29/4/14

Antonio Gramsci o la religión de la Modernidad: Una mirada retrospectiva en su centenario

Otto Kallscheuer  [1991]  |  Fue después de su muerte, acaecida a los 46 años de edad tras ser excarcelado de la prisión fascista, que Antonio Gramsci ha sido elevado a la dignidad de Padre de la Iglesia del marxismo occidental. Atrás quedaban diez años de cárcel durante los cuales el comunismo internacional - muy al contrario que en el caso Dimitroff - no había alzado un dedo para contribuir a su liberación.

En los círculos de la Internacional estalinista se sabía que en sus intercambios de correspondencia con Togliatti, Gramsci había repudiado desde muy temprano (1926) la evolución del desarrollo burocrático en la Unión Soviética, y luego, más que nada, la doctrina social-fascista del Komintern (1929): sus consideraciones políticas - que en la prisión tuvo que discutir primero con compañeros no comunistas (socialistas, anarquistas) y que
fueron en primer lugar aceptadas por disidentes comunistas (Leonetti, Terracini) o socialistas liberales en el exilio parisino (los hermanos Roselli) - terminaban en la demanda de una Asamblea Constituyente como exigencia unificada de la resistencia antifascista. Recién durante la Resistenza, el comunismo oficial llegaría a esa conclusión, que en Italia le permitió un arraigo perdurable en la cultura política de la posguerra en Italia, como único país de Europa occidental.

Sólo algunos amigos muy cercanos como el profesor de Cambridge Piero Sraffa o su cuñada Tatiana Schucht, quien sentía por él un amor imposible, mantuvieron contacto con Gramsci, enviándole cartas y libros que usó para su trabajo en los Cuadernos de la Cárcel. En esos últimos años su esposa, Julia, se mostraba cada vez más lacónica y taciturna en las cartas que le enviaba desde Moscú (véase Cartas de Gramsci Forse rimarrai lontana..,. Lettera a Julca 1922-1937, editadas por Mimma Paulesca Quercioli Roma, 1987). Mientras Gramsci traducía al italiano los cuentos de Grimm, para sus hijos Delio y Giuliano, Julia se refugiaba en la locura, quizás escapando también del amor de Antonio.

La lengua propia

La época de reconocido líder del partido fue muy breve para Gramsci: de 1924 a 1926. Este período terminó en desacuerdo con la dirección comunista mundial respecto al trato a la oposición interna en la Unión Soviética y a la estrategia antifascista. También por esta razón Gramsci fue primero un santo mártir: «Proscrito entre muertos ajenos» en el cementerio protestante de Roma, «en una dignidad más austera y no católica» (Pasolini). La canonización formal vino después de la guerra con la edición póstuma de sus escritos, que Togliatti (quien durante los años 30 tuvo que «invernar» en el hotel Lux) había podido rescatar como mensaje de libertad lanzado en una botella por un comunismo nacional italiano.

Y, a pesar de todo, Pasolini tiene razón: la vida de Gramsci como periodista, activista o filósofo difícilmente se puede explicar mejor que como hambre por una religión iluminada, de una «religión de la libertad» (Benedetto Croce). Sus esfuerzos de toda la vida por el dominio racional de la «poesía natural» del lenguaje y la vida fueron suscritos más tarde por Pasolini en un análisis detallado en poète sobre el desarrollo lingüístico de Gramsci: del «mal italiano» de los escritos de juventud de un sardo de Ghilarza (donde los habitantes a causa de la emigración «probablemente tienen más relación con América que con Italia») italianizado en Turín, que indicaba una participación desesperada en el humanismo sentimental de una burguesía culta, pasando por el «lenguaje de la ciencia, es decir, un lenguaje no italiano (especialmente en aquellos años)» con aportes franceses, y finalmente por la jerga funcional del Komintern, hasta llegar al lenguaje personal de sus trágicas cartas: 
«Gramsci había vencido la irracionalidad del lenguaje literario, del que la burguesía italiana se había apropiado desde la unificación, con una práctica larga y casi religiosa de la racionalidad (...). Cuando, por el contrario, aparece un vestigio de la antigua y reprimida irracionalidad, Gramsci, quien no se ha entrenado para dominarla lingüísticamente, se convierte en su presa y su lenguaje recae en el azar y el  énfasis de sus primeros escritos» (P. Pasolini, Ketzererfahrungen (Empirísmo eretico, 1972), Frankfurt/Berlín/Viena, 1982, p. 67).
Según Pasolini la búsqueda de Gramsci del dominio de lo dispar, la ausencia de homogeneidad y la irracionalidad, es a la vez la búsqueda de la construcción comunista de un idioma nacional, en el que Pasolini no puede creer (él escribió sus primeros intentos literarios en dialecto de Friul y convirtió en protagonista de su Ragazzi de Vita a la jerga de las calles romanas y de sus jóvenes homosexuales). En sus observaciones sobre el idioma italiano Pasolini escribió: 
«El italiano es un lenguaje no nacional, o al menos no completamente, que cubre un cuerpo histórico-sociológico fragmentario. (...) En el lenguaje hablado manda la práctica, en el escrito, la tradición; sin embargo, ni esa práctica ni la tradición son elementos auténticos; ellos se encuentran superpuestos a la realidad, no son su expresión» (Pasolini, Ketzererfahrungen, p. 12).




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