin ambages a su vertiente más democrática.

El teórico social contemporáneo que más se acerca a esta lectura del marxista sardo es el argentino Ernesto Laclau. En varios trabajos analiza nociones gramscianas como lo nacional-popular y la hegemonía para propósitos de entender el fenómeno del populismo. En el proceso Laclau terminó repensando la política socialista en términos globales y la teoría política y social como fuente de conocimiento. En uno de sus libros más recientes, La razón populista, Laclau concluye que el populismo, según lo define en gran medida por coordenadas gramscianas, resulta ser la lógica misma del espacio un pensador universal y no como una figura indisolublemente ligada a la teoría marxista.

En otras palabras, al dejar a un lado su dimensión histórico particular como comunista, Gramsci se podría rescatar sugiere Laclau, como una de las grandes figuras de la historia del pensamiento social y político. Me parece que esta línea de argumentación es muy interesante pero problemática. Por lo general este tipo de pensamiento se esgrime cuando se quiere rescatar una figura cuyas posturas políticas nos incomodan o nos disgustan: nada más con recordar otros ejemplos recientes como las lecturas asépticas o descontextualizadas que con frecuencia encontramos de un Lukács anti-estalinista o la de un Heidegger y un Carl Schmitt más allá del nazismo. Sin reducir la producción teórica a la experiencia vital, nos parece que se pierde una dimensión importante cuando la ignoramos; especialmente cuando esta última incide sobre la creación de determinados modos de análisis. Frente a esta forma de representar la posible contribución de un gran autor, Manuel S. Almeida opta por una postura más compleja y por consiguiente más sobria en sus resultados. Según Almeida, reducir “el trabajo de Gramsci a un ajuste de cuentas completamente individual y personal ignorando las complejidades sociales e históricas que funcionan como las condiciones de posibilidad del desarrollo del pensamiento; reduce a Gramsci a un Robinson Crusoe aislado” (2014: 22).

Tomando como buenas esas palabras también debemos señalar que esta manera de leer un pensador nos impone varios retos importantes. Aquí menciono sólo dos y a modo de interrogantes. En primer lugar, si no podemos desvincular totalmente la obra de su contexto histórico, ¿caducarían las aportaciones del autor una vez cambie ese contexto? ¿Cómo evaluamos que sirve y qué no? En segundo lugar, cuando existen como en el caso de Gramsci, aportaciones políticas de carácter estratégico ¿no tendrían que repensarse en función no sólo de la transformación epocal, sino también a partir de la deseabilidad de los valores últimos que guían su acción teórica? ¿Es esto posible?

El libro del Dr. Manuel S. Almeida concluye con un rotundo si en tanto los Cuadernos de la Cárcel son siempre una obra en potencia. Su forma fragmentaria, desigual, inconclusa plantea la imposibilidad de agotar su interpretación. Aún así Almeida opta por subrayar el hilo de la política como marco interpretativo. Y si bien es cierto que posiblemente habrán otros maneras de leer a Gramsci, lo importante es recalcar que para hacerlo se debe reproducir el estilo de trabajo de Almeida es decir el trabajo del investigador riguroso atento al detalle textual.

Almeida comienza la introducción de su libro con una cita de Gramsci que dice: “crear una nueva cultura no significa solo hacer individualmente descubrimientos originales, significa también, y especialmente, difundir críticamente las verdades ya descubiertas, socializarlas, por así decir, y por tanto hacerlas devenir en base de acciones vitales, elementos de coordinación y de orden intelectual y moral.” Ahí se dicen muchas cosas, evidentemente, pero me parece que habría que destacar la labor que hizo Manuel S. Almeida por “difundir críticamente” el trabajo de un gran pensador, Antonio Gramsci.

Referencias

Almeida, M. (2014). Dirigentes y dirigidos: Para leer los Cuadernos de la cárcel de Antonio Gramsci. San Juan: Ediciones Callejón.
Laclau, E. (2006). La razón populista. México: Fondo de Cultura Económica.

Dirigentes y dirigidos: Para leer los Cuadernos de la Cárcel de Antonio Gramsci.
Manuel S. Almeida | 2014. (Segunda Edición Revisada)
Ediciones Callejón, San Juan.
ISBN: 978-1-932766-54-7
 



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