16/4/14

Gramsci: Las notas a ‘El Príncipe’ o cómo construir la hegemonía del colectivo nacional-popular

Maximiliano Emilio Cladakis  |  La Italia de principios de siglo XX diferiría radicalmente del escenario en el cual Marx desarrolló su pensamiento. El filósofo alemán escribía teniendo como paradigma económico a Inglaterra y como paradigma político a Francia. Es decir, el marco en el cual se desarrolla el corpus marxiano se da en medio de dos acontecimientos fundamentales: la Revolución Francesa y la Revolución Industrial [1]. Las categorías del pensamiento de Marx van a estar, por lo tanto, intimamente compenetradas con dicha realidad histórica. Por el contrario, la situación en la que Gramsci va a desarrollarse política e intelectualmente, va a ser muy distinta. La Italia de principios del siglo XX era un país atrasado tanto en lo político como en lo económico.  Su unificación había sido en extremo tardía (entre 1861 y 1870), sólo parte del norte italiano estaba industrializado, el campesinado era mayor que el proletariado urbano; en fin, se trataba de un contexto que difería de manera notable de las potencias europeas en las cuales Marx desarrolló sus investigaciones.

Las consecuencias de estas diferencias conllevarán al problema acerca de la posibilidad de desarrollar el marxismo en una sociedad que distaba de la descripta por el propio Marx. Por ejemplo: ¿El proletariado de la potencia económica más grande del mundo de ese momento puede tener como correlato directo a los sectores populares de Italia? ¿Las categorías pueden ser las mismas para pensar a uno y a otro?
   
La reivindicación de la política

Gramsci va a ser uno de los primeros (por no decir, el primero) de los pensadores que, dentro de la tradición marxista, va a pensar la política. En efecto, ni en Marx ni en sus sucesores inmediatamente posteriores, hay un planteo profundo acerca de dicho fenómeno. Esto se debe a una idea que va a primar en el marxismo (no tanto en Marx pero sí en el marxismo posterior, principalmente tras la Segunda Internacional) de que la política no es más que parte de la superestructura de una sociedad. Para este marxismo (devenido en ortodoxia), la sociedad posee una estructura determinante (el modo de producción) y una superestructura que es determinada por dicha estructura. El arte, la religión, la política, la ética, la moral, no serían, desde esta perspectiva, más que el reflejo de lo que acontece en el ámbito de la producción. Por lo tanto, la lucha obrera sólo debía focalizarse en el plano de la estructura productiva. Los cambios superestructurales vendrían automáticamente al modificarse el modo de producción capitalista (es interesante ver como este tipo de planteos siguen estando presente en algunos sectores de la izquierda, principalmente el trotskismo).

En un primer momento, Gramsci va a adherir, en parte, a esta tesis, centrando su interés principalmente en los consejos de fábricas. Sin embargo, a partir de la victoria del fascismo irá cambiando de posición. Una anécdota cuenta que un compañero de militancia, al preguntarle cómo había sido posible el triunfo del fascismo, Gramsci responde: “no conocíamos al pueblo italiano”. En una carta a su cuñada, años después, ya en la prisión, hablando sobre la misma cuestión, Gramsci dirá que “perdimos porque no logramos la hegemonía cultural”.

La ortodoxia marxista sostenía una suerte de mecanicismo en la cual el desarrollo de las fuerzas productivas conllevaría inexorablemente al socialismo. Este desarrollo atravesaría distintas etapas, de las cuales el capitalismo sería la antesala de la abolición de las clases sociales y del triunfo final del proletariado. Se pensaba que el mundo se dirigía inevitablemente al socialismo. Sin embargo Italia se había dirigido al fascismo, y, lo más terrible, lo había hecho con gran parte del apoyo de las masas.  El fascismo había impuesto el terror; sin embargo, también había logrado penetrar en vastos sectores del pueblo, había manejado códigos, símbolos y lenguajes arraigados en la cultura italiana, logrando de esta manera volverse un partido hegemónico. Es decir, había hecho política.
  
