13/10/14

Podemos en la encrucijada catalana | Crisis orgánica, austeridad y secesionismo

Antonio Gramsci
Stefania Morgante
Hay indicios de que en la actualidad estamos presenciando el comienzo de lo que Gramsci denomina una “crisis orgánica”
Según Gramsci, ésta se produce cuando grandes segmentos de la población estan apartados de sus partidos tradicionales que ya no son reconocidos por las bases sociales como “expresiones genuinas” del grupo

Enric Martínez-Herrera & Thomas Jeffrey Miley   |   El fantasma de Karl Polanyi recorre Europa en estos días. Es muy conocido que en su libro clásico, La gran transformación (1944), Polanyi dibujó las consecuencias sociales y políticas devastadoras provocadas por la búsqueda decidida de una sociedad de mercado pura por las potencias europeas a lo largo del siglo XIX y la primera parte del siglo XX. Polanyi argumenta persuasivamente que tales fantasías utópicas engendraron de manera efectiva un proceso negativo, dinámico y dialéctico – un “doble movimiento” – que condujo a niveles de muerte y destrucción sin precedentes, los cuales culminaron en el ascenso del fascismo y la guerra total. Tras más de medio siglo de negociación de clase y una relativa paz social, Europa se encuentra de nuevo a si misma atrapada por una plutocracia dedicada a la realización de sus fantasías utópicas: encarnadas en el régimen neoliberal de austeridad, impuestas por orden de la Troika, y en nombre del sector financiero.

Hasta el momento, el régimen de austeridad actual ha tenido consecuencias previsiblemente lúgubres en cuanto a las condiciones materiales, perspectivas de empleo y oportunidades de vida de la inmensa mayoría de los ciudadanos europeos, especialmente de las de los despectivamente denominados “PIIGS”, los cuales se han encontrado en el ojo de la tormenta financiera.

Ha surgido una crisis de la democracia (Streeck 2011). Con el dramático declive en la “eficacia” del sistema ha advenido el inicio de una grave crisis de legitimidad de las instituciones representativas de todo el Sur de Europa. De hecho, hay indicios claros de que en la actualidad estamos presenciando el comienzo de lo que Gramsci denomina una “crisis orgánica”. Según el teórico aún sin parangón del concepto de hegemonía, este tipo de crisis se producen cuando grandes segmentos de la población (bajo el prisma de Gramsci, clases sociales) “llegan a estar apartados de sus partidos tradicionales” – más específicamente, cuando se desprenden de la “forma de organización particular, de los hombres particulares que los constituyen, representan y conducen” (Gramsci, 1971: 210). En estas situaciones, los representantes de los principales partidos establecidos ya no son reconocidos por las bases sociales como “expresiones genuinas” del grupo.

Esto es precisamente lo que parece estar ocurriendo en España, donde las encuestas de opinión pública muestran que, disparadas en paralelo a los niveles de desempleo, las tasas de desafección de los ciudadanos hacia sus representantes políticos y sus instituciones representativas, medidas a través de múltiples indicadores, son las más altas que se han registrado jamás (Barreiro 2013).

Lo desolador de la coyuntura actual desde la perspectiva democrática quizás esté mejor captado como la colusión farsante del gobierno socialista de Rodríguez-Zapatero con la oposición conservadora de Rajoy al aceptar, en agosto de 2011, enmendar la Constitución española con el fin de prohibir los déficits presupuestarios – la fantasía más salvaje del Tea Party – un movimiento que imita explícitamente una reforma alemana de 2009 y, básicamente, por mandato constitucional descarta el recurso a paquetes de estímulo anticíclicos. Y lo hicieron sin siquiera molestarse en consultar al demos mediante referéndum acerca una medida tan draconiana. Su coartada para la colusión en este golpe constitucional neoliberal fue la “credibilidad” (sic) a los ojos de los mercados financieros.

¿Reforma constitucional?

La pantomima constitucional resultó particularmente amarga e indigesta y, por tanto, perjudicial para la reputación de los principales partidos: no sólo porque desveló su actitud suplicante ante los Dioses de las finanzas internacionales, sino también porque los dos principales partidos (especialmente el Partido Popular) habían pasado buena parte de la década anterior respondiendo a las demandas nacionalistas vascas y catalanas de reforma constitucional con argumentos en torno al tema de la necesidad de ser cautos antes de “abrir el melón constitucional” y jugando con el gran pero delicado logro histórico del excepcionalmente amplio consenso constitucional forjado por los “padres” de la Constitución y ratificada mediante referéndum en 1978 (Martínez y Miley 2011).

