17/11/13

América Latina | Crisis y hegemonía en tiempos recientes

  • Siempre es oportuna la reflexión sobre Gramsci, un hombre de la militancia y el pensamiento
  • Gramsci señalaba el camino para un enfoque que no se inclinara a descubrir una única clave de la sociedad existente para impugnar a ésta desde allí, sino a visualizar una crítica global, que no dejara de estar edificada sobre la problemática de la lucha de clases, de modo de eludir a la vez la tentación de subsumir ese conflicto en el plano de las relaciones de propiedad y del manejo del aparato coercitivo estatal.
Antonio Gramsci ✆ Gabriele Cancedda
Daniel Campione  |  Siempre es oportuna la reflexión sobre Gramsci, un hombre de la militancia y el pensamiento que, desde la cárcel fascista y casi al mismo tiempo en que el pensamiento codificado y esquemático de la era de Stalin se consolidaba, produjo una visión compleja y creativa dentro de la tradición marxista, que nos interpela hasta el día de hoy. El itinerario de nuestros países en los tiempos recientes constituye un acicate para intentar hacerlo.

La América Latina en lo que va del siglo XXI inspira lecturas de raíz gramsciana, a partir del devenir de una crisis multidimensional y de larga duración, uno de cuyos resultados fue la activa puesta en cuestión del modelo neoliberal, tanto desde el llano como por parte de algunos gobiernos, con el planteo de un grado de
confrontación con el capital concentrado y excluyente, resuelto a imponer la hegemonía indisputada del enfoque neoliberal de resolución de las crisis.

En los últimos años han aparecido una serie de experiencias en el subcontinente que apuntaron a poner en cuestión, en mayor o menor medida, las grandes líneas de las reformas neoliberales, y en algunos casos, como los de Venezuela y Bolivia, se han animado a retomar el ideal socialista (o más genéricamente anticapitalista, cuando lo enuncian como “buen vivir”). Es cierto que no siempre termina de quedar claro cuánto hay de construcción de poder popular, con un horizonte de modificación de las relaciones de producción y de construcción de un nuevo tipo de democracia, y cuánto de recomposición del capitalismo en clave neodesarrollista, con políticas calificadas de “heterodoxas”, asentadas en una amplia intervención estatal. Pero eso es parte de la disputa en curso en el presente y para el futuro cercano.

Quizás sea oportuno revisar muy brevemente de dónde venimos. Los movimientos revolucionarios latinoamericanos se han caracterizado en su mayoría, al menos hasta la década de los ’70, por una concepción del tipo ‘guerra de movimientos’ y una visión unilateral, limitada, de la dominación de clase, que tendía a minimizar los aspectos que suelen subsumirse bajo el término gramsciano ‘hegemonía’.

La prioridad absoluta otorgada a la opresión económica, junto a la ejercida por un estado al que se veía sólo como brazo represivo al servicio directo de la explotación, obliteraba la visión sobre otras formas de sojuzgamiento, y por tanto, la posibilidad de articular una verdadera acción contrahegemónica. Las reivindicaciones étnicas, de género o ambientales, corrían el riesgo de aparecer como ‘desviando’ a las fuerzas contrarias al orden existente de sus objetivos principales, en vez de ser aceptadas y promovidas como vehículo para, en términos de Gramsci, ‘comprender y sentir’ la sociedad en términos más complejos (y completos), de modo de superar esquemas preconcebidos puestos en entredicho por los procesos en curso.

En el fondo, se alentaba una concepción de élite revolucionaria, de ‘vanguardismo’ atravesado por esos ‘hermanos enemigos’ que son el voluntarismo y el economicismo, y que pueden tener como punto de llegada de sus acciones el disciplinamiento y manipulación de las masas movilizadas.

La derrota experimentada en carne propia, en algunos casos; la visión de los contrastes ajenos en otros, el cambio del ‘clima de época’ más en general, hicieron que aquella visión de la transformación social quedara seriamente dañada en sus posibilidades de generar movimientos políticos eficaces. Se abría un abismo para las izquierdas, y muchos se replegaron hacia posiciones en las que la “economía de mercado” (denominación complaciente para el capitalismo) y la democracia representativa realmente existente, se convertían en el horizonte infranqueable para cualquier proyecto de transformación, en lo que ya no debía ser cuestionado, so pena de desatar tempestades inmanejables.

