16/8/13

Globalización: ¿Continuación del Imperialismo por otros medios?

Emma Benzal Alonso  |  De entre la numerosísima literatura que existe sobre la globalización es posible extraer un importante conjunto de interpretaciones que presentan la misma como un neo-imperialismo protagonizado por Estados Unidos que, como tal, guarda importantes similitudes con los imperialismos del pasado [1]. También encontramos entre ella otro conjunto igualmente relevante que presenta la globalización dentro de un continuo histórico de dominación imperialista del cual no es más que la etapa más reciente [2]. Todas estas interpretaciones buscan los paralelismos existentes entre los fenómenos imperialistas del pasado y la globalización hoy, analizando las características fundamentales de ambos y constatando la similitud de los mismos.

Contribuyendo desde otra perspectiva a este enfoque continuista entre el imperialismo y la globalización pretendo aquí mostrar cómo quienes han intentado dar una explicación de las causas del fenómeno imperialista y quienes intentan explicar la globalización también adoptan posturas enormemente semejantes. 

De este modo, se pretende argumentar que, si desde un enfoque puramente teórico es también posible constatar la casi idéntica comprensión del imperialismo pasado y de la globalización hoy, tenemos que estar necesariamente ante fenómenos esencialmente similares, aunque la denominación que se le dé a los mismos sea distinta.

La idea central, en definitiva, es que, la globalización y el imperialismo no sólo son fenómenos similares porque lo sean sus elementos constitutivos sino también porque la forma de entender sus causas, los elementos que se consideran determinantes de su aparición en ambos casos, son prácticamente las mismas.

En este sentido, se mostrará que la base de la identidad entre las explicaciones mayoritarias de ambos fenómenos reside en su común énfasis en lo económico. Tanto las explicaciones del imperialismo como las de la globalización consideran que las causas principales motivadoras de cada uno se encuentran en la coyuntura económica.

Ahora bien, mientras las teorías económicas del imperialismo fueron en su día cuestionadas por otro tipo de explicaciones que planteaban posibles causas no económicas del imperialismo, las explicaciones económicas de la globalización rara vez han intentado ser sustituidas por explicaciones alternativas y las existentes han acabado siendo subsumidas en las primeras. Por ello, aquí se plantea la propuesta de extrapolar las explicaciones alternativas del imperialismo, que en su día ayudaron a subsanar las deficiencias de las explicaciones económicas completando la comprensión del fenómeno imperialista, al análisis de la globalización, superando, de este modo, las limitaciones de la misma, las cuales, a mi modo de ver, derivan igualmente de este sesgo económico.

Empezaré, por tanto, exponiendo las principales explicaciones económicas del imperialismo y aquellas teorías que surgieron como respuesta a las mismas para después presentar las explicaciones mayoritarias de la globalización, señalando a lo largo del proceso los paralelismos existentes entre las primeras y las últimas, para finalmente proceder a la extensión de las explicaciones no económicas del imperialismo al análisis de la globalización, esperando, con ello, que el uso de herramientas procedentes del pasado nos ayude a comprender mejor el presente.

Las teorías del imperialismo

Las teorías del imperialismo surgen a principios del s. XX con el objetivo de explicar las causas del fenómeno imperialista en curso en esos momentos que traía causa de la frenética actividad expansiva de finales del siglo anterior[3].

Tradicionalmente se sitúa el inicio del estudio teórico del imperialismo en la obra de John Atkinson Hobson Estudio del Imperialismo, de 1902[4]. En esta obra Hobson, preocupado por el devenir de la Guerra de los Bóers y con la intención de dar una explicación a la implicación británica en territorios sudafricanos, acaba sentando las bases de las interpretaciones económicas del imperialismo, las cuales se convertirán durante mucho tiempo en la casi exclusiva explicación del imperialismo y, desde luego, en la más importante de toda su historiografía.

