30/10/13

Conversando sobre Gramsci, Sociedad Civil y Hegemonía

  • En el texto Sociedad Civil y Hegemonía, Jorge Luis Acanda hace un análisis de las disímiles concepciones existentes sobre la sociedad civil, para luego mover la reflexión al plano de los procesos de instauración de la hegemonía: resalta «la importancia de los procesos culturales, de las superestructuras, en el intento de luchar contra la dominación e instaurar y desarrollar una nueva sociedad».
Foto: J.L. Acanda González
Oscar Ochoa González  |  Sociedad Civil y Hegemonía es el título con que bautizó Jorge Luis Acanda* la última de sus publicaciones. La presente se inserta en el centro del debate sobre estos temas desde la perspectiva de aprehender lo «esencialmente renovador» del legado gramsciano.

En el texto, de más de 350 páginas y que tiene de punto de partida las intrincadas selvas mexicanas que resguardan al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, hace un análisis de las disímiles concepciones existentes sobre la sociedad civil, para luego mover la reflexión al plano de los procesos de instauración de la hegemonía: resalta «la importancia de los procesos culturales, de las superestructuras, en el intento de luchar contra la dominación e instaurar y desarrollar una nueva sociedad».
Acanda, en su libro, que bien podríamos considerar un llamado al rescate del «marxismo de la praxis», ocupa el lugar que él mismo se ufana en destacar y que le asigna a los «intelectuales revolucionarios»— como bien aclara en la entrevista: asume una posición crítica hacia los procesos socioculturales, brinda una herramienta de análisis válida en el contexto nacional e internacional actual. A propósito de la publicación del título Sociedad Civil y Hegemonía por el Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello entrevistamos a Jorge Luis Acanda en la búsqueda de claves hermenéuticas.
Se está manifestando una reaparición de la figura de Antonio Gramsci en los debates teóricos, políticos, sociales y culturales tanto en el ámbito internacional como nacional. ¿Cuáles considera son las razones para este retorno al pensamiento gramsciano?
─Me voy a referir al ámbito nacional, pues no estoy muy seguro de que a nivel internacional, en medio de este predominio del «pensamiento único» de derecha, la presencia de las ideas de Gramsci se haya difundido mucho más allá de aquellos círculos —por demás, minoritarios— en los que su influencia existía ya desde antes de aquel famoso 1989.

En el último capítulo de mi libro analizo los momentos principales del proceso de apropiación del pensamiento de Gramsci en la teoría social en Cuba después del triunfo de la Revolución. No voy a repetir esa historia (por demás compleja) en esta entrevista. Allí también ofrezco mi opinión sobre las causas del regreso a su pensamiento a lo largo de estos últimos años. En mi opinión tiene que ver con la bancarrota del marxismo dogmático, de corte economicista y positivista, que era el que predominaba en nuestro sistema de enseñanza y en casi todos los medios de difusión ideológicos del país. Si queremos seguir siendo marxistas, no queda entonces otro recurso que retornar a aquel marxismo crítico, a aquel marxismo de la praxis que tuvo su primera vuelta entre nosotros en los 60. Y dentro de ese marxismo revolucionario, Gramsci es una figura señera. Ha de tenerse en cuenta, también, que Gramsci es lo que alguien ha denominado como «un teórico de la mala hora».

Uno de los objetivos que se planteó en aquellos años de su encarcelamiento en los que redactó sus Cuadernos de la cárcel fue precisamente explicar las causas de la derrota del movimiento revolucionario internacional en la década del 20 del siglo pasado. Se trata de algo muy cercano a la época que estamos viviendo. Pero además, las experiencias emanadas de los intentos de construcción de una sociedad postcapitalista, tanto en otros países como en el nuestro, han reafirmado una vieja verdad puesta de relieve por aquel marxismo revolucionario: la importancia de los procesos culturales, de las superestructuras, en el intento de luchar contra la dominación e instaurar y desarrollar una nueva sociedad.