El actual punto muerto entre el gobierno central y las autoridades regionales catalanas sólo tiene sentido en tanto que, de manera simultánea, síntoma y causa agravante de esta crisis orgánica en pleno desarrollo.

El presente ciclo de movilización nacionalista en la región se ha caracterizado por un desafío sin precedentes cercanos a la legalidad constitucional de las autoridades catalanas, que han anunciado un plan para celebrar un referéndum unilateral sobre la independencia el 9 de noviembre, pese a las repetidas advertencias, cautas pero claras, por parte del gobierno central de que va a hacer cumplir la ley para asegurar que esa votación no sucederá ante su mirada.

El reciente giro del gobierno regional a la “política de confrontación” y la táctica de movilización callejera dirigida desde arriba, junto con los desafíos “populistas” a la legalidad constitucional, han sido impulsados principalmente por una persistente campaña de propaganda partidista del canal de televisión del propio gobierno regional, TV3 (Martínez y Miley 2013). Está lejos de ser una coincidencia que ese cambio táctico llegase en un momento en el que graves problemas económicos sacuden el sur de Europa.

En los últimos tiempos, Artur Mas y sus consellers y socios de la coalición de facto entre Convergència i Unió y Esquerra Republicana han llegado a invocar la distinción entre “legalidad” y “legitimidad”, e incluso a plantear la pregunta “¿Quién teme a la democracia?”. Una alta dosis de retórica populista, cuando menos, sobre todo considerando que emana de un gobierno regional tan implicado en la búsqueda de la austeridad como su contraparte en Madrid. En realidad, Mas es siempre cuidadoso, sobre todo al dirigirse al público internacional, para señalar la lealtad de su ejecutivo regional a los dictados de la Troika, por encima y más allá de cualquier queja que pueda tener respecto al Gobierno central, y mucho menos respecto a la legislación constitucional. Mas y su gobierno pueden haberse disfrazado de rebeldes populistas, pero su guisa de rebelión es de orientación decididamente neoliberal.

La búsqueda de una alianza con una facción radicalizada del movimiento nacionalista
catalán, incluso con una facción que destila un discurso anticapitalista, es una táctica
sumamente peligrosa para PODEMOS, sobre todo teniendo en cuenta la topografía
etno-nacional profundamente diversa, y la acumulación de fracturas etno-nacionales
y de clase en la sociedad catalana.
Apoyo al secesionismo

¿Cómo interpretar el reciente recurso de los nacionalistas catalanes a un tipo de política más “confrontacional”? La mejor manera de catalogar el movimiento nacionalista en Cataluña es como un movimiento mesocrático, el cual ha sido por largo tiempo hegemónico en la intensamente subvencionada “sociedad civil” catalana. El núcleo de su base social de apoyo se compone de clases medias catalanoparlantes nativas, provenientes, de manera desproporcionada, del interior semi-rural fuera del Área Metropolitana de Barcelona (Martínez y Miley 2011). Asimismo, su hegemonía en la “sociedad civil” se refleja y perpetúa por estar muy bien representada en las instituciones políticas regionales, y ser abrumadoramente dominante entre las filas de los burócratas, intelectuales y maestros de escuela regionales (Miley 2006; Martínez y Miley 2014).

La clase empresarial ha estado algo más dividida. Durante la época de Franco la economía catalana tuvo excelente aspecto, experimentando un ciclo impresionante de expansión industrial desde mediados de los años cincuenta hasta el estallido de la crisis de la OPEP en la agonía del régimen. Con la transición a la democracia y la descentralización de competencias a un gobierno regional, la clase empresarial viró sin reparos a la coalición de centro derecha de Jordi Pujol, Convergència i Unió. Pujol era un líder carismático que demostró la capacidad de forjar un bloque de poder conservador dominado por la clase empresarial catalana con apoyo popular proporcionado por las capas medias nativas nacionalistas.

