15/5/14

La hegemonía ‘light’ de las ‘nuevas izquierdas’ | Acerca de Peter D. Thomas y la actualidad de Gramsci

Juan Dal Maso & Fernando Rosso  |  El libro de Peter D. Thomas, The Gramscian Moment. Philosophy, Hegemony and Marxism 1, ha generado un nuevo interés por el pensamiento de Gramsci en los ámbitos de la izquierda académica y política en Inglaterra y Francia, y se convirtió en cierta medida en un acontecimiento intelectual internacional.

Los motivos de este suceso son varios. En primer lugar, un cierto “vacío” teórico en lo concerniente a las estrategias de la izquierda, entendida esta en sentido amplio. En una situación de relativo ascenso de las coaliciones de izquierda reformista, pasado el momento de la “ilusión de lo social” que expresó la moda autonomista, las elaboraciones de Thomas ofrecen una hipótesis de reconstrucción del marxismo, por
la vía de un rescate del pensamiento de Gramsci, con afinidades hacia los nuevos movimientos surgidos en los últimos años: Ocuppy Wall Street, la Primavera Árabe, movimientos anticapitalistas en general. Y a la vez intenta retomar la cuestión “político-estratégica”.

Un pensamiento que a la vez, se postula como alternativo al “posmarxismo” que terminó transformado en soporte ideológico de distintas variantes de proyectos “populistas”, sobre todo en los gobiernos que en Latinoamérica se conocieron como “posneoliberales”, hoy también en una situación de decadencia, postulando a su modo también la cuestión de la centralidad obrera, sin caer en el “obrerismo” temido hasta el absurdo por las izquierdas británica y francesa.

Desde el punto de vista teórico, Thomas tiene el mérito de hacer accesible al lector de habla inglesa ciertas conclusiones de los estudios gramscianos más recientes. En una “cultura marxista” donde la principal recepción de Gramsci se hizo a través del prisma althusseriano, a diferencia por ejemplo de Argentina o en parte de América Latina, donde esa contaminación existió pero no impidió el desarrollo de una tradición propiamente gramsciana independientemente o no necesariamente marcada por el enfrentamiento con Althusser.

Analizaremos en este artículo los planteos de Thomas en un trabajo posterior a la publicación de su libro, que mantiene a su vez continuidad en los temas y puntos de vista, pero en forma más sintética y centrada en los conceptos de hegemonía, revolución pasiva y príncipe moderno. Utilizaremos como base para nuestra argumentación el trabajo “Hegemony, passive revolution and the modern Prince” 2, en el que el autor polemiza con las más difundidas lecturas del concepto gramsciano de hegemonía así como contra las posiciones que ubican a la “revolución pasiva” como el “punto culminante” de la teoría de Gramsci y a la metáfora del “príncipe moderno”, como sinónimo de partido político, entendido en el sentido tradicional.

Cuatro deformaciones de la hegemonía

Thomas sintetiza en cuatro las principales lecturas o usos sobre el concepto gramsciano de hegemonía.
1- La que difundieran Palmiro Togliatti y el PC italiano, de la hegemonía como consenso (opuesto a coerción) de un grupo social sobre los demás estratos, reduciéndola a una dirección ética, como parte de la “vía italiana al socialismo”.
2- La que asocia la hegemonía a la articulación de distintos elementos heterogéneos en un “sujeto político” de corte populista, que surge en el proceso constitucional italiano de la segunda posguerra y llega hasta Ernesto Laclau y Chantal Mouffe.
3- La que postula la hegemonía como la construcción de consenso en la sociedad civil, opuesta a la coerción estatal y por ende como una teoría “anti-política”, que asocia con ciertos sectores de la Nueva Izquierda de los ‘60 y ‘70, el maoísmo de Europa Occidental y el Eurocomunismo.
4- La lectura “geopolítica” que postula la hegemonía como una versión del realismo político en las relaciones interestatales.
Thomas sostiene que todas estas versiones, construidas sobre la base de lecturas parciales del proyecto teórico-político de Gramsci, “tienen en común la reducción de la hegemonía a una teoría general del poder político”, y en consecuencia, de la gobernabilidad y el orden.