Maquiavelo y El Príncipe

Desde este marco, Gramsci va a reivindicar a Maquiavelo y a su obra El Príncipe como piezas claves para la comprensión y realización de una praxis política efectiva. En Las notas al Príncipe, escritas en la prisión, Gramsci va a sostener que la genialidad de Maquiavelo radica en haber establecido un pensamiento concreto de la política que no concibe a esta a partir de principismos abstractos. En Maquiavelo se da, pues, una convergencia del realismo y del anhelo de transformar lo dado. Con respecto a esto último, Gramsci señala que Maquiavelo, al escribir El Príncipe, lo hacía a partir de un objetivo bien claro: la unificación de las ciudades italianas bajo un poder autónomo y soberano. En este sentido, Gramsci observa que el pensamiento de Maquiavelo tenía una finalidad progresiva ya que el absolutismo monárquico que este proponía era una instancia superadora de la fragmentación y división feudales.

En cierta medida, Gramsci plantea una actualización de las ideas de Maquiavelo. Esta actualización tendría la finalidad de introducir la dimensión de la política dentro del marxismo, de integrar la política a la filosofía de la praxis[2].
“El problema inicial que debe ser planteado y resuelto en un trabajo sobre Maquiavelo es el problema de la política como ciencia autónoma, es decir, del puesto que ocupa o debe ocupar la ciencia política en una concepción del mundo sistemática (coherente y consecuente), en una filosofía de la praxis” [3].
El Partido Político como Príncipe Moderno

Gramsci va a señalar que el príncipe a quien Maquiavelo le escribo sus consejos es un príncipe inexistente, no se trata de una persona real sino de una ideal. Ahora bien ¿Cuál es el “príncipe” para quien escribe Gramsci? El príncipe moderno para Gramsci no es otro que el partido político, órgano nuclear de la política moderna.
“El príncipe moderno, el mito-príncipe, no puede ser una persona real, un individuo concreto; sólo puede ser un organismo, un elemento de sociedad complejo en el cual comience a concretarse una voluntad colectiva reconocida y afirmada parcialmente en la acción” [4].
Gramsci ve al partido político como órgano de unidad y cohesión, cuya principal finalidad es la concreción de una voluntad colectiva. Con respecto a la comprensión del partido como mito, se encuentra en estrecha relación con esto. No se trata, pues, de comprender el mito como algo opuesto a lo “verdadero” e identificado con lo “falso” o “ilusorio”. El mito es comprendido como aquello que reune, como aquello que otorga sentido, como aquello que constituye un plexo simbólico que unifica a los hombres y que otorga imágenes, leguajes, gestos, constituyendo así una identidad intersubjetiva que será la fuerza espiritual de la política.

Por otro lado, Gramsci observa tambien que el partido político tiene la necesidad de elaborar programas, estrategias y tácticas. En este sentido, Gramsci es un crítico implacable del espontaneismo. En este aspecto,  el intelectual y militante italiano observa la manera en que el espontaneismo implica un mecanicismo oculto. En efecto, esta teoría, que, a primera vista, remarca el libre accionar de las masas, encubre un mecanicismo ante el cual subsume toda libertad ya que lo que se piensa es que una vez que las masas se rebelen se pondría en ejecución un mecanismo que haría inviable todo programa; esto no significa sino que las masas están irremediablemente sujetas a dicho mecanismo. Por el contrario, Gramsci sostiene que la praxis política tiene una doble dimensión. Por un lado, una dimensión negativa (crítica y negación de lo dado). Por otro lado, una positiva (elaboración de programas, planes de acción, etc.). Bajo esta perspectiva, Gramsci critica explícitamente la tesis de la “huelga general” que automáticamente acarrearía al mismo tiempo el fin del capitalismo y la emergencia del socialismo.

