24/9/14

Revolución pasiva, revolución permanente y hegemonía

Fernando Rosso & Juan Dal Maso   |   Es un clásico lugar común de la mayoría de los intelectuales gramscianos (también de algunos antigramscianos furiosos) el de presentar las teorizaciones de Gramsci sobre la cuestión de la revolución pasiva como el “fundamento objetivo” de una estrategia “hegemónica” opuesta a la revolución permanente. Desde esta óptica, a la capacidad del capitalismo de operar recomposiciones de todo tipo, es necesario oponer una lucha política de tipo acumulativo, cuyas definiciones estratégicas no van más allá, en el mejor de los casos, de la constitución de un “bloque popular” que opera un cambio en la relación de fuerzas o, en el caso menos afortunado, diversas variantes que van de “izquierdas amplias” (Europa) hasta “gobiernos progresistas” (América Latina).

En los análisis de Gramsci está presente la pregunta de si “... existe una identidad absoluta entre guerra de posición y revolución pasiva? ¿O al menos existe o puede concebirse todo un período histórico en el cual los dos conceptos deban identificarse, hasta el punto en el cual la guerra de posición se transforma en guerra de maniobra?” (C15 §11). Teniendo en cuenta el contexto de la reflexión del comunista italiano, se puede sostener sin temor a forzar un “uso” que esta pregunta apunta más a la justificación de la guerra de posición por una correlación de fuerzas dada que a la adopción de la revolución pasiva como política propia.

La “antítesis vigorosa”, las tendencias al extremo y la revolución pasiva como “moderador”

Como bien señala Peter D. Thomas1, en los Cuadernos de la cárcel la revolución pasiva emerge como expresión de la “crisis orgánica” de la sociedad burguesa así como antítesis o fracaso de la revolución activa de las clases populares. Es precisamente en esa figura de la “antítesis vigorosa”, que Peter D. Thomas rescata del C15 §62, donde reside la clave para pensar las relaciones entre revolución pasiva y revolución permanente como dinámicas contrapuestas inherentes al desarrollo de la lucha de clases al interior de la sociedad burguesa. Y es el año 1848 el punto de referencia de Gramsci para pensar la relación entre revolución pasiva, revolución permanente y hegemonía. El momento en el cual se pone de relieve esta “antítesis vigorosa” de las dos tendencias: de un lado, el proletariado impone la república burguesa rodeada de instituciones sociales y lucha por ir más allá, del otro la burguesía provoca al proletariado al combate para infringirle una derrota, que abre el camino al bonapartismo y la posterior “normalización” de la sociedad burguesa.

En Alemania, al darse el proceso de forma más conservadora, el partido democrático traicionó a los obreros, pero estos no llegaron a enfrentarse con la burguesía como en Francia, aunque en ambos casos surge la necesidad de una estrategia de la clase obrera independiente de la burguesía. Aquí surge el primer problema. Porque sin la “revolución permanente” de 1848 y la consiguiente contrarrevolución burguesa, y posteriormente, sin la Comuna de París, hubieran sido imposibles las “revoluciones pasivas” posteriores.

Siguiendo la propia idea gramsciana del Estado integral (o ampliado)2 como unidad de dictadura y hegemonía, la revolución pasiva reemplaza a la contrarrevolución cuando ésta no es directamente necesaria. Es decir, que no todas las formas de reacción de la burguesía y su Estado frente a la lucha de clases se reducen a la revolución pasiva (como parecería dar por supuesto el propio Peter D. Thomas).

En este marco, si la lucha de clases contiene una “tendencia a los extremos” clausewitziana, cuya fórmula expresó Marx en el grito de guerra de la revolución permanente, la revolución pasiva se introduce como un mecanismo “moderador” entre revolución y contrarrevolución.

De un siglo a otro: revolución desde arriba y revolución-restauración

Retomando la distinción que plantea A. Morton3 entre las dos acepciones de la revolución pasiva (como “revolución desde arriba” que conforma el Estado nacional con métodos conservadores y como “revolución-restauración” que toma las demandas desde abajo integrándolas en una nueva política que las expropia pero no las resuelve), en el siglo XIX, las “revoluciones pasivas” tenían un “carácter dual”, ya que por un lado cumplían tareas históricamente progresivas, pero con métodos conservadores.