La importancia atribuida por ese marxismo crítico a los procesos culturales y a eso que podemos llamar subjetividad social, nos permite rechazar las interpretaciones objetivistas y dirigistas que sobre el complejo campo de la política se encontraban en la teoría y la praxis del marxismo positivista que voló por los aires en 1989-1991. La crisis general del modelo estadolátrico del socialismo confirma la importancia de un autor como Gramsci que, sin negar la importancia del Estado como agente del cambio, a la vez destacó el carácter fundamental de todo ese conjunto de estructuras y espacios a los que denominó «sociedad civil».
En el caso específico de la utilización del término sociedad civil que, como usted señala, ha sido enarbolado tanto por la izquierda latinoamericana como por la disidencia del Este de Europa y, aun más, por los neoconservadores. ¿Esto se trata de una vuelta a Gramsci o de tomarlo como estandarte político? ¿Qué hay de común y qué de diferente en estas perspectivas?
─Es evidente que ni los disidentes de Europa del Este ni los neoconservadores tomaron el concepto de sociedad civil como un instrumento de recuperación del legado de Gramsci, que en tanto pensador comunista no solo no les podía interesar, sino que en muchos casos probablemente ni siquiera conocían de su existencia.

La izquierda latinoamericana tomó también el término «sociedad civil», pero con una valencia política diferente, con un sentido de lucha contra la oligarquía y la opresión, aunque no siempre ha tenido conocimiento de la interpretación gramsciana de ese concepto. Se trata de una izquierda que comenzó a rearticularse, en los años 80, y sobre todo teniendo en cuenta la dura realidad atravesada con las dictaduras militares de aquellos años, en forma de nuevos movimientos sociales, y que tuvo (y todavía tiene) que enfrentarse a un Estado que cada vez más asumía los principios del neoliberalismo. De ahí su interés en un concepto que, tal como aparecía en la acepción en que la neoderecha anglosajona lo empezó a difundir por el mundo, implicaba el rechazo o la desvalorización de lo político (en su forma tradicional de aparición: partidos, etc.) y la idea de un espacio de ejercicio de presión sobre el Estado.

La diferencia, como digo en mi libro, es que, en el caso de la izquierda latinoamericana, lo que se quiere con la sociedad civil es obligar al Estado a asumir funciones sociales, económicas, de redistribución de la riqueza y proyección de políticas sociales, educativas, etc., mientras que para la neoderecha se trata precisamente de utilizar este término para justificar que al Estado se le eliminen estas funciones, y para absolutizar la capacidad del mercado capitalista como regulador absoluto de todos los procesos sociales. En resumen, para legitimar sus políticas neoliberales.
En los debates académicos y políticos nacionales se ha mostrado cierta reticencia en el uso del legado gramsciano y, especialmente, ya no solo del concepto, sino del término mismo «sociedad civil» que, como usted destaca, la derecha oportunamente ha ajustado a su discurso neoliberal. ¿Cuáles podrían ser las razones para estas reservas? 
─En mi libro hablo de eso. Por un lado, está la propia ignorancia por parte de muchos funcionarios de los aparatos ideológicos, sobre la teoría marxista; al menos de aquella no dogmática, positivista, etc. Tenían una visión asaz unilateral y estrecha de lo que podía ser el marxismo. Muchos de ellos no habían leído a Gramsci (de hecho no habían leído prácticamente nada de la herencia marxista no soviética), y su única fuente de referencia con respecto al término de sociedad civil era precisamente el del discurso de la derecha, sobre todo de aquellos centros que promovían la contrarrevolución en Cuba. Todavía recuerdo la resistencia cerril (no puedo calificarla de otra manera) de algunos de ellos en 1991 a conmemorar el centenario del nacimiento de Gramsci.

Por el otro lado, la incapacidad de la burocracia para entender la importancia de los procesos, estructuras e instituciones que intervienen en la conformación de la subjetividad social en los procesos políticos, en los procesos de conformación, difusión y consolidación del poder. La propia visión que, necesaria e inevitablemente, tiene esa burocracia sobre la sociedad y la lucha política. Su visión verticalista, formalista, dirigista y estadocéntrica de esos procesos.

