2/2/14

Antonio Gramsci nunca dejó de pensar

Carlos Cruz  |  “Debemos impedir que este cerebro funcione por veinte años.”  Con estas palabras, brutales, se sintetizó el pedido de pena efectuado por el fiscal Isgrò en su alegato ante el Tribunal Especial Fascista que condenó a Antonio Gramsci (Ales, 1891-Roma, 1937) a la pena de 20 años, 4 meses, 5 días de reclusión y multa.

En este mes de enero se conmemora un nuevo aniversario del nacimiento, en la isla mediterránea de Cerdeña, del teórico revolucionario, promotor de los Consejos de fábrica y diputado comunista sardo, quien, pese a las prácticas represivas de la Justicia italiana, durante su encierro en la lúgubre prisión milanesa de San Vittore, no dejó de pensar. Por el contrario, dando testimonio de que el fascismo podía limitar su vida de hombre pero no doblegar su férrea
voluntad transformadora, el cofundador de L’Ordine Nuovo logró burlar la censura impuesta por los captores, se sirvió de la palabra para actuar y escribió entonces, entre 1929 y 1935, sus Cuadernos de la Cárcel.

Los Quaderni eran, en realidad, un conjunto de apuntes preliminares destinados a servir de base para el desarrollo de una obra que, en su origen, había sido concebida por el autor con el objeto de que pudiera durar für ewig (para siempre). En los mismos, Gramsci se ocupa, entre otras cuestiones, de desarrollar sus conceptos acerca de lo que entendía por hegemonía y bloque hegemónico. Así, en medio de sus reflexiones en torno del ejercicio del poder en el modo de producción capitalista, se ocupa de señalar que la supremacía de un grupo social no puede sustentarse sólo en el dominio de los aparatos represivos del Estado; sino que también es necesaria la dirección intelectual y moral de la sociedad, o sea: la hegemonía cultural que esa dirigencia logra ejercer sobre las clases subordinadas a través del control de los medios de comunicación, del sistema educativo y de la prédica de las organizaciones religiosas. A estos efectos, el sector social dominante promueve la formación de intelectuales orgánicos y se sirve de los mismos para imponer su concepción del mundo e incidir sobre el modo de pensar de los dominados a los efectos de que estos vivan su sometimiento y la supremacía de aquéllos como algo natural. Todo ello, según el filósofo, conduce a conformar un bloque hegemónico que amalgama a todas las clases sociales en torno de un proyecto de la burguesía, hasta que, en medio de una lucha de posiciones e iniciativas políticas transformadoras, se arriba a un período de crisis en el cual aquellos sectores dominantes ya no logran resolver los problemas colectivos y mantener su concepción del mundo, para dar paso entonces a que las clases subalternas puedan crear su propio bloque hegemónico.

Las ideas de Gramsci son amplios caminos que, en términos sartreanos –al mantenerse muchas de las situaciones estructurales que componían el fondo del mundo en que vivió–, nos sirven hoy para entender, entre otros aspectos; la incidencia del poder económico concentrado sobre los medios de prensa y la educación, a la vez que permitirnos confirmar, una vez más, el esfuerzo de los intelectuales orgánicos corporativos para brindar una visión sesgada del mundo en su empeño por construir subjetividades acríticas y dóciles.

Gravemente enfermo fallece en un hospital de Roma el 27 de abril de 1937, a los 46 años, luego de haber rechazado una exigencia de Mussolini para que pidiera perdón –establecida como condición previa para que pudiera obtener su libertad–. Exigencia a la que responde: “El perdón salvaría mi cuerpo, pero mataría mi alma”.

Murió así un pensador situado, comprometido con su tiempo y la historia. Murió el hombre, pero su obra, sus ideas –que han incidido en pensadores latinoamericanos como Pablo Freire, John William Cooke, Ernesto Laclau o Atilio Boron–, mantienen un valor revitalizado en el terreno de la filosofía de la praxis que revive en cada lectura de sus obras, en las prácticas políticas y en los diálogos entre el autor y sus lectores.