Habiéndose terminado la lucha de la burguesía contra la vieja sociedad, la revolución pasiva se caracteriza por garantizar la duración o sobrevivencia de un régimen social que se vuelve históricamente conservador. Y en este contexto, el carácter dual de “revolución desde arriba” que tenían las revoluciones pasivas en el siglo XIX, tiende a liquidarse en función del aspecto más puramente “restaurador”. En este marco, la pregunta de Gramsci sobre si el fascismo podría constituir algún tipo de revolución pasiva en C10 §9, si bien muestra una tendencia a la generalización del mecanismo a la que hicimos referencias en otros artículos, pone un límite también a la lectura de la “revolución pasiva” como algo “progresivo”.

Habiéndose terminado la lucha de la burguesía contra los vestigios de un régimen anterior, que puedan llevarse adelante sin que la lucha “democrática” se transforme en lucha social y que eso represente un “progreso” (dato característico de las revoluciones pasivas del siglo XIX), lo que queda de la revolución pasiva en el siglo XX (y el actual) es un mecanismo de expropiación de las demandas populares por la vía de “renovaciones”, “modernizaciones” y “recomposiciones” parciales, que preparan el camino a restauraciones más de derecha en su totalidad.

En este contexto, al carácter de “moderador” que atribuimos a la revolución pasiva durante el siglo XIX, debemos agregar que durante el siglo XX se disipa totalmente cualquier atisbo de “progresividad” o relación contradictoria entre progresividad y conservadurismo”, la revolución pasiva se apoya en los resultados obtenidos previamente por la contrarrevolución o prepara el camino para que ésta llegue en mejores condiciones.

Según la profundidad de la contrarrevolución o la crisis previa, las recomposiciones se acercan más a “revoluciones-restauraciones” o a “pasivizaciones restauradoras”. En este contexto, son inentendibles las recomposiciones estatales de la segunda posguerra en Europa occidental, sin la Segunda Guerra Mundial y sin el rol del estalinismo, primero como degeneración de la dirección de la Revolución de Octubre y luego, de la III Internacional; hasta llegar a la “institucionalización internacional” que dio nacimiento a lo que se conoció como el “mundo de Yalta”.

El estalinismo cumplió un rol contrarrevolucionario a escala internacional, intentando evitar las revoluciones que se salieran de su control o realizando “expropiaciones desde arriba” en los territorios que quedaron bajo su control después de la Segunda Guerra (reproduciendo el mecanismo de la revolución pasiva) y asimismo fue un garante de la estabilidad de la “democracia occidental” durante la segunda posguerra. Y mal que le pese a muchos, la “revolución pasiva” termina siendo una confirmación de la teoría de la revolución permanente: las luchas nacionales, populares y democráticas que no avanzan hacia una lucha contra el capitalismo y por el poder obrero, resultan desviadas, contenidas, abortadas y sometidas a restauraciones tendientes a la constitución de un régimen muy parecido al anterior, o peor (Egipto). En suma, la “revolución pasiva” deviene en uno de los principales mecanismos preventivos para bloquear la dinámica permanente de la revolución.

Por este motivo, la oposición abstracta entre hegemonía y revolución permanente termina en alguna forma de reivindicación de la revolución pasiva como programa y como estrategia.

Pasado y presente de la permanencia del movimiento

Habiendo planteado en líneas generales las relaciones entre revolución pasiva y revolución permanente, intentaremos pensar las relaciones entre hegemonía y revolución permanente en la actualidad. Para esto tomaremos el artículo “Hacia una teoría de la hegemonía” de Fabio Frosini4, que a diferencia de otras posiciones gramscianas, busca establecer una relación de continuidad entre la revolución permanente y la hegemonía. Frosini cita el C1 §44, en el que Gramsci señala:
A propósito de la consigna “jacobina” lanzada por Marx a Alemania en 48-49 hay que observar su complicada fortuna. Retomada, sistematizada, elaborada, intelectualizada por el grupo Parvus-Bronstein, se manifestó inerte e ineficaz en 1905 y a continuación: era una cosa abstracta, de gabinete científico. La corriente que se opuso a ella en ésta su manifestación intelectualizada, al contrario sin usarla “de propósito” la empleó de hecho en su forma histórica, concreta, viviente, adaptada al tiempo y al lugar, como brotando de todos los poros de la sociedad que había que transformar, de alianza entre dos clases con hegemonía de la clase urbana.
No deja de ser extraña la idea de que una teoría “abstracta” que se manifiesta “inerte e ineficaz” pueda ser empleada de hecho de manera “histórica, concreta, viviente, adaptada al tiempo y al lugar”, o mejor dicho, parece una falsa oposición entre la realpolitik y la teoría. Pero incluso con esta objeción, es interesante cómo el propio Gramsci, en su oposición a la teoría de la revolución permanente de Trotsky como teoría, de hecho está reconociendo –planteando que fueron los bolcheviques los que de hecho la llevaron adelante– que esta teoría planteaba en líneas generales correctas cómo iba a ser el desarrollo de la Revolución rusa, tanto como que en los hechos Lenin y Trotsky confluyeron en la política de “alianza entre dos clases con hegemonía de la clase urbana”, eso sí, después de que Kamenev y Stalin en ausencia de Lenin, apoyaran al gobierno provisional entre febrero y abril (cuestión que corrigió Lenin con sus “Tesis de Abril”).