El “encadenado dialéctico” de la hegemonía

Contra estas posiciones, Thomas propone una “tipología” alternativa del concepto de hegemonía que une en una “serie” o “encadenado” dialéctico (dialectical chain), cuatro momentos, entendidos estos en el sentido hegeliano de planos conceptuales y no como serie temporal.
  • La hegemonía como liderazgo social y político. Basándose en la tradición del marxismo ruso y la Tercera Internacional, Gramsci comienza a utilizar el concepto de hegemonía para analizar la formación histórica del poder estatal moderno, llegando en los Cuadernos a la conclusión de que la formación de la modernidad política en Occidente se caracteriza por la ausencia del principio de la hegemonía del movimiento obrero, desarrollada en “Oriente”.
  • La hegemonía como proyecto político. Sostiene Thomas que para Gramsci la hegemonía implica la articulación de diferentes modos de liderazgo social, cultural y económico, en un proyecto político global, que debe construirse sobre la base de la inmensa riqueza de los sectores subalternos, el cual se constituye como un “laboratorio político” para el desarrollo de nuevas formas democráticas y emancipatorias de la práctica política.
  • El aparato hegemónico. Este momento contiene, según Thomas, lo que usualmente puede considerarse el aporte nuevo de Gramsci al concepto de hegemonía. La identificación de un aparato hegemónico burgués constituido por los diarios, editoriales, instituciones educativas, asociaciones sociales, clubes deportivos y redes culturales, plantea la necesidad de la conformación de una red alternativa de aparatos hegemónicos proletarios, destinada a abrir el camino hacia la abolición de las relaciones sociales de explotación y opresión.
  • La hegemonía del movimiento obrero. Este último y decisivo momento del concepto integral de hegemonía que sostiene Thomas, hace al activismo político de Gramsci antes de su encarcelamiento y a la idea presente en los Cuadernos de la centralidad del trabajo como una relación social que sobredetermina todas las restantes relaciones sociales en las sociedades modernas.
La “revolución pasiva” como antítesis (o fracaso) de la revolución activa

Thomas explica que de 1930 a 1932 Gramsci utiliza el concepto de revolución pasiva para explicar el proceso del Risorgimento (conformación el Estado nacional italiano moderno), en el que las clases dominantes excluyeron a las clases populares de una participación autónoma y organizada en el proceso de modernización.

Posteriormente, comienza a utilizarlo comparativamente para analizar otras formaciones sociales, como Alemania, que había tenido un proceso similar. A partir de 1932, tiende a generalizar el concepto en el sentido de que este podría tener un carácter internacional y epocal (tomando el ejemplo del fascismo).

Contra la idea de un Gramsci partidario de “revoluciones pasivas” permanentes, plantea que la misma debe entenderse como antítesis de la revolución activa de las clases populares (como sostuviera Gramsci en C15 § 62). O como fracaso o ausencia de hegemonía proletaria y por lo tanto como aborto o límites de una verdadera revolución que cumpla con sus tareas históricas que determina los límites del proceso burgués de modernización.

El príncipe moderno como partido-laboratorio

Llegamos finalmente a la idea en la cual se articulan la concepción de la hegemonía y la de la revolución pasiva: El Príncipe Moderno. Aquí Thomas debate contra la idea de que el Príncipe Moderno sería un mero nombre en clave para el Partido Comunista. Sostiene que por el contrario, contra el formalismo político propio de la modernidad, en el cual las formas políticas subordinan el contenido social, el Príncipe Moderno, culmina en la constitución de un “partido-laboratorio” que es expresión de un contenido que constitutivamente lo excede:
La consolidación institucional de este proceso en un partido de nuevo tipo, debería por lo tanto, no ser entendida como la formación de un “sujeto político” como un centro unificado de propósito e iniciativa, o un “instrumento” o “máquina” (…) Por el contrario, es una siempre provisional condensación de relaciones de fuerza que continuamente modifica la composición del Príncipe Moderno como un organismo colectivo, y como un expansivo proceso revolucionario en movimiento. Sobre todo, el concepto integral del Príncipe moderno, tanto como una amplia dinámica civilizatoria como un nuevo proceso institucional de transformación social, representa –en un sentido activo– un nuevo tipo de cultura política que debería ser capaz de valorizar el poder constituyente como la base de una nueva organización social.
Hegemonía proletaria y hegemonía “nacional-popular”

