9/2/14

Observaciones sobre algunos aspectos de la estructura de los partidos políticos en los períodos de crisis orgánica

Antonio Gramsci  |  En cierto momento de su vida histórica, los grupos sociales se separan de sus partidos tradicionales. Esto significa que los partidos tradicionales, con la forma de organización que presentan, con aquellos determinados hombres que los constituyen, representan y dirigen; ya no son reconocidos como expresión propia de su clase o de una fracción de ella. Cuando estas crisis se manifiestan, la situación inmediata se torna delicada y peligrosa, porque el terreno es propicio para soluciones de fuerza, para la actividad de potencias oscuras, representadas por hombres providenciales o carismáticos.

¿Cómo se forman estas situaciones; de contraste entre "representados y representantes" que desde el terreno de los partidos (organizaciones de partido en sentido estricto, campo electoral-parlamentario, organización periodística) se transmiten a todo el organismo estatal, reforzando la posición relativa del poder de la burocracia (civil y militar), de las altas
finanzas, de la Iglesia y en general de todos los organismos relativamente independientes a las fluctuaciones de la opinión pública? En cada país el proceso es diferente, aunque el contenido sea el mismo. Y el contenido es la crisis de hegemonía de la clase dirigente, que ocurre ya sea porque dicha clase fracasó en alguna gran empresa política para la cual demandó o impuso por la fuerza el consenso de las grandes masas (la guerra por ejemplo) o bien porque vastas masas (especialmente de campesinos y de pequeños burgueses intelectuales) pasaron de golpe de la pasividad política a una cierta actividad y plantearon reivindicaciones que en su caótico conjunto constituyen una revolución. Se habla de "crisis de autoridad" y esto es justamente la crisis de hegemonía, o crisis del Estado en su conjunto.

La crisis crea peligrosas situaciones inmediatas porque los diversos estratos de la población no poseen la misma capacidad de orientarse rápidamente y de reorganizarse con el mismo ritmo. La clase dirigente tradicional que tiene un numeroso personal adiestrado, cambia hombres y programas y reasume el control que se le estaba escapando con una celeridad mayor de cuanto ocurre en las clases subalternas; si es necesario hace sacrificios, se expone a un porvenir oscuro cargado de promesas demagógicas, pero se mantiene en el poder, lo refuerza por el momento y se sirve de él para destruir al adversario y dispersar a su personal directivo que no puede ser muy numeroso y adiestrado. El pasaje de las masas de muchos partidos bajo la bandera de un partido único, que representa mejor y resume las necesidades de toda la clase, es un fenómeno orgánico y normal, aunque su ritmo sea rapidísimo y casi fulminante en relación a las épocas tranquilas. Representa la fusión de todo un grupo social bajo una dirección única considerada como la única capaz de resolver un grave problema existente y alejar un peligro mortal. Cuando la crisis no encuentra esta solución orgánica, sino la solución del jefe carismático, ello significa que existe un equilibrio estático (cuyos factores pueden ser eliminados, prevaleciendo sin embargo la inmadurez de las fuerzas progresistas); que ningún grupo, ni el conservador ni el progresista, tiene fuerzas como para vencer y que el mismo grupo conservador tiene necesidad de un jefe [1].

Este tipo de fenómenos está vinculado a una de las cuestiones más importantes que conciernen a los partidos políticos; a la capacidad del partido de reaccionar contra el espíritu de rutina, contra la tendencia a momificarse y a devenir anacrónico. Los partidos nacen y se constituyen en organizaciones para dirigir las situaciones en momentos históricamente vitales para sus clases; pero no siempre saben adaptarse a las nuevas tareas y a las nuevas épocas, no siempre saben adecuarse al ritmo de desarrollo del conjunto de las relaciones de fuerza (y por ende de la posición relativa de sus clases) en un país determinado o en el campo internacional. Cuando se analizan estos desarrollos de los partidos, es preciso distinguir el grupo social, la masa de los partidos, la burocracia y el Estado Mayor de los partidos. La burocracia es la fuerza consuetudinaria y conservadora más peligrosa; si ella termina por constituir un cuerpo solidario y aparte y se siente independiente de la masa, el partido termina por convertirse en anacrónico y en los momentos de crisis aguda desaparece su contenido social y queda como en las nubes. Véase lo ocurrido a una serie de partidos alemanes con la expansión del hitlerismo. Los partidos franceses constituyen un campo rico para tales investigaciones: todos ellos son anacrónicos y están momificados, son documentos histórico-políticos de las diversas fases de la historia pasada de Francia, repitiendo una terminología envejecida; su crisis puede llegar a ser aún más catastrófica que la de los partidos alemanes.