Por otro lado, cabe aclarar que Gramsci confunde la teoría de la revolución permanente planteada en Resultados y Perspectivas, que era un teoría especialmente para Rusia, con la versión “madura” basada en la generalización de las lecciones estratégicas de las experiencias protagonizadas por el movimiento comunista en los años ‘20, en especial la revolución china de 1925-1927, a partir de la cual Trotsky generalizó la teoría (mientras Gramsci se limitaba, para China, a la política de Asamblea nacional pan-china sin hegemonía de la clase obrera).

En este contexto, si es correcto el criterio de Karl Korsch de que hay que entender el marxismo como una teoría de la revolución, podemos considerar a la teoría de la revolución permanente como el momento más alto del desarrollo de la teoría marxista en el siglo XX, principalmente por el cambio de marco teórico que implica, respecto de las concepciones del marxismo “decimonónico”, que tuvieron sobrevida hasta los años 20 (principalmente la idea de que la revolución proletaria correspondía solamente a los países “avanzados”). Pero para salir de la oposición estéril entre “hegemonía” y “revolución permanente”, Frosini intenta relacionarlas, sin cambiar del todo el punto de vista de Gramsci, pero introduciendo una variante:
Según Gramsci hay un fuerte nexo entre la consigna lanzada por Marx, el jacobinismo en su efectividad histórica y la organización hegemónica correspondiente al Estado moderno (¡hegeliano!), es decir, la hegemonía de las clases productivas urbanas sobre los campesinos. En suma: la única manera para utilizar hoy la revolución permanente –a diferencia de Parvus y Trotsky, que la han reducido a una “teoría” (la han “sistematizado”)–, es pensarla histórica y políticamente, como estructura de la hegemonía; pero también a la inversa: la única forma para pensar la hegemonía a la altura de Marx (sin dejarla caer en una composición “pasiva” de tipo hegeliano, o dejarla derivar hacia un “republicanismo” vacío y finalmente retórico, de tipo jacobino-radical) es anclarla a la revolución en permanencia.
La definición implícita en su razonamiento, que queremos rescatar sería más o menos así: “oponer la hegemonía a la revolución permanente tiene como resultado algún tipo de reivindicación de la revolución pasiva como programa por la positiva”. Frosini lo plantea de esta forma: “...la diferencia entre la composición ‘pasiva’ de los conflictos y su despiegue ‘en permanencia’ marca la diferencia entre hegemonía burguesa y proletaria...”. Y finalizando su artículo, sostiene:
Entendida así, la hegemonía proletaria es la “forma actual de la doctrina cuarentaiochesca de la ‘revolución permanente’”, es decir que conserva la exigencia de la permanencia del movimiento, una vez que la sociedad civil hegeliana, haya sido repensada no sólo como “sistema de necesidades”, sino como parte del Estado, más bien como aquel lugar en el que decisivamente la batalla política sea ganada o perdida.
En este contexto, para pensar las condiciones de actualidad de la teoría de la revolución permanente, tenemos que volver a trabajar sobre las relaciones entre la “fórmula de Marx” centrada en la necesidad de una ubicación independiente de la clase obrera frente a las fracciones burguesas que intentaban limitar la radicalidad de las revoluciones de 1848, la “fórmula de Gramsci” sobre la hegemonía (siempre combatiendo el relativo desplazamiento que éste realiza de la centralidad de la clase obrera a una especie de “bloque nacional-popular”) que hace hincapié en la necesidad de que la clase obrera conquiste la dirección “intelectual y moral” de las clases “subalternas” (oprimidas socialmente y sin representación política propia) en sociedades en las cuales el Estado se presenta como estado “integral” (o estado ampliado) cooptando las organizaciones obreras como base del orden burgués y, finalmente, la “fórmula de Trotsky” que lleva la “permanencia del movimiento” a un nuevo nivel de generalización teórica, acorde a la experiencia histórica: de democrático-burguesa a socialista, de nacional a internacional, y como revolución permanente al interior de la sociedad posrevolucionaria.

