13/11/13

Transición histórica y ‘revolución pasiva’ del orden universitario mundial

Emmanuel Barot  |  Rechazar la tesis de la “mutación” no debe conducir a minimizar las dinámicas ideológicas propias de nuestro período actual, que podemos asimilar, con la economista inglesa Phoebe Moore, heredera de Gramsci, a una “revolución pasiva global”
“Y aún cuando la necesidad económica era la principal fuerza motriz del progresivo conocimiento de la naturaleza […] Quienes se ocupan de esto pertenecen a su vez a campos especiales de la división del trabajo y se imaginan trabajar en un dominio independiente. Y en la medida en que constituyen un grupo independiente dentro de la división social del trabajo, sus creaciones, incluyendo sus errores, ejercen una influencia retroactiva sobre el desarrollo social de conjunto, incluso sobre su desarrollo económico. Pero, de todo modos, ellos no dejan de estar bajo la influencia dominante del desarrollo económico” | Friedrich Engels, “Carta a Conrad Schmidt”, 27 de Octubre 1890
1. La internacionalización de la crisis universitaria
Desde los “treinta gloriosos”, la cuestión universitaria ha estado en el corazón de las políticas económicas de los países imperialistas. La Unión Europea ha elaborado de forma específica, desde los años ‘90, una ideología regional centrada en “la inversión en la inteligencia” y
la excelencia científica: “la economía del conocimiento” ha sido punta de lanza del nuevo “Espacio Europeo de la Enseñanza Superior”. Pero en razón de la interconexión orgánica de las dinámicas en el plano mundial –de la cual es expresión el flujo internacional creciente de estudiantes y de profesores–, esta ideología sirve, en realidad, de caballo de Troya de las reformas al plan mundial.
Como prueba, la Universidad ahora se convirtió en teatro de conflictos, también estructurales, en los países llamados “emergentes”. Estados Unidos y Europa están acostumbradas a los movimientos estudiantiles masivos desde los años ‘60, los últimos ejemplos fueron franceses e ingleses, por ejemplo, en la primavera del 20091 y el otoño del 2011, respectivamente. Pero hoy en día, nuevos actores toman la palabra; los más avanzados: Chile, que conoce desde 2011 movilizaciones sin precedentes; este mes de septiembre los trabajadores de la educación y los estudiantes mexicanos se manifiestan una vez más –lo mismo ocurre en Grecia– contra las reformas educativas y la privatización de la industria del petróleo. La imagen de la juventud trabajadora y/o estudiantil que se levanta desde 2011 en los países árabes, es un verdadero espíritu de los tiempos” (Zeitgeist decía Hegel) neo-altermundialista de la “indignación” (desde Madrid al “Yo soy 132” mexicano, pasando por los “Occupy” neoyorquinos y la “Primavera del arce” en Québec en 2012), y el levantamiento en Turquía en junio de 2013 y, finalmente hemos visto este verano boreal, en San Pablo, toda una nueva generación brasileña entrar en lucha contra una sociedad que produce miseria, injusticia y represión2.
Aquí, en relación a la Universidad y la educación, la identidad de las principales reivindicaciones es sorprendente: rechazo a las políticas de austeridad presupuestaria, a la privatización y al desentendimiento del Estado, resistencia a los aumentos en los costos de escolaridad, a los ataques a los derechos sociales y democráticos de los estudiantes (becas o contratos de trabajo, libertad de expresión, representatividad sindical, etc.) y del estatus de los docentes y los investigadores; todo esto converge en la defensa de una educación y una investigación gratuitas y laicas, detrás de la bandera según la cual “el saber no es una mercancía” y “la educación no está a la venta”. A la homogeneización internacional de las contra-reformas y de la crisis universitaria, se responde entonces con una internacionalización de las revueltas, cuyas elaboraciones teóricas, sin embargo, siguen siendo dominadas por los restos del alter-mundialismo autonomista y por “anti-capitalismos” posmodernos y de contornos bien borrosos. Estas están afectadas por un doble límite: 1) Una débil caracterización histórica de la secuencia anterior al período actual, seguida de una mala comprensión de la historia de la reglamentación de la ciencia y de la cultura bajo el yugo del capital. Una debilidad sostenida en la ilusión según la cual la EC (“economía del conocimiento”) y la “mercantilización del saber y de la cultura” constituirían hoy una verdadera “mutación histórica”3. 2) Desde allí, una evaluación totalmente débil de las delimitaciones estratégicas del combate a seguir y de las fuerzas socio-políticas capaces de llevarlo adelante. La crítica marxista de la economía política del saber permite superar este doble límite.
