18/10/13

Actualidad de la revolución y apuesta política de la “izquierda independiente”

    Foto: Aldo Casas
  • La burguesía quiso y pudo afirmarse como clase dominante desplegándose también como clase dirigente, aprendió a utilizar la coerción y el consenso, con un Estado que además de reservarse el monopolio y el uso de la violencia represiva, se dotó de medios para educar y “moralizar” a las clases subalternas. Pero esto sólo lo advirtió Antonio Gramsci
Aldo Casas  |  Hace ya algunos años Omar Acha llamó la atención sobre el “subdesarrollo del pensamiento político marxista” advirtiendo también que una las consecuencias (y no la menor) de ello resultó ser que, cuando Kautsky y Lenin “situaron la estrategia socialista en el terreno político”, lo hicieron de un modo de tal que instituyeron una visión vertical de la política revolucionaria [...] Al depositar la claridad marxista en el partido, naturalmente con importantes diferencias entre ambos, sentaron las bases de una expropiación de la voluntad política de la clase obrera. Instalaron la noción de un credo marxista que no debía ser “revisado”. (Acha, 2008: 137-138).


Paradójicamente, la actividad y la pasión política marcaron toda la vida y obra de Marx. Después de todo, fue quien escribió que
…contra el poder colectivo de las clases dominantes la clase obrera sólo puede llegar a actuar como tal si se constituye en un partido político distinto y opuesto a todos los viejos partidos formados por las clases propietarias (Krieger, 196: 847).
Pienso entonces que, si subdesarrollo existe, la vía para superarlo pasa por retomar y llevar aún más lejos el empeño crítico con que Marx develó los meandros a través de los cuales el capital (relación social en virtud de la cual el objeto producido deviene sujeto y comando sobre el productor) implica una escisión antagónica que produce y reproduce continuamente la alienación y el fetichismo: de la mercancía, del dinero, del Estado y, tendencialmente, la incontrolabilidad de la vida social. Marx se ocupó de las cuestiones “económicas” para escudriñar más allá de las apariencias, elucidar la esencia antagónica del capital y destacar su carácter histórico. De igual modo, muy tempranamente, su crítica de la política supo evidenciar  que la igualdad política de los ciudadanos encubría las desigualdades sustanciales en la sociedad capitalista, donde “el poder político es precisamente la expresión oficial de la contradicción de clase dentro de la sociedad civil” (Marx, 1987: 137). De allí, la luminosa comprensión de que la emancipación humana requiere quebrar la explotación y dominación del capital, revolucionando tanto la esfera socioeconómica como el nuevo tipo de poder político que, disueltos los antiguos lazos feudales de dependencia personal, se construye (y se recrea permanentemente) sobre la base del moderno antagonismo.

Partidario de la revolución social, Marx asumió la necesidad de la lucha política sin dejar de plantear una crítica sustancial a la misma. A la idealización de la política y el Estado como supuesto terreno de comunicación y realización humanas, opuso la convicción de que constituía en realidad una “mala mediación”: no superación, sino más bien expresión de aquellas limitaciones materialmente ancladas en la explotación y la opresión que impide a los hombres realizarse plenamente como tales. Concluyo esta introducción diciendo que su apuesta y aporte a la concepción de la revolución como autoemancipación de los explotados en marcha hacia una nueva sociedad (o forma histórica) sigue siendo referencia ineludible para superar el subdesarrollo político, porque sugiere que la revolución no resulta ni de un determinismo económico, ni de un puro voluntarismo político, es un proceso que ad-viene cuando determinadas condiciones o prerrequisitos objetivos son subvertidos por una acción colectiva que apuesta a la transformación revolucionaria de las circunstancias y de quienes luchan por el cambio. Intentamos recuperar lo que sigue vivo de una gran tradición a la que no renunciamos, en la batalla por restituir o devolver al cuerpo social los poderes usurpados por la política burguesa y estatalista:
La política socialista o sigue la senda que le fijó Marx –del sustitucionismo a la restitución– o deja de ser política socialista y, en vez de “autoabolirse” a su debido tiempo, se convierte en autoperpetuación autoritaria. (Meszáros, 2001: 539).
Haciéndolo, creemos ser fieles a la dialéctica y gramsciana actitud de buscar la continuidad en la discontinuidad y la discontinuidad en la continuidad. 

