6/8/13

Pensar Lenin | El hombre más vital del siglo XX

  • Lenin quien logra establecer una visión mucho más clara, compleja y "virtuosa" de qué resolución plantear a la contradicción entre Estado obrero y clase obrera evitando la alternativa de ubicar a esta en un rol subordinado, a diferencia por ejemplo de Antonio Gramsci, que de todos modos, consideraba a Lenin el teórico de la hegemonía por excelencia.
Juan Dal Maso & Fernando Rosso  |  Luego de la degeneración estalinista, el nombre de Lenin fue interesadamente asociado a decenas o cientos de "mitos". Fue acusado de ser portador de un pensamiento "rígido", de pretender reglamentar "desde afuera" al movimiento obrero, y por lo tanto, "sustituirlo". Fue estigmatizado como un "estatista" incurable que veía en la dictadura del proletariado el fin último de todo combate y por supuesto, por esta misma razón, un antidemocrático, responsable en última instancia (y en primera) de la aberración estalinista.


Se vulgarizó y tergiversó la teoría leninista de la organización, es decir, su concepción de partido, que debía ser altamente disciplinado, en el sentido de una reglamentación obediente y burocrática; inflexible, entendido como formas organizativas muertas y rutinarias; "profesional", en el peor sentido del término.

Los folletos y libros que escribió a lo largo de su vida, y que documentan sus batallas desmienten uno a uno estos mitos (una muy buena selección está en las obras recientemente editadas por el Instituto del Pensamiento Socialista).

Si, como afirma Gramsci, manifestando su odio a los indiferentes, ser partidista es sinónimo de estar vivo; Lenin fue el hombre más vital del siglo XX. Y esa vitalidad se "siente" a lo largo de toda su obra. Desde las polémicas contra los populistas y economicistas, hasta "el último combate del Lenin". Haber sido el más partidista de la causa obrera es un pecado imperdonable que hace difícil la operación de "canonizar" o "academizar" a Lenin.

Desde el "Qué hacer" donde sentenciaba, polarizando con los econimicistas, que la conciencia "espontánea" de la clase obrera era limitadamente "tradeunionista" o sindicalista, hasta sus escritos después de la revolución de 1905 donde afirmaba que la clase obrera era "intuitiva y espontáneamente socialdemócrata" (en ese momento todos los socialistas se llamaban socialdemócratas).

Desde la férrea lucha por la formulación del primer artículo de los estatutos en torno a quién debía ser considerado miembro del partido en 1903, donde Lenin peleaba por el mayor compromiso y control de quienes pretendían formar parte; hasta sus planteos al calor de 1905 donde proponía "adoptar formas orgánicas menos rígidas, más ‘libres’, más lose" (En alemán: flojo, suelto).

Estos son sólo ejemplos, en nada más y nada menos de dos cuestiones caras el pensamiento leninista como la conciencia y el partido. Desde una lógica formal pueden verse como afirmaciones contradictorias, pero en realidad expresan un pensamiento dinámico, vivo y abierto a las tendencias de la realidad. La realidad del movimiento obrero y de masas, que expresaban lo más vivo y más "real" de la sociedad rusa de su tiempo y no a las "irreales", opacas y conservadoras estructuras burocráticas de una burguesía que había nacido cobarde.

Si hay un objetivo que cruza permanentemente el itinerario de Lenin es el combate contra todos los obstáculos burocráticos que se interponen al desarrollo revolucionario del movimiento obrero y de las masas. Es una lucha contra todo tipo de regimentación.

La pelea contra los economicistas no se basaba en una lectura estática de los presuntos límites "naturales" de la clase obrera, trágicamente incapaz de adoptar una conciencia política independiente. Por el contrario, apuntaba a derrotar a aquellos que pretendían encorsetarla en esos límites, porque hay que elevar a la vanguardia del proletariado a la lucha general, política y no reabajarla al nivel de lo que es funcional a la burguesía liberal, es decir, sólo a la defensa de sus intereses corporativos. Eso era adaptarse a la división ideológica impuesta por la burguesía que le permite sostener su hegemonía: la separación entre la economía y la política.

Desde esta óptica el ¿Qué hacer? no era una lucha contra la la espontaneidad, sino y si se quiere, una lucha por el desarrollo de la espontaneidad que no es más que la "forma embrionaria de lo consciente". Los economicistas pretendían mantener a lo embrionario en ese estado, sin que desarrolle todas las potencialidades que esa misma forma contiene. A la vez lo "espontáneo" no es "natural", sino un producto de la actuación de todas las instituciones burguesas sobre la conciencia del proletariado y las masas. Como se afirma acá "Ya hemos dicho que la sociedad burguesa toda es un gigantesco elemento de desnaturalización y descomposición del movimiento revolucionario". Toda esa "(a)normalidad" estalla en momentos de crisis y revolución y desata abiertamente las tendencias de la "guerra civil larvada" que cotidianamente enfrenta al capital y al trabajo.

