31/10/14

Algunas observaciones históricas sobre la Hegemonía

Para Gramsci, la hegemonía es una relación nacional entre las clases dominadas y las dominantes en una sociedad determinada
Gramsci se concentraba en el fenómeno de la hegemonía dentro de los Estados, Giovanni Arrighi se enfoca en la relación entre los Estados
Perry Anderson analiza el concepto de hegemonía según el aporte de Arrighi, a la luz de la última crisis económica mundial que estalló en septiembre de 2008. En los trabajos de Robert Brenner advierte el pronóstico acertado sobre la evolución del capitalismo y su crisis actual, al tiempo que se detiene en compararlos distintos períodos históricos de la hegemonía británica durante el siglo XIX, la norteamericana en el siglo XX y en los tiempos posteriores al final de la Guerra Fría. El neoliberalismo se ha debilitado como consecuencia de la última crisis, pero no ha desaparecido.
Es en América Latina “la única parte del mundo donde el capitalismo continúa siendo impugnado”

Perry Anderson   |   A diferencia de la gran depresión de entreguerras, provocada por el colapso de Wall Street en octubre de 1929, la actual crisis económica mundial, provocada por el colapso de Wall Street en septiembre de 2008, no llegó de la nada después de un agitado aunque breve período de crecimiento, sino como un violento paroxismo dentro de una larga fase descendente en las economías del capitalismo avanzado, con una duración de unos 35 años, desde principios de los años setenta. En parte por esa razón, a diferencia de la Gran Depresión, la crisis actual fue largamente prevista. No por la ortodoxia económica, por supuesto, que fue tomada completamente por sorpresa, sino por los mejores especialistas marxistas de la época. Le debemos la más autorizada –teóricamente desarrollada y empíricamente detallada– explicación de la crisis al historiador norteamericano Robert Brenner, quien una década antes de que esta explotara estableció los mecanismos que estaban conduciéndonos hacia ella. 

Identificó las razones de la larga fase descendente que registró la caída de las tasas de crecimiento en los centros del capitalismo mundial década a dé-cada, con un aumento implacable de la sobrecapacidad en sus industrias manufactureras. Esta sobrecapacidad estaba determinada por la rigidez del capital fijo, alguna vez asentado en plantas y equipos, conduciendo a las empresas de una rama de la producción tras otra a aceptar menores tasas de retorno de sus inversiones, a medida que nuevos y más eficientes competidores –generalmente en economías nacionales rivales– entraban en sus mercados, en lugar de una aún más peligrosa y costosa salida de las líneas en las que estaban tradicionalmente atrincherados.

El resultado, sostuvo Brenner, fue bajar de manera constante las tasas de ganancia total, reduciendo así las tasas de inversión y a continuación el empleo y así la demanda final. La solución natural para el subsiguiente sobrerendimiento persistente, permanentemente agravado por la sobrecompetencia, fue una purga catártica del sistema, eliminando los capitales menos competitivos en un amplio proceso de desvalorización, capaz de permitir que la acumulación comenzara nuevamente sobre una base más dinámica: en resumen, una depresión aguda, con sus consecuentes bancarrotas y desempleo masivos.

A fines del siglo XX, sin embargo, los gobiernos –recordando las radicalizaciones de los años treinta y temerosos de las con-secuencias socio-políticas de tan drásticas sacudidas– hicieron todo lo posible para evitar cualquier resolución de la recesión de naturaleza clásica. En vez de dejar que el capital se hundiera sin rumbo por sus propios medios en un combate implacable de destrucción creativa, urdieron una gigantesca expansión artificial del crédito, para evitarlo en los Estados Unidos por lo menos, en primer lugar con gasto deficitario por parte del Estado, luego alimentando una frenética especulación financiera e inmobiliaria con bajas tasas de intereses, y finalmente inundando a los hogares con servicios de tarjetas de crédito respaldadas por hipotecas secundarias. El resultado fue una enorme burbuja de activos, flotando libremente sobre una gran montaña de deuda por debajo de aquella. Fue el estallido inevitable de esta burbuja el que ha provocado la crisis que estamos viviendo. Confrontados al desastre en una escala desconocida durante tres cuartos de siglo, los gobiernos reunidos del Norte no han tenido más remedio que duplicar sus apuestas, desatan-do una nueva ola de deuda con un rescate financiero colosal de los bancos, tasas de interés próximas a cero y dádivas para los consumidores. Para Brenner, esto es meramente la administración de más pociones de veneno a un paciente enfermo terminal. En la lógica capitalista, la única manera realista de salir de la crisis es una verdadera recesión, la destrucción de todos los capitales no competitivos, dejando prosperar sólo a los que se ajusten.

Este análisis fue estupendamente criticado por Giovanni Arrighi. Él estuvo de acuerdo en que las causas subyacentes de la larga fase descendente se encontraban precisamente en los mecanismos de sobrecompetencia que había identificado Brenner, pero sostenía que el capitalismo había salido históricamente de crisis comparables pero deformas diversas a una desvalorización catastrófica. La larga depresión de finales del siglo XIX, por ejemplo, había sido superada finalmente sin una caída de las proporciones de las de la década del treinta. La razón por la cual esas resoluciones de la crisis diferían, según él, estaba en la economía política de la turbulencia global de más largo alcance, que Brenner redujo por error a mecanismos puramente económicos, descuidando el panorama más amplio de luchas políticas entre clases y Estados, donde se encontraban sus determinantes primordiales.

El concepto fundamental de hegemonía, en torno al cual Arrighi construyó toda su obra posterior, estaba ausente de la explicación de Brenner. Arrighi lo tomó, por supuesto, de Antonio Gramsci. Pero mientras Gramsci se concentraba mayoritariamente en el fenómeno de la hegemonía dentro de los Estados, Arrighi se enfocó ante todo en el fenómeno de la hegemonía entre los Estados. La diferencia no es absoluta, ya que Gramsci se refirió a la última, y Arrighi se había ocupado sin duda también de la primera. Pero el contraste de énfasis es inequívoco. Para Gramsci, la hegemonía era primordialmente una relación nacional entre las clases dominadas y las dominantes en una sociedad determinada. Para Arrighi, en cambio, era primordialmente una relación internacional entre las clases dominantes de las diferentes sociedades, aunque su alcance iba necesariamente desde el plano horizontal de las relaciones entre los gobernantes hasta el plano vertical de sus relaciones con los sujetos por debajo de ellos.