De la centralidad del proletariado a la centralidad del colectivo nacional-popular

Si el marxismo ortodoxo, tanto en su versión leninista como en su versión trotskista, va concebir al proletariado como sujeto histórico por excelencia, Gramsci va a pensar que el sujeto de la praxis política va a ser el colectivo nacional-popular. Sin embargo, no se trata de un simple cambio de nombres o de actores, sino de un cambio de lógicas a partir de los cuales se va a pensar toda la dinámica política e histórica. Pues, lo que subyace a la clasificación del proletario como “sujeto histórico por excelencia” realizada por el marxismo ortodoxo es el mecanicismo del que ya hemos hecho referencia.  Es decir, se piensa al proletariado como portador de una misión que inevitablemente deberá de cumplir (esta misión es la de enterrar al capitalismo). En efecto, el marxismo ortodoxo sostiene que la historia se encuentra regida por leyes objetivas y universales al igual que la naturaleza y que el cumplimiento de dichas leyes llevará inexorablemente a la revolución proletaria, la cual instaurará la sociedad sin clases, iniciando así el reino de la verdadera libertad y de la verdadera humanidad.

Por el contrario, Gramsci va a rechazar la hipótesis de leyes objetivas y universales en la historia (¿el cumplimiento de esas leyes implicaba el surgimiento del fascismo?) al mismo tiempo que va a rechazar el mecanicismo. La política implica construcción, por lo que, frente a las tesis mecanicistas, Gramsci dará una importancia fundamental a la voluntad. Precisamente, la finalidad del partido político, en tanto príncipe moderno, será la construcción de una voluntad colectiva.

Sin embargo, tampoco debe entenderse la posición gramsciana como un voluntarismo escindido de los procesos históricos. Por el contrario, para Gramsci la voluntad debe operar sobre lo dado, debe construir sobre las condiciones históricas concretas. Lo que aparece aquí no es otra cosa que una dialéctica entre lo dado y la voluntad; ni determinismo mecanicista ni voluntarismo ajeno al proceso histórico, sino una voluntad que parte de lo dado para superar lo dado.

La centralidad del colectivo nacional-popular implica, en este sentido, la articulación de diferentes sectores, grupos  y clases  en una gran voluntad colectiva. La diversidad de intereses debe ser articulada en una unidad de acción por medio del partido político, dando origen así a una dimensión colectiva que no se encuentra determinada por ninguna ley ni por ningún mecanismo oculto de la historia.

Hegemonía y Batalla Cultural

Gramsci va a hablar de dos formas de dominación. Por un lado, la dominación coercitiva. Por otro, la dominación consuetudinaria. La primera de ellas es la dominación que se ejerce por medio de la fuerza mientras que la segunda es la que se realiza por medio de la articulación de consenso, lo que implica que los dominados se identifiquen con los intereses de los dominadores. Esta división que establece Gramsci en las formas de dominación tiene como correlato una división de los campos en los cuales se desarrolla la lucha política. Gramsci hablará, por lo tanto, de sociedad civil y de sociedad política propiamente dicha. La sociedad civil será el ámbito de la dominación consuetudinaria, la cual se realizará por medio de la Iglesia, la escuela, los medios de comunicación, etc., mientras que la segunda será el ámbito de la dominación coercitiva a través del aparato represivo del Estado.

A partir de esto, Gramsci sostendrá que el partido político, para articular el colectivo nacional-popular debe dar la batalla en ambos campos. En este sentido, Gramsci señala que:
“El Príncipe moderno debe ser, y no puede dejar de ser, el abanderado y organizador de una reforma intelectual y moral, lo cual significa crear el terreno para un desarrollo ulterior de la voluntad nacional popular hacia el cumplimiento de una forma superior y total de la civilización moderna. Estos dos puntos fundamentales, la formación de una voluntad colectiva nacional-popular, de la cual el moderno Príncipe es al mismo tiempo el organizador y la expresión activa y operante y la reforma intelectual y moral, deberían constituir la estructura del trabajo. Los puntos concretos de programa deben ser incorporados en la primera parte, es decir, deben resultar dramáticamente del discurso y no una fría y pedante exposición  de razonamientos” [5].
Organizar y expresar, esa debe ser, pues, la función del príncipe moderno. Esta tarea, por su parte, se abre sobre una doble dimensión, en la cual, por un lado, se halla la búsqueda del poder político, y, por otra, la organización de una reforma intelectual y moral. Se trata de dos dimensiones que se encuentran mutuamente interpenetradas y que se constituyen una a la otra de manera recíproca. En este sentido, el mismo Gramsci señala que “una reforma intelectual y moral no puede dejar de estar ligada aun programa de reforma económica, o mejor, el programa de reforma económica es precisamente la manera de presentarse de toda reforma intelectual y moral”[6].