Si bien “la fórmula de Trotsky” contiene las dos anteriores y no a la inversa, lo cierto es que para afirmar tal cosa hay que precisar en qué sentido las contiene.

Si intentamos pensar la dinámica actual de la revolución permanente, podemos decir que a diferencia del período de la segunda posguerra en que esa dinámica se bloqueó y la revolución se trasladó a la periferia mientras había estabilidad en los países centrales, mientras en el ascenso ‘68/‘81 tendieron a confluir de nuevo las metrópolis y la periferia, retrocediendo de conjunto durante la “restauración burguesa” del neoliberalismo; en la actualidad vuelve a generarse una dinámica más “totalizadora” en la que pueden darse procesos en los distintos continentes sin que ninguno tenga la exclusividad ni de las crisis y revoluciones ni de la estabilidad.

Por estos motivos, la permanente de Trotsky goza de buena salud. Sin embargo, al intervenir todavía la clase obrera como un actor dentro de movimientos populares heterogéneos sin lograr todavía la dirección, sigue vigente la “fórmula de Marx”, o mejor dicho, el programa permanentista pasa en primer lugar por conquistar una posición independiente de la clase obrera para que avance en reconocerse como sujeto y a su vez se plantee la necesidad de hegemonizar a los demás sectores oprimidos.

En su momento, tanto Trotsky como Gramsci analizaron los cambios en las formas estatales durante el período de entreguerras, coincidiendo en muchos aspectos acerca de los procesos de “ampliación” del Estado con el fin de contener o subordinar las tendencias de la lucha de clases y las organizaciones obreras5. A esto se agrega que la relativa generalización de las características “occidentales” (Estado “ampliado”, basado en la extensión de la democracia burguesa, la estatización de los sindicatos y la formación de la “opinión pública” a través de los medios de comunicación) a la mayoría de los países, hace que la “fórmula permanentista” de Trotsky tienda a incorporar aspectos de la “fórmula hegemónica” de Gramsci que advierte que el enemigo a enfrentar es un aparato estatal “basado en algo más” que la dominación pura y dura, para enriquecer la teoría. Y en este marco, la relación de complementariedad entre “revolución pasiva” y “contrarrevolución” vuelve estéril la formulación de la hegemonía como una estrategia alternativa a la revolución permanente, ya que la única forma en que la acumulación “hegemónica” puede trascender los mecanismos de revolución pasiva (que buscan una constante apropiación de las prácticas de los sectores obreros y populares) es llevando la “permanencia del movimiento” más allá de los límites impuestos por esos mecanismos, incluida la etapa de lucha política acumulativa.

Por eso, la revolución permanente puede ser la “estructura de la hegemonía” solamente si la “permanencia del movimiento” se concibe desde una estrategia que trasciende la lucha política acumulativa hacia la guerra civil y la toma del poder por la clase obrera, es decir que hegemonía se transforma en un momento de la revolución permanente, al decir de Gramsci, el momento en que la “guerra de posición se transforma en guerra de maniobra”.

Notas

1. Ver “La hegemonía light de las nuevas izquierdas” en IdZ 8.
2. Ver “Trotsky, Gramsci y el Estado en Occidente” en IdZ 11.
3. “Viajando con Gramsci: La espacialidad de la revolución pasiva”, en Modonesi, M. (coord.), Horizontes gramscianos. Estudios en torno al pensamiento de Antonio Gramsci, México, Facultad de Ciencias Políticas y Sociales UNAM, 2013.
4. En Modonesi, M. op. cit.
5. Ver “Trotsky, Gramsci y el Estado en Occidente”, op. cit.