7/1/14

Valor teórico de la concepción gramsciana de la Hegemonía

Jorge Luis Acanda González  |  Hasta aquí, he intentado proporcionar las claves más importantes para poder realizar una lectura fructífera de los Cuadernos de la Cárcel, una lectura que nos permita captar fielmente la esencia del pensamiento de Gramsci y comprender dónde reside lo nuevo y valioso de su legado teórico. No hay dudas de que la pieza más importante de la propuesta teórica gramsciana es su concepción sobre la hegemonía. Constituye el núcleo de su reflexión sobre la política, el Estado y la revolución. Miles de páginas se han escrito, en varios idiomas, para comentar las reflexiones que sobre este tema se encuentran en los Cuadernos de la
Cárcel. Pero no siempre las interpretaciones producidas han logrado captar y moverse en el sentido y con la intencionalidad con la que Gramsci utilizó esta concepción.

No utilizo el término “concepción” por gusto. Más que de un concepto, creo que debe hablarse de la concepción gramsciana sobre la hegemonía. Al pensar sobre los complejos procesos de estructuración y reproducción del poder por una clase social, Gramsci desarrolló todo un conjunto de categorías que no pueden entenderse adecuadamente separadas unas de otras, en forma independiente, por cuanto constituyen un sistema teórico, están interrelacionadas entre si en forma orgánica, y es imposible explicar el contenido de una de ellas sin recurrir en la explicación a todas las demás. Conceptos tales como sociedad civil, poder y dominación, sentido común y buen sentido, guerra de posiciones, bloque histórico, revolución pasiva, y otros más, se imbrican y presuponen, y es esta vinculación esencial entre ellos lo que con razón puede denominarse concepción o teoría gramsciana sobre la hegemonía. Por lo tanto es imposible pretender proporcionar una definición, en cerrada en unas cuantas líneas, de lo que Gramsci entendió por hegemonía. Se hace preciso desplegar el conjunto de tesis propuestas por él como instrumentos conceptuales conformados para aprehender en su movimiento y su interrelación los distintos elementos que articulan la pluralidad de formas en las que el poder existe y se manifiesta.

Como ya se ha explicado, Gramsci no partió de una concepción economicista ni mecanicista sobre la sociedad. Tanto su actuación en el campo de la práctica política como en el terreno del pensamiento teórico tuvieron como una de sus motivaciones fundamentales la necesidad de estructurar una plataforma conceptual que funcionara como alternativa a la pobreza teórica desde la que el marxismo vulgar enfocaba la cuestión del poder, del Estado y de la revolución, y a sus derivaciones en el campo de la actividad política. Su teoría sobre la hegemonía constituye una clara expresión de esa intención, y sólo puede entenderse adecuadamente desde el conocimiento del propósito y los objetivos que animaban a Gramsci. Olvidar o ignorar esta circunstancia ha conducido a interpretaciones simplificadoras.

La más común ha sido (y continúa siendo) la reducción de la cuestión de la hegemonía al espacio de lo superestructural. Desde esa posición se entiende la hegemonía de la burguesía como la capacidad que tiene esa clase para articular discursos que engañan a la clase obrera y demás sectores trabajadores y explotados. Esta concepción reduccionista se alinea en el sentido de la percepción de Gramsci como “teórico de las superestructuras”, alguien que limitó su pensamiento a la esfera de la cultura y el Estado, pero que no reflexionó sobre la economía y la relación entre esta y aquellas.

Para los que asumen esta interpretación, la burguesía logra dominar porque es capaz de producir un sistema de valores y creencias que engaña y confunde a las masas y les impide tener una conciencia verdadera de sus necesidades y problemas. A la pregunta de por qué y cómo logra esto la burguesía, la respuesta que se ofrece es bien simplista: por su condición de propietaria de los medios de producción fundamentales. La burguesía posee los canales de televisión, las emisoras de radio, los diarios y revistas, controla la producción y distribución de películas, posee recursos para producir imágenes atractivas y mensajes impactantes que logran confundir al individuo, enajenarlo y convertirlo en un esclavo sumiso de las tendencias consumistas y masificadotas de la sociedad capitalista. La conclusión es clara: la hegemonía espiritual y moral de la burguesía sería una función directa, un resultado necesario de su control sobre los medios de producción y de su abrumador poder económico.

Este trabajo constituye el Capítulo VIII del libro ‘Traducir a Gramsci’ de Jorge Luis Acanda González. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, 292 pp.

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