Hobson parte de la idea de que la extensión británica en ultramar a lo largo del último cuarto del s. XIX tiene un carácter distinto al de las expansiones previas pues se caracteriza por no pretender la colonización y la progresiva concesión de autogobierno como en el caso de muchas de sus posesiones adquiridas con anterioridad sino la mera dominación. Esto le lleva a analizar la posible distinta motivación de estas incorporaciones territoriales planteando como hipótesis que son las necesidades comerciales británicas las que explican la nueva pauta expansiva. Partiendo, así, del análisis de la evolución de los volúmenes de transacciones comerciales entre la metrópoli y sus nuevos territorios constatará que tales relaciones no se vieron incrementadas sino que los mayores intercambios comerciales quedaron restringidos en su mayoría a la metrópoli y sus colonias blancas y territorios industrializados fuera del imperio británico, lo que le obligará a concluir que la motivación comercial no pudo estar detrás de las nuevas incorporaciones.

No obstante, el hecho de que la razón de la expansión británica del último cuarto del s. XIX no fuera comercial no supuso para Hobson que la causa de la misma dejara de ser económica. Son los intereses de los inversores, que obtienen mayores beneficios en el extranjero, los que explican, según él, el imperialismo. Ahora bien, la forma en que estos inversores promueven la expansión no es directa. Quienes realmente impulsan el imperialismo son otro tipo muy heterogéneo de agentes –en concreto, según Hobson, políticos, soldados, filántropos y comerciantes- que se mueven por intereses no económicos y que se ven manipulados por esas fuerzas económicas para actuar en su beneficio[5].

Pero ¿qué explica que estos intereses económicos particulares de las fuerzas financieras se vean mejor satisfechos mediante el recurso al extranjero que mediante su satisfacción en el interior? La clave, según Hobson, reside en el subconsumo. Según esta tesis, la incapacidad de consumir en el mercado doméstico el excedente productivo propio de las sociedades altamente industrializadas derivada de los bajos salarios de los trabajadores, hace que tal excedente, que se ve, además, incrementado por el exceso de ahorro de los capitalistas, tenga que ser invertido en el exterior, necesidad que acaba derivando en el imperialismo. Es, por tanto, la imposibilidad de realizar el excedente en el mercado doméstico lo que acaba justificando el recurso a los mercados ultramarinos y, con ello, al imperialismo.

En definitiva, según Hobson, el imperialismo es la consecuencia de un impulso iniciado por fuerzas no económicas que es manipulado por los poderes económicos, especialmente los financieros, para su beneficio particular. Estas fuerzas económicas precisan obtener posesiones de ultramar porque es en ellas donde se pueden colocar aquellos excedentes de capital procedentes tanto de un exceso de producción que no ha podido ser consumido dentro del territorio nacional a causa de la escasa capacidad de consumo de la clase trabajadora, como del ahorro excesivo de la clase capitalista[6].

Pero quien popularizará y extenderá una explicación económica del imperialismo partiendo, entre otras, de la obra de Hobson será Vladimir Ilich Uliánov, Lenin. En Imperialismo. Fase Superior del Capitalismo[7] Lenin, en 1916,  tomará parte del análisis de Hobson y uniéndolo a la ideas de concentración, cartelización y formación del capital financiero de Rudolf Hilferding[8] acabará formulando su propuesta del imperialismo como fase monopolista y última del capitalismo. Lenin, sin pretender formular una teoría sobre las causas del imperialismo[9], sino, más bien, con la intención de dar una explicación al panorama internacional que precedió a la Primera Guerra Mundial, parte de la idea de que el reparto imperialista del mundo viene precedido de distintas etapas de cartelización, extensión de los monopolios, formación de capital financiero y reparto económico del mundo. 

En concreto, Lenin, distingue cinco fases en la evolución del capitalismo hacia su final, final que es anticipado por el imperialismo. En una primera fase, Lenin, como Hilferding[10], percibe un proceso generalizado de concentración empresarial y, con ella, de creación de monopolios, cárteles y trusts que, siendo cada vez menos numerosos, son más poderosos puesto que controlan, de forma coordinada, la economía. Además, encontramos dentro de este proceso monopolizador una combinación de actividades empresariales gestionadas por el mismo monopolio, esto es, una misma empresa acaba controlando distintas ramas industriales, lo que hace que aumente enormemente su poder.

En una segunda fase, que también apuntó Hilferding, los bancos entran en juego y producen una aceleración e intensificación de la concentración y de la monopolización, primero sometiendo a las empresas a sus necesidades y, después, uniéndose a éstas, formando, de este modo, el capital financiero. Lenin señala como lugares de ubicación de este capital financiero cuatro países: Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Alemania.

