1/4/14

Frente único: la actualidad de una cuestión estratégica

  • Las discusiones internacionales sobre el frente único que unieron y dividieron a Rosa Luxemburgo, Lenin, Lukács, Gramsci, Bordiga o Trotsky representan la última gran polémica estratégica
Juan Dal Maso & Fernando Rosso  |  En las conclusiones del libro Las antinomias de Antonio Gramsci, Perry Anderson planteaba a fines de los ‘70 que 
“(…) la tarea que debía realizar el frente único está aún, cincuenta años después, sin resolver. Las masas de Norteamérica, Europa occidental y Japón aún tienen que ser ganadas para el socialismo revolucionario en su pluralidad. Por lo tanto, la problemática central del frente único –el último consejo estratégico de Lenin al movimiento de la clase obrera occidental antes de su muerte, el interés principal de Gramsci en la cárcel– conserva hoy toda su validez (…) Las discusiones internacionales que unieron y dividieron a Luxemburg, Lenin, Lukács, Gramsci, Bordiga o Trotsky sobre estos temas representan la última gran polémica estratégica en el movimiento obrero europeo” 1.
Se refería a la política de frente único, del Tercero y el Cuarto Congresos de la Internacional Comunista, que respondía tanto a la necesidad de dar combates defensivos como a la de ganar a la mayoría de la clase obrera como condición necesaria para la lucha por el poder. En nuestro país, cuando atravesamos un período de emergencia de la izquierda, sobre todo agrupada en el Frente de Izquierda y los Trabajadores, recuperar y actualizar estas discusiones clásicas que hacen a la táctica y la estrategia revolucionaria, se vuelve una tarea esencial.

Un repaso histórico y algunas consideraciones

Hay dos argumentos sobre la cuestión del frente único, instalados casi como un lugar común indiscutible en ciertos sectores de la izquierda reformista. El primero, que la política del frente único de la Tercera Internacional impulsada en 1921 y 1922, implicaba, de desarrollarse consecuentemente, abandonar “la perspectiva de toma del poder” hacia una propuesta de progresión gradual al estilo de la vieja socialdemocracia.

El segundo, es que hay una continuidad natural entre el frente único proletario y la política de “frentes populares” con la burguesía “antifascista” o “progresista”, interrumpida por el breve lapso de sectarismo ultraizquierdista del “tercer período”, como fue denominado por la Internacional Comunista, ya bajo dirección estalinista. Incluso Perry Anderson, a quién citábamos más arriba, tendía a caer en esta postura, cuando afirmaba sobre la posición de Trotsky hacia el Frente Popular en Francia:“mientras que en sus ensayos sobre Alemania subrayaba la imperativa necesidad de ganar a la pequeñoburguesía local para una alianza con la clase obrera (citando el ejemplo clásico del bloque contra Kornilov durante la revolución Rusa NdR), en sus ensayos sobre el Frente Popular descartaba a la organización tradicional de la pequeña burguesía local, el Partido Radical, por considerarlo meramente un partido de ‘imperialismo democrático’ que en principio debía ser excluido de toda alianza antifascista”2.

Recapitulemos un poco para refutar estas distorsiones. Los dos primeros congresos de la Tercera Internacional (Comunista) se dan en el marco de un ascenso revolucionario de la lucha de clases, con epicentro en Europa Occidental, después de la Revolución Rusa. En este contexto, el Primer Congreso (1919) sienta las bases de la nueva organización revolucionaria internacional y se separa de manera tajante del reformismo, planteando que el único camino posible hacia el poder obrero es el desarrollo de la lucha de clases, la guerra civil y la necesaria instauración de la dictadura del proletariado.

El Segundo Congreso (1920) sigue en la misma línea, en un contexto en que la Tercera Internacional ha profundizado la política hacia las alas izquierdas de los partidos socialistas que se acercan a los bolcheviques y en ese marco, busca establecer una relación entre la política parlamentaria y la estrategia insurreccional, en la que se delimita de la práctica pacifista y gradualista de los parlamentarios socialdemócratas, al mismo tiempo que combate las posiciones “ultraizquierdistas” que negaban la intervención en los sindicatos y el parlamento.