Insuficiencias y anacronismos

Ciertamente, la concepción de la revolución y de la política legada por los “clásicos” parece insuficiente, anacrónica en algunos puntos y, en otros, errónea. Por los inmensos cambios acaecidos a lo largo de un siglo y medio y que más adelante abordaremos, sin duda. También, porque puede hoy apreciarse que existieron en aquella germinal elaboración “puntos ciegos”, ambigüedades y expectativas luego refutadas por la realidad. Me limito a señalar dos que tuvieron significativas consecuencias políticas.

En relación a la organización y conciencia del proletariado, Marx había advertido ya en el Manifiesto Comunista que la clase, sometida a la explotación de una multiplicidad de capitales, estaba necesariamente fragmentada y los obreros compelidos a competir entre sí. Al profundizar la crítica de la economía política, retomó con detalle y profundidad estas y otras y otras cuestiones estrechamente relacionadas, analizando la subsunción real del trabajo, la producción de trabajo abstracto, la contradicción entre trabajo muerto y trabajo vivo, etcétera. Paradójicamente, estos progresos teóricos en la crítica de la economía política no tuvieron su correlato en el terreno específicamente político. De hecho, se subestimó el impacto que la profundización y sofisticación de la subsunción al capital tendrían en el desarrollo de la organización (sindical y política) de la clase obrera y en su conciencia. En Marx, y mucho más en los teóricos de la Segunda Internacional, creció la confianza en que la creciente concentración y combinación del capital y el desarrollo de la gran industria acarrearían simultáneamente la multiplicación de la fuerza, la organización colectiva y la conciencia de la clase obrera. No fue así. El orden del capital cubrió el planeta y la inmensa mayoría de la población mundial fue proletarizada, pero el capital logró mantener y profundizar la fragmentación y asimetría de los expropiados: entre la “aristocracia obrera” y el resto de la clase, entre el movimiento obrero en los países imperialistas y el proletariado del llamado “Tercer Mundo” y finalmente con la flexibilidad y desregulación “neoliberal” en cada uno de los países y a escala planetaria, con la presión adicional de un inmenso “ejército de reserva” conformado por la desocupación estructural. Agravando asimismo los clivajes y desigualdades por etnia, género y edad. Todo lo cual alentó, una y otra vez, a que desde el seno mismo de las grandes organizaciones obreras se reclamara la intervención “correctiva” del Estado burgués al que, en el extremo, buscan asociarse.  

Otro error que tuvo negativas consecuencias políticas fue la caracterización de que el “bonapartismo”, al estilo de la Segunda República en Francia, constituía “la única forma de gobierno posible” para la clase dominante y “la forma última” del poder estatal burgués (Marx, 2003: 63-64). La correlativa suposición de que el “parlamentarismo” estaba liquidado fue más equivocada y perniciosa aún. A fines del siglo XIX y a lo largo del siglo XX se produjeron significativos cambios estructurales y superestructurales en el capitalismo y el moderno sistema mundial de Estados, y aquel parlamentarismo cuya quiebra se había decretado fue capaz de apresar entre sus redes a los partidos obreros, incluido el Partido Obrero Socialdemócrata Alemán, el más fuerte del Viejo Continente y supuesto albacea del marxismo. Contradiciendo la suposición de que los capitalistas, por temor a la revolución estaban decididos a sentarse sobre las bayonetas del ejército y poner la salvaguarda de sus intereses de clase en manos del “Estado gendarme”, la burguesía quiso y pudo afirmarse como clase dominante desplegándose también como clase dirigente, esto es, aprendió a utilizar la coerción y el consenso, con un Estado que además de reservarse el monopolio y el uso de la violencia represiva, se dotó de medios para educar y “moralizar” a las clases subalternas, instalando también “casamatas” en la sociedad civil e incluso entre los trabajadores. Pero esto sólo lo advirtió el italiano Antonio Gramsci, desde la cárcel y muchos años después.

El Estado y lo político

El orden del capital es indisociable del Estado moderno como estructura política de mando, que asegura la reproducción del sistema y evita que el intrínseco antagonismo y las contradicciones lo hagan estallar. Pero este Estado no es una cosa ni se reduce a un aparato de gobierno:
…la forma-Estado reposa en el núcleo dinámico del capital, entendido éste no como una categoría económica, sino como un proceso de vida social global. (…) El Estado descansa en la disposición y subsunción de trabajo vivo –actividad vital, subjetividad, trabajo existente en el tiempo- para el proceso de valorización de valor. Se trata de un proceso cuyo soporte es una forma de dominación impersonal, que no requiere de coerción física directa y cuya peculiaridad –en contraste con otras formas históricas de dominación- consiste en realizarse ocultándose. (Roux, 2005: 28/29).
El Estado no es un artefacto externo a la sociedad, es una forma de las relaciones sociales, o mejor dicho, la resultante siempre abierta de un proceso relacional, dinámico, construido con las interacciones recíprocas de seres humanos enlazados agonísticamente, que se realiza en el conflicto e implica la participación de las clases subalternas. En un proceso que supone y reproduce el reconocimiento colectivo de una autoridad que monopoliza el uso legítimo de la violencia.