La tercera fase, según Lenin, se caracteriza por el predominio de la exportación de capitales frente a la exportación de productos, siendo la exportación más beneficiosa para el capitalista que la inversión de esos capitales en el mercado doméstico porque ésta normalmente tiene lugar en territorios menos desarrollados en los que la tasa de retorno es mayor porque la tierra, la mano de obra y las materias primas son más baratas.

Finalmente, en la cuarta fase los monopolios se reparten primero el comercio interior y después el comercio exterior, mientras que en la quinta se produce un reparto de los territorios por los países capitalistas, reparto que responde a la gran competitividad entre los distintos monopolios nacionales[11].

El imperialismo para Lenin, en definitiva, es concomitante al capitalismo porque el capitalismo tiende a la formación de monopolios y éstos, a su vez, derivan necesariamente, como hemos visto, en un reparto económico y territorial del mundo. Además, como demuestra la experiencia de la Gran Guerra, este reparto es acompañado forzosamente de un estado de guerra total que favorecerá la socialización de la producción y, con ella, la victoria del proletariado y, finalmente, el colapso del capitalismo. Por ello, entonces, el imperialismo constituye la fase final del capitalismo.

Pero, a pesar de ser Lenin quien popularizara la teoría económica del imperialismo, desbancando a Hobson y representando la máxima interpretación marxista autorizada sobre la cuestión, posiblemente fue Rosa Luxemburgo quien presentó una teoría más sólida y contundente sobre las causas económicas del imperialismo en su obra de 1913 La Acumulación del Capital[12].

En esta obra Luxemburgo analiza el proceso de acumulación del capital analizado por Marx pero completando sus postulados. La acumulación del capital implica que parte de la plusvalía es utilizada para aumentar el capital de la empresa que lo ha generado o para crear capital en nuevas empresas, permitiendo de este modo una continua expansión de la producción o reproducción. Ahora bien, mientras Marx presentó un esquema de reproducción simple, que implicaba un mero intercambio en condiciones de equilibrio entre productores de medios de producción y los productores de medios de consumo, Luxemburgo introduce el concepto de reproducción ampliada, que, por un lado, supone que la parte de la plusvalía que es capitalizada se dedica progresivamente más a aumentar el capital para la producción que al consumo de los capitalistas[13] y que, por otro, tiene en cuenta algo que obviaba Marx, el excedente, señalando que, para realizarse el intercambio del que hablaba Marx, la plusvalía debe ser previamente monetarizada. Será en este proceso de conversión de la plusvalía en dinero donde entre en juego el recurso al mercado exterior y, con él, el imperialismo.

De nuevo, por tanto, como en Hobson, el problema se plantea con el excedente. Mientras que el resto de la producción sí se puede realizar mediante ese intercambio del que habla Marx dentro del mercado doméstico, el excedente precisa ser colocado en otros lugares para poder ser realizado puesto que ya no tiene cabida dentro de ese intercambio equilibrado. Además, Luxemburgo nos muestra que, como es lógico, tales lugares precisan estar en un estadio precapitalista, pues aquellos que hayan alcanzado el capitalismo estarán en la misma situación de necesidad de colocar el excedente, señalándonos igualmente que para que el excedente pueda ser realizado también es necesario que en estos lugares no exista una economía primitiva, ya que en ésta no puede haber necesidad de consumo de tal excedente. Es en la destrucción de las economías primitivas con el objeto de que demanden dicho excedente donde encontramos, junto a las herramientas económicas, el uso de herramientas políticas como el imperialismo.

El imperialismo, así, es el encargado de promover una demanda que no existía en estas sociedades precapitalistas y de emprender, para poder satisfacer tal demanda, la construcción de infraestructuras que, a su vez, contribuyen a aumentar el proceso de acumulación del capital, lo que, por otra parte, multiplica el proceso de búsqueda de nuevos mercados externos[14]. Además, es el responsable de una sustitución de la agricultura por la industria, sustitución que, aunque parece motivada por factores puramente económicos, Luxemburgo nos señala es impulsada por la fuerza.