Al examinar este tipo de acontecimientos se descuida habitualmente el dar una adecuada ubicación al elemento burocrático, civil y militar y no se tiene presente, además, que en tales análisis no deben entrar solamente los elementos militares y burocráticos en acción, sino también aquellos estratos sociales de los cuales, en los complejos estatales que estamos considerando, se recluta tradicionalmente la burocracia. Un movimiento político puede ser de carácter militar aunque el ejército como tal no participe allí abiertamente. Un gobierno puede ser de carácter militar aunque el ejército como tal no participe en el gobierno. En determinadas circunstancias puede ocurrir que convenga no "descubrir" al ejército, no hacerlo salir de la constitucionalidad, o como se dice, no llevar la política entre los soldados, para mantener la homogeneidad entre oficiales y soldados en un terreno de aparente neutralidad y superioridad, más allá de las facciones y sin embargo, es el ejército, o sea, el Estado Mayor y la oficialidad, quien determina la nueva situación y la domina. Por otro lado, no es cierto que el ejército, según la Constitución, jamás debe hacer política; el ejército debe justamente defender la Constitución, esto es, la forma legal del Estado con sus instituciones conexas. De allí que la llamada neutralidad significa solamente el apoyo a la parte más reaccionaria. Pero en tales situaciones, es necesario plantear la cuestión de esta manera, para impedir que en el ejército se reproduzcan las divergencias del país y desaparezca en consecuencia el poder determinante del Estado Mayor a causa de la disgregación del instrumento militar. Todos estos elementos de observación no son, por cierto, absolutos, tienen un peso muy diferente según los momentos históricos y según los países.

La primera investigación a realizar es la siguiente: ¿existe en algún país un estrato social generalizado para el cual la carrera burocrática, civil y militar, sea un elemento muy importante de vida económica y de afirmación política (participación efectiva en el poder, aunque sea indirectamente, por "chantaje")? En la Europa moderna este estrato se puede identificar en la burguesía rural media y pequeña, que está más o menos difundida en los diversos países según el desarrollo de las fuerzas industriales, por un lado, y de la reforma agraria por el otro. Ciertamente, la carrera burocrática (civil y militar) no es un monopolio de este estrato social; sin embargo, ella le es particularmente apta debido a la función social que este estrato desempeña y a las tendencias psicológicas que la función determina o favorece. Estos dos elementos dan al conjunto del grupo social una cierta homogeneidad y energía en la dirección, y por ende un valor político y una función frecuentemente decisiva en el conjunto del organismo social. Los miembros de este grupo están habituados a mandar directamente núcleos de hombres, aunque sean a veces exiguos, y a comandar desde un punto de vista "político", no "económico'; es decir, que en su arte de dirección no hay una aptitud para ordenar las "cosas", para ordenar "hombres y cosas" en un todo orgánico, como ocurre en la producción industrial, porque este grupo no tiene funciones económicas en el sentido moderno del término. Tiene una renta porque jurídicamente es propietario de una parte del suelo nacional y su función consiste en impedir "políticamente" al campesino cultivador mejorar su propia existencia, porque todo mejoramiento de la posición relativa del campesino sería catastrófico para su posición social. La miseria crónica y el trabajo prolongado del campesino, con el consiguiente embrutecimiento, constituyen para él una necesidad primordial. Por ello despliega la máxima energía en la resistencia y en el contraataque a la menor tentativa de organización autónoma del trabajo campesino y a todo movimiento cultural campesino que escape del ámbito de la religión oficial. Este grupo social encuentra sus limites y las razones de su debilidad intrínseca en su dispersión territorial y en la "falta de homogeneidad" que está vinculada estrechamente a tal dispersión; esto explica también otras características como la volubilidad, la multiplicidad de los sistemas ideológicos seguidos, la misma rareza de las ideologías a veces adoptadas.