2. La secuencia histórica de una transición sin mutación
Por definición una “transición” es una mezcla híbrida e inestable de lo antiguo y de lo nuevo; es necesario, entonces, tener el sentido dialéctico de las proporciones para responder esta cuestión: ¿cuál es la naturaleza de la transición histórica que afecta hoy, en el plano internacional, el modo de producción y de circulación de las ciencias y de las humanidades en las instituciones educativas? Un intelectual de renombre mundial, como Chomsky, no va a ir más allá de denunciar la “privatización de la Universidad” que “amenaza gravemente la función subversiva y emancipadora que deberían procurar en una democracia que goza de buena salud”4.
¿Es decir que “mercantilización” y “privatización” (neoliberal) son sinónimos, y sin la segunda no existiría la primera? Chomsky comparte con la mayoría de los intelectuales de izquierda una caracterización parcialmente ilusoria de la universidad que actualmente desaparece bajo los golpes de esta “privatización”, contribuyendo a dar crédito a esta visión de una verdadera “mutación”.
Al contrario: asistimos en la superficie (en los “fenómenos”, diría Hegel, y no en su “esencia”) yparcialmente, a un cambio de naturaleza de la universidad: el período actual no viene de la nada, constituye una transición sin mutación, entendida como una reorganización de la Universidad nacida en la posguerra bajo la presión socio-económica de los “treinta gloriosos”. Este período, caracterizado en los centros imperialistas por el impacto de la tercera revolución tecnológica, estuvo especialmente marcado por el incremento general del nivel de vida, la disminución creciente del trabajo no calificado y la homogenización aparente de las clases sociales detrás del crecimiento de las “clases medias”. Los años 1960 y 1970 han visto alimentar dialécticamente el aumento de la demanda del trabajo intelectual calificado expresando las nuevas necesidades económicas del capitalismo y el aumento de la oferta de trabajo calificado suministrado por las Universidades, tanto en las esferas de producción de mercancías, como en las de “reproducción productiva” (que participan en el desenvolvimiento de la producción, tanto en el comercio, en los servicios y en la administración) que contribuyen indirectamente a la constitución de las ganancias. Esta extensión drástica de trabajadores asalariados intelectuales de alta formación, que previamente eran esencialmente profesiones liberales, así como la formación de aristocracias obreras, ha ampliado y al mismo tiempo opacado el concepto de “proletariado obrero” y la idea de “lucha de clases”. En países como Francia, Alemania, Italia, o los EE.UU., esta configuración hizo explotar la Universidad burguesa y elitista de antes de la guerra5. Las revueltas estudiantiles, especialmente las de 1968, se dirigen contra los cuadros estrechos y aristocráticos, así como contra las pseudo-resistencias de las organizaciones de izquierda reformistas, integradas y burocratizadas. Pero atacaban también esta nueva Universidad tecnocrática naciente, destinada a formar en masa una mano de obra intelectual, tan especializada como disciplinada6. Es en este período que la fuerza de trabajo intelectual se alineó con el modelo de la fuerza de trabajo manual, adquiriendo un precio de mercado, fluctuante según la relación entre oferta y demanda. Las Universidades de este período participan de manera sistemática en esta “mercantilización” de la fuerza de trabajo intelectual, la cual no es ninguna novedad del “neoliberalismo”, y no puede ser captada por la lógica de la privatización.
