9/6/13

Gramsci y la nueva hegemonía cultural

  • “Nuestro optimismo revolucionario siempre se ha fundado en esa visión crudamente pesimista de la realidad humana con la que inexorablemente hay que pasar cuentas.” / Antonio Gramsci, Los obreros de la FIAT, 8 de mayo de 1921
Manuel Fernández-Cuesta

No tuvo suerte Gramsci en el Ebro. Igual que el Ejército republicano, verano y otoño de 1938, el dirigente y periodista sardo (Ales, Cerdeña, 1891), no consiguió dominar el río, consolidar la posición y llegar a Madrid. Su pensamiento y acción, cruciales para entender el empuje actual de los movimientos sociales, quedaron circunscritos, en nuestra Península, a la cultura política de la izquierda catalana. Por el Mediterráneo, mar de sorpresas, circuló el comercio de especias y las ideas, la tensión revolucionaria procedente de las fábricas del norte de Italia y las diferentes formas de comer arroz. Bajo los escombros del Muro de Berlín, plastificado y vendido a trozos, late una prosa de incendio teñida de modernidad. El nuevo descubrimiento del Mediterráneo, tituló González Ruano, pasa -en estos momentos de renovación política- por Antonio Gramsci, “piove, governo ladro”, el niño brillante y enfermo que no pudo crecer.