El punto de partida teórico que compartían era, por supuesto, que la hegemonía es una forma de poder que combina la fuerza y el consenso, pero bajo la primacía del consenso. La tesis de Arrighi eraesta. A nivel internacional, tal consenso –la hegemonía de un Estado sobre todos los demás– es ganado por un modelo superior de produc-ción y consumo, que induce no sólo el cumplimiento de los ideales y valores de la potencia hegemónica, sino la imitación generalizada de este como modelo entre otros Estados. A su vez, esta hegemonía produce beneficios para los grupos dominantes de todos los Estados, mediante el establecimiento de reglas previsibles para el sistema internacional y administrando las amenazas comunes al mismo. La hegemonía, en este sentido, debe contrastarse con la mera “dominación explotadora”, en la que un Estado poderoso obtiene, mediante extorsión, obediencia o tributos de otros a través del ejercicio de la violencia, sin otorgarles beneficios compensatorios. Al mismo tiempo, como la forma más avanzada de la organización de una economía y una sociedad de la época, esa hegemonía conlleva una expansión a nivel mundial de las fuerzas de producción que también beneficia a las clases sometidas, asegurando su consentimiento hacia el orden hegemónico en general. “Mientras que la dominación”, escribe Arrighi, será entendida como descansando fundamentalmente sobre la coerción, la hegemonía es “el poder adicional  que acumula un grupo dominante en razón de su capacidad para colocar en un plano ‘universal’ todas las cuestiones entorno a las cuales crece el conflicto” (Arrighi, 1999).

¿Qué significa esto en las relaciones interestatales? La hegemonía es definida allí como el liderazgo mundial que acumula cualquier Estado que puede “alegar creíblemente ser la fuerza motriz de una expansión general de los poderes colectivos gobernantes vis-à-vis los súbditos” o que “puede afirmar de modo creíble que la expansión de su poder, relativo a algunos o incluso a todos los otros Estados, es de interés general para los súbditos de todos los Estados”. Para Arrighi, estas afirmaciones son realizadas, no sólo en una cierta administración, sino en una transformación del sistema de Estados preexistente. ¿Qué implica semejante transformación? Estructuralmente, lo que trae es una combinación original de “capitalismo” y “territorialismo”, la dinámica de acumulación de capital independiente pero interrelacionada a nivel de la empresa, y la expansión territorial a nivel del Estado.

Tal es el marco que luego genera la sucesión de las hegemonías histórico-mundiales seguidas en el largo siglo XX. Después de las protohegemonías de las ciudades-Estado de Venecia y Génova en la Italia del Renacimiento, la narración de Arrighi se mueve hacia las tres grandes hegemonías de la edad moderna, tal como él las ve: en primer lugar, la de la República Holandesa en el siglo XVII; luego la de Gran Bretaña en el siglo XIX; y, finalmente, la de los Estados Unidos en el siglo XX. ¿Qué es lo que hace avanzar esta secuencia? En esencia, los ciclos de acumulación del capital, bajo el signo de la fórmula de Marx M-C-M 1. La expansión capitalista, cuyas empresas más avanzadas es-tán concentradas en la potencia hegemónica, es al principio material  –inversión en la producción de bienes y en la conquista de los merca-dos–. Luego, como la sobrecompetencia hace caer los beneficios, por-que ningún bloque del capital puede controlar el espacio en el que losbloques rivales desarrollan nuevas técnicas o productos, obligando abajar los precios, la acumulación en la potencia hegemónica –y más en general– cambia hacia la expansión financiera, a medida que los Estados rivales compiten por el capital móvil en su ofensiva de expansión territorial. Con la intensificación de la rivalidad, y de los conflictos típicamente militares, la hegemonía se quiebra dando lugar a un período de caos sistémico en el que nuevas clases de súbditos comienzan a afirmarse. Fuera de este período de caos sistémico, de guerras y conflictos civiles, un nuevo poder hegemónico emerge finalmente, reiniciando un ciclo de expansión material sobre una base nueva y más amplia, capaz de servir a los intereses de todos los demás Estados, y a algunos o a la totalidad de los intereses de sus súbditos. En esta se-cuencia, cada hegemonía sucesiva ha sido más extensiva, disfrutando de una base más amplia y más poderosa, territorial y socialmente, quela anterior –la República Holandesa todavía un híbrido oligárquico entre una ciudad y un Estado-nación Estado, la Inglaterra victoriana como un Estado-nación censitario, y los Estados Unidos como un Estado continental plenamente democratizado–.

¿Dónde nos encontramos hoy, entonces, en esta historia? Como Brenner, Arrighi sostuvo larga y lúcidamente que la expansión material del capitalismo de posguerra, bajo la hegemonía estadounidense, se había agotado a finales de los años sesenta, cediendo paso desde la crisis de los primeros años setenta a un ciclo de expansión financiera, explotada por Estados Unidos para mantener su poder mundial más allá de su tiempo. A finales de siglo, sin embargo, este ciclo de expansión financiera se hizo cada vez menos sostenible, y con su implosión final habría llegado la crisis terminal de la hegemonía estadounidense. Pero, aunque rigurosamente cíclica en su forma, la trayectoria del capitalismo nunca se repite con precisión. Históricamente, la situación actual se caracteriza por dos novedades, en comparación con la precedente. En primer lugar, conflictos sociales tempestuosos–luchas laborales en el Norte y movimientos de liberación nacional en el Sur– no han seguido, como en el pasado, sino precedido, y en buena medida precipitado, el pasaje original de la expansión material  a la expansión financiera en los años setenta. En segundo lugar, se ha inaugurado una bifurcación sin precedentes entre el poder militar y el poder económico a medida que la hegemonía de Estados Unidos entróen su agonía, ya que este país todavía mantiene un abrumador pre-dominio global de la fuerza armada, incluso mientras se hunde en elestatus de una nación deudora, mientras la caja de dinero en efectivo del mundo se desplaza hacia el este de Asia. Pero, por lo demás, el carácter general de los tiempos venideros era lo que siempre había sido en el pasado. Una vez más, con el cambio de potencia hegemónica, una época de caos sistémico se extendía por delante.