Sin embargo, la mirada es parcial si nos olvidamos de que esta Universidad nacida alrededor de 1968, de un lado y del otro del Atlántico, fue constitutivamente una universidad del compromiso, especialmente en los países de Europa, que como Francia, experimentaron al mismo tiempo el desarrollo de los “servicios públicos” y la administración pública, donde la masificación de la Universidad fue acompañada de una democratización parcial y, en lo que hace a la conquista de una real autonomía del pensamiento (aunque sea relativa) en la elaboración y difusión de la enseñanza: allí las tensiones son recurrentes entre la reivindicación humanista, que defiende los principios de igualdad y libertad, haciéndose eco de la presión popular; y la conminación económica a la adaptación permanente a las evoluciones del mercado (que en particular hoy crea una sensación subjetiva de pérdida real de libertad).
La Universidad desde 1968, cristalizó este antagonismo social, y su estatización ha expresado, mantenido y a la vez contenido, el equilibrio entre las dos presiones. A imagen de todos los demás servicios públicos, esta refractó en su orden el compromiso capital-trabajo de la posguerra. Compromiso bien real: la educación ha sido, es y será siempre, un instrumento de doble filo para las clases dominantes. Transformar a los proletarios en posibles sabios, es ofrecerles armas contra su explotación y opresión y un potencial desarrollo de su conciencia de clase. Sin embargo, también hay que “formarlos” bien, de manera tal que ellos hagan cambiar eficazmente la máquina productiva: toda la cuestión es procurar siempre organizar la socialización del conocimiento limitando el alcance subversivo, y es a esto que el nuevo orden de mercado universitario mundial no busca ni más ni menos, aún hoy, que responder prioritariamente.
Prolongando el período neoliberal, el capitalismo actual desde la aparición de la crisis histórica de 2007-2008, aceleró la des-democratización social y la des-masificación técnico-económica del conocimiento y de la investigación, al servicio de un management, la privatización y la austeridad presupuestaria. Mediante los mecanismos de la deuda pública, Estados endeudados y al borde de la bancarrota, reducen los costos en capital variable (masas salariales) quebrando las conquistas de los profesores e investigadores, y por otro lado, como el mercado ya no es capaz de absorber a las nuevas generaciones de estudiantes, buscan privar tendencialmente –por el aumento de los costos– de la oportunidad de asistir a la Universidad a los sectores populares, que se ven confinados a cursos cortos dominados por la adquisición de competencias polivalentes (de ahí la generalización de instituciones de segunda, marcadas por un enfoque multidisciplinario, mientras, institucional y geográficamente se reducen en número los polos de excelencia).
Más allá de esta especificidad, la Universidad, estatal o no, permanece, sin embargo, como un “aparato ideológico” (Althusser), o mejor un aparato económico-ideológico, que asegura: 1) la calificación de la mano de obra requerida por el mercado, 2) justificación y reproducción ideológica del orden burgués, y, 3) conquista del consentimiento fiel de la mayor parte posible de la pequeña burguesía. La forma privatizada que estas tres funciones adoptan tendencialmente, revelan el achicamiento creciente del Estado en la regulación del capitalismo (ahogado financieramente, y por lo tanto más concentrado en sus funciones represivas y soberanas). Esto no significa que la universidad estaba, antes de esta privatización, ajena a la lógica de la mercantilización7, sino que indica justamente, que el lugar de las instituciones estatales y del Estado-nación en la geopolítica del capitalismo mundial está parcialmente modificado.