En 1920-21, se dan tres hechos que expresan un cambio en la relación de fuerzas entre las clases. En Italia, son derrotadas las ocupaciones de fábricas, por una combinación de concesiones económicas y represión militar. En Polonia, el Ejército Rojo llega hasta las puertas de Varsovia, luego de derrotar a los reaccionarios en Ucrania, pero este avance, contra la previsión de Lenin, no es acompañado por un levantamiento del proletariado polaco y los bolcheviques deben retroceder. En Alemania, el Partido Comunista protagoniza la llamada “acción de Marzo” (1921), con el llamamiento a la huelga general para “derrocar al gobierno” (socialdemócrata), entrando en la provocación de la burguesía que saturaba de policías las regiones obreras. Se enfrentan en las calles los obreros contra los policías y soldados, y son derrotados.

Estos hechos imponen un viraje a la Tercera Internacional que se resume en la expresión “conquista del poder, previa conquista de las masas”. Y la orientación del Tercer Congreso de 1921 se sintetiza en la política de frente único proletario para la lucha por las reivindicaciones elementales o parciales de la clase obrera.

En este contexto, el Manifiesto de la Tercera Internacional publicado en el Tercer Congreso, llama a oponer la estrategia de los trabajadores a la estrategia del capital, asimilando el concepto de estrategia con la preparación cuidadosa de los combates y con la astucia para no entrar en provocaciones en las cuales los comunistas se enfrenten en malas condiciones con la burguesía y sus fuerzas represivas.

El Cuarto Congreso (1922) profundiza esta orientación con las Tesis sobre la unidad del Frente Proletario, agregando la hipótesis de que la forma posible en que se pueda llegar a la dictadura del proletariado en Alemania puede ser la lucha por un Gobierno Obrero (de los partidos de la clase obrera) que rompa con  la burguesía y arme a la clase trabajadora, acelerando la experiencia de los trabajadores con la socialdemocracia, política que se planteaba como consecuencia lógica de la táctica del frente único3.

La política de Lenin y Trotsky se desmarcaba de los ultraizquierdistas, más proclives a denunciar a los traidores que a superarlos en influencia real, que llamaban a pasar a “la ofensiva” cuando la burguesía retomaba el control y los partidos comunistas de Europa Occidental eran débiles o no habían conquistado la mayoría del movimiento obrero.

Esta política fue objeto de fuertes polémicas. Mientras en un “ala derecha” del PC alemán y de la Tercera Internacional había una tendencia a transformar el frente único en un objetivo en sí mismo, los ultraizquierdistas tenían una interpretación de “frente único por abajo” o de llamados testimoniales con el sólo fin de demostrar la negativa de la socialdemocracia a la unidad con los comunistas. Este debate se zanjó en la práctica contra las dos posiciones, en un nuevo momento de lucha de clases en 1923: el ala derecha “suspendió” la insurrección porque los socialdemócratas amenazaron con romper el frente único, mientras los ultras no jugaron ningún rol.

Y todo esto mientras había dos gobiernos obreros regionales entre el PC y el ala izquierda socialdemócrata, y la revista político-militar del PC alemán declaraba tener 100 mil obreros organizados en “centurias proletarias”4.

No en vano diría Trotsky que ambas “alas” estaban caracterizadas por un fatalismo similar La política de frente único sufrió asimismo los efectos de la burocratización de la Tercera Internacional. El V Congreso (1924) impuso un giro hacia la alianza con los partidos burgueses con base campesina. Esta política, que impuso al PC chino la subordinación al nacionalismo burgués, tuvo un alto costo con la derrota de la Revolución China (1925-1927). En el período abierto por el VI Congreso (1928), bajo la creciente stalinización, la IC pasó a negar la política de frente único (“tercer período”), acusando de “socialfascistas” a los reformistas, política que desarmó completamente al proletariado alemán frente al ascenso de Hitler en 1933.

Dos años después, el VII Congreso proclamaba el frente único con los partidos de la burguesía “democrática”, postulando a su vez el “gobierno de frente único” entre los PC y dichas corrientes burguesas, así como en otros casos las experiencias de “unidad orgánica” entre los PS y los PC, de la que el PSUC (Partido Socialista Unificado de Cataluña) fue un ejemplo paradigmático, por su rol contrarrevolucionario en la guerra civil española. De ahí que se haya suplantado en la mayoría de la izquierda la idea del frente único obrero, por la de Frente Popular.

