1/11/13

Maquiavelo, Schmitt, Gramsci y el “decisionismo” de los años ’90: Viejos y nuevos príncipes

  • “Cuán loable es en un príncipe mantener la palabra dada y comportarse con integridad y no con astucia, todo el mundo lo sabe. Sin embargo, la experiencia muestra en nuestro tiempo que quienes han hecho grandes cosas han sido los príncipes que han tenido pocos miramientos hacia sus propias promesas y que han sabido burlar con astucia el ingenio de los hombres. Al final han superado a quienes se han fundado en la lealtad” | Maquiavelo, 1997: cap. XVIII
Nicolás de Maquiavello
✆ Eulogia Merle 
Fabián Bosoer  |  La Argentina termina el siglo XX con un presidente constitucional que, al concluir su segundo mandato, no sólo se habrá convertido en quien más tiempo ininterrumpido gobernó en la completa historia de nuestro país sino que, además, nos deja planes de gobierno hasta el año 2010. Permítaseme, por un instante, y tan solo a manera de presentación de mi argumento, hacer un rápido cálculo con arriesgadas proyecciones y temerarias comparaciones: en el momento en que Carlos Menem ha puesto como horizonte final de sus ambiciones refundacionales al año 2010, se cumplirá el segundo centenario del hito que dio nacimiento a nuestro país como nación independiente y faltarán apenas tres años para que se cumplan los 500 de la redacción de El Príncipe por Nicolás Maquiavelo, un antiguo secretario de la cancillería de la República de Florencia obsesionado por la “unidad nacional”, representada por la unidad del estado.

Propongo, entonces, un breve y apretado recorrido por un andarivel de la teoría política moderna, desde Maquiavelo, cinco siglos atrás, hasta nuestros días,  para abordar la problemática de la legitimidad estatal y sus discursos de legitimación en
este fin de siglo. Y lo haré tomando como tema central la cuestión de la decisión política que se resume en la constitución argumental de El Príncipe como vector de un proceso de formación -o transformación- de un estado nacional.

Pero también, al mismo tiempo, de lo que ocurre con el poder político cuando esa investidura del campo estatal se disuelve o es interpelada fuertemente desde dentro y desde fuera de sus estructuras visibles y sus representaciones simbólicas. El Príncipe nos habla, en efecto, de la génesis del estado moderno, desde el establecimiento de aquello que será definido cuatro siglos después por Max Weber como “una comunidad humana que reivindica con éxito el monopolio del uso legítimo de la violencia física en un territorio determinado”, hasta lo que Antonio Gramsci describiría como la “formación de una voluntad colectiva nacional-popular”.

En la trama que nos describe Maquiavelo vemos la confluencia, el resultado, de procesos de secularización, centralización y despersonalización del poder político y, sobre todo, de los fundamentos de su legitimidad. En el origen de tales procesos de unificación política hay -hubo en todos los casos- un Príncipe; aquel personaje que logró concentrar recursos, destacarse entre los otros príncipes, imponer su autoridad y establecer su esfera de dominio territorial, administrativo y simbólico. Esto es, su carácter “soberano” y el principio constitutivo, entonces, de la “soberanía estatal”.

Pero El Príncipe nos habla también de la crisis del estado moderno; del conflicto entre el poder establecido, “lo stato”, y las fuerzas sociales, económicas, políticas que actúan en su interior o sobre éste.

Por eso es que hay siempre varias lecturas posibles de El Príncipe de Maquiavelo; como justificación de un orden, o como tratado de la regeneración política, o bien, como radiografía descarnada del poder y del “hombre político”.

La constante vigencia de Maquiavelo y de El Príncipe radica precisamente, entre otras cosas, en que se lo encuentra en “la entrada” y en “la salida” de la realidad estatal, del fenómeno histórico al que llamamos “estado-nación soberano”.

Allí nos internamos para iluminar sobre lo que sucede con el poder y con la política cuando se resquebrajan las investiduras formales de las instancias de decisión, cuando entra en crisis la normalidad institucional y jurídica y se sacuden las estructuras de poder, cuando se cuestiona a la política como mera gestión o acumulación de saberes técnicos y administrativos. Es entonces cuando puede verse nítidamente que la lucha por el poder es la lucha por la decisión política.

Por eso se encontrará la atracción por Maquiavelo y por la tradición maquiavelista en cada momento histórico de crisis y transición. Tiempos de crisis son siempre “tiempos maquiavelistas”. En los años ’40, bajo el fragor de la segunda guerra mundial, lo explicó así James Burnham:
“En una transición revolucionaria, la lucha por el poder, que durante los años de estabilidad social a menudo no es manifiesta o se expresa en formas indirectas y carentes de dramatismo, se manifiesta en forma imperiosa. El maquiavelismo se interesa en la política, esto es, en la lucha por el poder. Parece por lo tanto natural que su primera aparición, así como su primer renacimiento, guarde relación con la revolución social. Las crisis revolucionarias hacen que los hombres o, cuando menos, un cierto número de hombres, manifiesten su disconformidad con lo que en tiempos normales pasa por ser pensamiento político o ciencia política; a saber, apologías disfrazadas del status quo  o sueños utópicos en el futuro, y los llevan a enfrentarse con las consecuencias reales del poder: algunos porque desean comprender con más claridad la naturaleza del mundo del cual forman parte, y otros porque desean asimismo saber si de alguna manera podrían tomar parte en el gobierno de ese mundo y realizar, cuanto menos en parte, sus ideales” (1986).
Por eso, hoy también, frente a una crisis del estado que se manifiesta no solamente como una crisis funcional sino como una crisis de sustancia material y simbólica; frente a procesos de “desmonopolización de la violencia legítima” y “deslegitimación del poder estatal”, aparece Maquiavelo revisitado.