Al igual que Lenin, también Luxemburgo ve el germen del fin del capitalismo en la propia lógica del sistema capitalista: siendo un sistema que precisa para su reproducción al mundo no capitalista, se acaba viendo destruido por éste puesto que transforma las esferas no capitalistas en capitalistas y, por tanto, tanto las originarias como las nuevas vuelven a necesitar para sobrevivir zonas no capitalistas. A largo plazo la inexistencia de ámbitos no capitalistas y el crecimiento del número de competidores provocan, así, el colapso del capitalismo, lo que se une, además, a la expansión generalizada de un estado de violencia, especialmente entre los propios países capitalistas, que provoca la destrucción del sistema.

La aportación teórica de Rosa Luxemburgo es, por tanto, a pesar de su menor repercusión, no sólo mucho más poderosa que otras explicaciones marxistas del imperialismo con mayor impacto sino, además, un intento consciente y enormemente sugerente de establecer un nexo entre los factores económicos y los políticos que le lleva a concluir que el imperialismo no es más que la cara política de la moneda capitalista, cuya cruz es el proceso económico de la acumulación del capital[15].

Otra aportación interesante a las explicaciones económicas del imperialismo de corte marxista es la realizada por Nikolai Bujarin en su obra La Economía Mundial y el Imperialismo[16].

Bujarin, utilizando en su análisis muchos de los elementos ya señalados, se centrará en los mecanismos de control del Estado por parte de los intereses económicos. Así, de nuevo, para él el crecimiento económico propio del capitalismo tiene lugar gracias a un proceso generalizado de concentración y participación empresarial en el que destaca la formación del capital financiero[17] y que tiene como compañero político un crecimiento del militarismo[18] y, con él, del imperialismo.

Pero, como digo, posiblemente la aportación más importante que hace Bujarin tiene que ver con su explicación de la conexión entre los poderes económicos que necesitan el imperialismo para su propio beneficio y los poderes políticos que lo llevan a cabo. En este sentido, Bujarin muestra cómo la concentración empresarial acaba generando complejos enormemente poderosos que acaban formando un Estado dentro del propio Estado que dirige éste último hacia las conquistas imperiales para satisfacer sus intereses. Es más, tal es el poder de este capital financiero que acaba haciendo que los distintos grupos dominantes homogeneicen sus voluntades de tal forma que se eliminen los matices entre ellos, quedando todos al servicio de tal capital financiero y siendo todos representados por el gobierno del Estado, que, además, para mejor servicio del capital financiero, acaba eliminando cualquier valor democrático y sustituyéndolo por una dictadura imperialista. El Estado aumenta, además, su sometimiento al capital financiero en tiempo de guerra puesto que la economía nacional se estataliza, esto es, está completamente controlada por el Estado, quedando, así, por completo plegada a los deseos de los intereses económicos particulares. Se llega, así, a un capitalismo de Estado que favorece aún más el imperialismo.

Lo interesante del estudio de Bujarin es, por tanto, su análisis bidireccional de la realidad imperialista. Por un lado, nos muestra los mecanismos por los que el sistema económico y político internos son puestos en relación mediante la actuación del capital financiero y cómo esto transforma el propio sistema llevando al Estado a la conquista imperialista y a la guerra y, por otro, describe cómo la nueva realidad internacional que el imperialismo y la guerra generan tiene a su vez el efecto sobre el sistema doméstico de promover, aún más, su sometimiento a los intereses económicos de tal capital financiero. Eventualmente todo ello, al igual que en otros autores, deriva en el colapso del capitalismo, pero por una vía distinta: en Bujarin es la toma del poder estatal por el capital financiero y la generación de un capitalismo de Estado gracias a la guerra lo que, unido a la experiencia de ésta, hará ver a la clase proletaria que está siendo utilizada por la clase capitalista, lo que, finalmente, le llevará a perseguir el socialismo.

Vemos, por tanto, que las primeras y principales teorías del imperialismo son las que consideran que sus causas son eminentemente económicas, predominando aquellas de corte marxista[19]. Ahora bien, estas explicaciones, si bien monopolizaron durante varias décadas la interpretación del imperialismo, fueron pronto, aunque infructuosamente, atacadas desde una perspectiva prácticamente opuesta. Será, así, Joseph Schumpeter quien en Imperialismo. Clases Sociales[20] presente una explicación sociológica del imperialismo que, si bien puede ser también duramente cuestionada, al menos supuso un intento de contrarrestar la hegemonía de las explicaciones económicas.