Frente único y estrategia proletaria

Habiendo señalado el contexto en que la Tercera Internacional impulsara la política del frente único, nos interesa plantear por qué es un componente central de la estrategia proletaria, incluso en la actualidad.

Hay cuatro aspectos que hacen a la cuestión: Desde el punto de vista social, la división de la clase obrera entre ocupados y desocupados, trabajadores sindicalizados bajo convenio y tercerizados, contratados, precarizados, nativos e inmigrantes, hombres y mujeres con desigual retribución por igual tarea, etc.

Desde el punto de vista político, la persistencia del reformismo, expresada bajo distintas variantes de sindicalismo. Trotsky dice que los reformistas son agentes del imperialismo en decadencia, pero la clase obrera no comparte aún nuestra caracterización del reformismo. Esto obliga a tener una política tendiente a que los obreros hagan la experiencia con los reformistas, dentro de la cual la lucha por la unidad de la clase obrera es central, ya que son los reformistas y burócratas los que dividen las organizaciones de masas (veamos si no el ejemplo de las centrales sindicales en la Argentina). En el caso de nuestro país, es el peronismo el que ha jugado históricamente el rol que en Europa jugara el reformismo, con la peculiaridad propia de lo que Trotsky denominaba “Frente Popular bajo la forma de partido”, es decir un partido que en sí mismo expresa una “alianza policlasista”, a través del control de los sindicatos por el Estado, lo cual plantea la necesidad de combinar la lucha por el frente único obrero con la lucha por la independencia de los sindicatos respecto del Estado y contra las variantes políticas patronales5.

Desde el punto de vista organizativo, la existencia de grandes sindicatos estatizados, que ponen la formidable fuerza social del movimiento obrero detrás de salidas políticas de los capitalistas por la política de la burocracia sindical, pero a su vez agrupan las fuerzas de carácter estratégico que pueden golpear de lleno el dominio capitalista. El hecho de que agrupen una minoría de la clase obrera, plantea que cuando se desarrolle la lucha de clases, junto al combate por recuperarlos y cambiarlos de raíz, serán necesarias otras instancias como coordinadoras, comités de fábrica (para estos en la Argentina se cuenta con la ventaja de la existencia de las comisiones internas), para agrupar a los sectores que no están organizados en los sindicatos. Pero la existencia misma de los sindicatos, plantea la necesidad de políticas de frente único que vayan señalando la necesidad de superar los estrechos marcos corporativos de cada sector.

Por último, hay un problema de “arquitectura institucional” del proletariado, que hace al desarrollo de un partido revolucionario. En este sentido, la estrategia de los “partidos de masas” (y sus caricaturas, es decir, los que tienen la misma práctica aunque nunca lleguen a ser “de masas”) se basa en la conquista gradual de parlamentarios, sindicatos y distintas organizaciones de la clase para lograr la dirección de las masas y avanzar por la vía evolutiva hacia una transformación social.

En la estrategia de un “partido de vanguardia” inserto en las organizaciones de masas, el frente único (a través de la lucha por recuperar los sindicatos, por instancias de coordinación y organización de base más amplias, por una alternativa política y un programa de independencia de clase) es la política que permitiría a los revolucionarios tener “peso de masas”, sin transformarse en un “partido de masas” al estilo de los viejos partidos socialistas reformistas.

El frente único, la experiencia de la clase obrera y la cuestión del poder

El frente único, si se constituye como unidad de las organizaciones de masas a escala nacional, implica una cierta “paridad” de las posiciones de las tendencias políticas dentro de la clase obrera, pero a su vez marca un primer paso fundamental en la constitución de la clase obrera como sujeto político. La unidad en defensa de un programa común, empieza por poner de relieve su peso social central (correlación de fuerzas “objetiva”), para plantear un posicionamiento político de clase.

