21/10/13

Gramsci contra Occidente

Antonio Gramsci ✆ Bruno Ciarlone 
Marcos del Roio  |  El artículo intenta dar una lectura de las razones teóricas y prácticas que llevaron a Antonio Gramsci a romper con el reformismo positivista y con el neoidealismo del llamado marxismo occidental. Se plantea que dicho rompimiento fue parte de un proyecto orientado a explorar las posibilidades de superación del “occidente” en cuanto forma cultural que implica la explotación social del trabajo.

I. Reafirmar la vitalidad de la reflexión de Gramsci, a 60 años de su muerte, en un momento en que la modernidad capitalista pasa por transformaciones que afectan su propia materialidad y todo su contexto cultural, puede sugerir una gran veleidad. Puede también parecer el
reconocimiento de la incapacidad de las izquierdas de pensar y actuar sobre el mundo de hoy, refugiándose en el pasado, en lugar de hacer uso de un nuevo instrumental teórico práctico más de acuerdo con los tiempos. Se trata entonces de cuestionar y localizar la vitalidad de Gramsci para este cambio de siglo comenzando por encarar su visión política y el contexto que le dio su foco. Como en este espacio no será posible sino desentrañar parcialmente esa compleja problemática, por lo menos algunas cuestiones deben ser inicialmente puntualizadas.

Antes que nada es preciso aclarar que Gramsci (de modo que se preserve una cierta fidelidad a su universo categorial) no puede ser considerado un autor inserto en el marco del “marxismo occidental”, pues según Perry Anderson, “la primera y más fundamental de sus características fue el divorcio estructural entre este marxismo y la práctica política” (Anderson Perry, 1976: 43) 1 y su preocupación por temas de la filosofía y de la cultura. A pesar de que ese autor ubica a Gramsci como un precursor del “marxismo occidental”, es notorio que el concepto no implica la presencia del fundador del PCI, ya que él dedicó su vida y obra (aun encarcelado) a los temas relativos a la organización de las clases subalternas para la revolución socialista internacional. Gramsci, entonces, sólo puede ser visto como “marxista occidental” por el hecho de haber nacido en Italia, un país localizado en Europa occidental, siendo ésta una acepción geográfica y no morfológica de Occidente (como es propio de Gramsci). Esto no significa, no obstante, que su elaboración teórica no haya ofrecido ricos elementos al “marxismo occidental” propiamente dicho.

Por otro lado, por “izquierda occidental” se puede entender, original y morfológicamente, aquella vertiente del movimiento obrero socialista que se resignó ante la guerra imperialista de 1914 y que, enseguida, en su mayoría, devolvió miradas adversas y pesadamente críticas a la revolución popular socialista que se procesaba a partir de Rusia. Con esa vertiente, que genéricamente puede ser designada como reformista socialdemócrata, Gramsci no tiene ninguna relación de afinidad teórica o proyectual. Mas si por “izquierda occidental” entendemos (ahora geográficamente) aun a los partidos comunistas de Occidente y particularmente el  PCI (por obvio que parezca), la cuestión se vuelve más compleja y se aproxima más a su herencia política y teórica.


Antes que nada es preciso observar que, en el conjunto de Occidente, por lo menos hasta los años setenta, Gramsci fue más conocido por algunos aspectos trágicos de su vida personal y por las reflexiones particulares que lo aproximaban al “marxismo occidental” y lo tornaban digerible también para el comunismo estalinista, vaciando su influencia de cualquier contenido político. En el caso específico del PCI, se trató, desde el principio, de una conjunción de relectura y de manipulación hechas por Togliatti, lo que estimuló aquella visión de Gramsci en el exterior, haciendo de él un gran intelectual italiano dentro de una vasta galería, creando así al mismo tiempo una fuente de legitimidad para la política de los comunistas y de su grupo dirigente dentro del orden social y jurídico de la Italia republicana.

El análisis de Gramsci sobre la cuestión meridional y sus reflexiones sobre el tema de la cultura nacional-popular permitieron hacer de él un anticipador de aquello que el estalinismo reformado, a partir de 1956, dio en llamar las “vías nacionales al socialismo”, y que en Italia emergió con un rico contenido en la formulación del proprio Togliatti. Los límites de esa orientación política se hicieron visibles, ya con Togliatti muerto, en la dificuldad de conducir la eclosión sociocultural de 1968-69 hacia un estuario revolucionario. A partir de ahí hubo un creciente esfuerzo del PCI en el sentido de acentuar y enfatizar su carácter morfológico de “izquierda occidental”, asumiendo y desenvolviendo la fórmula ideológica del “eurocomunismo” que enfatizaba la cuestión de la democracia y del pluralismo, incorporando conceptos producidos en el universo liberal y católico.

De manera hasta cierto punto paradójica, fue entonces que la obra de Gramsci se convirtió en verdadera moda intelectual, habiendo sido usada para demarcar la originalidad y particularidad del PCI dentro de la “izquierda occidental”, evitando una inmediata identificación con la social-democracia y también una ruptura clara y explícita con la herencia de Lenin y de la revolución rusa. La relectura liberal de Gramsci, presente en aquellos años, y que enfatizaba la cuestión de ampliación del consenso en la construcción de la hegemonía, fue la que finalmente predominó, abriendo camino para la resolución de aquella ambigüedad. En el momento precedente al colapso generalizado del socialismo de Estado, decretada la disolución del PCI y su substitución por el Partido Democrático de Izquierda, fue dado el paso para que los pretensores herederos de Gramsci se convirtiesen integralmente en una “izquierda occidental”. A partir de ese momento Gramsci pasa a ser visto como el anticipador de un nuevo reformismo para ser propuesto en este fin de siglo.

Traducción del portugués por Mayleth Echegollen
 
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