Sin embargo, el atractivo del movimiento nacionalista en los estratos inferiores de la sociedad catalana siempre se ha mantenido bastante estancado. Esto se debe en gran parte a su fracaso para echar raíces en el grueso castellano-parlante e inmigrante interior del proletariado industrial tradicional en la corona metropolitana de Barcelona, así como al hecho de que sólo ha hecho ligeramente mejor entre la descendencia, subempleada post-industrial, de dichos inmigrantes interiores (Martínez y Barceló 2014). Por no hablar de su falta de atractivo general para la última ola de inmigrantes, procedente del Norte de África, América Latina y Europa del Este.

De hecho, la diversidad lingüística y nacional de la población de Cataluña ha constituido durante mucho tiempo la espina demográfica clavada en el costado de las aspiraciones de construcción de una mayoría democrática en favor de un Estado-nación catalán independiente. Dicho sin rodeos, Cataluña es una sociedad multinacional. La larga historia de migración interna y, aun más, los siglos de integración en el Estado español (uno de los más antiguos del mundo) han mitigado el atractivo del movimiento nacionalista catalán, sobre todo entre los trabajadores no cualificados y semi-cualificados, haciendo de las aspiraciones de independencia poco más que un sueño utópico. En este sentido, resulta un tanto paradójico, pero muy cierto, que la idea de la independencia crece en la medida en que Cataluña deviene más multicultural a través de nuevas olas de inmigración que abonan la xenofobia, la cual, a su vez, hace que la secesión sea cada vez más difícil en términos democráticos (Martínez 2009).

Con todo, el movimiento nacionalista catalán ha ejercido poder de Estado a nivel del gobierno regional durante más de tres décadas, y ha empleado este poder para impulsar una agenda de construcción de la nación herderiana. La política lingüística y el control del sistema educativo, así como de los medios de comunicación regional, han sido los componentes cruciales de este proyecto romántico de “pueblo”. Los nacionalistas catalanes han utilizado su dominio político y sus parcelas de poder estatal en el ámbito regional para librar una “guerra de posiciones” sobre los imaginarios nacionales y las lealtades, creencias y expectativas políticas. Han invertido décadas en institucionalizar su proyecto hegemónico de nación en cientos de formas (Martínez, 2002), haciendo que venga a ser “un sistema generalizado de clasificación social, un ‘principio de visión y división’ organizativo del mundo social” (Bourdieu, 1990: 134; Brubaker 1994: 48).

“Guerra de maniobra”

Sólo ahora, con el trasfondo de la “crisis orgánica” que viene acaeciendo en España, el movimiento nacionalista catalán ha cambiado de táctica para librar una “guerra de maniobra”. Está tratando con efectividad un golpe rápido, en la esperanza de aprovechar la oportunidad de esta crisis para hacer del sueño utópico del Estado-nación catalán independiente un hecho consumado. En este proceso de movilización, y en un esfuerzo consciente para apelar más allá de su base de apoyo electoral tradicional, el movimiento nacionalista ha complementado cada vez más su repertorio romántico con un discurso materialista de agravio económico según el cual el Gobierno central es culpable de “expoliar fiscalmente”, incluso “robar”, a la región en su conjunto – un tropo populista anti-redistribución clásico que está mostrando a las claras algunos signos de éxito en el clima doblemente propicio de desempleo extremadamente alto combinado con graves regresiones en derechos sociales-. En realidad, un aumento impresionante, aunque sobreestimado, en el sentimiento separatista barrió la región entre finales de 2010 y finales de 2012, aunque desde entonces el apoyo a la independencia parece haber frenado en algún lugar entorno al 45% a lo sumo (Martínez y Miley 2013).

Ahora bien, el movimiento nacionalista catalán no opera en el vacío. El proyecto utópico herderiano de las clases medias está finalmente subordinado y al servicio del proyecto utópico neoliberal de las clases acomodadas, lo cual refleja la relación cómplice entre, de un lado, la “casta” política y los movimientos sociales mesocráticos con los que están vinculados orgánicamente y, del otro, la clase dominante a la que hasta ahora han servido de manera consecuente y leal.

En los últimos dos años, la confrontación entre el gobierno neoliberal de Mas en Barcelona y el gobierno neoliberal de Rajoy en Madrid ha dictado la agenda política en toda España – dominando prácticamente los titulares-, rivalizando únicamente con la serie de graves escándalos de corrupción que engullen actualmente los partidos gobernantes, en ambas ciudades.