En esta obra Schumpeter, por un lado, vincula el imperialismo a la idiosincrasia de las clases aristocráticas, considerando que son éstas quienes mantienen un afán imperialista que se caracteriza por ser irracional y sin objeto determinado y, por otro, desvincula por completo el capitalismo del imperialismo, considerando que el primero es esencialmente librecambista y pacífico.

Analiza en este sentido los imperios del pasado lejano -egipcio, persa, asirio, árabe y romano- y los de los Estados autocráticos de la Europa de los siglos XVII y XVIII y concluye que sólo éstos pueden ser considerados verdaderos imperios, pues en ellos la conquista se caracteriza por ser ilimitada y carecer de un propósito determinado, respondiendo al mero placer por la misma[21]. Así, ve que el imperialismo moderno responde sólo a que sigue existiendo una clase aristocrática en la que pervive este afán por la dominación.  No es resultado, por tanto, de ninguna necesidad objetiva, sino de un mero atavismo.

Esto le lleva a Schumpeter a concluir, de forma enormemente controvertida, que el capitalismo no sólo no tiene nada que ver con el imperialismo sino que, además, es contrario a él. Por un lado, puesto que el imperialismo responde a atavismos propios de sociedades precapitalistas, no es posible establecer un vínculo causal entre él y el imperialismo. Por otro, según Schumpeter, dado que las sociedades capitalistas precisan dedicar sus esfuerzos a la producción, no les queda tiempo ni energías para la empresa imperialista, además de que mientras que el imperialismo, para él, es un impulso irracional, el capitalismo supone la racionalidad de un análisis de costes y beneficios que le lleva a rechazar el imperialismo por ser más costoso. Por último, el capitalismo implica libre intercambio, mientras que el imperialismo funciona gracias al proteccionismo y la creación de monopolios[22].

De este modo, el imperialismo moderno existe, no porque las necesidades de la sociedad hayan cambiado o porque los elementos que componen la sociedad sean distintos, sino todo lo contrario: el imperialismo existe porque quedan restos de la estructura social guerrera de tiempos pasados en la sociedad contemporánea. El capitalismo, por tanto, pacífico y antiimperialista por definición, convive con elementos sociales precapitalistas que han heredado la agresividad y el afán de expansión de épocas pasadas, siendo estos elementos los que utilizan herramientas no capitalistas –como el proteccionismo y el monopolio- para llevar al capitalismo a su terreno[23]. El imperialismo en la explicación schumpeteriana, en resumen, es un atavismo sin objeto y sin límite que no responde a las necesidades económicas sino a la pervivencia de elementos precapitalistas en las sociedades modernas[24].

Pero si fue Schumpeter quien inició el ataque a las explicaciones económicas del imperialismo, quienes protagonizarán más de treinta años después el asalto más contundente y exitoso contra éstas serán Ronald Robinson y John Gallagher, quienes abrieron la vía a una explicación completamente novedosa del imperialismo que, dejando a un lado los factores económicos, pone el énfasis en sus causas políticas.

La aportación de estos autores comienza con su rompedor artículo “The Imperialism of Free Trade”[25]. En él, aunque aún no presentan una explicación puramente política del imperialismo, introducen distintos nuevos elementos que supondrán toda una revolución en la historiografía del imperialismo y que sentarán las bases para sus aportaciones posteriores.

El propósito principal del artículo es desmontar la tradicional vinculación que los estudiosos del imperialismo habían establecido entre imperialismo y mercantilismo y, consecuentemente,  entre la defensa del libre cambio y la oposición al imperialismo, conexiones éstas que convertían en el caso británico –a partir de cuyo análisis se forjan la mayor parte de las teorías del imperialismo- la época mediovictoriana en antiimperialista. Para ello, los autores muestran que existe un imperialismo que es compatible con la defensa de las ideas librecambistas, el imperialismo de libre comercio o de libre cambio, planteando que, de hecho, es ésta la forma fundamental adoptada por el imperialismo británico a lo largo de toda su historia victoriana.