El Estado es entonces lugar-momento de la lucha de clases y, aunque su naturaleza sea capitalista, presenta cristalizaciones que son resultado de las luchas de las clases subalternas. Esas cristalizaciones pueden funcionar como locus de las confrontaciones contra la dominación y la explotación. (Mazzeo, 2005: 35)
Todo Estado se pretende soberano y casi omnipotente, aunque sea en realidad un proceso inestable. En su existencia y modo de manifestación, la forma-Estado implica el permanente intento de unificar la sociedad, controlar el conflicto, institucionalizar y domesticar la política, pero la estatización de la vida social está siempre atravesada por el conflicto y al menos potencialmente desafiada por la política autónoma de las clases subalternas, aunque ésta sea fragmentaria e intermitente. Debemos bajar del pedestal casi “metafísico” en que suele colocarse al Estado, combatiendo la idealización de quienes lo presentan como instrumento y garante del interés general, sin caer en simpleza del marxismo “vulgar” que se limita a denunciarlo como instrumento represivo garante de la explotación estructural, porque ignora todo lo referido a los sistemas de hegemonía construidos por la burguesía y se desentiende de las prácticas contra-hegemónicas de las clases y grupos subalternos.

También debemos intentar una redefinición radical tanto de lo político como de la política,  reconociendo que se trata de una problemática que excede o desborda lo estatal, relacionada con la cualidad humana -y por tanto social- de actuar construyendo normas que regulan la convivencia. Dicho de otra manera, lo político sería el ámbito de confrontación activa en el que se decide cómo se organiza la vida colectiva. Ciertamente, el grado de participación e incidencia de las diversas clases y grupos sociales en tal “decisión” es asimétrico y varía según los regímenes políticos y las relaciones de fuerza, pero aún si lo esencial de tales decisiones queda en manos de “ellos”, de la clase dominante,  no debemos ignorar que existe también una participación de  “nosotros”, de los sectores populares, pues incluso las disposiciones heterónomas suponen la aceptación, más o menos impuesta, de las clases y grupos subalternos. Precisamente, el momento en que la burguesía afirma su hegemonía se corresponde con la fase más estrictamente política, que señala el tránsito neto de la estructura a las superestructuras complejas, es la fase en que las ideologías germinadas anteriormente se convierten en “partido”, entran en confrontación y se declaran en lucha hasta que una sola de ellas o al menos una sola combinación de ellas, tiende a prevalecer, a imponerse, a difundirse por toda el área social, determinando, además de la unidad de los fines económicos y políticos, también la unidad intelectual y moral, situando a todas las cuestiones en torno a la cuales hierve la lucha o en el plano “corporativo” sino en un plano universal […] y la vida estatal es concebida como un continuo formarse y superarse de equilibrios inestables (en el ámbito de la ley) entre los intereses del grupo fundamental y los de los grupos subordinados, equilibrios en los que los intereses del grupo dominante prevalecen pero hasta cierto punto, o sea no hasta el burdo interés económico-corporativo. (Gramsci, 1999: 36/37).

Con este enfoque, dejamos de lado la tan estéril como difundida antinomia entre partidarios del “politicismo estatalista” y las “almas bellas” que se pretenden más allá del Estado, la política y las preocupaciones estratégicas, para pensar y proyectar la lucha de clases y el ímpetu libertario en términos de otra política y otra práctica política. La confrontación con otras políticas, para ser efectiva, debe realizarse también con medios políticos (que se definen y dirimen en el curso mismo de la lucha) y disputando  poder.

No se debe pensar la política emancipadora desde el Estado, pero es imposible pensarla sin el Estado. El Estado y la política están ahí, atravesados en algún lugar, entre la actividad práctica y la transformación del trabajo alienado. La emancipación requiere entonces de la lucha por el poder del Estado, contra el poder del estado y en el Estado. De hecho, luchar contra el poder del Estado, es luchar por el poder del Estado, aunque no se sepa o se lo niegue. (Mazzeo, 2005:30).