Quiero tomar una expresión que acertadamente usas en esta pregunta, cuando dices que la derecha ha «ajustado» el uso de la expresión «sociedad civil» a su discurso. En el libro explico que el contenido del concepto de sociedad civil, que el liberalismo burgués revolucionario de los siglos XVII y XVIII va a crear y utilizar, tiene diferencias notables con el contenido que le ha dado el neoliberalismo reaccionario del último tercio del siglo XX. Eso es algo importante, y que hay que tener en cuenta. Sobre todo para entender el significado profundo que tuvo que Gramsci, un comunista, retomara ese concepto como pieza fundamental de su reflexión. Un concepto que proviene del liberalismo, y que Gramsci no lo considera reaccionario ni contrarrevolucionario per se, sino que piensa que debe ser recuperado por la teoría marxista revolucionaria, para poder trazar una estrategia para la lucha contra la dominación burguesa. Eso indica la necesidad de reflexionar sobre el complejo nexo entre el liberalismo y el marxismo.
En el pensamiento político de Antonio Gramsci es fundamental su interpretación de la cultura como dimensión esencial de la política, y su comprensión de esta última como labor de estructuración y desarrollo de la hegemonía de una clase sobre la sociedad. ¿Considera al libro que usted acaba de publicar como un rescate del valor holístico de la perspectiva gramsciana en la comprensión de la sociedad y de sus procesos en el nuevo contexto globalizado? ¿Qué importancia tiene en nuestro ámbito nacional?
─Está claro que todo el tiempo, cuando tú y yo hablamos de cultura, lo estamos haciendo no en su acepción estrecha, que la identifica solo con el arte, sino en su acepción amplia, que la entiende como el conjunto de las formas y resultados de la actividad humana. Entendida desde esta perspectiva, comprender la dimensión cultural de la política, o de la economía, etc., necesariamente implica la necesidad de una visión holística —como la llamas tú— o de totalidad —como la llamo yo— sobre la sociedad y los procesos sociales. Esa era la perspectiva de Marx, y también la de Gramsci. Destacar la importancia de este enfoque es algo necesario, ante el predominio —no solo en nuestro ámbito, sino a nivel global— del pensamiento positivista.
Cada día se hace más énfasis en el mercado, a mi entender, como figura sacrosanta; cada día se hace más énfasis en subordinarse a su lógica como organizadora de todas las relaciones sociales. En este sentido, es bien sabido que se favorece al sector privado afectando la gestión estatal por disminuir su intervención en la vida económica, social y, por ende, cultural y en el desempeño de sus funciones redistributivas. ¿Qué repercusión usted considera tendría esto para el llamado tercer sector o «sociedad civil» dadas las aporías constituyentes de la Modernidad: lo público y lo privado, el interés individual y el general, la sociedad y el Estado?
─Justamente una de las cosas en las que hago énfasis en mi libro es que la sociedad civil no puede entenderse como un «tercer sector», algo situado fuera o más allá del Estado y la economía, o del Estado y la familia. El pensamiento neoliberal ha querido entenderlo así, específicamente como un sector diferente de la sociedad política y de la familia. El sentido original que durante casi siglo y medio le confirió el pensamiento liberal clásico al término «sociedad civil» no tiene nada que ver con eso. Y la interpretación desarrollada por Gramsci en sus Cuadernos de la cárcel tampoco. Para Gramsci la sociedad civil es, ante todo, un instrumento para el análisis de la compleja realidad social, y precisamente para situar el carácter relativo, y no absoluto, de esas aporías. Lo que está precisamente buscando expresar con este concepto, y con otros que juegan un papel en su teoría de la hegemonía, es destacar la expansión de las relaciones de dominación a las distintas esferas de la vida social, típica de la sociedad capitalista.
En torno a esta problemática de la globalización neoliberal. ¿Cuál es el papel que corresponde a los intelectuales?