¿Qué puede surgir a la larga de todo esto? A mediados de los años noventa, Arrighi argumentó que había tres posibilidades. Podría haber otra guerra mundial, capaz de destruir el planeta. Podría ocurrir una reacción violenta de un imperio mundial dirigido por el Oeste –Estados Unidos y Europa juntos–. Por último, y más esperable, podría surgir lo que llamó una sociedad de mercado mundial igualitaria, en la cual la hegemonía habría desaparecido porque las diferencias de clase dentro de los Estados no serían ya profundas, y las relaciones entre Estados se basarían en el respeto mutuo y la igualdad: en otras palabras, un mundo más allá del capitalismo, centrado en Asia Oriental. En el momento de su muerte, en 2009, Arrighi, tenía más confianza. Los peligros de la guerra habían retrocedido y la posibilidad de un nuevo imperio mundial panoccidental se había vuelto remota. Uno de los temas centrales de su último libro, Adam Smith en Pekín, era que el ascenso de China y su promesa acerca de un orden mundial igualitario, había alterado de manera decisiva la perspectiva global. Parecía como si la humanidad estuviera lista para dejar atrás la hegemonía como estructura de poder desigual. En efecto, podríamos esperar ahora estará avanzando hacia una era “después de la hegemonía”, como un mundo en el que el capitalismo habría sido finalmente superado.

Se puede observar que hay una diferencia conceptual decisiva entre Brenner y Arrighi, que determina el contraste en el modo en que imaginan los resultados lógicos de la crisis actual –una purga sistémica para uno, el caos sistémico para el otro–. Esta diferencia radica en el hecho de que, si bien su marco común es un sistema de competencia, la unidad básica de análisis para Brenner es la empresa, mientras que para Arrighi la unidad básica de análisis es el Estado, aunque esto ciertamente se basa en, y subsume a, la empresa. La hegemonía, ausente en Brenner y central para Arrighi, se inscribe en el nivel estatal, como un concepto eminentemente político, que regula las relaciones entre las naciones tanto como entre las clases. Una consecuencia, tácita pero inequívoca, de la teoría de Arrighi es que la existencia de un poder hegemónico es un requisito para que el sistema capitalista mundial funcione normalmente –sin un poder hegemónico, históricamente hablando, el sistema debe caer en un estado de caos–. ¿Qué es lo que define entonces a una hegemonía internacional?

Para Arrighi, como hemos visto, debe implicar una nueva combinación de capitalismo y territorialismo. En la dialéctica entre estos dos, sin embargo, no hay duda de cuál tiene el control. Como hemos visto, son los ciclos de acumulación de capital, no la adquisición de territorio, los que impulsan la transición de una hegemonía histórica a otra. Nótese, sin embargo, que en esta fórmula general para una hegemonía internacional, no existe una especificación real de la naturaleza del  Estado del que es portadora. Pero por defecto, por así decirlo, los Estados relevantes deben, de un modo u otro, ser capitalistas, ya que esta es, después de todo, una historia de los ciclos sucesivos de acumulación del capital. Territorialismo, en contraposición al capitalismo, se convierte, en efecto, en una categoría residual. Por tanto, podemos preguntar: ¿es este par –capitalismo/territorialismo– suficiente para capturar la trayectoria esencial del sistema interestatal desde el Renacimiento? Hay razones para dudar de ello, ya que lo que abstrae la noción puramente espacial de territorialismo es la naturaleza social e ideológica cambiante –en otras palabras, el carácter diferenciado de clase– de los principales Estados territoriales durante este período de tiempo, y los conflictos generados por estos. Otra forma de expresarlo sería decir que el esquema básico de capitalismo/territorialismo se arriesga a antedatar  un predominantemente, y mucho menos homogéneo, sistema mundial capitalista durante una buena cantidad de siglos.

¿Qué consecuencias se derivan de esta antedatación? En el primer caso, podemos preguntarnos hasta qué punto es realmente posible hablar de una hegemonía mundial holandesa en el siglo XVII. No hay duda, por supuesto, de que las Provincias Unidas fueron el primer Estado territorial de importancia en el cual predominaban las relaciones capitalistas de producción, en el campo y en las ciudades, y en el cual una oligarquía burguesa ocupaba el poder. Pero continuó siendo un Estado pequeño, en tamaño y población, que dominó brevemente los mares, cuyo imperio en el extranjero nunca fue del orden de los de España o Portugal. Sin embargo, no estaba en condiciones de dominar la Europa del Grand Siècle, y no sólo debido a tales magnitudes relativas. De manera más fundamental, sólo debido a que estaba socio-económicamente adelantado a su tiempo, estaba desconectado de las principales estructuras de poder de clase y de la extracción de excedentes del período. La mayor parte de la producción europea continuó siendo la agricultura, en un campo dominado por formas y relaciones de producción señoriales, no capitalistas, y el tipo emergente–todavía bastante nuevo– entre todos los grandes Estados continentales era el absolutismo emergente, encarnando el poder social de una nobleza terrateniente, y no una burguesía mercantil. Es difícil ver cómo las Provincias Unidas, siendo una anomalía dentro de este panorama eco-nómico y político global, podría haber proporcionado alguna orientación general o liderazgo a Estados tan diversos de ella, y en cierta forma Arrighi reconoce esto, señalando que los Países Bajos nunca podrían haber gobernado el sistema internacional que cristalizó en Westfalia. Si algún Estado podría ser descripto como hegemónico en la Europa del siglo XVII, ese sería la Francia de Richelieu y Luis XIV, que llevó a su fin la dominación anterior de España, antes de ser ella misma jaqueada por una coalición de las otras grandes potencias que se le contraponían. Sólo por esa razón, esta nunca fue una verdadera hegemonía. Porque el Tratado de Westfalia codificado era algo muy distinto, lo que excluía era un sistema de equilibrio de poderes diseñado para impedir que cualquier Estado adquiriese el tipo de control sobre todos los demás que los gobernantes de cada Estado ejercían sobre sus propios súbditos.