Hasta ahora, el enfrentamiento ha convenido a los dos bloques gobernantes, aunque ha funcionado algo mejor en términos partidistas para Rajoy que para Mas. Asombrosamente, más de un año después de que estallara el escándalo Bárcenas de financiación de los partidos, a la vez que aplica políticas de austeridad dolorosas e impopulares, el PP sigue estando – según la mayoría de las encuestas – a punto de conseguir mayoría en las elecciones generales del próximo año.

Mas no ha tenido tanta fortuna. En Cataluña la dinámica de movilización secesionista hasta ahora ha favorecido mucho más a Esquerra Republicana de Catalunya (ERC), el actual socio de la Convergència i Unió de Mas. Desde la renovación de su dirección en 2011, se trata de “izquierda” sólo nominal, tras haber demostrado ser un leal colaborador en el apoyo y puesta en práctica del actual régimen de austeridad, sin que ello le impida disponer de legitimidad entre las filas nacionalistas catalanas en tanto que “propietario” del asunto de la secesión. La reciente confesión de evasión masiva de impuestos y lavado de dinero mediante cuentas secretas en bancos suizos y andorranos del ex presidente Jordi Pujol sin duda dañará la suerte electoral de CiU mucho más. Ahora bien, aunque parece estar teniendo lugar un sorpasso en el seno del bloque nacionalista catalán, de momento la hegemonía del bloque en su conjunto sigue estando igualmente asegurada.

Hay una simetría conveniente – si no colusión flagrante – de las tácticas políticas empleadas por los gobiernos regionales y centrales catalanes españoles, por no hablar de los intereses plutocráticos cuya agenda de austeridad ambos bandos representan por igual. Ambos están decididos a mantener la agenda establecida en torno al eje de las identidades etno-nacionales y a polarizar las lealtades nacionalistas. Una cortina de humo muy eficaz, capaz de canalizar la indignación de algunos ciudadanos y, al mismo tiempo dividir y conquistarles, enfrentando a la clase media y algunos segmentos de la clase obrera entre si, imaginados como enemigos “nacionales”, mientras se reproduce y exacerba la enajenación de la mayor parte de trabajadores españoles respecto a los términos y el horizonte de contestación en el debate público, rechazando así la amenaza fundamental de fractura de la sociedad en todo el país a través de las divisorias de clase.

Mas toda crisis orgánica trae consigo una variedad de nuevas oportunidades. La misma tensión en el tejido social causada por los acontecimientos nefastos simultáneos de fuertes aumentos en los niveles de desigualdad, oportunidades de empleo cada vez más escasas y severos recortes en los servicios de bienestar, que ya han producido la crisis actual de instituciones representativas democráticas del país, está creando también las condiciones materiales cada vez más propicias para un nuevo despertar de la conciencia de clase.

Nuevo escenario

En este sentido, el colapso del apoyo al PSOE en todo el país, y especialmente en Cataluña, acaso sea la característica más distintiva de la arena emergente de competición entre partidos. El largo historial del partido socialista como un “partido del sistema”, especialmente el legado de su implicación directa en la corrupción estructural del período anterior a la crisis, cuando se combina con la genuflexión y sumisión del gobierno de Rodríguez-Zapatero a la teología de la austeridad, dictando sádicamente masoquismo para las masas, parece haber socavado cualquier credibilidad residual de su pretensión de representar a los trabajadores españoles.

Hasta el momento, el beneficiario más directo de este desarrollo en términos partidistas ha sido el partido gobernante en Madrid. La post-comunista Izquierda Unida también se ha beneficiado un poco, pero mucho menos de lo que sus cuadros esperaban. Con mucho, el más prometedor de los avances de la izquierda es la irrupción en la escena de PODEMOS, que deriva su legitimidad del movimiento 15M y coquetea abiertamente con la democracia directa de estilo asambleario. Los jóvenes politólogos de la Universidad Complutense de Madrid que actualmente están al frente de este nuevo partido-movimiento hasta el momento han demostrado una significativa agilidad táctica en la difusión de su discurso anti-neoliberal contra-hegemónico en los medios de comunicación de masas. Asimismo, han pedido abiertamente un “momento constituyente”, el cual podría reconducir las llamadas a un referéndum únicamente sobre la secesión en el marco mucho más amplio de una “ruptura” de ámbito español con el régimen de la II Restauración Borbónica.