Para llegar a sus conclusiones Robinson y Gallagher plantean la existencia de dos tipos de imperialismo. Uno informal, que implica una dominación mediante el ejercicio de una mera preeminencia económica y política, sin que exista ningún control formalizado, y uno formal, que supone la conquista territorial y el ejercicio de control político. La presencia de uno u otro tipo de imperialismo no responde, según los autores, a los vaivenes de las doctrinas económicas imperantes sino que tiene una lógica propia: el imperialismo británico se caracterizó por preferir el imperialismo informal frente al formal, recurriendo a este último sólo cuando las circunstancias hacían imposible mantener el primero[26].

Es al explicar ese paso del imperialismo informal al imperialismo formal donde los autores introducen elementos no económicos para explicar la transición, si bien tendremos que esperar a la siguiente obra para encontrar una defensa más contundente de las causas políticas del imperialismo. Así, para ellos, son fundamentalmente las condiciones de la periferia las que determinan el cambio desde la opción preferida –el imperialismo informal- a la menos deseada –la conquista-. Es cuando las condiciones sociopolíticas en la periferia se hacen insostenibles -ya sea porque se ha perdido la seguridad necesaria para mantener un intercambio informal o porque se ha perdido la colaboración con las sociedades locales-, haciendo imposible mantener las relaciones informales, cuando se recurre a la fuerza y, con ella, al imperialismo formal, siendo, según los autores, el objetivo fundamental la vuelta a la situación de informalidad.

Con todo ello los autores no sólo son capaces de explicar tanto las adquisiciones formales de territorio por parte de Gran Bretaña en la época pretendidamente antiimperialista y justificar la concesión de autogobierno a algunas de sus colonias en la época de auge del imperialismo sino, también, ampliar el concepto de dominación imperialista, dando en él cabida a múltiples matices, presentando, así, el imperialismo como un proceso continuado en el que existen distintas intensidades dentro de una pauta general de supremacía sin control político[27]. Además, mediante su introducción de los factores periféricos como explicativos del paso del imperialismo informal al imperialismo formal, incorporan por primera vez el papel de la periferia en la ecuación imperialista, hasta el momento presentada como mero sujeto pasivo[28].

Todos estos temas serán recuperados y completados por los autores con una visión ya más decididamente política en la importantísima Africa and the Victorians. The Official Mind of Imperialism[29].

En esta obra Robinson y Gallagher dan una explicación al reparto de África situando sus inicios en la ocupación británica de Egipto de 1882, de la cual analizan las motivaciones para llevarla a cabo atendiendo a las decisiones adoptadas por los políticos del momento o por quienes tenían capacidad de adoptar medidas con consecuencias políticas, de ahí el subtítulo “el pensamiento oficial del imperialismo”[30].

Como digo, Robinson y Gallagher adoptan en esta obra una explicación política del imperialismo no sólo porque consideran que es en el pensamiento oficial dónde reside la clave para encontrar la verdadera motivación del imperialismo sino también porque, según ellos, ese paso del imperialismo informal al imperialismo formal del que hablaban en el artículo anterior, se explica aquí, para el caso egipcio, de acuerdo a causas políticas, en concreto a causas de tipo periférico y estratégico. Así, si los británicos pasaron de una presencia informal en Egipto compartida con los franceses y articulada en torno al Canal de Suez a una ocupación formal, ésta se debió a que la revuelta de los militares egipcios obligó a llevar a cabo una acción armada que, dada la dificultad para controlar la situación, acabó derivando en una toma del poder. De nuevo, por tanto, son los factores periféricos, en este caso la situación sociopolítica de la periferia que hacía imposible el mantenimiento de una presencia informal, los que determinan el paso a un imperialismo formal. Ahora bien, aquí los autores se plantean, además, por qué resultaba tan importante mantener la presencia en la zona, fuera ésta formal o informal, y es aquí donde entran en juego los factores estratégicos: para proteger de los franceses la ruta hacia la India vía el Canal.

Encontramos, por tanto, dos tipos de factores en el paso en Egipto de un imperialismo informal a un imperialismo formal, indirectos y directos, siendo ambos de naturaleza política. Indirectamente, consideran que la ocupación británica de Egipto estuvo motivada por esa necesidad de proteger las rutas hacia la India y directamente por la revuelta de los militares que convertía la situación sociopolítica egipcia en insostenible para el mantenimiento de un control informal del Canal. En definitiva, no es un cambio en las necesidades económicas de los británicos lo que da lugar a un imperialismo de conquista sino un cambio en las condiciones externas que alteran el equilibrio informal existente, el realmente preferido para mantener los intereses estratégicos.