En el siglo XIX, la hegemonía británica parece un caso mucho más convincente, tanto por la revolución industrial promovida por Gran Bretaña, que tuvo un impacto difusor, globalmente transformador, más allá de lo que el capitalismo meramente comercial de Holanda podía ofrecer, como por la gran escala del imperio adquirida antes y después de aquella, que cubría al final un cuarto de la superficie de la tierra. Pero también aquí la descripción precisa ser refinada por la especificación ulterior del carácter de clase del tablero europeo. Una de las razones por las que es posible hablar de hegemonía británica después de 1815 es que el equilibrio de poderes fue abandonado como principio rector de las relaciones interestatales en el Congreso de Viena. En su lugar fue creado algo completamente nuevo, la Pentarquía o Concierto de Europa: un sistema en el que las cinco grandes potencias –Rusia, Prusia, Austria, Inglaterra y Francia– acordaban hacer valer un orden contrarrevolucionario común contra las masas, cuya insurgencia los había aterrorizado tanto durante el levantamiento revolucionario francés y enla movilización posterior de la Grande Armée de Napoleón. Confronta-dos todos a este gran peligro, los cinco Estados más grandes de Europa acordaron dejar de lado sus rivalidades y respetar las reglas comunes del juego, no para equilibrarse entre sí sino para trabajar juntos, para garantizar la paz y para reprimir la sedición. Esto no significaba que había una igualación de poder al interior de la Pentarquía. No uno, sino dos poderes se colocaron claramente por encima de los otros, la pareja de arquitectos de la victoria sobre Napoleón, Inglaterra y Rusia. Como ha demostrado el gran historiador y diplomático Paul Schroeder, lo que surgió después de 1815 fue una hegemonía compartida de estos dos Estados dentro del Concierto de Europa. Fue una verdadera hegemonía justamente porque se basaba en el consentimiento de los otros poderes, que eran aliados, no enemigos, en la causa contrarrevolucionaria.

Al mismo tiempo, sin embargo, y fuera de Europa, cada una de las dos potencias hegemónicas dentro de Europa –para no hablar de los otros poderes– prosiguieron su propia expansión imperial, construyendo imperios que no se basaban en ningún tipo de consentimiento diplomático, sino en la violencia de la conquista militar. Aquí Gran Bretaña, dominando ya los mares desde el siglo XVIII, y ahora el taller industrial del mundo, no tenía iguales. Sin embargo, su poder e influencia no eran ilimitados. En Asia Central y Nororiental, no podía detener la expansión de Rusia y estaba continuamente temerosa de los avances zaristas en Persia, Afganistán y el Tíbet, por no hablar de los dominios otomanos. En África, Francia forjó un imperio para rivalizar con el suyo. En las Américas, los Estados Unidos se apropió de gran parte de México y extendió su influencia hacia el sur. En esta repartición del planeta, lo que mantuvo la paz hasta comienzos del siglo XX fue más el cálculo del equilibrio de poderes que el liderazgo hegemónico. Tampoco los otros poderes –y menos aún Alemania o Estados Unidos– prestaban gran atención a las doctrinas de libre comercio de Gran Bretaña, ciertamente, con la breve excepción de Francia. Finalmente, por supuesto, el Concierto de Europa se rompió por completo, una vez que Prusia se convirtió en Alemania, con un mayor poder industrial y militar que los de Inglaterra o Rusia, aunque bloqueado por carecer de un imperio de ultramar comparable, por lo cual el desequilibrio resultante desencadenó la catástrofe interimperialista de la Primera Guerra Mundial. Con ella, la hegemonía inglesa llegó a su fin.

La hegemonía estadounidense ha sido una historia muy diferente. Tres contrastes fundamentales la separan de su predecesora británica, más allá de las que Arrighi ha establecido tan bien. El primero ha sido el propio peso de la economía estadounidense en el mundo, superándola no sólo en su apogeo, sino incluso en su pasado, con una parte del PIB mundial mucho mayor que la que la Gran Bretaña victoriana podía llegar a aspirar, configurando un Estado y una sociedad colosalmente ricos. El segundo ha sido el carácter puramente capitalista de la formación social estadounidense, desde el principio sin mixturas feudales o aristocráticas. La rivalidad entre Estados en Europa siempre fue territorial, porque el medio de competencia señorial, desde la Edad Media en adelante, fue siempre la tierra y no los mercados, y los Estados absolutistas fueron construidos sobre sucesivas expansiones de territorios sometidos a la extracción de diferentes tipos de rentas. La misma dinámica puede ser vista incluso en Gran Bretaña, donde el Estado permaneció en manos de una clase terrateniente a lo largo del siglo XIX, y más de una anexión colonial no respondía a ninguna lógica de beneficio inmediato sino a lo que Schumpeter correctamente vio como un reflejo atávico de todas las aristocracias europeas. Una vez que los nativos fueron exterminados y los colonos estuvieron en posesión de América del Norte, de costa a costa, el capitalismo estadounidense mostró poco de ese impulso: la conquista de los mercados, y no la posesión de la tierra, era ahora la llave para el poder global. Esto no fue una lección que cualquiera de las potencias rivales del período de entreguerras haya comprendido, ya que Gran Bretaña, Francia y los Países Bajos se aferraron a sus colonias de ultramar, y Alemania, Japón e Italia buscaron una expansión territorial equivalente, sumiendo a Europa y el Lejano Oriente una vez más en una conflagración mundial.