La voluntad está orientada hacia un fin, pero ella es lenta y tiene necesidad, por lo general, de un largo proceso para centralizarse organizada y políticamente. El proceso se acelera cuando la "voluntad" específica de este grupo coincide con la voluntad y los intereses inmediatos de la clase alta; no sólo el proceso se acelera sino que a veces, estando organizada, dicta su ley a la clase alta, al menos en lo que respecta a la "forma" de la solución si no al contenido. Se ven aquí jugar las mismas leyes observadas en las relaciones ciudad-campo en lo que respecta a las clases subalternas, la fuerza de la ciudad se transforma automáticamente en fuerza del campo, pero ya que en el campo los conflictos asumen de inmediato una forma aguda y "personal", por la ausencia de márgenes económicos y de la presión normalmente más fuerte que se ejerce de arriba hacia abajo, en el campo los contraataques deben ser más rápidos y decisivos. El grupo en cuestión comprende y ve que el origen de sus males está en la ciudad, en la fuerza de las ciudades y por ello comprende que "debe" dictar la solución a las clases altas urbanas, a fin de que el foco principal sea apagado, aunque esto no convenga de inmediato a las altas clases urbanas, ya sea porque es demasiado dispendioso o porque a la larga se transforma en peligroso (estas clases parten de la visión de ciclos más amplios de desarrollo, en los cuales es posible maniobrar, y no solamente del interés "físico" inmediato). En este sentido debe entenderse la función directiva del estrato en cuestión y no en un sentido absoluto; sin embargo no es poca cosa [2]. Es preciso anotar cómo el carácter "militar" de dicho grupo social, que tradicionalmente era un reflejo espontáneo de ciertas condiciones de existencia es ahora conscientemente educado y preparado en forma orgánica. En este movimiento consciente entran los esfuerzos sistemáticos para hacer surgir y para mantener de una manera estable las diferentes asociaciones de militares en retiro y de ex-combatientes de los diferentes cuerpos y armas, especialmente de oficiales, que están ligados a los Estados Mayores y pueden ser movilizados oportunamente sin necesidad de movilizar el ejército de leva, quien mantendría así su carácter de reserva de alarma, reforzada e inmunizada de la descomposición política por estas fuerzas "privadas" que no podrán dejar de influir en su "moral", sosteniéndola y robusteciéndola. Puede decirse que se verifica un movimiento de tipo "cosaco", no en formaciones escalonadas a lo largo de la frontera nacional, como ocurría con los cosacos zaristas, sino a lo largo de las "fronteras" de cada grupo social.

En toda una serie de países, por lo tanto, la influencia del elemento militar en la vida estatal no significa sólo influencia y peso del elemento técnico-militar, sino también influencia y peso del estrato social de donde el elemento técnico-militar (sobre todo de los oficiales subalternos) extrae su origen. Esta serie de observaciones son indispensables para analizar el aspecto más íntimo de aquella determinada forma política que suele llamarse cesarismo o bonapartismo, para distinguirla de otras formas en las cuales el elemento técnico militar como tal predomina, bajo formas quizá más visibles y exclusivas.