Más precisamente, y enlazando el conceptos de lucha política con el de construcción de poder popular, se
…bosqueja una concepción de la autonomía que no se contrapone al plano reivindicativo y permite pensar en la construcción concreta de poder popular y de la autonomía en ámbitos sindicales, estudiantiles, etc. Esto significa que dicho formato reconoce la importancia de las distintas instituciones que las clases subalternas se dan para afrontar sus luchas cotidianas (cabe recordar que la lucha de clases abarca necesariamente la lucha política y la lucha económica), y acepta la posibilidad de plantear disputas y “acumular” en el marco del Estado. (Mazzeo, 2007: 66). 

En  Argentina, la llamada “izquierda independiente” o nueva izquierda es hija o tributaria de aquella rebelión del 2001 que se caracterizó por el masivo y justificado rechazo a la vieja política (¡Que se vayan todos!),  la visibilización de los nuevos movimientos sociales y la intuición de que la política está en otra parte (López Echagüe, 2002). Doce años después, reivindicando aquellas enriquecedoras experiencias pero aprendiendo también de los límites, condicionamientos y derrotas que pudo imponer al movimiento popular la política llevada adelante por los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, parece evidente que, para enfrentar al neopopulismo y un “proyecto de país” extractivo-exportador con ribetes depredatorios,  no alcanza con tratar de unir las fragmentarias experiencias que hayan surgido “por abajo y a la izquierda”. Es urgente generar políticas que ayuden a forjar una voluntad colectiva masiva por el cambio social, construir un proyecto emancipatorio a escala nacional y de Nuestra América. No faltan en Nuestra América organizaciones sociales y emprendimientos auto-normados que han sido capaces plantarse frente a las seducciones o amenazas del asistencialismo y el clientelismo de los gobiernos y los partidos del sistema, pero esto no es suficiente. La adecuada comprensión teórica de estas experiencias ayuda a valorarlas y proyectarlas políticamente en un sentido alternativo, no-capitalista, superador tanto de las recetas neoliberales que pugnan por volver, como de los proyectos llamados “neodesarrollistas” ya en retroceso, como puede verse en nuestro país y sobre todo en la rebelión popular de junio en Brasil. Elaborar junto al pueblo un proyecto político emancipatorio supone también aprender a reconocer, valorar y potenciar las sutiles y fragmentarias formas que pueden adoptar las pulsiones políticas entre “los de abajo”. La instintiva y justificada desconfianza hacia “los políticos” y “los sindicalistas”, coexiste con vivencias políticas casi nunca verbalizadas pero subyacentes a la cotidiana experiencia colectiva. Lo presente-vivido con su carga de sufrimiento, agravios y humillaciones se enlaza con la memoria de pasadas luchas, frustraciones y episódicas victorias, y con este material puede componerse, al decir de Benjamin,  una constelación de modo tal que  “el pasado deja de ser un botín que recibimos de los sucesivos vencedores de la historia, para convertirse en una experiencia única y activa” (Vedda, 2008: 11) que alimenta la esperanza colectiva y enseña a “soñar con los ojos abiertos”.

Más en general, si la lucha contra el capital es una batalla para terminar con la explotación y la división social jerárquica del trabajo y construir una nueva forma de sociabilidad para recuperar y desplegar la condición humana, cabe decir que la batalla contra el capital pasa también por aprovechar, potenciar e impulsar cada situación que permita trascender la politicidad enajenada que invita o exige votar y elegir “representantes” ocultando que, simultáneamente, somos expropiados del derecho a organizar, controlar y decidir las formas de organización de nuestra vida social. Dicho de otro modo, una estrategia dirigida a poner fin a la explotación y la enajenación del trabajo para dar paso a una “comunidad real y verdadera”, implica también una estrategia enderezada a poner fin a la enajenación política para dar paso a una sociedad emancipada, entendida no ya como una comunidad “liberada” de toda política, sino como asociación política fundada en la libertad, en la plena realización de la individualidad concreta y en el reconocimiento recíproco como personas.