La tercera condición de la hegemonía estadounidense fue la más esencial de todas. No se trató simplemente de la derrota militar de Alemania y Japón y el agotamiento de Gran Bretaña y Francia en la Segunda Guerra Mundial sino, de forma mucho más crucial, de la emergencia del vasto bloque comunista a través de una tercera parte de la masa terrestre del planeta, que había abolido las relaciones capitalistas de producción por completo y amenazaba con esparcir revoluciones a todo lo largo y a lo ancho. Frente a este peligro, todos los principales Estados capitalistas no tuvieron más remedio que unirse, tal como los antiguos regímenes habían hecho después de la Revolución Francesa, en un único frente conservador bajo la protección de los Estados Unidos. La hegemonía estadounidense era mucho más completa en este nuevo sistema interestatal que lo que la británica había sido nunca en el Concierto de Europa. No sólo porque, a diferencia de la británica, no era compartida con ningún otro poder, o porque el peligro percibi-do ante el bloque comunista –que colocaba a los otros Estados en fila detrás de Estados Unidos– era mucho mayor como fuerza centrípeta que cualquier amenaza de los tiempos de la Santa Alianza, formada después de todo, sobre la tumba de la Francia napoleónica. Sino sobre todo porque, a diferencia del Concierto de Europa en la antigüedad, estaba compuesto de poderes con muy diferentes regímenes de reacción, variando desde la antigua corrupción en Gran Bretaña a la autocracia zarista en Rusia, abarcando un rango de relaciones de producción desde las capitalistas a las semifeudales y a las paleofeudales; a diferencia de este panorama, en el Mundo Libre de los años cincuenta, todos los Estados occidentales importantes eran ahora regímenes  detrás de Estados Unidos– era mucho mayor como fuerza centrípeta que cualquier amenaza de los tiempos de la Santa Alianza, formada después de todo, sobre la tumba de la Francia napoleónica. Sino sobre todo porque, a diferencia del Concierto de Europa en la antigüedad, estaba compuesto de poderes con muy diferentes regímenes de reacción, variando desde la antigua corrupción en Gran Bretaña a la autocracia zarista en Rusia, abarcando un rango de relaciones de producción desde las capitalistas a las semifeudales y a las paleofeudales; a diferencia de este panorama, en el Mundo Libre de los años cincuenta, todos los Estados occidentales importantes eran ahora regímenes homogéneamente capitalistas liberales. En estas condiciones, la hegemonía como liderazgo por consentimiento sobre los verdaderamente aliados, aún cuando fueran Estados subordinados, transcurría prácticamente sin fricciones, respaldada como estaba por el poder abrumador, estratégico y económico, de los Estados Unidos.

Al igual que en el siglo XIX, sin embargo, las cosas erandiferentes fuera del ring de los Estados capitalistas avanzados. Allí, losEstados Unidos crearon un imperio construido sobre la violencia, sindudar en expulsar a sus aliados europeos de posiciones tradicionalesque deseaban para sí, sin anexiones formales de territorio, confiando encambio sobre todo en las bases militares y los regímenes clientes paraajustar su control sobre una mayor franja del planeta que la que in-cluso Gran Bretaña había disfrutado alguna vez. Este era el dominiodel imperio, como se entendía clásicamente, no de la hegemonía. Los límites de ambos, por supuesto, fueron extendidos hasta las fronterasdel mundo comunista. En ese sentido, hablar de una hegemonía global de Estados Unidos después de la guerra siempre fue, literalmente ha-blando, erróneo. Sería más exacto hablar de una hegemonía dividida, en el que cada campo en la Guerra Fría estaba conducido por su propia superpotencia. Este era, después de todo, un tema de los escritos tardíos de Mao, cuando China se rebeló contra lo que él calificó expresamente como hegemonismo soviético. Para la línea de pensamiento europea–principalmente alemana– que se desarrolló en la primera mitad del siglo XX, la idea de hegemonía dentro de un sistema interestatal era, por definición, singular  –sólo puede haber una potencia hegemónica por vez–. Arrighi heredó esta premisa. En su narración, primero existió la hegemonía holandesa, luego la británica y, finalmente, la hegemonía estadounidense, cada una con carácter exclusivo respecto de las otras.

¿Cuál es entonces la situación actual? En la perspectiva de Arrighi, la hegemonía de Estados Unidos, socavada por el aumento de la deuda exterior, el aventurerismo militar y el surgimiento de China, ha entrado en una crisis terminal. Si consideramos el futuro inmediato, cada uno de estos acontecimientos parece ser más ambiguo de lo que él admitió. La magnitud de la deuda estadounidense es tal que ningún acreedor se atreve a exigir su pago por temor a las consecuencias que tendría una quiebra de Norteamérica sobre ellos mismos. El resultado de las guerras en Irak y Afganistán sigue siendo incierto. Ninguno de ellos es una gran carga económica para Estados Unidos, y el nuevo régimen –supuestamente, ilustrado y multilateral– en Washington claramente cree, como el viejo –supuestamente ignorante y unilateral–, que puede imponerse al final; y desde luego no hay a la vista ninguna derrota comparable a la de Vietnam, en caso de que sea fácilmente desgastado por Washington. En cuanto a la República Popular China, sigue siendo tan dependiente de los consumidores estadounidenses y de los vínculos estadounidenses para su propio crecimiento y estabilidad, que se descarta cualquier noción de de-safío al poder norteamericano, al menos por un largo tiempo.

¿Qué ocurre entonces con las proyecciones de más largo alcance de Arrighi? De las alternativas que él planteó, la perspectiva de un nuevo imperio global de Occidente es tan infinitamente peque-ña que ni siquiera el más extravagante campeón de la Euro-América concibe ya algo de ese tipo. ¿Es su otra conjetura, acerca de la visión de una sociedad de mercado mundial igualitaria, en la línea smithiana, centrada en Asia Oriental, más plausible? Por más atractiva que sea esta perspectiva, debe ponerse en duda su realismo. Smith escribía en otra época histórica, antes de la revolución industrial y de la corporación moderna, por no hablar de la titulación posmoderna de los activos financieros. Hablar de un mercado sin especificar las relaciones de propiedad que incluye, es una abstracción. Una sociedad de mercado mundial sería cualitativamente diferente del orden mundial que hoy tenemos sólo sobre la premisa de que China –o Asia Oriental en general–, donde sea que se centre, no es una sociedad capitalista.

Pero, incluso si ni el futuro inmediato, ni el horizonte a más largo plazo de la explicación de Arrighi acerca de nuestra situación son enteramente convincentes, su diagnóstico a mediano plazo –que estamos entrando en una época de caos sistémico, en el que la hegemonía de todo tipo colapsa en medio de la intensificación de los conflictos internacionales y sociales– todavía puede ser correcto. Es esta predicción, como se recordará, la que marca la línea conceptual de la división entre él y Brenner. ¿Qué juicio debemos hacer de ella?