Por supuesto, las probabilidades están en contra de PODEMOS. Pero sus posibilidades de éxito dependen en gran medida de si se puede establecer eficazmente una agenda centrada en el conflicto de clase en vez de en los segundones identitarios en los que ahora se encuadra el debate político español. Si PODEMOS lo logra, puede conseguir el despertar de la conciencia de clase, condición previa para forjar cualquier bloque contrahegemónico creíble. Su éxito en esta labor hercúlea dependerá en gran parte de sus tácticas para encarar la llamada a la desobediencia civil protagonizada por los elementos mesocráticos más radicalizados hegemónicos en el seno del movimiento nacionalista catalán cuando la panacea del referéndum sobre la secesión del 9N sea previsible y efectivamente prohibida por el Gobierno español.

Intelectuales de la izquierda en toda España – de hecho, algunos de ellos con estrechos vínculos con el círculo íntimo de los dirigentes de PODEMOS en la Complutense – se han comprometido en una táctica de alianza con los vástagos secesionistas pequeño-burgueses radicalizados de una generación de hegemonía pujolista, en la esperanza de forzar una ruptura considerada capaz de facilitar una dinámica revolucionaria emergente en toda España. Los que abrazan esta táctica son culpables de entrega a un espejismo, cuando no de mala fe. También otros en la izquierda, sobre todo en Cataluña y País Vasco, como estrategia o por principio, creen que cada “nación” tiene derecho a su propio Estado.

Estas percepciones ingenuas se estrellan contra una realidad más compleja. En realidad, la misma Cataluña es una sociedad plurinacional, y la mayoría de sus habitantes se sienten vinculados tanto a España como a Cataluña, aunque una minoría mesocrática vociferante se identifica exclusivamente con la última (Martínez y Miley 2010, 2013). La búsqueda de una alianza con una facción radicalizada del movimiento nacionalista catalán, incluso con una facción que destila un discurso anticapitalista, es una táctica sumamente peligrosa para PODEMOS, sobre todo teniendo en cuenta la topografía etno-nacional profundamente diversa, y la acumulación de fracturas etno-nacionales y de clase en la sociedad catalana. Semejante alianza con el flanco izquierdo del movimiento nacionalista catalán alienaría a amplios sectores de la clase obrera desproporcionadamente castellano-hablante de la región (cf. Pallarés 2010; Martínez y Barceló 2014) – precisamente el segmento de la sociedad catalana que ya ha demostrado ser la principal base social de apoyo a PODEMOS en las recientes elecciones europeas. Por otra parte, en términos electorales, esta táctica también resultaría peligrosa en tanto que la mayoría de los nacionalistas catalanes son muy propensos a ver “Podem” como una mera “sucursal” de un partido español, cuando ya disponen de un amplio abanico de opciones electorales “independientes de Madrid”. Pero lo más importante, esta táctica alienaría a posibles partidarios en el resto de España, sobre todo entre aquellos que, comprensiblemente, temen que la secesión de Cataluña dañaría aún más el tejido social y económico de su país.

Es comprensible que los intelectuales y activistas comprometidos con el campo de la resistencia al dominio neoliberal, sin embargo, se sientan tentados por los cantos de sirena de quienes actúan sobre las bases de la “nacionalidad” y la “lengua”, simplemente debido a su capacidad demostrada de movilizar segmentos mesocráticos de la sociedad en cifras impresionantes -pero gracias, también, en una parte sustancial, a la propaganda de la TV3 del gobierno regional-. La impresionante capacidad de movilización de elementos de las clases medias catalanas está en marcado contraste con la apatía de las todavía durmientes clases trabajadoras plebeyas, alienadas y fragmentadas (Martínez y Miley 2013).

Mas concluyamos con una advertencia para aquellos interesados en la creación de frentes efectivos de resistencia a las fuerzas plutocráticas del neoliberalismo coordinadas a escala mundial que actualmente tiranizan el planeta y que, sin embargo, piensan que en el contexto español esto puede realizarse mejor mediante la forja de una alianza táctica con un socio menor que ejecuta un guión escrito por los elementos mesocráticos de la sociedad catalana en búsqueda de una utopía secesionista. La advertencia proviene del gran historiador marxista y estudioso del nacionalismo, Eric J. Hobsbawm, quien nos recuerda:
“La llamada de la etnicidad o el idioma no surte en absoluto ninguna orientación para el futuro, ni siquiera cuando se forman nuevos estados sobre la base de estos criterios. Se trata meramente de una protesta contra el statu quo o, con más precisión, contra ‘los otros’ que amenazan el grupo étnicamente definido. Porque, a diferencia del fundamentalismo que, pese a lo estrecho y sectario de su atractivo real, saca su fuerza de la pretensión de verdad universal, teóricamente aplicable a todos, el nacionalismo por definición excluye de su ámbito a todos los que no pertenecen a su propia ‘nación’, es decir, la vasta mayoría de la raza humana. Asimismo, si bien el fundamentalismo puede, al menos en cierta medida, apelar a lo que queda de una verdadera costumbre y tradición o bien a una práctica antigua incorporada en la práctica religiosa, como hemos visto, el nacionalismo en si mismo es hostil a las formas reales del pasado o bien surge de entre sus ruinas” (1990: 176).
Referencias