Claro está que para llegar hasta allí será precisa una larga marcha, por territorios sin caminos trazados de antemano ni mapas precisos. La transformación revolucionaria implica un prolongado y complejo proceso que enlaza las diversas esferas de la totalidad social y requiere de un desarrollo mucho mayor de la teoría de la transición, algo que excede los objetivos y límites de esta contribución pero no podemos dejar de señalar.
Estado, Nación, poder popular… cuestiones de soberanía

Tratándose de política, Estado, Nación y poder popular, ineludible es la cuestión de la soberanía, que tiene o adquiere distintas dimensiones y dinámicas. Existe y compartimos la justa reivindicación de las soberanías nacionales de los pueblos y países de Nuestra América contra la prepotencia imperial de las potencias del Norte, cuando se le dijo No al ALCA, cuando se conforman organismos de integración regional que dejan de lado a los EE.UU., cuando se denuncian las amenazas, hostigamiento o ataques de los imperialistas contra Cuba y Venezuela, cuando se reacciona contra el trato vejatorio que la decadente Europa capitalista y racista impuso al Presidente de Bolivia, cuando se denuncia la proyección del militarismo yanqui sobre la región o la voracidad de los “fondos buitres”, etc. Esto tiene diversas expresiones y contenidos a nivel de Estados y gobiernos: no son lo mismo el ALBA, la CELAC, o el Mercosur. Son cosas bastante diferentes y a veces encontradas el antimperialismo de Cuba y Venezuela, las pretensiones subimperiales de Brasil, o la autonomía gestual que suele asumir Argentina en algunos foros internacionales.

Por otra parte, cuando la Presidenta Cristina Fernández de Kirchner habla de soberanía, lo que hace con relativa frecuencia, estamos obligados a distinguir. Cuando se trate de acciones o definiciones que ponen freno a la prepotencia imperial, aunque sea de manera limitada e inconsecuente, las apoyamos y apoyaremos sin que ello afecte nuestra independencia. Cuando se trate en cambio de la retórica demagógica que utiliza la palabra soberanía para tapar groseras abdicaciones de la soberanía nacional como lo son el pago de la ilegítima deuda externa, la capitulación ante la mega-minería, Monsanto o la petrolera Chevrón, etc., debemos enfrentarlas. Advertimos entonces que el Gobierno sólo habla de soberanía en términos de “unidad nacional” y de autoridad del Estado, o sea, con palabras que ocultan el antagonismo social y pretenden que todo quede en manos del Poder Ejecutivo. Pero el antagonismo social y la lucha de clases existen, aunque la doctrina peronista los condene. Precisamente por eso, desde el punto de vista de los intereses populares la soberanía nacional no debe reducirse a la soberanía estatal (aunque la incluya): debe ser contextualizada y conjugarse más bien como soberanía popular.

No aceptamos arrodillarnos ante la cláusula que ordena: “el pueblo no delibera ni gobierna”, porque una secular experiencia nos enseña que la soberanía nacional solo se sostiene efectivamente con el protagonismo popular.  Queremos entonces que ese protagonismo llegue a ser efectiva y continuada auto-actividad y contra-hegemonía. Queremos que se instituya como poder popular de hecho y de derecho, recordando de paso dos cosas que ya dijimos: por un lado, que no todo derecho nace o requiere de la unción del Estado y, por el otro, que la construcción de poder popular no puede ignorar ni dar las espaldas al Estado. El análisis concreto de situaciones concretas debe permitirnos denunciar y combatir las insuficiencias y la consabida hostilidad del aparato burocrático-estatal hacia lo plebeyo y la movilización, manteniendo una posición flexible y propositiva para reclamar, negociar e incluso apoyar cualquier medida que implique ganar soberanía frente los imperialistas, frente al mercado mundial o las exigencias del gran capital.