Responder a esto nos devuelve a la escasa especificación de la naturaleza social e ideológica de los Estados en la narrativa histórica general de Arrighi de las hegemonías sucesivas. Una consecuencia era que la Guerra Fría, midiendo entre sí a las grandes potencias de carácter diametralmente opuesto, nunca podría ajustarse fácilmente a ella, y en la práctica fue en gran parte ignorada. Pero si hemos de entender lo que es tal vez el cambio más profundo en la posición de los Estados Unidos hoy en día, es hacia ese conflicto que tenemos que mirar, ya que es la victoria de Occidente en la Guerra Fría la que lo ha producido. Ya que lo que ha significado el colapso del bloque soviético, y la llegada de la Era de Reformas en China, es la desaparición de la amenaza de la revolución socialista para el capitalismo, que era la piedra angular de la hegemonía estadounidense desde 1945. El cambio se puede poner en términos muy simples: una vez que el pancapitalismo ha llegado, ya no hay ninguna necesidad de un escudo todopoderoso contra los enemigos anticapitalistas. Ahora sólo quedan Estados capitalistas aliados. Por supuesto, no todos los grandes Estados del mundo son capitalistas en la misma medida; Rusia y China permanecen muy lejos de las normas de libre mercado plenamente liberales. Pero ahora forman parte de la misma ecúmene, compartiendo los intereses políticos y económicos comunes con el propio Estados Unidos, los principales Estados europeos y Japón.

El resultado es, visiblemente, el surgimiento de un nuevo Concierto de Potencias, sentadas en el Consejo de Seguridad y en una variedad de cumbres globales económicas, y unidas en defensa de un statu quo  estratégico, en torno al monopolio de las armas nucleares. Las resoluciones actuales de la ONU contra Corea del Norte e Irán, y sobre el Líbano, Irak y Afganistán, son el equivalente actual del sistema de Congresos de la época de Metternich y Castelreagh, de Alexander II y Talleyrand. En el versión contemporánea, los Estados Unidos siguen siendo hegemónicos, debido a su continua superioridad en armamentos, riqueza e ideología: ningún otro poder está dispuesto a contrariarlo en cualquier cuestión sobre la que se preocupe en empeñarse. Es hegemónico porque estos son, estructuralmente hablando, aliados en el orden mundial, no enemigos. Pero es una hegemonía más suelta, más lábil que en el pasado, y la jerarquía que supone está sujeta, comosostuvo Arrighi con razón, al desgaste.

Políticamente hablando, entonces, el panorama que tenemos ante nosotros no es de caos sistémico, no más de lo que lo era en la década de 1820. Por el contrario, después de la derrota del gran ciclo de revoluciones que marcaron el siglo XX, es otra época de Restauración. Los paralelismos son muy próximos, aunque las diferencias son también significativas. Hoy, además, como en la época del Congreso de Viena, pero ahora a escala mundial y ya no simplemente continental, una Pentarquía que comparte el poder. Donde una vez estaban Inglaterra, Rusia, Prusia, Austria y Francia, ahora están Estados Unidos, Europa, Rusia, China y Japón.

En el sistema del Congreso de antaño, nunca hubo una armonía completa entre los poderes: persistieron entre ellos tensiones y enfrentamientos, dentro  de una unidad de propósitos generales comunes. Tampoco fueron todos los Estados de la Pentarquía estructuralmente iguales: la Inglaterra parlamentaria, la legitimista Francia, la Rusia absolutista fueron tipos muy diferentes de Antiguos Regímenes. Tampoco hubo igualdad de condiciones dentro de la Pentarquía: Inglaterra y Rusia –los dos extremos opuestos dentro del rango de las formas políticas– por arriba de los demás, como poderes hegemónicos conjuntos. Pero nada de esto impidió la coordinación diplomática, la tolerancia mutua y la creación de un sistema acordado para la negociación de las divergencias entre los poderes, que mantuvieron una paz contrarrevolucionaria en Europa durante cuarenta años.

Del mismo modo, la Pentarquía de hoy incluye potencias que no son todas del mismo tipo. Los Estados Unidos, Europa y Japón forman un conjunto homogéneo de regímenes liberal-democráticos –de hecho, el frente político que luchó y ganó la Guerra Fría bajo el mando estadounidense–. Pero Rusia, aunque ya no es comunista, está todavía lejos de lo que son consideradas en Occidente como normas aceptablemente democráticas, mientras que China permanece bajo el gobierno del Partido Comunista –es decir, a los ojos de Occidente, una autocracia actualizada–. En esta diversidad relativa de formas políticas, la nueva Pentarquía se parece a la antigua. Pero en el orden de sus funciones y de la naturaleza de sus mecanismos, es distinta. El Concierto de Potencias de principios del siglo XIX fue diseñado para defender el acuerdo de Restauración en el Congreso de Viena, asegurándose de que las grandes guerras no dejarían desatarse la agitación social, y que si estallase la inestabilidad política esta podría ser rápidamente sofocada, de ser necesario con una intervención armada a través de las fronteras. El Concierto de Potencias de principios del siglo XXI sin dudas también se ocupa de estas tareas, pero no son la prioridad que fueron para su predecesor. El riesgo de conflictos militares entre ellos se ha convertido en una posibilidad remota, y el peligro de grandes agitaciones sociales es significativamente menor que en la Europa de la Restauración, donde permaneció de manera aguda –el ejemplo revolucionario de 1789 persistiendo vigente y encendiendo las llamas de 1820-1821, 1830, 1848–.

Esto no es, obviamente, para decir que faltan todas aquellas turbulencias políticas. Pero la confianza de Arrighi en que las fuerzas del mundo del trabajo estaban creciendo a través del ciclo de expansión financiera que acaba de terminar, no es convincente. Globalmente, los movimientos de trabajadores estaban en retirada en casi todas partes en todo este período, y no han recuperado su impulso. En la mayor parte del mundo, las luchas de resistencia contra el orden establecido ha venido de otras fuerzas diferentes de la clase obrera y de otras creencias distintas del socialismo –sobre todo, por supuesto, en Oriente Medio y en el mundo islámico–. Allí, más allá o a lo largo del perímetro de la Pentarquía, no es –como antes en el siglo XIX– la hegemonía sino el imperio lo que se obtiene: la violencia estadounidense en Irak, Afganistán y Pakistán; la violencia de Rusia en Chechenia; la violencia china en Xinjiang y el Tíbet; la violencia europea en los Balcanes.