3. “Revolución pasiva global” y fetichismo de lo universal en el intelectual funcionario
Rechazar la tesis de la “mutación” no debe, sin embargo, conducir a minimizar las dinámicas ideológicas propias de nuestro período actual, que podemos asimilar, con la economista inglesa Phoebe Moore, heredera de Gramsci, a una “revolución pasiva global”8, aspirando a restaurar las formas arcaicas y óptimas de disciplinarización de los cuerpos y de los espíritus en el sentido del “empleo” del “capital humano”. Aunque no lo haya logrado con los estudiantes, a los que lógicamente se esfuerza en someter, esta revolución pasiva ha fabricado el consentimiento subjetivo de la mayoría de los educadores e investigadores. Pero no hay consentimiento subjetivo, sin disposición y éthos objetivo a conseguir: la protesta de los universitarios franceses en 2009 (en la que los estudiantes llegaron en un segundo momento, pero pronto la desbordaron), fue una de las más importantes de la historia de este país y de la universidad en general. Pero para el programa y para las concepciones defendidas, fue también reveladora de las contradicciones y de los cuadros asalariados altamente calificados que, sociológicamente hablando, constituyen todavía la mayoría de los empleados y cuadros del Estado, burgueses y pequeño-burgueses, altamente calificados. Estos últimos ven, tendencialmente, su estatusdescalificado, su valor simbólico descualificado, y experimentan asimismo, en grados diversos, una cierta precarización, sin embargo están lejos de sufrir la proletarización vivida por los trabajadores administrativos y por los trabajadores no-docentes de las Universidades, con frecuencia ya pasados, además, bajo la aplanadora de la sub-contratación privada. En efecto, el funcionario intelectual no se beneficia directamente con el reparto de las ganancias, y ya no es el apólogo incondicional del progreso capitalista que era, antes de la guerra, en la Universidad elitista que la burguesía reservaba para sus hijos. No obstante permanece objetivamente interesado en el mantenimiento de la relación capitaltrabajo, por lo cual en una de las tres funciones del aparato económico-ideológico, ya distinguidas antes, él es el último resorte empleado. La imagen del “col blanc”9, cuya fidelidad al capital de la empresa es comprada en acciones, primas y “stock-options”, una porción de la plusvalía social, ayer y todavía hoy funcionario, mañana asalariado de un consorcio privado o de fundación ficticiamente pública, el intelectual estándar recupera las prebendas simbólicas vinculadas a sus posicionamiento en la jerarquía cultural, y satisface, en razón de su propia formación y hábitus culturales, sus aspiraciones crónicamente individualistas, concientemente o no. De ahí su facilidad (a la imagen de la “fraseología” de los jóvenes hegelianos alemanes que defendían “no los intereses del proletariado, sino los intereses del ser humano, del hombre en general, del hombre que no pertenece a ninguna clase, ni a ninguna realidad, y que solo existe en el cielo brumoso de la imaginación filosófica”10), perorando contra de la “mercantilización del conocimiento”, para defender “desinteresadamente” y blandir la “libertad” y el “carácter emancipador” de la cultura, –manejando este fetichismo de lo universal (que las burocracias sindicales y los partidos reformistas anudan en su corazón), en la que ahoga a los peces en las contradicciones de su posición, olvidando cuidadosamente de decir que esta cultura es el de la burguesía, y que esta emancipación se resumen para ellos en las reformas pacíficas y la democracia parlamentaria.
Por lo tanto, siguen siendo, congénitamente, perros guardianes de la burguesía, como escribía Nizan en 1932, funcionarios de hegemonía les decía Gramsci, sirvientes, tanto del capital, como del Estado, que es su agente en última instancia. Trotsky igualmente, había formulado, en 1910, que no podíamos contar mucho con ellos para el proyecto comunista revolucionario, y resumía la situación así: “…no se puede atraer a la intelligentsia al colectivismo con el programa de las reivindicaciones materiales inmediatas. Lo cual no significa que no sea posible atraer a la intelligentsia en su conjunto por algún otro medio, ni tampoco que los intereses materiales inmediatos y las conexiones clasistas de la intelligentsia no puedan resultar para ella más convincentes que todas las perspectivas histórico-culturales del socialismo”11. Es por eso que: “si la conquista misma del aparato social dependiera de la adhesión previa de la intelligentsia al Partido del proletariado europeo, las cosas no irían nada bien para el colectivismo”12. El proletariado debe tratar, tanto ayer, como hoy, de forjar en su seno sus propios “intelectuales orgánicos”, sin esperar la ilusoria conversión de los “intelectuales tradicionales” a sus intereses.