Un problema para la reconstrucción de una praxis efectivamente de izquierda, radicaba a nuestro juicio en la necesidad de incorporar a la misma los cambios estructurales producidos en las últimas décadas, y pasar por el tamiz crítico (y no por el rechazo unilateral) las aportaciones de quienes en los ochenta decidieron apostarlo todo a la llamada “transición democrática”, a menudo con argumentaciones de raíz gramsciana. Se presenta hoy como necesario recrear un enfoque latinoamericano que no le tema en exceso a los términos “revolución” y “socialismo”, y que sea articulador de las realidades sociales y culturales afines pero diversas de nuestros países.

Estamos además, y desde hace tiempo, ante la necesidad de un replanteo de la mirada hacia las clases subalternas, indispensable si queremos tomar el hilo del desafío acerca de qué tipo de coalición social puede sustentar un proyecto contra-hegemónico. Hay elementos para pensar que se avanza en una redefinición de la identidad de los trabajadores (que comprende a desocupados de larga permanencia, informales, precarios, cuentapropistas, nuevas actividades surgidas en el campo de los servicios), que se cruza con los conflictos que no se desenvuelven en el terreno de las relaciones capital-trabajo, y se encarna en nuevos métodos de lucha, los que en ocasiones suplen importantes dificultades para sostener la huelga y otras medidas de fuerza tradicionales, en otras se combinan con ellas, y a menudo siguen vindicando la condición trabajadora original, aunque el empleo sea precario o falte desde hace tiempo.

Los actuales pensadores al servicio de la dominación les suelen dejar con gusto a las organizaciones populares el terreno de la ‘pequeña política’ que sólo disputa sobre cuestiones ‘parciales y cotidianas’, para mejor encubrir la renuncia a la ‘gran política’, la que atañe a un poder que se abandona con exclusividad a las clases dominantes. Las organizaciones populares deben enfrentarse a fuertes presiones hacia su ‘domesticación’, a encuadrarse en los límites de una ‘gobernabilidad’, entendida en términos prácticos como que los dominados ejerzan su libertad de organización y movilización, pero absteniéndose de todo lo que pueda perturbar seriamente las relaciones de poder existentes.

Articulación de tradiciones diferentes, construcción de un discurso alternativo creíble y eficaz, fortalecimiento organizativo, son requerimientos muy actuales. Pero también lo son la superación de las trabas que hoy se oponen, en la mentalidad colectiva, a la militancia activa por la transformación. En primer lugar, la ideología de la competencia interindividual como modo de moverse en la vida y el trabajo, con el acceso a un consumo mayor y más variado como objetivo central, sin atender a ningún objetivo ni acción colectiva relevante. Y luego, la idea de que la militancia social y política de contenido contestatario tiene altos costos, que no se ven compensados por sus logros frente a un sistema dispuesto a todo para el castigo a sus adversarios, cuando no a su supresión. Hoy estamos ante una situación en que a veces no se trata tanto de convencer de la justicia de las luchas, sino de su viabilidad y utilidad, de la posibilidad de que pueden ser conducidas de un modo que incremente la capacidad de acción autónoma desde ‘abajo’ y no la acumulación de poder y privilegios por “arriba”.

Cabe, creemos, continuar pensando en transformaciones revolucionarias, entendiéndolas como un proceso, y no como un ‘acontecimiento’ único al que se adjudica por sí solo la apertura de una nueva era; y de una manera en que su componente de ‘iniciativa popular’, de autogobierno y autoorganización de las masas, de generación y difusión de una ‘visión del mundo’ antagónica a la predominante, ocupe un lugar tanto o más importante que la conquista del aparato del estado.

Al plantear la necesidad de encarar la especificidad de la problemática ético-política sin abandonar la ‘estructural’, al desarrollar el concepto de hegemonía en un sentido complejo y multidimensional, Gramsci señalaba el camino para un enfoque que no se inclinara a descubrir una única clave de la sociedad existente para impugnar a ésta desde allí, sino a visualizar una crítica global, que no dejara de estar edificada sobre la problemática de la lucha de clases, de modo de eludir a la vez la tentación de subsumir ese conflicto en el plano de las relaciones de propiedad y del manejo del aparato coercitivo estatal. Por añadidura, hay una afinidad entre la época del Gramsci de los Cuadernos y la actual: la sociedad capitalista atraviesa una crisis de enormes proporciones, pero ésta no aparece como terminal, y todo indica que una ‘sobrevida duradera’ aguarda al capitalismo.