Pero si las tareas estrictamente militares y políticas del Concierto actual de potencias tienen menor urgencia o prioridad que las de ayer, esto no significa que el grado de coordinación entre ellas es menor. Por el contrario, es mucho mayor. Pero el frente clave para la concertación ha cambiado. Ahora es económico –la defensa de la estabilidad capitalista como tal–. En un mundo donde la revolución industrial era aún muy reciente, limitada sólo a un puñado de sociedades; donde los principales Estados mostraban una todavía más amplia selección de diferentes formas de producción que de sistemas políticos; y cuando las principales economías todavía estaban relativamente desconecta-das, este nunca había sido el caso en el pasado. La antigua Pentarquía no estaba preocupada por los mercados, los beneficios o las industrias. Hoy, todo esto ha cambiado. En el mercado mundial contemporáneo, la nueva Pentarquía está fuertemente atada por los flujos entrelazados de comercio e inversión en una interdependencia compacta, en la cual la prosperidad y la estabilidad de cada uno requiere la de los demás. En este sistema, cualquier amenaza económica a uno de la Pentarquía es rápidamente transmitida a todos los demás, a una velocidad y en una escala inconcebibles hasta ahora, como deja claro la propagación de los efectos del desplome de Wall Street de septiembre de 2008. En consecuencia, el grado de intercomunicación y consulta en el seno del Concierto de Potencias actual es incomparablemente mayor que en el sistema de Viena, generando la ronda incesante de cumbres contemporáneas que vemos hoy. Nada es más impactante que la velocidad y la uniformidad de la respuesta política a la actual crisis financiera por parte de la Pentarquía moderna, y los movimientos en curso hacia un sistema internacional de consulta mutua y acción concertada aún más integrado.

¿Cuán estable es el Concierto de Potencias de hoy? Claramente, dos grandes Estados, cuyo peso económico y político crece regular-mente, continúan siendo laterales a este. Ni Brasil ni la India pertenecen todavía al círculo interior de las grandes potencias. Aunque las razones para esto no son las mismas en cada caso, se destacan tres cosas en común que separan a los dos países de la Pentarquía. En primer lugar, ambos son democracias en sociedades donde la mayoría de la población es pobre –no sólo en la India, sino en gran parte de Brasil–, desesperadamente pobre, mientras que una pequeña minoría es escandalosamente rica. Dada la competencia electoral –ausente en Rusia o en China– los gobiernos de estos dos países no pueden ignorar por completo la presión social de las masas. En segundo lugar, el crecimiento económico en ambos países se ha basado, sobre todo, en el mercado interno en un grado mucho mayor que en la abrumadora dependencia de la cuenta de exportación a China, pero también a Japón, Rusia o el Estado central de la Unión Europea, Alemania. Así, el índice de integración de Brasil y de la India en el sistema interconectado en el que la Pentarquía mantiene el dominio es aún relativamente limitado. Es significativo que cada uno haya resistido hasta ahora el impacto de la crisis financiera mundial sin tener que recurrir –a diferencia de China– a paquetes de estímulo masivo.

Por último, aunque por razones opuestas, ninguno de ellos es un miembro plenamente acreditado de la oligarquía nuclear: India porque se negó a firmar el descaradamente desigual y discriminatorio Tratado de No Proliferación, adquiriendo en desafío al mismo su capacidad nuclear; Brasil porque bajo un gobierno subalterno firmó el Tratado para complacer a Washington, un instrumento que incluso sus gobiernos militares tuvieron suficiente independencia de espíritu como para rechazar. Si bien las armas nucleares no son un requisito indispensable para ser miembro del Concierto de Potencias actual, ya que Japón no las posee, el ejemplo de Japón indica que sin ellas, es probable que se produzca un grado mayor de subordinación a los Estados Unidos como potencia hegemónica que en el caso de los otros poderes, tal como Brasil está destinado a descubrir.

Por otra parte, compensando esa desventaja, Brasil goza de un entorno regional del que la India carece por completo, es decir, un contexto circundante en América Latina que es la única parte del mundo actual donde el capitalismo continúa siendo impugnado, en diversas formas por muchos movimientos diferentes y en grados diversos por los diferentes gobiernos, y los ideales de la solidaridad regional tienen raíces culturales y políticas muy profundas. No es casualidad que aquí, y quizás solo aquí, la ideología reinante del Norte se ha encontrado en los últimos años con un rechazo popular tras otro, y se han hecho intentos conscientes para limitar o frustrar la influencia demasiado tradicional de la potencia hegemónica en los asuntos del continente. No es necesario para mí decir más sobre esto, ya que tenemos aquí con nosotros a Emir Sader, que ha escrito con más autoridad sobre los ciclos de la revolución y la contrarrevolución, la reforma y la represión en América Latina que cualquier persona que viva hoy en día.  

La estabilidad del Concierto de Potencias no es, por su-puesto, simplemente un asunto de su actual composición, como conjunto de regímenes que determinan la dirección del sistema político internacional. Su estabilidad también será una función de la capacidad de las fuerzas antagónicas al sistema para oponerse a él. Allí, la cuestión de la hegemonía se plantea en un plano diferente. Clásicamente, la hegemonía ha sido entendida como nacional  o internacional –ejercida entre clases dentro de un Estado, o entre Estados–. Pero como ha señalado el destacado pensador de izquierda chino, Wang Hui, la hegemonía también opera en un tercer plano, que es propiamente transnacional, trascendiendo las fronteras estatales hasta abarcar cada sociedad nacional. El ensayo en el que hizo esta distinción se titula “Políticas despolitizadas” (2009). Tales políticas, argumentó, constituyen una marca de la época en muchas partes del mundo. ¿Qué significa una política despolitizada? Esencialmente, la cancelación de cualquier agencia popular, de la habilidad de luchar por una alternativa al statu quo, que estimula formas representativas para vaciarlos mejor de división o de conflicto.