─Me permitirás modificarte en algo la pregunta, pues pienso que sobre lo que tenemos que reflexionar es sobre el papel que corresponde a los intelectuales revolucionarios en la actual situación mundial. En el artículo que publiqué en el número 29 de la revista Temas hago una reflexión sobre el tema. En breves palabras, y sin que con ello excuse a nadie de leer ese artículo, lo primero es comprender la expansión que sufre el grupo de los intelectuales con el desarrollo de la modernidad y del capitalismo, y el significado del término de «intelectuales orgánicos» que acuña Gramsci. En el capitalismo los intelectuales pasan a jugar un papel fundamental no solo en la legitimación del sistema —como en sociedades anteriores— sino en el funcionamiento del mismo, debido al carácter cosificador y fetichista del mismo. La «organicidad» del intelectual no es algo que este pueda asumir o rechazar, sino un momento objetivo de su papel, bien sea en la reproducción de las relaciones de dominación o en el desafío a las mismas.
Muchos folios de Cuadernos de la cárcel fueron dedicados al análisis de la problemática del poder. ¿Es casual este interés? ¿Cuáles son los puntos de semejanza y diferencia entre esta interpretación y la que realiza Michel Foucault? ¿Por qué se hace mayor énfasis en Gramsci y muchísimo menos en el segundo?
─Por supuesto que no es nada casual. La búsqueda de los instrumentos conceptuales necesarios para develar la esencia de los mecanismos de dominación de la burguesía y, con ello, para estructurar una estrategia profunda y multilateral para destruir esa hegemonía y establecer la hegemonía revolucionaria, es el gran objetivo de los Cuadernos. Los puntos de contacto entre las reflexiones de Gramsci y las de Foucault son numerosos. Pero a la vez existen sus diferencias entre ambos pensadores. Soy de la opinión que lo que Gramsci aportó sobre la comprensión de las funciones de la sociedad civil es más complejo y profundo que lo planteado por Foucault. Con todo, en el libro no me aboco a realizar una comparación de las ideas de ambos sobre este tema, de la misma manera que no toco las ideas de Foucault sobre el poder. Tengamos en cuenta que Gramsci sí hace uso expreso del término ««sociedad civil», mientras que Foucault no. Por otra parte, un objetivo expreso del libro era demostrar que en el marxismo existe todo un fundamento teórico, toda una tradición de reflexión sobre la sociedad civil, y Foucault no pertenece al marxismo.
¿Cuáles considera son los aportes fundamentales del libro?
─Como comprenderás, no me es fácil juzgar sobre mi propia obra. En todo caso puedo mencionar algunos elementos que presenta para la reflexión sobre este tema entre nosotros. La idea de que el concepto de sociedad civil no es antimarxista, ni amarxista, sino que forma parte esencial de una línea de pensamiento muy importante en la historia del marxismo. La idea de que el concepto de «sociedad civil», como cualquier otro concepto de la teoría social, es parte de un sistema conceptual, y que es preciso ubicarlo dentro de ese sistema, para evitar superficialidades. En el caso de Gramsci, forma parte de su reflexión o teoría sobre la hegemonía. Es preciso conocer esa teoría. Por otra parte, la idea de que la utilización, por Gramsci y otros marxistas, de este concepto de sociedad civil plantea el problema de la relación entre marxismo y liberalismo, que no es simplemente una relación de rechazo total, sino de superación. Y además, llamar la atención a la importancia de los procesos profundos, culturales, de conformación y consolidación del poder, destacando así la importancia de la sociedad civil como espacio esencial de las luchas políticas.

Jorge Luis Acanda (La Habana, 1954) es Profesor Titular de la Universidad de La Habana en la cual imparte Historia del Pensamiento Marxista. Doctor en Filosofía por la Universidad de Leipzig y Vicepresidente de la Cátedra de Estudios Antonio Gramsci del Centro de Investigación y Desarrollo de la Cultura Cubana Juan Marinello. En su producción teórica cuenta con más de una treintena de artículos publicados en cinco países.