30/7/14

Las víctimas de Gaza y el recuerdo de Gramsci

Asombra observar como la terrible matanza de civiles en la Franja de Gaza no despierta el repudio generalizado de la humanidad en su conjunto. Cuán lejos estamos de aquella sentencia vertida por Terencio: “Nada de lo humano me es ajeno”.

Es lamentable contemplar como las voces más representativas de Occidente (excepto, un sector minoritario) se han resguardado en las “cuevas del silencio” legitimando, de esa manera, la matanza indiscriminada de palestinos. Seguramente, cuando el bombardeo cese, y una multitud de cadáveres de niños, de mujeres y de ancianos cubran esa estrecha franja de tierra, saldrán de su interior para inducirnos a reflexionar sobre las bondades de la paz. Claro como de costumbre “la paz de los cementerios”, esa que llega una vez que esta todo arrasado, donde ya ni las espigas encuentran espacio para florecer.

Pero puesto que los líderes de las potencias occidentales nada realizan para detener la masacre, pues, donde están “los medios de comunicación” de Occidente, esos adalides de la libertad. ¿Donde se encuentra esa presunta herramienta “al servicio de la humanidad” para poner freno a los absolutismos?, ese instrumento capaz de efectuar “denuncias universales” cuando se trata, supuestamente, de no reconocer derechos de los opositores en Cuba o Venezuela, o en los denominados ahora países populistas; pero que rara vez se ocupa de las muertes provocadas irresponsablemente en Medio Oriente, Irak, Afganistán o en algún rincón de África.

Tal vez la inhumación de la concepción humanista en el Viejo Continente haya contribuido a que en otras regiones, surgiesen “líderes” como Netanyahu que, desprovisto del más mínimo espíritu de humanidad, conduce a su pueblo –maliciosamente, por cierto- a una guerra eterna que solo tendrá fin con el exterminio del más débil.

Curiosa paradoja de la historia, una comunidad que otrora dio al mundo grandes humanistas: Spinoza, Buber, From, Arendt, Einstein, Chomsky -por solo citar algunos-; que fue objeto de persecución y exterminio a lo largo de los siglos hoy se ha convertido en verdugo de una porción de la humanidad: los habitantes de Gaza.

Y no vamos a tomar por serio el pueril argumento del gobierno israelí, ese que aduce que su respuesta militar es consecuencia de una “legítima defensa”. ¿Acaso es legítimo bombardear a un territorio que carece de ejército y que, por lo tanto, no posee medios para defenderse? ¿Que no posee aviones, ni helicópteros, no ya para conflictos bélicos, ni siquiera para custodiar sus fronteras? Donde el poder de fuego de Hamas es -por suerte- extremadamente insignificante para ocasionar daños irreparables al estado hebreo; máxime teniendo en cuenta que, como contrapartida, Israel goza de uno de los ejércitos más poderosos del planeta. Las cifras son más que elocuentes: 1230 palestinos muertos, más de 7.000 heridos y 215.000 desplazados; contra 45 soldados israelíes muertos y 7 civiles.

Es curioso que cada vez que se quiere llegar a un entendimiento y no por voluntad del gobierno de Netanyahu, surja inesperadamente un hecho que “justifique” la confrontación. Desandando todo el camino transitado en dirección a la Paz.

“La paz es el estado normal de las naciones” supo decir a principios del siglo XX un destacado presidente de nuestro país; claro que en los tiempos que corren podemos observar como algunos apuestan por el “estado de anormalidad”. Incluso, un jefe de estado que ha obtenido –otra de las tantas paradojas- el Premio Nobel de la Paz.

Como vemos, uno no puede guardar silencio ante estos hechos que impredecibles consecuencias traerán para el futuro de la humanidad.

Hace ya largo tiempo, en uno de los maravillosos artículos a los que nos tiene acostumbrado nuestro querido Osvaldo Bayer, resaltaba la actitud de aquel gran intelectual italiano, Antonio Gramsci, cuando en plena juventud hacía oír su voz sobre el sufrimiento armenio. Publicando el contenido del mismo, de la siguiente manera:

A continuación, en forma íntegra, el artículo juvenil de Gramsci sobre la cuestión armenia, publicado en El Grito del Pueblo, el 11 de marzo de 1916:
“Es siempre la misma historia. Para que un hecho nos interese, nos toque, es necesario que se torne parte de nuestra vida interior, es necesario que no se origine lejos de nosotros, que sea de personas que conocemos, de personas que pertenezcan al círculo de nuestro espacio humano.
“En Padre Goriot, Balzac hace formular a Rastignac la siguiente pregunta: ‘Si cada vez que comiese una naranja, muriera un chino, ¿desistiría usted de comer naranjas?’. Y Rastignac responde más o menos lo siguiente: ‘Las naranjas están cerca de mí, yo las conozco, los chinos están tan distantes que no sé si realmente existen’.
“Tal vez nunca llegaremos a dar la respuesta cínica de Rastignac. Entre tanto, cuando vimos que los turcos masacraban a millones de armenios, ¿sentimos el mismo dolor agudo que experimentamos cuando somos testigos del sufrimiento y la agonía, o cuando los alemanes invadieron Bélgica? Es una gran injusticia no ser reconocido. Eso significa quedar aislado, cerrarse en el propio dolor, sin posibilidad de contar con el apoyo de afuera o de la comparación. Para una nación significa la desintegración lenta, la anulación progresiva de los lazos internacionales. Significa ser abandonado, quedar indefenso frente a los que no tienen razón, pero sí tienen espada y dicen cumplir un deber religioso a través de la destrucción del infiel. Así, en sus momentos más dramáticos, Armenia solamente recibió unas pocas expresiones verbales de conmiseración y de repudio a sus ejecutores."
Es interesante destacar que después del padecimiento armenio, solo transcurrieron dos décadas, para que se produjese el trágico Holocausto del pueblo judío.

Por cierto, el artículo en cuestión era mucho más extenso y, finalmente, Don Osvaldo terminó diciendo:
Hasta allí Gramsci. Siempre un adelantado. Siempre con los que sufren. Los argentinos, en los organismos internacionales, debemos luchar para que Turquía reconozca su genocidio en todos sus detalles. Nosotros, que en nuestro territorio ocurrió el nefasto método de la “desaparición de personas”, uno de los peores crímenes masivos de la historia de la humanidad, la llamada “muerte argentina”, tenemos ese deber de conciencia.
Cuánta razón Don Osvaldo, el mismo deber de conciencia que hoy nos exige reclamar por la paz y por los derechos del pueblo palestino.
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