Semejante política está despolitizada, pero no es de-ideologizada. Por el contrario, es ideológica hasta la médula. Si nos preguntamos cuáles son las formas que ha tomado esta ideología en los últimos años, podemos distinguir dos niveles. La primera, y más articulada, ha sido la doctrina del neoliberalismo. Este no sólo ha propuesto una forma de ver el mundo, sino que negó –su efecto más poderoso– la posibilidad de cualquier otro. Fue Thatcher en Gran Bretaña quien acuñó el lema más famoso del neoliberalismo en el Norte, quien capturó con gran precisión la esencia de la política despolitizada, con un acrónimo que también es el nombre de una niña –TINA (por sus siglas en inglés): No Hay Otra Alternativa–. Es decir, no hay ninguna alternativa a la regla del libre mercado desregulado, la privatización de las industrias más importantes y de todos los servicios posibles; en pocas palabras, el reinado irrestricto del capital. Esta ideología, originada en el Norte pero aplicada sistemáticamente primero en el Sur, aquí en la propia América Latina –en Bolivia, Chile y en todos lados– fue durante los años noventa verdaderamente transnacional: hegemónica en casi todas las sociedades, expuesta por las élites políticas, los Ministerios de Economía y las esferas de los medios de comunicación de todo el mundo.

Hoy, después de muchos falsos amaneceres, esta ideología finalmente se está desmoronando. El neoliberalismo no ha desaparecido de la escena, y sus secuaces, temporalmente confundidos bajo los golpes de la crisis, se están reagrupando para transmitirla una vez más. Pero por el momento se ha debilitado gravemente. La razón por la que no está completamente terminada como fuerza radica en el aguijón permanente de su lema. ¿Dónde están las alternativas a la misma? Cuando la gran crisis de los años treinta golpeó al mundo, había –todavía existentes–poderosas alternativas al dogmatismo del laissez-faire de la época: el keynesianismo, inspirador del New Deal  en los Estados Unidos; el nazismo, que alcanzó el pleno empleo en Alemania de manera más efectiva que el New Deal; la temprana Socialdemocracia en los países escandinavos, para no hablar de los Planes Quinquenales de Rusia. Detrás de estos programas, además, se organizaron movimientos de masas altamente politizados. Hoy en día, en todo caso en el Norte, todo esto está ausente.

Los de arriba no tienen programas alternativos para ofrecer, los de abajo, permanecen por el momento pasivos y aturdidos, también sin agendas alternativas para movilizarse. Una cierta ceguera ideológica está llegando a su fin. Pero la visión clara todavía debe ser recuperada.

En parte, esto también es así porque por debajo del nivel superior de una doctrina articulada formalmente, donde el neoliberalismo ajustó su dominio, la hegemonía del capital transnacional tuvo y continúa teniendo, otras fuentes. Permítanme citar a Wang Hui (2009), quien escribió:
“La hegemonía no se refiere sólo a las relaciones nacionales o internacionales, sino que está íntimamente ligada al capitalismo transnacional y supranacional. También se debe analizar en el ámbito de las relaciones de mercado globalizadas […] Las expresiones más directas de los aparatos ideológicos del mercado son los medios de comunicación, la publicidad, el “mundo de las compras”, y así sucesivamente. Estos mecanismos no son sólo comerciales, sino ideológicos. Su mayor poder radica en su apelación al “sentido común”, las necesidades comunes, que convierten a la gente en consumidores, siguiendo voluntariamente la lógica del mercado en su vida diaria.”
Aquí el consumismo es identificado correctamente como una pieza cla-ve de la hegemonía global del capital. Pero también en este nivel laestructura de la hegemonía actual es doble. Consumo –sí–: es el terreno de la captura ideológica a través de un dominio de la vida cotidiana. Pero el capitalismo, no debemos olvidarlo nunca, es en su base un sistema de producción, y es en el trabajo, así como en el ocio, que su hegemonía se reproduce diariamente en lo que Marx llamó la “sorda compulsión del trabajo alienado”, que sin cesar adapta a la gente a las relaciones sociales existentes, insensibilizando sus energías y habilidades para imaginar cualquier otro y mejor orden del mundo. Es esta estructura existencial dual, en el universo entrelazado de la producción y el consumo –por un lado una compensación, medio real y medio ilusorio por el otro– que constituye el nivel más profundo en la estructura transnacional de la hegemonía en la política despolitizada de hoy.

Permítanme terminar con un ejemplo simbólico de lo quela hegemonía continúa significando hoy: el otorgamiento del Premio Nobel de la Paz al presidente Obama de los Estados Unidos. El premio en sí, un millón de dólares en efectivo e innumerablemente más en publicidad, pertenece por entero al consumo transnacional de la cultura de celebridades y el comercio. A nivel nacional, se pule la imagen del titulara cargo de la oficina, en un momento en que su prestigio está comenzando a declinar. En el plano internacional, con una adulación llamativa, le recuerda al mundo la supremacía permanente de los Estados Unidos. El presidente, que preside los ejércitos de ocupación de Irak, la escalada de violencia en Afganistán, y la lluvia de fuego en Pakistán, es premiado con la máxima distinción de Occidente por actuar en defensa de la humanidad –la benevolencia al estilo del siglo XXI– y será pronto celebrado en el Este. Gabriel García Márquez señaló alguna vez, al ver a semejantes receptores anteriores del premio como Kissinger y Begin, que sería mejor llamarlo por su verdadero nombre, el Premio Nobel de la Guerra. Del mismo modo, podríamos pensar en un pasado clásico. En palabras que describen los pueblos y las tierras destrozadas de Irak y Afganistán como si hubieran sido escritas hoy, el historiador romano Tácito escribió acerca de la hegemonía de su propia ciudad de conquista mundial: “Al saqueo, a la matanza salvaje, y a la usurpación le dan el mentiroso nombre de imperio; y donde crean un desierto ellos lo llaman paz”.

Bibliografía

Arrighi, Giovanni 1999 El largo siglo XX  (Madrid: Akal).
Hui, Wang 2009 The end of Revolution (Londres: Verso).

Este ensayo ha sido tomado de “Crítica y Emancipación. Revista Latinoamericana de Ciencias Sociales”, Año II, N° 3 | Págs. 219-240