Se requiere entonces la aptitud para captar, comprender e impugnar el conjunto de agravios que comete a diario el orden social capitalista. Y la de encontrar un modo de ampliar y enriquecer el vasto campo que pueden formar los explotados, los marginados, y los que sin ser una cosa ni la otra tomen la decisión ética y política de no seguir asistiendo pasivos al reinado de la injusticia.

En lo que va del siglo XXI, las múltiples expresiones de descontento movilizado, que ha derivado a menudo en abierta rebelión, muestran un cuadro social y cultural ciertamente variopinto, que reduce a la irrelevancia las pretensiones de que un sector se erija en ‘comando único’, y expresa la voluntad cada vez más firme de cuestionar las diferentes aristas de un orden cada día más injusto.

Ni la identidad ni el ideal emancipatorio están hoy dados, sino que deben construirse en un proceso que articule experiencia y conciencia, el lugar propio con el del conjunto social.

Las profecías sobre el ocaso definitivo de cualquier forma de "política de calles" empezaron a verse rotundamente desmentidas en los últimos años por los alzamientos populares que dieron por tierra con varios presidentes latinoamericanos. Se instauró una suerte de "revocatoria" de hecho de mandatos amparados por la legalidad electoral, pero totalmente distanciados de las necesidades y aspiraciones de la mayoría de la población. Esas conmociones contribuyeron a abrir paso a fuerzas políticas sin experiencia anterior de gobierno y a dirigentes no encuadrados en las conducciones políticas tradicionales. Y en ese tránsito países como Venezuela, Bolivia y Ecuador han experimentado la conformación de un nuevo “poder constituyente” que trastocó, al menos en parte, el ordenamiento parlamentario tradicional, y en algún caso conmovió las bases mismas de legitimación del estado nacional, al trocarlo en “plurinacional”.

Está por verse si esos cambios desembocarán en dirección a una recomposición "transformista" de la dominación social, cultural y política, o abrirán el camino a mutaciones de carácter estructural, que incluyan una reformulación de las limitadas democracias realmente existentes en nuestros países. De todas formas, el sólo hecho de colocar nociones como el “socialismo del siglo XXI” en el debate público, indica que lo que parecía el pétreo dominio de las concepciones preconizadas por el capital más concentrado, ha quedado seriamente agrietado. Las contradicciones son muchas, y amplias las vías por las que pueden transitar desvíos y retrocesos. Pero cabe la apuesta a construir un proyecto transformador que pueda tener en América Latina un punto importante de irradiación hacia el resto del mundo.

Las clases subalternas latinoamericanas son, desde siempre, ejemplo de diversidad y mezcla, de un arco iris que nunca lograron agrisar las lluvias de plomo arrojadas una y otra vez sobre sus hombres y mujeres por los dueños del poder. Difícil pensar hoy un suelo más adecuado para que, en el mediano plazo, fructifique un nuevo proyecto capaz de atacar por múltiples caminos el predominio de la mercantilización y el egoísmo universales, y que pueda antagonizar a la gigantesca máquina de producir, en simultáneo, un puñado de millonarios y un elevado número de hambrientos. En la América Latina de hoy sabemos que las derrotas del pasado y el inexcusable repaso de los errores cometidos, no tienen por qué ser equivalente a la renuncia a la lucha contra la desigualdad y la injusticia.

Daniel Campione

Daniel Campione es profesor de Teoría del Estado y de Evolución del Estado Argentino en la UBA, del comité editorial de la revista "Periferias" y de la conducción de la Asociación Antonio Gramsci. Publicó "Argentina. La escritura de su historia", Buenos Aires, Centro Cultural de la Cooperación, 2002 y "Prolegómenos del Peronismo", Buenos Aires, Fisyp, 2003 y, en colaboración con Julio C. Gambina "Los años de Menem. Cirugía mayor", Buenos Aires, Centro Cultural de la Cooperación, 2003. Tiene en preparación un estudio y compilación de documentos sobre los primeros años del P.C. argentino. Texto leído por el autor en la Mesa Redonda “Crisis y hegemonía en tiempos de Gramsci y en los nuestros” en la Biblioteca Nacional el 12/11/2013.


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