Instrumentos para la lucha política y la construcción de poder popular

La necesidad de un replanteo político que superara el “resistencialismo” y enfrentara incluso el calendario electoral fijado por el régimen, se desarrolló tardía, limitada y morosamente en los diversos componentes de la llamada “izquierda independiente”. De hecho, recién hacia fines del 2012 y no sin tensiones y desgarramientos, algunos sectores lograron asumir prácticamente esta tarea, dando un paso que mereció críticas tan descalificadoras como pobres de argumentos por parte de la izquierda tradicional, pero también algún aporte esclarecedor (Mazzeo, 2013: s/n) que me permitiré glosar someramente. La cosa tiene su importancia, porque a pesar de llegar tarde, mal y fragmentada a las elecciones “primarias” realizadas en agosto de este año, las contadas experiencias realizadas por esta nueva izquierda fueron relativamente exitosas (superaron el porcentaje del 3% calificando así para intervenir en las elecciones de octubre) dejando una valorable experiencia que confirma, en éste caso al menos, aquello de que “mejor tarde que nunca”. Efectivamente, siendo integral la lucha por cambiar el mundo, no cabe renunciar a ningún espacio de confrontación y de proyección política en base a un vacío “principismo” antielectoral. Estos agrupamientos que, por otra parte, fueron a lo largo de la década pasada protagonistas de infinidad de prácticas territoriales, sociales, culturales, pedagógicas, comunicacionales, etc., buscan ahora proyectar praxis, ideas y proyectos, ampliando el campo de sus interlocutores. Sabiendo que se trata de incursionar en un espacio ajeno, hostil y vacío de contenidos emancipatorios, el gran desafío planteado será aprender a hacerlo con praxis antisistémicas, sorteando las trampas y conmocionando dicho campo, para desestructurarlo, quebrar su unilateralidad, darle otros sentidos. Se trata de articular de un modo renovado y productivo la tesis –marxista y libertaria– de la extinción del Estado con el reconocimiento de la complejidad y relativa autonomía de lo político, según lo anteriormente postulado. Lo riesgoso del intento era sabido y estas primeras experiencias evidencian que no será sencillo evitar recaídas en el formalismo burgués que limita la dialéctica social a los cruces de opiniones mediáticos, los convencionalismos que invisten al “político” con máscaras, personalidades ad hoc y desempeños ambiguos. El necesario esfuerzo de quebrar la marginalidad y dialogar sobre los grandes problemas con lenguaje comprensible para el común de los mortales fácilmente puede derivar en pérdida de identidad, recaídas en el sustitucionismo y la adopción de una agenda ajena a las clases  subalternas y oprimidas. Es imprescindible entonces insistir en que los nuevos instrumentos políticos en construcción no deben construirse buscando gestionar lo dado, sino cambiar el mundo y cambiar la vida. Queremos una izquierda que en vez de propugnar sistemas doctrinarios o programas inventados allá lejos y hace tiempo, apueste al cambio radical en términos de deseo y confianza en los y las de abajo, sin creernos portadores del “progreso” ni sujetarnos a criterios etapistas o evolucionistas externos a la lucha de clases. Reivindicamos las ideas y prácticas de experimentación y prefiguración, lo que “permite una dialéctica fructífera entre la acción colectiva consciente y el desarrollo de las contradicciones de la sociedad. Resuelve el dilema de la integración reformista para hoy o la ruptura revolucionaria para mañana” (Rosanvallon, 1979: 102), cit. en Mazzeo, 2013: s/n).

Praxis prefigurativa, apuesta y experimentación constituyen tres ideas-fuerza de la izquierda independiente. Ideas-fuerza en las que se fundan sus esbozos sobre el cambio social, el poder popular (como dinámica que cuestiona la legitimidad del poder constituido) y la transición a un sistema poscapitalista. La izquierda independiente se descubrió a sí misma –mezclada con la tierra de barrios periféricos– al aceptar estas ideas-fuerza. Ellas le impusieron una prospectiva singular que la diferencia de la izquierda dogmática y del progresismo reformista. (Mazzeo, ídem).   

El “Frente de Izquierda y los Trabajadores” logró un éxito (relativo) en las recientes elecciones que seguramente repetirá y mejorará dentro de dos semanas. Que un millón de personas vote por la izquierda es alentador, pero sabemos por experiencia que este progreso podría, paradójicamente, potenciar los vicios y límites de una vieja izquierda, tan rígidamente estructurada, tan “organizada”, tan “programática”, que no crea ni piensa nada nuevo, porque tiene la convicción de que ya está todo descubierto, pensado, tipificado y escrito por “el Partido” o, en este caso, “los” partidos, que presentan al FIT como si fuese “la forma al fin descubierta” de la izquierda argentina. Mantener esta actitud de autoproclamación impedirá una sincera apertura y relacionamiento a las mayorías subalternas y oprimidas. Pero “éxitos son éxitos”: ejercen cierto atractivo y también cierto afán de “competir” en el mismo terreno y con similares recursos. Contra semejantes tentaciones, bueno sería recordar que existieron y existen ya diversas izquierdas institucionales, electoralistas, más o menos testimoniales, sin olvidar las que se inscriben en el “progresismo” tanto en la vertiente “nacional y popular” como en la “centro-izquierda opositora”, todas ellas domesticadas de una u otra manera y proclives a hacer de la gimnasia electoral el eje de una actividad “politicista”. En estos casos, la “fuga de la praxis” y distanciamiento de la función crítico-revolucionaria, revela tanto la incapacidad para encarar esas tareas, como la tentación por los formatos espectaculares y mediáticos; las limitaciones teórico-políticas y la comodidad que ofrecen tanto el dogmatismo como los terrenos apologéticos de lo “existente”, lo “usual” y lo “políticamente correcto”.  