Si bien compartimos las críticas realizadas por Thomas a las cuatro deformaciones descritas al principio de este artículo, consideramos que la tipología que ofrece el autor se vuelve un tanto abstracta en función del último momento que considera clave: el de la hegemonía del movimiento obrero. Gramsci nunca sostuvo ninguna de las cuatro versiones deformadas que describe Thomas, pero en lo tocante a la hegemonía de la clase obrera su teoría se vuelve problemática, si tomamos en cuenta y ponemos en relación las elaboraciones de los Cuadernos de la cárcel con su posicionamiento sobre la hegemonía proletaria en la URSS, en el debate entre el bloque Stalin-Bujarin y la Oposición Conjunta.

Es en ese debate donde Gramsci se orienta hacia una visión que emparenta la hegemonía con una idea de “política nacional” por encima del predominio social y político del proletariado. En su carta al CC del PCUS se puede leer:
… Camaradas, jamás en la historia se ha visto que una clase dominante estuviera en su conjunto en condiciones de vida inferiores a las de determinados elementos y estratos de la clase dominada y sujeta. Esta contradicción inaudita es la que ha reservado la historia para el proletariado (…) Pero el proletariado no puede llegar a ser clase dominante si no supera esa contradicción con el sacrificio de sus intereses corporativos, no puede mantener la hegemonía y su dictadura si no sacrifica, incluso cuando ya es dominante, esos intereses inmediatos a los intereses generales y permanentes de la clase. (…) En la ideología y en la práctica del bloque de oposición renace plenamente toda la tradición de la socialdemocracia y del sindicalismo, la que ha impedido hasta ahora al proletariado occidental organizarse como clase dirigente. Solo una firme unidad y una firme disciplina en el partido que gobierna el Estado obrero puede asegurar la hegemonía proletaria en régimen de NEP, o sea, en el pleno despliegue de la contradicción que hemos indicado3.
 Desde una posición “sustituísta” en la cual el grupo dirigente es el depositario del “punto de vista” de la clase obrera, la identificación del interés histórico del proletariado con la política neopopulista de Bujarin-Stalin en 1926, Gramsci realiza un cierto desplazamiento teórico. De la hegemonía entendida desde la centralidad de la clase obrera que combina la lucha por la dirección política tanto como por el predominio social del proletariado se desliza a otra concepción de bloque obrero-campesino, en el cual la clase obrera es políticamente dominante por intermediación de la dirección partidaria, pero socialmente subordinada por su situación histórica concreta.

Esta oposición entre “interés económico corporativo” y hegemonía, de peso dominante en los Cuadernos(ver por ejemplo C13 §18) tendiente a oponer el poder social con la dirección política, es uno de los aspectos más débiles del concepto de hegemonía gramsciano ya que hace difuso precisamente lo que Thomas resalta: la hegemonía del movimiento obrero. Y asimismo tiene consecuencias en el tipo de Partido propuesto por Gramsci, lo cual vuelve más contradictoria la interpretación de Thomas.

Un Príncipe Moderno a la medida de las “nuevas izquierdas amplias”

Si bien acierta Thomas en señalar que para Gramsci el Príncipe Moderno no es un mero nombre en clave para referirse al viejo PC, su imagen de un partido de nuevo tipo abierto al poder constituyente que viene desde abajo parece más bien destinada a establecer un Gramsci que dialogue con el legado del autonomismo y los “partidos amplios anticapitalistas” o neo-reformistas.

Aunque Gramsci postula un partido que al desarrollarse pone en marcha un movimiento que subvierte toda la estructura de la sociedad, el peso que tiene en su “modelo” la actividad autónoma de la clase obrera es muy poco, ya que a diferencia de su período “consiliar”, en los Cuadernos de la cárcel no se hacen referencias a los consejos obreros, ni a los comités de fábrica. La única forma “espontánea” de actividad de la clase obrera que aparece en sus notas sobre el Príncipe moderno, es el sindicalismo, el cual debe ser superado para establecer una perspectiva realmente hegemónica.

Por este motivo, el Príncipe Moderno, siempre en la visión de Gramsci, contrariamente a cualquier lectura “expresiva” de la relación entre contenido social y formas políticas, tiende a abarcar todo el espectro de actividad de la clase obrera, y de esa forma subsume y supera políticamente las formas “espontáneas” del movimiento social.