El frente único solamente puede darse como institución con peso de masas, cuando la posición del partido revolucionario y su influencia es fuerte y eso obliga a los reformistas a la unidad. La necesidad de la existencia de posiciones de fuerza con peso real en las organizaciones de la clase obrera es una condición para la “eficacia” de la política de frente único. Esto desmiente otra interpretación vulgar que tuvo y tiene cierta izquierda argentina que considera a la política de frente único como una permanente exigencia a la burocracia sindical hecha solo desde la agitación periodística o la prensa partidaria.

La política de frente único puede llegar hasta la formulación de un gobierno obrero. En el caso de Alemania en los años ‘20, era un gobierno de frente único entre la izquierda socialdemócrata y el PC. Pero también podríamos pensar variantes de gobiernos “de las organizaciones obreras”, en el sentido del planteo de “todo el poder a la COB” (Bolivia 1952) o “gobierno metalúrgico” (Berlín 1953), donde los sindicatos, con mecanismos tendientes a expandir sus fronteras más allá de la cuestión corporativa, jueguen un rol central en plantear la cuestión del poder.

Esto es así porque una lucha consecuente de las organizaciones obreras por las demandas parciales o defensivas plantea la cuestión de que las conquistas “defendidas” están bajo ataque más o menos permanente por parte de los capitalistas y su estado, con lo cual la lucha “ofensiva” se vuelve necesaria para conservar y ampliar esas conquistas, lo que su vez plantea el problema político como algo cada vez más central.

Hipótesis para frente único en la Argentina actual

Los sindicatos en la Argentina están divididos en cinco centrales, una división nunca vista en la historia del movimiento obrero. Además de ellas, existe otro espectro de organizaciones sindicales que se desarrolló en estos años y se conoció como el “sindicalismo base” o antiburocrático. Dentro del mismo avanzó la influencia de los partidos que pertenecen al Frente de Izquierda y los Trabajadores (y especialmente del PTS en el proletariado industrial). Además, otros sectores opositores a la burocracia o combativos, pero no estrictamente clasistas. Ninguno de ese espectro puede por sí mismo imponer una política de frente único nacional clásica a las direcciones de las grandes organizaciones del movimiento obrero (aunque sí en algunos casos pueden hacerlo por gremio).

Sin embargo es posible, si estos sectores avanzan en unir sus fuerzas en un bloque o un polo con un programa definido, fortalecer una voz que plantee a todo el movimiento obrero la necesidad del frente único a la política divisionista de la burocracia sindical.

Esa unidad diferenciada, con la obligación por parte de los revolucionarios clasistas de mantener la independencia y la libertad de crítica frente a las “naturales” vacilaciones de los aliados, implicaría un paso hacia una política tradicional de frente único, en momentos en que se está llevando adelante el mayor ataque hacia el movimiento obrero en una década (devaluación, inflación, enfriamiento de la economía; un ajuste bastante ortodoxo). La unidad y más en momentos de crisis, es una aspiración justa de los trabajadores (ese es el fundamento último de la política de frente único), llevada a la acción, como lo demostró el paro general del 20N de 2012, que aunque fue impulsada por solo una fracción de la dirigencia sindical, logró cierta unidad; cambia la autopercepción y las fuerzas morales de la clase obrera y la convierten en un factor político. En este contexto, la lucha por “recuperar los sindicatos” y la política de frente único son tareas íntimamente relacionadas y de primer orden, tanto para el avance del clasismo y la izquierda, como para conquistar la unidad de la clase obrera.

Notas

1. Anderson, Perry, Las antinomias de Antonio Gramsci. Estado y Revolución en Occidente, México DF, Fontamara, 1998, p. 126.
2. Anderson Perry, Consideraciones sobre el marxismo occidental, México DF, Siglo XXI Editores, 1987, p. 144.
3. Para más detalles sobre la cuestión del “gobierno obrero”, ver Albamonte, Emilio y Maiello, Matías, “Trotsky y Gramsci: debates de estrategia sobre la revolución en ‘occidente’”, Estrategia Internacional28, 2012.
4. Milos Hajek, Historia de la Tercera Internacional, la política de frente único (1921-1935), Barcelona, Crítica, 1984, pp. 81-86. El autor señala que la cifra puede ser exagerada.
5. Ver nota “Los sindicatos y la estrategia” en IdZ 6.
 


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