En las antípodas de esas derivas acomodaticia, cabe redoblar la apuesta, sin falsas expectativas, con conciencia histórica y con la energía revolucionaria que pugna por actuar en todos los frentes, buscando superar la dispersión de la izquierda independiente y sus incipientes experiencias, y consolidar su constitución como nueva izquierda: popular, latinoamericanista, ecosocialista, feminista, antipatriarcal, una izquierda asumida como espacio crítico y transformador, ajena al doctrinarismo y empeñada en construir una alternativa real de poder, multiplicando su visibilidad, desplegándose a escala nacional y ganando masiva raigambre popular. Este desafío plantea interrogantes e incertidumbres que no debemos ocultar: ¿cómo resignificar la idea de representación? ¿Cómo redefinir la democracia y cómo reapropiarnos de una “gran política” desde abajo? ¿Qué papel puede jugar la democracia formal y delegativa en el marco de esta tarea? 

Son cuestiones que hemos tratado de abordar a lo largo de esta presentación y retomamos al final, no para anunciar respuestas acabadas sino para afirmar que esos interrogantes y otros muchos más sólo tendrán respuesta en la medida que la izquierda independiente redoble la apuesta y asuma la actualidad de la revolución y las tareas que ella impone en Nuestra América.    

Actualidad de la revolución y tareas de la izquierda 

El momento mismo en que el capitalismo a nivel mundial atraviesa la crisis más grave de su historia y los gobernantes no tienen idea de cómo podrán salir de ella, me parece el momento en que la izquierda radical debe comprender que nuestra atención no está regida por la preocupación de “salir de la crisis”, lo que queremos y necesitamos es salir del capitalismo.
Las crisis son momentos de paradojas y de posibilidades. […] Podría ser que no hubiera soluciones capitalistas efectivas a largo plazo a esta crisis del capitalismo (aparte de una vuelta a las manipulaciones del capital ficticio). En este estadio, los cambios cuantitativos llevan a deslizamientos cualitativos y hay que tomarse en serio la idea de que podríamos estar precisamente en ese punto de inflexión en la historia del capitalismo. Cuestionar el futuro del capitalismo como sistema social viable debería estar por tanto en el centro del debate actual (Harvey, 2010: s/n). 
No niego la gravedad de la crisis y los peligros que encierra, porque considero que es también una crisis civilizatoria. Más aún, estoy convencido de que las organizaciones obreras, los movimientos sociales, el marxismo y nosotros mismos mismo no escapamos a la crisis. Han sido conmovidos o trastocados los puntos de referencia (materiales, organizativas y conceptuales) que orientaron el combate por la emancipación social durante un largo período histórico que ha quedado atrás. No se trata sólo de la implosión del mal llamado “campo socialista”, sino de la completa integración al sistema de la socialdemocracia, los grandes partidos comunistas y los movimientos de liberación nacional, que habían jalonado políticamente el curso del siglo XX. Se trata también de la derrota o impasse de las corrientes de la llamada “extrema izquierda” en todas sus vertientes.   

Incluso en Nuestra América, donde la cartografía del cambio viene siendo diseñada por múltiples luchas y organizaciones populares que son protagonistas o herederas de grandes confrontaciones con los gobiernos neoliberales, y en la misma Venezuela bolivariana y chavista que asume la perspectiva del socialismo del siglo XXI, está planteado el tremendo desafío de fecundar las luchas defensivas y reivindicativas con una concreta perspectiva emancipatoria que ensaye y articule desde ahora experiencias no capitalistas y formas de poder popular que las efectivicen y extiendan. Creo haber dicho ya que vivimos una época de transición o, si se me permite decirlo así, de transición epocal. En condiciones sustancialmente distintas a las del siglo pasado, debemos repensar la “actualidad de la revolución” asumiendo que el siglo XX dejó lecciones difíciles de compatibilizar e integrar en una teoría de la transición sustancialmente renovada y desarrollada. Sabiendo que el pasaje a una sociedad emancipada no es instantáneo, ni es acometido simultáneamente por los trabajadores del mundo. Sabiendo también que la transformación socialista es la subversión  del trípode del Capital, Trabajo asalariado y Estado en que se sostiene al viejo orden, en un proceso que debe desplegarse a nivel internacional y requiere la activa participación de los trabajadores del mundo. 