Bourdieu, Pierre. 1990. “Social Space and Symbolic Power,” in Other Words: Essays towards a Reflexive Sociology. Stanford, CA: Stanford University Press.
Brubaker, Rogers. 1994. “Nationhood and the National Question in the Soviet Union and Post-Soviet Eurasia: An Institutionalist Account,” Theory and Society 23: 47-78.
Barreiro, Belen, ed. 2013. Informe sobre la democracia en España 2013. Un gran salto hacia atrás. Madrid: Fundación Alternativas.
Gramsci, Antonio. 1971. Selections from the Prison Notebooks. New York, NY: International Publishers.
Hobsbawm, Eric J. 1990. Nations and Nationalism since 1780. New York, NY: Cambridge University Press.
Martínez-Herrera, Enric. 2002. “From Nation-Building to Building Identification with Political Communities. Consequences of Political Decentralisation in Spain, the Basque Country, Catalonia and Galicia, 1978-2001”. European Journal of Political Research (41), 421-453.
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Martínez-Herrera, Enric; Joan Barceló. 2014. “Identidades y nacionalismos territoriales en las elecciones autonómicas de 2011-12”. Forthcoming.
Martínez-Herrera, Enric; Thomas J. Miley. 2010. “The Constitution and the Politics of National Identity in Contemporary Spain”. Nations & Nationalism (16), 6-30.
—-. 2011. “España tras las elecciones catalanas”. Viejo Topo, 278: 26-35.
—-. 2013. “Independentismo catalán y representación”. Daily internet newspaper El Diario. 5 July
Miley, Thomas J. 2006. Nacionalismo y política lingüística: el caso de Cataluña. Madrid: Centro de Estudios Políticos y Constitucionales.
Pallarés, Francesc. “Elecciones y comportamiento electoral en Cataluña: una perspectiva evolutiva (1977-2008)” en Pablo Oñate (ed.) 30 años de elecciones en España. Valencia: Ed. Tirant lo Blanch, 2010.
Polanyi, Karl. 1944. The Great Transformation. Boston, MA: Beacon Press.
Streeck, Wolfgang. (2011). “The Crises of Democratic Capitalism,” The New Left Review, 81, Sept.-Oct., 5-29.

Notas biográficas

Dr. Enric Martínez-Herrera  |  Último empleo como profesor en la Universidad Pompeu Fabra y Affiliated Lecturer (honorario) de la Universidad de Cambridge. Ph.D. en CC. Políticas y Sociales del Instituto Universitario Europeo (Florencia) y Maestría en Análisis de Datos en CC. Sociales por la Universidad de Essex. Ha sido investigador post-doctoral “J. William Fulbright” en la Universidad de Maryland, investigador “M. García Pelayo” del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales, investigador “B. de Pinós” en la UPF, investigador visitante en las universidades de Cambridge, Edimburgo y Lovaina (Leuven), y profesor de la Universidad de Saint Louis y la Universidad Autónoma de Madrid. Su agenda de investigación se centra en las instituciones, las políticas públicas y el comportamiento político en perspectiva comparada, recibió el premio nacional de N. “Pérez-Serrano “(ahora el premio” Juan J. Linz “) en Derecho Constitucional y Ciencia Política, y es autor de cerca de 40 publicaciones académicas internacionales y nacionales.

Dr. Thomas Jeffrey Miley  |  Profesor de Sociología Política en la Universidad de Cambridge. Recibió su PhD. en Ciencias Políticas de la Universidad de Yale, y ha sido investigador “M. García Pelayo” del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales. Sus intereses de investigación incluyen los nacionalismos, la política de migración comparada, y la teoría democrática.