5/12/13

Mi Gramsci | El que piensa la norma como una construcción política, en la lengua nacional-popular...

Diego Bentivegna  |  Leído ayer, en la presentación de los Escritos sobre el lenguaje de Antonio Gramsci en la Universidad de Tres de Febrero. Mi Gramsci ¿Para qué? ¿Por qué Gramsci? Diría, en principio: porque es un lugar en el que algunas cosas se entrecruzan y resisten. Diría: también, porque algo en sus textos sobrevive. Es resistencia y es supervivencia.

Comencé a pensar el problema del lenguaje en Gramsci hace añares, “hace mil años”, cuando Elvira, mi maestra, que ahora está frente a nosotros para presentar el libro, lo cual es para mí y para muchos que estamos acá objeto de alborozo, me llevó a investigar, en un proyecto de adscripción para su cátedra,
las relaciones entre lenguaje y nación en el idealismo de Croce y de los estilistas y en sus derivaciones políticas explícitas, en especial en Gramsci. Después de muchos años, me interesa, en este libro que ahora, gracias al otro maestro mío, a Daniel, que confió en este proyecto para integrar su Biblioteca de Teoría, puedo presentar ante ustedes, pensar qué es lo que sobrevive de Gramsci, pensar, en un trabajo que atraviesa el tiempo, que hay un punto que en Gramsci sigue interrogándonos y que ese punto pasa, de manera sustancial, por el lenguaje.

Es un problema el del lenguaje, que comienza a armarse en los primeros escritos del pensador sardo: los primeros documentos que nos llegan son los apuntes que, como asistente, el joven Gramsci prepara para los cursos de lingüística de su maestro, el profesor Matteo Bartoli, en la Universidad de Turín. Gramsci, que, como el gran poeta romántico italiano, Giacomo Leopardi, era muy enfermizo y jorobado (medían ambos, al parecer, no más de un metro con cincuenta) había llegado a la ciudad del Piamonte, la ciudad de Levi, de Einaudi y de Pavese, hacía muy poco, como en una novela del siglo XIX, con una beca especial que el rey otorgaba a los estudiantes sardos más aventajados, Turín era la universidad, pero también era por entonces la antigua capital del reino desde donde salió la unificación de Italia, y era, sobre todo, la sede de las grandes fábricas del nuevo reino y uno de los centros obreros más activos de Europa. Allí, entre los talleres mecánicos y las aulas, madurará la convicción política de Gramsci en quien Bartoli veía no sólo a un alumno diligente sino más bien a un “Arcángel” en las guerras -teóricas y políticas- por el lenguaje.

El último texto de Gramsci, su último cuaderno, escrito cuando su salud había empeorado de manera palpable, entre la prisión y las salas de hospital, está dedicado de manera íntegra al lenguaje (Gramsci llama a ese cuaderno, más puntualmente, “Notas sobre la gramática”). El libro que presentamos vuelve, así, a un Gramsci diferente que es, sin embargo, un Gramsci primordial que lo atraviesa todo: Gramsci, como lingüista, o mejor, como un mancato lingüista, como algo que en sus escritos es siempre un esbozo y, en este sentido, permanece así, en su estado de proyecto, en su potencia. Gramsci, además, es como un nudo entre dos grandes continentes de la reflexión lingüística del siglo: Bartoli, su maestro, lo conectaba con la lingüística como ciencia histórica, atenta a las variedades dialectales, a la selva de los lenguajes italiana. Era la neolingüística, que más tarde, cuando Gramsci esté en la cárcel se transformará en una lingüística areal en la que espacio y tiempo, geografía e historia, extensión y diacronía, aparecen imbricados. Pero Gramsci se conecta también con el futuro en su manera de pensar el lenguaje: Piero Sraffa, un amigo a quien confiaba a veces los cuadernos que escribía de la cárcel, le habrá hablado seguramente de su amigo sardo a su otro amigo, a Ludwig Wittgenstein, durante su exilio en Londres, y algo del modo en que Gramsci piensa el lenguaje, -como un montaje de lo viejo con lo nuevo, como una ciudad con construcciones flamantes y con ruinas- está, quizá, presente en el segundo período del filósofo de Viena, con sus juegos, sus gestos y su economía del lenguaje. 

Pasolini dijo en sus últimos años que la literatura de Borges era para él, sencillamente, horrible. Y en eso, creo, hay algo de gramsciano, pero también hay algo de tensión con el modo en que Gramsci entiende la literatura: Cuando el sardo, en la cárcel, lee a Dante y a Pirandello, es decir proyecta una lectura futura, otro proyecto trunco, sobre el fundamento de la literatura italiana, Dante, y sobre quien sería, en la época en que Gramsci escribe, lo más cercano seguramente a un clásico, Pirandello, (en cierto sentido, podemos decir, su Borges) Gramsci no emite juicios de valor sobre esas obras: no son, en rigor, ni buenas ni malas, sólo son obras (como enseñaba de manera lúcida la estética de Croce), y no tiene sentido juzgar si son “muy buenas”, si son “excelentes” o si son “maravillosas”, como suelen hacerlo las melancólicas lecturas canónicas. Lo que hace Gramsci es ver cómo esas obras funcionan, cómo se insertan en procesos hegemónicos, cómo operan en el lugar en que se cruzan, pero también se escinden, los lenguajes, cómo están atravesadas por el poder y sus disputas. En el libro verán también cómo Gramsci defiende la enseñanza del latín en los liceos y cómo le recomienda a su familia, a su hermana, que le hablen a su sobrino en la arcaica lengua de Cerdeña, con sus plurales en s, con sus persistencias latinas. Verán cómo el pequeño jorobado piensa la norma como una construcción política, cómo el arcángel piensa, de manera proyectiva una lengua futura, una lengua nacional-popular en condiciones de ser habitada por la tradición literaria, plurisecular italiana, desde Dante a Ungaretti pero abierta también, como en la Comedia misma, a las variedades más amplias, a los registros más intensos. Una lengua no retórica, ni altisonante, una lengua arraigada en su condición de objeto histórico y complejo, variable y heterogéneo, múltiple y conflictivo. Es a este Gramsci el que este libro, ahora, después de todo, explora.