Pero, además, dado que según los autores la ocupación británica de Egipto inició el reparto de África, también encuentran en las causas generales de tal reparto razones políticas: es la rivalidad intereuropea la que provocó que todas las potencias quisieran lograr cierta presencia en África, manteniendo, así, el equilibrio de poder europeo[31]. En definitiva, el reparto de África comenzó por la imposibilidad de los británicos de mantener un control informal sobre Egipto dadas las crisis locales y continuó por la rivalidad entre las potencias europeas[32].

Con la vía abierta por Robinson y Gallagher a explicaciones no económicas del imperialismo se producirá una auténtica revolución en la historiografía del imperialismo y empezarán a surgir multitud de explicaciones alternativas a sus causas. Es posible identificar cinco grupos de explicaciones dentro de esta aproximación política: las que consideran que el imperialismo de reparto estuvo motivado por el reajuste del equilibrio de poder europeo[33], las que consideran que fue el auge del nacionalismo en Europa el que llevó a un imperialismo de prestigio[34], las que ponen el énfasis en las necesidades estratégicas[35], las que subrayan los factores periféricos[36] y las que atribuyen el imperialismo a la actuación de personajes concretos, a las cuales se vinculan los imperialismos de frontera y subimperialismos, esto es, las expansiones generadas por los agentes en el terreno y por los colonos[37].
Con todas ellas, el panorama de la historiografía del imperialismo si no deja de seguir estando guiado por un paradigma eminentemente economicista, al menos empieza a incorporar otras vertientes que lo complementan, incorporación que posteriormente propondremos también para una mejor explicación de la globalización.

Las teorías de la globalización

El primer problema que plantea cualquier descripción de las teorías de la globalización es el de su propia naturaleza teórica. Mientras que las teorías del imperialismo claramente buscaban explicar las causas de este fenómeno, las teorías de la globalización no parecen dirigidas a establecer ninguna relación de causalidad sino que meramente describen los efectos generales del proceso globalizador.

Esto hace que, como señala Justin Rosenberg, en las teorías de la globalización “[…] lo que al principio se presenta como explanandum –la globalización como el resultado del desarrollo de un proceso histórico dado- progresivamente se transforma en explanans: es la globalización lo que explica la naturaleza cambiante del mundo moderno […]”[38], es decir, el mismo agente –la globalización- aparece a la vez como causa del cambio y como el cambio en sí. Se llega, así, a un planteamiento circular en el que causa y efecto son la misma cosa, siendo uno prueba de la otra y viceversa. Las transformaciones económicas, políticas, sociales, etc. que experimenta el mundo moderno son, así, resultado de la globalización y, a la vez, ésta es ejemplificada mediante esas mismas transformaciones. Esto, como es obvio, no sólo genera una gran confusión en cuanto a cuál es el verdadero objeto de análisis sino que, además, da lugar a otro importante problema: el de la naturalización de la globalización.

En este sentido, cuando la globalización se convierte en elemento de cambio –transformando el concepto de soberanía, la cultura, las relaciones interpersonales, la comunicación, etc.- se parte de la misma como realidad indiscutible que provoca distintos efectos en nuestro mundo, no existiendo realidades alternativas posibles al mundo globalizado[39]. Que el mundo está globalizado es presentado, así, como un hecho, siendo nuestro cometido, entonces, analizar en qué sentidos está siendo globalizado y cuáles son las características de tal globalización. De este modo, la globalización, más que objeto de análisis, es prerrequisito para el mismo, convirtiéndose en el estado de naturaleza de nuestras sociedades.
Así si, por ejemplo, tomamos la clasificación que Held y McGrew hacen de las distintas posiciones dentro de los teóricos de la globalización, veremos que ambas, a pesar de ser opuestas, acaban planteando los problemas señalados.