Comprendiendo que en tales circunstancias hacer del socialismo una realidad irreversible requerirá muchas transiciones dentro de la transición y que el mismo socialismo debe ser concebido como una constante auto-renovación de revoluciones dentro de la revolución (Mészáros, 2001: 563). Comprendiendo, sobre todo, que “otro mundo es posible” sí y sólo sí nuestras prácticas presentes lo prefiguran.

Hubo en el pasado y tendremos en el futuro situaciones en que la construcción del poder popular pase por la disputa abierta del poder y una radical subversión del aparato y las funciones del Estado capitalista. Pero ninguna “ley” histórica o “principio” teórico impone creer que todo cambio revolucionario queda supeditado al mítico momento del “asalto al poder”, y mucho menos autoriza a pontificar que recién entonces podrían abordarse las cuestiones de la transición... Por el contrario, la historia y la vida misma muestran que es posible y necesario desafiar desde ahora el orden del capital y construir poder popular poniendo en marcha al menos rudimentos de un nuevo metabolismo económico social. Para sobrevivir. Para empezar a vivir de otro modo. Porque sabemos que la revolución no consiste sólo en la expropiación del gran capital. Debe ser también una ruptura radical con la división social jerárquica del trabajo y el paradigma productivo-tecnológico-cultural impuesto por el capital. Debemos producir y consumir de otro modo, producir y consumir otras cosas. Terminar con la explotación del hombre pero también con la explotación de la naturaleza, haciéndonos incluso cargo del fardo que implica el cambio climático. Construir otras relaciones sociales en ruptura con el patriarcalismo, la alienación y los fetiches del capital. Existen infinidad de problemas específicos que no tienen respuestas válidas a priori, porque las respuestas sólo serán “correctas” cuando podamos “fabricarlas” colectivamente. ¿Por dónde empezar? ¿Qué es lo determinante? ¿Qué sujeto sociopolítico? En realidad, todas las esferas de la actividad social son terrenos de confrontación y de creación: la tecnología y formas organizativas, las relaciones sociales, los dispositivos institucionales y administrativos, los procesos de producción y trabajo, las relaciones con la naturaleza, la reproducción de la vida cotidiana y las especies e incluso las concepciones mentales del mundo. Todas y cada una estas áreas de la totalidad social existen en relaciones de co-dependencia y co-evolución, con tensiones y antagonismos que subyacen a la crisis y a los desplazamientos de la crisis. Nuestro punto de referencia deja de ser tal o cual aspecto de la crisis, sino la voluntad de ir más allá del capital poniéndonos en movimiento ahora mismo: 
…podemos empezar por cualquier parte y en cualquier momento y lugar, ¡con tal de no permanecer en el mismo punto donde comenzamos! La revolución tiene que ser un movimiento en todos los sentidos de esa palabra. Si no podemos movernos en y a través de las distintas esferas, en último término no iremos a ningún sitio. (Harvey, 2012: 118)
Sólo así podemos conformar el bloque social y político capaz de sostener el cambio radical al que aspiramos. No podemos dejar de ser utópicos. Tampoco debemos dejar de ser realistas. La revolución, el socialismo, el comunismo, entendidos como perspectiva y realidad en devenir y no como modelo a imponer, implica un largo combate que articula utopía y realismo de manera doblemente original. Un realismo estratégico que en las antípodas del inmediatismo y el posibilismo nos oriente a largo plazo, hasta obtener triunfos irreversibles. Una utopía cotidiana que no es promesa de futura felicidad sino esperanza colectiva con la cual aprender a “soñar con los ojos abiertos” impulsando la autoactividad y autotransformación de deposeídos y oprimidos, apostando a cambiar la vida y cambiar el mundo. Salir de nuestra crisis es recuperar la capacidad política de pensar y de actuar cotidianamente y estratégicamenteA escala nacional, en el más amplio terreno de la lucha de clases que es nuestra Patria Grande e internacionalmente porque, en definitiva, nuestra Patria es la Humanidad.

Referencias Bibliográficas

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Gramsci, Antonio, Cuadernos de la cárcel. Edición a cargo de Valentino Gerratana. Traducción Ana María Palos. Tomo 5. México: ERA, 1999.
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