La fuerza de las revueltas estudiantiles contemporáneas, que tiene como fondo la creciente expansión de la clase obrera mundial, revela la especificidad contradictoria del período: una dominación burguesa particularmente reaccionaria que intenta actualizar las condiciones generales de reproducción ampliada del capital, pero cuya hegemonía está en crisis. El desafío hoy, no es como tal, ni “salvar la Universidad del Estado”, cuando está en tren de desaparecer, ni tratar de que exista cuando nunca ha sido así. Los trabajadores y los estudiantes, para revolucionar la universidad, no tienen que militar por saberes “desinteresados” o “des-socializados”: porque “la clase que posee los medios de producción material, dispone, del mismo modo, de los medios de la producción intelectual”13, se trata de denunciar y defender claramente los intereses de nuestra clase sobre un terreno híbrido, y de atacar sistemáticamente el poder burgués.
Esto implica la transformación de la batería de reivindicaciones sociales y democráticas evocadas al comienzo del artículo, en reivindicaciones propiamente transitorias, ordenadas en un modo radicalmente alternativo de compartir el conocimiento racional y creativo con la sociedad; en definitiva, una verdadera resocialización comunista de su producción y su circulación.
Notas
1. Una nueva fase de contrarreformas está en curso de realización desde 2012 por parte del gobierno “de izquierda” del Partido Socialista en Francia. Esta reforma “Fioraso”, por el nombre del actual ministro de Enseñanza Superior e Investigación, continúa la reforma “LRU”(Libertad y Responsabilidad de Universidades) votada por la derecha zarkozysta en el verano de 2007, que oficialmente ha comenzado el proceso de autonomización y privatización de los centros universitarios. Para un análisis de la situación francesa hasta 2009, ver E. Barot, Révolution Dans l’université. Quelques leçons théoriques et lignes tactiques tirées de l’échec du printemps 2009, Montreuil, La ville brûle, 2010. Este artículo incorpora y prolonga este libro sobre la base de estudios posteriores.
2. Para un panorama internacional de las revueltas de la juventud (no solamente estudiantil), ver C. & T. Palmieri (eds.), Springtime. The New Student Rebellions, London-New York, Verso, 2011.
3. I. Bruno & allii, La grande mutation. Néolibéralisme et éducation en Europe, Paris, Syllepse, 2010. El título lo dice todo.
4. N. Chomsky, Democracy and Education, tr. fr., Réflexions sur l’université, Ivry-sur-Seine, Raisons d’Agir, 2010, ch. V, “Education supérieure et engagement d’hier à aujourd’hui” (1999), p. 148.
5. En “La intelligentsia y el socialismo”(1910) (www.ceipleontrotsky.org), Trotsky resume así la fisonomía de esta Universidad: “La Universidad es la última fase de la educación estatalmente organizada de los hijos de las clases poseedoras y dominantes, de igual modo que el cuartel es la institución educativa final de la generación joven de obreros y campesinos. El cuartel educa las costumbres psicológicas de subordinación y disciplina necesarios para las funciones sociales propias de los mandos subalternos. La Universidad, en principio, prepara para funciones de administración, dirección y poder. Desde este punto de vista incluso las corporaciones estudiantiles alemanas conforman una institución clasista original, creadora de tradiciones que vinculan a padres e hijos, fortalecen el espíritu nacionalista, inculcan costumbres necesarias en el medio burgués y abastecen en última instancia de cicatrices en la nariz o debajo de la oreja como señal de adscripción a la raza dominante”. Ver también para el caso francés, Les chiens de garde (Los perros guardianes-1932) de Paul Nizan.
6. E. Mandel, Les étudiants, les intellectuels et la lutte des classes, Paris, La Brèche, 1979, p. 104.
7. La parte II de este artículo analizará los diferentes rostros de esta mercantilización (los viejos y los nuevos que operan en la “economía del conocimiento” y el “nuevo manegement”) sobre la base de la teoría marxista del valor trabajo.
8. Cf. P. Moore, The International Political Economy of Work and Employability, Palgrave MacMillan, 2010, Introduction pp. 8-12.
9. “Col blanc” significa “cuello blanco” así llamados, en Francia, los asalariados gerenciales (N. de T.).
10. K. Marx y F. Engels, Manifiesto Comunista.
11. L. Trotsky, Ob. Cit.
12. Ídem.
13. K. Marx y F. Engels, La Ideología alemana.
Traducción del francés por  Matthias Flammenman & Gastón Gutiérrez

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