El partido político debe articular intereses al mismo tiempo que dar una unidad ética, cultural, simbólica e ideológica que constituyan y expresen al colectivo nacional-popular.  La praxis política, por lo tanto, tendrá como tarea esencial la construcción de hegemonía. Con esto Gramsci quiere decir que la búsqueda del consenso es fundamental para la constitución de una voluntad nacional-popular. Gramsci es taxativo en el hecho de afirmar que el partido político debe ser hegemónico aún antes de llegar al control del aparato estatal.

Con respecto a este último punto, Gramsci plantea una oposición entre dos formas de comprender la praxis política. Por un lado, la que él denomina (utilizando un vocabulario bélico) como “guerra de movimientos” o “guerra frontal”. Por otro, (utilizando el mismo lenguaje), la “guerra de trincheras” o “guerra de posiciones”. La primera se refiere a la tesis tradicional de la “toma del poder” (al estilo de la Revolución Rusa); la otra es la propuesta de Gramsci, es decir, la comprensión de la política como un proceso de articulación de intereses y de consensos, en la cual, la revolución no se realiza a través de un acto único, de una “batalla final” contra la burguesía, sino que se trata, más bien, de un trabajo continuo, arduo, que, incluso no se acaba una vez que se llega a conducir al Estado, sino que, aún en esa instancia, se debe seguir operando en la consolidación de la hegemonía.

Actualidad de Gramsci

La actualidad del pensamiento de Gramsci se abre en dos direcciones que bien pueden ser complementarias. Por un lado, algunas de las ideas esbozadas en los párrafos anteriores son de gran influencia en el debate de la filosofía política contemporánea. Un ejemplo de esto, es sin lugar a dudas la obra de Ernesto Laclau. Su tesis acerca del populismo como forma de articulación de demandas no reductibles unas a las otras, se encuentra ligada a la concepción de la hegemonía gramsciana. Está claro que existen diferencias. Entre Gramsci y Laclau hay casi un siglo de distancia, y además de los acontecimientos históricos, también están de por medio las teorías acerca del análisis del discurso, el psicoanálisis y el estructuralismo, los cuales van a ser parte importante en la constitución del marco teórico del pensador argentino. Sin embargo, el mismo Laclau suele señalar al pensamiento gramsciano (aún cuando critique algunas cuestiones) como una instancia superadora de las limitaciones teóricas del marxismo ortodoxo.

Por otro lado, la actualidad de Gramsci radica en las herramientas que nos brinda para comprender la actualidad política contemporánea en América Latina y la emergencia de proyectos emancipatorios como el kirchnerismo, el chavismo o la Revolución Ciudadana. En este aspecto, las herramientas de comprensión que nos brinda Gramsci, son también (y esencialmente) herramientas para la acción política ya que para él, la teoría nunca está (ni puedo estarlo) escindida de la praxis.

Notas

[1] Precisamente en la Crítica de la filosofía del derecho de Hegel, Marx realiza una fuerte crítica a la sociedad alemana y a su atraso tanto en lo político como en lo económico comparándola con Francia e Inglaterra.
[2] Para evitar la censura, en sus escritos de la carcel, Gramsci denomina “filosofía de la praxis” al marxismo.
[3] Gramsci, Antonio, Notas sobre Maquiavelo, Nueva Visión, México, 1975, p. 18.
[4] Ibíd., p. 12.
[5] Ibíd., p. 15.
[6] Ibíd., 15.