15/4/14

Los fantasmas de Gramsci

Antonio Gramsci ✆ Viola
Martín Azcurra  |  A Francesco Gramsci, el padre de Antonio, le sudan las manos. Es el día de la liberación de su hijo, condenado por el fascismo. Todos, hermanos y sobrinos, lo esperan en una luminosa habitación alquilada en Cerdeña. Peppina Marcias, la madre de los Gramsci, ha fallecido un año antes, pero Antonio no lo sabe. Tendrán que darle la noticia ese mismo día. Mientras lo espera, Francesco recuerda la vez que fue liberado, en 1898, tras una injusta reclusión que duró 5 largos años. Recuerda su retorno a pie por el viejo camino de entrada al pueblo. Ahora, el regreso de su hijo le causa un malestar en el estómago. Anochece y Antonio todavía no ha dado noticias. Al día siguiente, una mujer entra y pregunta: “¿Es cierto que Nino ha muerto? Lo ha dicho la radio”. Sus otros hijos tratan de callarla para que Francesco no se amargue. Está muy débil. Pero ya escuchó. Se pone de pie temblando, se tira de los cabellos y de la barba y grita... “¡Asesinos! ¡Me lo han matado!”.

Cuando nadie en Italia, ni siquiera los socialistas, sospechaba la inminente tiranía fascista, Gramsci lo predice con certeza. “La fase actual de la lucha de clases en Italia
es la fase que precede a la conquista del poder político por parte del proletariado revolucionario... o una tremenda reacción por parte de la clase propietaria y la clase gubernamental. Se recurrirá a todas las formas de violencia para someter al proletariado industrial y agrícola a un trabajo servil; se intentará destruir inexorablemente los órganos de lucha política de la clase obrera...”, profetizó en 1920, dos años antes de que el Rey le encargara el gobierno a Benito Mussolini. Años atrás había previsto, a la luz de la llamarada soviética, el potencial revolucionario de los consejos obreros en Turín, que alcanzaron una magnitud importante. ¿Cómo es entonces posible que el hombre quizás más visionario de la política italiana no haya tomado recaudos contra esa violencia, incluso para resguardar su propia integridad? ¿Hay en él una especie de instinto suicida o se trata sólo de un desinterés sobre su persona? Después del asesinato del diputado socialista Matteotti, Gramsci empuña su mejor arma, la prensa del partido, para levantar a las masas. Por unas semanas cree que el fascismo está muriendo: “El volcán ha estallado, lanzado un inmenso río de lava ardiente que ha invadido todo el país, arrollando a todo el fascismo”. Pero al cesar las revueltas, queda expuesto ante las fieras con su puño solitario levantado y un paraguas político deshilachado. Mussolini había oído hablar de Gramsci, compañero de redacciones y rotativas combatientes, cuando dirigía el periódico milanés Avanti! del Partido Socialista Italiano. Ahora se ven las caras en la tribuna del Parlamento, fachada democrática del fascismo. Los camisas negras ya causaron todo tipo de calamidades. Gramsci hizo lo posible dentro del Partido Comunista Italiano (que seguía con altibajos la línea de la Internacional) para conformar un frente democrático con el desligado Partido Socialista, pero el sectarismo de su amigo y compañero Bordiga (un gran líder político, con quien compartiría una celda en prisión) lo había impedido. Los trabajadores y campesinos recientemente sublevados del naciente capitalismo italiano quedaron a merced de una grotesca dictadura.

Su propio cuerpo lo obligaba a combatir en los suburbios de la política. Su aspecto deforme, su postura encorvada y su voz tenue le impedían ser un líder de masas. Mussolini lo sabía. Pero también sabía que su lucidez política era poderosa y su moral sarda, inquebrantable. “Los anarquistas definen al director de L’Ordine Nuovo como un estúpido aparente; aparente porque se trata de un sardo jorobado y profesor de economía y filosofía, un cerebro indudablemente poderoso”, lo definió una vez.

Gramsci se pasea por toda Italia gozando de su inmunidad como diputado, pero escabulléndose para no ser visto por la inteligencia fascista que lo sigue de cerca. Cierta vez tuvo que dormir en la nieve para no ser perseguido rumbo a una reunión del partido. Sus compañeros le dicen que se expone demasiado, pero él entiende que su inmunidad le otorga una gran responsabilidad para una tarea imprescindible, la reconstrucción de un partido dividido, no sólo por la represión sino también por las disputas internas. Su tarea está allí, en la primera línea de la resistencia. Ni siquiera cuando denuncia el régimen terrorista en la Cámara de Roma se detiene a pensar en las consecuencias. Al propio Mussolini le increpa: “Los carabineros detienen a nuestros camaradas cuando los encuentran reunidos en número de tres, por lo menos”. Los funcionarios oficialistas deben incorporarse para oír su pequeña voz que osaba desafiar al Duce. “No haréis más que obligar al proletariado a buscar una orientación distinta a la que prevalece hoy en el campo de la organización de las masas. Desde esta tribuna, nosotros queremos decir al proletariado y a las masas campesinas italianas que las fuerzas revolucionarias no se dejarán destruir, que vuestro turbio sueño no llegará a realizarse”. Final del discurso. Silencio. Mussolini se acerca a su banca, siente simpatía por sus palabras ofensivas, lo felicita y le tiende una mano que nunca será retribuida. Bajo el cabello voluminoso y ondulado de Gramsci, se adivina una mirada de complot magnicida.

Tiempo después, el fiscal fascista Michele Isgrò que acusa al diputado sardo, no titubea en definir su propósito: “Durante veinte años debemos impedir que este cerebro funcione”.