España y Grecia ofrecen dos ejemplos típicos, con elementos símiles y disímiles. Para España es necesario tener en cuenta algunas particularidades: extensión del territorio y escasa densidad de la población campesina. Entre el noble latifundista y el campesino no existe una numerosa burguesía rural; tiene, por consiguiente, una escasa importancia la oficialidad subalterna como fuerza en sí (tenía en cambio una cierta importancia antagónica la oficialidad de las armas sabias: artillería e ingenieros, de origen burgués urbano, que se oponía a los generales e intentaba tener una política propia). Los gobiernos militares son por lo tanto gobiernos de "grandes" generales. Pasividad de las masas campesinas como ciudadanía y como tropa. Si en el ejército se verifica la disgregación política, es en un sentido vertical, no horizontal, por la competencia de los clanes dirigentes: la tropa se separa para seguir a los jefes en lucha entre sí. El gobierno militar es un paréntesis entre dos gobiernos constitucionales; el elemento militar es la reserva permanente del orden, es una fuerza que opera de "manera pública" cuando la "legalidad" está en peligro. Lo mismo ocurre en Grecia, con la diferencia de que el territorio griego se extiende en un sistema de islas y que una parte de la población más enérgica y activa está siempre sobre el mar, lo cual torna más fácil la intriga y el complot militar. El campesino griego es pasivo como el español, pero en el cuadro de la población total y siendo marinero el griego más activo y enérgico, debiendo estar por lo tanto casi siempre lejos de su centro de vida política, la pasividad general debe ser analizada en forma diferente y la solución del problema no puede ser la misma (los fusilamientos ocurridos en Grecia, hace algunos años, de los miembros de un gobierno derrocado, deben ser explicados quizás como un arrebato de cólera de este elemento enérgico y activo que quiere dar una lección sangrienta). Debe subrayarse especialmente el hecho de que en Grecia y en España la experiencia del gobierno militar no ha creado una ideología política y social permanente y orgánica desde un punto de vista formal, como ocurre en cambio en los países potencialmente bonapartistas, por así decir. Pero las condiciones históricas generales de los dos tipos son las mismas: equilibrio de los grupos urbanos en lucha, lo cual impide el juego de la democracia "normal", el parlamentarismo; es diferente sin embargo la influencia del campo en este equilibrio. En los países como España, el campo, completamente pasivo, permite a los generales de la nobleza terrateniente servirse políticamente del ejército para restablecer el equilibrio amenazado, o sea la supremacía de las clases altas. En otros países el campo no es pasivo, pero su movimiento, desde el punto de vista político, no está coordinado con el movimiento urbano: el ejército debe permanecer neutral ya que es posible que de otra manera se disgregue horizontalmente (permanecerá neutral basta cierto punto, se entiende), y entra en cambio en acción la clase militar burocrática que, con medios militares, sofoca el movimiento del campo (más peligroso en lo inmediato). Tal sector logra en esta lucha una cierta unificación política e ideológica, encuentra aliados en las clases medias urbanas (medias en sentido italiano) reforzadas por los estudiantes de origen rural que están en la ciudad, impone sus métodos políticos a las clases altas, que deben hacerle muchas concesiones y permitir una determinada legislación favorable; logra hasta cierto punto impregnar al Estado de sus intereses y sustituir una parte del personal dirigente, continuando armada bajo el desarme general y amenazando con el peligro de una guerra civil entre sus tropas y el ejército de leva si la clase alta muestra demasiada veleidad de resistencia. Estas observaciones no deben ser concebidas como esquemas rígidos, sino únicamente como criterios prácticos de interpretación histórica y política En los análisis concretos de los acontecimientos reales las formas históricas están bien caracterizadas y son casi "únicas". César representa una combinación de circunstancias reales muy diferentes a las representadas por Napoleón I, así como las de Primo de Rivera difieren de las de Zivkovitch, etc.

En el análisis del tercer grado o momento del sistema de las relaciones de fuerzas existentes en una situación determinada, se puede recurrir con utilidad al concepto que, en la ciencia militar, se denomina "coyuntura estratégica", o sea, con mayor precisión, el grado de preparación estratégica del teatro de la lucha, uno de cuyos principales elementos está dado por las condiciones cualitativas del personal dirigente y de las fuerzas activas que se pueden llamar de primera línea (comprendidas también las de asalto). El grado de preparación estratégica puede dar la victoria a fuerzas "aparentemente" (es decir cuantitativamente) inferiores a las adversarias. Se puede decir que la preparación estratégica tiende a reducir a cero los llamados "factores imponderables", esto es, las reaccionas inmediatas y sorpresivas de parte, en un momento dado, de las fuerzas tradicionalmente inertes y pasivas. Entre los elementos de la preparación de una coyuntura estratégica favorable deben incluirse justamente aquellos considerados en las observaciones sobre la existencia y la organización de un grupo militar junto al organismo técnico del ejército nacional [3].