Del partido-clase (“totalitario” en el sentido de que abarca el conjunto de la actividad de la clase obrera y “de masas” en el sentido contrario a partido de vanguardia), Thomas realiza una derivación hacia un partido-movimiento, del cual se mantiene su carácter de movimiento histórico y su forma “amplia”, pero se identifica con experiencias que poco tienen que ver con la hegemonía proletaria4 y al mismo tiempo se invierte la relación entre contenido social y forma política planteada por Gramsci, desplazándose el eje de lo político a lo social. Dicho sea de paso, no es la primera vez que se traza este tipo de interpretación, ampliando la concepción de partido de Gramsci hasta que abarque diversas experiencias de “izquierdas amplias”, populistas o reformistas. En nuestro país, fue Juan Carlos Portantiero quien postulara que las formas “antijacobinas” del partido gramsciano le daban ese carácter popular, que bien podía emparentarse con la experiencia maoísta (Los Usos de Gramsci).

En la tradición de Lenin y Trotsky, este problema de la relación entre movimiento social y partido se aborda desde otra óptica, en la cual el partido (de vanguardia) logra peso de masas a través del desarrollo de fracciones revolucionarias en los sindicatos y organizaciones de masas y la política de frente único obrero, cuya máxima expresión son a su vez los soviets.

Algunas conclusiones

Contra los más difundidos “usos” de Gramsci, que obedecían a las condiciones en que surgieran la vía italiana al socialismo, el eurocomunismo y el posmarxismo, Peter Thomas busca establecer una lectura que tiene como punto fuerte la crítica de esos lugares comunes que constituyen, como él mismo afirma, una suerte de “Gramsci para principiantes”. Pero la interpretación que propone en “Hegemony, passive revolution and the modern Prince”, cae a su vez en otro tipo de “uso”, acorde al espíritu de época actual: un Gramsci defensor de un partido de nuevo tipo, que expresa en forma laxa un movimiento social amplio (que incluiría a la clase obrera), difícilmente asimilable al horizonte político y cultural de Gramsci, así como a la propuesta teórica de los Cuadernos de la cárcel.

La hipótesis del Príncipe moderno, en tanto partido-laboratorio, no jerarquiza las tareas preparatorias que van desde las luchas teóricas, políticas, hasta los combates parciales de la lucha de clases misma, en las que madura y se desarrolla un partido revolucionario. Y tampoco las diferentes tendencias en las que se divide el movimiento obrero (y que son expresión de su heterogeneidad social y política), que hacen a la existencia de unas fracciones de vanguardia más avanzadas y conscientes que otras.

En este contexto, Thomas, considera el plano del desarrollo político en términos históricos (la tendencia de la clase obrera a constituirse en partido), pero haciendo abstracción de la relación entre el carácter de clase, las formas organizativas y la estrategia que debe tener ese partido para la conquista del poder obrero. Así, termina descartando la necesidad de un partido obrero que debe ser centralizado y democrático, es decir, desecha la teoría leninista de la organización.

Notas

1. Leiden-Boston, Brill, 2009.
2. Thesis Eleven 117, 2013.
3. Disponible en www.gramsci.org.ar.
4. “Por encima de todo, sin embargo, ha sido la experiencia práctica de los procesos contradictorios de reagrupamiento de la izquierda a escala internacional –desde las reconfiguraciones de la última década en la izquierda latinoamericana, al mayor o menor éxito de los partidos de la coalición en Europa, como Die Linke en Alemania, Izquierda Unida en España, Syriza en Grecia y el Front de Gauche en Francia, a la emergencia provisional de nuevas formaciones políticas en todo el norte de África y el mundo árabe– que ha colocado firmemente la cuestión del partido de vuelta en la agenda contemporánea. El horizonte comunista por lo tanto ahora se enfrenta a su propio horizonte de inteligibilidad no simplemente en una discusión sobre la forma partido, sino en la relación dialéctica entre este tipo de debates teóricos y las innovaciones organizativas de los movimientos reales de hoy, parafraseando las palabras ya citadas algunas veces de La ideología alemana, que están dirigidos a eliminar el actual estado de cosas” (Thomas, “The Communist Hypothesis and the Question of Organization”, Theory & Event 4, volumen 16, 2013).



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