Y con el mismo ímpetu presentó batalla para revolucionar por completo la "vieja forma partido", con el auge revolucionario de 1905, porque, justamente, las viejas formas de organización podían convertirse anacrónicamente en una traba burocrática para del cauce revolucionario que adoptaba el movimiento de las masas. En este mismo sentido pueden entenderse sus combates por los soviets (o "por todo el poder a los soviets") cuando estos eran expresión más o menos directa de una nueva forma de estado, de un nuevo poder constituyente, creado por las propias masas en el combate; como su incipiente lucha contra los soviets, cuando se deslizaban peligrosamente bajo dirección conciliadora, hacia convertirse en órganos de apaciguamiento, de contención y moderación reaccionaria; es decir una institución más, "ad hoc" y molesta, pero institución al fin, del orden y la "legalidad" burguesa ("Pues tanto peor para el gobierno y para los soviets (...) porque eso significa que no son más que nulidades, marionetas y que el poder efectivo no está en sus manos". Sobre las consignas, julio de 1917)

Luego de la revolución y con los bolcheviques en el gobierno, la misma lógica y el mismo objetivo político y estratégico guiaba sus concepciones sobre la de "democracia" y el estado, una de las cuestiones más discutidas por los marxistas a lo largo del siglo XX y una de las puertas de entrada a capitulaciones varias.

“Se comprende que en 1917 hablásemos del Estado obrero; pero ahora se comete un error manifiesto cuando se nos dice: ‘Para qué defender, y frente a quién defender, a la clase obrera si no hay burguesía y el Estado es obrero?’ No del todo obrero: ahí está el quid de la cuestión (...) En nuestro país, el Estado no es, en realidad  obrero, sino obrero y campesino. Esto en primer término. Y de esto dimanan muchas cosas. (Bujarin: ¿Qué Estado? ¿Obrero y campesino?) y aunque el camarada Bujarin grite desde atrás. “¿Qué Estado? ¿Obrero y campesino?”, no le responderé. Quien lo desee, puede recordar el Congreso de los soviets que acaba de celebrarse y en él encontrará la respuesta.

Pero hay más. El programa de nuestro partido – documento que conoce muy bien el autor de El abecé del comunismo- vemos ya que nuestro Estado es obrero con una deformación burocrática. Y hemos tenido que colgarle -¿cómo decirlo?- esta lamentable etiqueta o cosa así. Ahí tenéis la realidad del período de transición. Pues bien, dado ese género de Estado, que ha cristalizado en la práctica, ¿los sindicatos no tienen nada que defender? ¿se puede prescindir de ellos para defender los intereses materiales y espirituales del proletariado organizado en su totalidad? Esto es falso por completo desde el punto de vista teórico. Esto nos llevaría al terreno de la abstracción o del ideal que alcanzaremos dentro de quince o veinte años, aunque yo no estoy seguro de que lo alcancemos precisamente en ese plazo. Tenemos ante nosotros una realidad, que conocemos bien si no perdemos la cabeza, si no nos dejamos llevar por disquisiciones de intelectuales, o por razonamientos abstractos, o por algo que a veces parece ‘teoría’ pero que, en la práctica, es un error, una falsa apreciación de las peculiaridades del período de transición. Nuestro estado de hoy es tal que el proletariado organizado en su totalidad debe defenderse, y nosotros debemos utilizar estas organizaciones obreras para defender a los obreros frente a su Estado y para que los obreros defiendan nuestro Estado. Una y otra defensa se efectúa a través de una combinación original de nuestras medidas estatales y de nuestro acuerdo, del “enlazamiento” con nuestros sindicatos.

Porque el concepto de ‘enlazamiento’ incluye que es necesario saber utilizar las medidas del poder estatal para defender de este poder estatal los intereses materiales y espirituales del proletariado organizado en su totalidad”.

Superando la tradición del constitucionalismo burgués, que se propone limitar el poder, mediante la división de poderes, haciendo abstracción de que es una mera subdivisión del mismo poder de la clase explotadora, Lenin es clarísimo en su posición de articular fuerzas sociales e instituciones políticas para que la “hegemonía” de la clase obrera no se transforme en una sustitución de la clase obrera por el aparato estatal presionado por millones de campesinos.

Y en ese sentido, la “hegemonía” en la que está pensando Lenin contiene un sistema de contrapesos al mismo tiempo muy complejo (por las fuerzas sociales que se propone articular) y muy sencillo (por su claridad de cuáles son los problemas a resolver) entre la vanguardia y las masas de la clase obrera y entre la clase obrera de conjunto y el campesinado, que a su vez debe expresarse en la relación entre las organizaciones obreras y el estado.

Desde este punto de vista, es totalmente reduccionista y sobre todo falsa,  la lectura ampliamente difundidad que presenta a Lenin como un mero teórico de la "alianza de clases" de características "pre-hegemónicas", cuando es Lenin quien logra establecer una visión mucho más clara, compleja y "virtuosa" de qué resolución plantear a la contradicción entre Estado obrero y clase obrera evitando la alternativa de ubicar a esta en un rol subordinado, a diferencia por ejemplo de Antonio Gramsci, que de todos modos, consideraba a Lenin el teórico de la hegemonía por excelencia.

Por eso los innumerables propagandistas antimarxistas de la "autonomía de la política" hacen a Lenin críticas superficiales, al desconocer esta concepción leninista que articula fuerzas sociales e instituciones en un sistema de contrapesos. La autonomía de la política era perfectamente conocida por Lenin, pero estaba integrada en un pensamiento sobre el Estado que concebía como un objetivo el "fin de la política" con el fin de la sociedad de clases, no en el sentido de que se terminasen los diferendos, los debates y controversias, sino en el de que la "especificidad de la política" como un "oficio" separado de las masas trabajadoras con su consiguiente necesidad de una casta política, sería superada históricamente.