Otros elementos pueden ser elaborados partiendo de este fragmento del discurso pronunciado en el Senado el 19 de mayo de 1932 por el ministro de Guerra, general Gazzera (cfr. "Corriere della Sera" del 20 de mayo): "El régimen disciplinario de nuestro ejército gracias al fascismo aparece hoy como norma directiva que tiene valor para toda la nación. Otros ejércitos han tenido y todavía conservan una disciplina formal y rígida. Nosotros tenemos siempre presente el principio de que el ejército está hecho para la guerra y que para ella debe prepararse; la disciplina de paz debe ser, por consiguiente, la misma que la de tiempo de guerra, encontrando esta última su fundamento espiritual en la época de paz. Nuestra disciplina se basa en un espíritu de cohesión entre los jefes y los simples soldados que es fruto espontáneo del sistema seguido. Este sistema ha resistido magníficamente durante una larga y durísima guerra hasta la victoria; es mérito del régimen fascista haber extendido a todo el pueblo italiano una tradición disciplinaria tan insigne. De la disciplina de cada uno depende el éxito de la concepción estratégica y de las operaciones tácticas. La guerra ha enseñado muchas cosas y entre ellas que hay una separación profunda entre la preparación de paz y la realidad de la guerra. Cierto es que cualquiera sea la preparación, las operaciones iniciales de la campaña ponen a los beligerantes ante problemas nuevos que dan lugar a sorpresas de ambas partes. No es preciso extraer de esto la conclusión de que no sea útil tener una concepción a priori y que de la guerra pasada no se puede derivar ninguna enseñanza. Se puede recabar de ella una doctrina de guerra que debe ser entendida con disciplina intelectual y como medio para promover modos de razonamiento no discordantes y una uniformidad de lenguaje tal que permita a todos comprenderse y hacerse comprender. Si a veces la unidad de doctrina amenazó degenerar en esquematismo, se reaccionó de inmediato, imprimiendo a la táctica una rápida innovación, que era requerida también por los adelantos técnicos. Tales reglamentaciones por consiguiente, no son estáticas, ni tradicionales como creen algunos. La tradición sólo es considerada como fuerza y los reglamentos están siempre en curso de revisión no por un deseo de cambio, sino para poderlos adecuar a la realidad". (Un ejemplo de "preparación de la coyuntura estratégica" se puede encontrar en las Memorias de Churchill, donde habla de la batalla de Jutlandia).

Notas

1 Cfr., El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte.
2 Un reflejo de este grupo se ve en la actividad ideológica de los intelectuales conservadores de derecha. El libro de GAETANO MOSCA, Teorica dei governi e governo parlamentare (segunda edic. de 1925, primera edic. de 1883) Puede servir de ejemplo a este respecto; desde 1883 Mosca estaba aterrorizado por un posible contacto entre la ciudad y el campo. Mosca, por su posición defensiva (de contra-ataque) comprendía mejor en 1883 la técnica de la política de las clases subalternas que la comprensión que tenían de ella, aún muchas decenas de años después, los representantes de estas fuerzas subalternas, comprendidas las urbanas.
3 A propósito del "grupo militar" es interesante lo que escribe T. TITTONI en los Ricordi personali di politica interna, "Nueva Antologia", 1-16 de abril de 1929. Tittoni cuenta que ha meditado sobre el hecho de que para reunir a la fuerza pública necesaria para hacer frente a los tumultos surgidos en una localidad, era necesario desguarnecer otras regiones: durante la semana roja de junio de 1914, para reprimir los motines de Ancona se había desguarnecido a Ravenna, donde luego el prefecto, privado de la fuerza pública, tuvo que encerrarse en la prefectura, abandonando la ciudad a los revoltosos. "Muchas veces me pregunté qué habría podido hacer el gobierno si un movimiento revolucionario hubiese surgido simultáneamente en toda la península". Tittoni propone al gobierno el enrolamiento de los "voluntarios del orden", ex-combatientes organizados por oficiales retirados. El proyecto de Tittoni pareció digno de consideración, pero no tuvo continuadores.