Held y McGrew dividen las explicaciones sobre la globalización entre globalistas y escépticos[40]. De acuerdo a estos autores, los globalistas, a grandes rasgos, parten de la asunción de la globalización como un proceso real que implica una transformación total del mundo que tiene como resultado una mayor interrelación a nivel planetario de todos sus componentes, ya sean estos de tipo económico, político, social, cultural, tecnológico, etc. Esta transformación supone, en especial, la desaparición del tiempo y el espacio como marcos de referencia para la definición de cualquier estructura humana, lo que, en especial, tiene como resultado la desaparición o modificación sustancial de estructuras de poder tradicionales y hasta el momento fundamentales para la comprensión de lo internacional como los Estados, dado su anclaje territorial e histórico. También implica la aparición de nuevas formas relacionales, de nuevas manifestaciones culturales, de nuevos lenguajes que tienen como única razón de ser el proceso globalizador. En definitiva, en la visión globalista todo cambia porque la globalización se ha impuesto en nuestro mundo.

En cuanto a los autores escépticos, su idea de partida es que la globalización no es más que un proceso internacionalizador más dentro de los distintos procesos globalizadores que ha experimentado la humanidad a lo largo de su historia, estableciendo, así, una continuidad con los mismos. En este sentido, consideran que la globalización es un nuevo nombre dado a las mismas realidades con la intención de convertirlo en una realidad distinta, dotándola de una entidad sin precedentes. Entre estas posturas, Held y McGrew colocan tanto a las interpretaciones marxistas, que ven en la globalización un neoimperialismo producto de un capitalismo exacerbado, como las interpretaciones realistas, que siguen describiendo la realidad internacional en términos de poder y que, por tanto, siguen viendo en los equilibrios de fuerza internacionales la explicación a la globalización. Las principales consecuencias de esta visión escéptica son que todos los efectos transformadores de los que hablaban los globalistas son matizados y, ante todo, puestos en relación con las lógicas de poder clásicas. En términos políticos, los Estados, que para los globalistas se habían visto radicalmente modificados, son aún para los escépticos los principales agentes internacionales, mientras que, en términos sociales, otras transformaciones, como los marcos espaciales y temporales o la cultura, siguen estando marcadas por las mismas lógicas territoriales e históricas. En definitiva, en una visión escéptica los cambios existen, pero éstos no son tanto productos de una globalización que tiene unas características especiales y distintas a cualquier fenómeno pasado, como de la evolución propia de los procesos internacionalizadores.

Las preocupaciones fundamentales tanto de globalistas como de escépticos, por tanto, son las mismas. Ambos intentan explicar las transformaciones que en nuestro mundo actual experimenta la economía, la soberanía, la cultura, las comunicaciones, las relaciones sociales, los movimientos migratorios, etc. si bien los primeros atribuyen todas estas transformaciones a algo que denominan globalización y que consideran exclusivo de la modernidad mientras que los segundos consideran que tales transformaciones no indican ninguna nueva pauta que merezca recibir una denominación específica[41].

Por supuesto es en la aproximación globalista donde más claramente se encuentran los problemas planteados anteriormente: la presentación simultánea de la globalización como causa y como efecto y el otorgamiento de carta de naturaleza a la misma. Los globalistas consideran que el mundo moderno se caracteriza por ser un mundo en cambio, en el que las transformaciones van siempre dirigidas a crear dinámicas de interrelación global. Pero, para ellos, ¿cuál es la causa de estas transformaciones? La globalización. Se cae así en ese razonamiento circular del que hablaba anteriormente según el cual la causa de la transformación globalizante es la globalización al mismo tiempo que la globalización es transformación. A la vez, este razonamiento circular nos lleva a asumir la globalización como la realidad de la que parte cualquier análisis, siendo imposible explicar las transformaciones desde otras causas, pues causa y efecto son la misma cosa; si se da el efecto necesariamente se tiene que dar la causa y viceversa.
Ahora bien, también las aproximaciones escépticas adolecen de los mismos problemas a pesar de que cuestionen el paradigma globalizador. Y lo hacen porque tal cuestionamiento no implica tanto la destrucción del concepto de globalización como la puesta en duda de su originalidad. En este sentido se podría decir que los escépticos en cierto modo asumen las transformaciones de las que hablan los globalistas pero simplemente las atribuyen a la evolución clásica del sistema internacional, más que a cualquier condicionante propio de la modernidad. Así, al negar simplemente el carácter novedoso de la globalización se sigue considerando que la misma es un hecho, ahora bien, un hecho al que resulta incorrecto denominarlo de forma distinta, pues esto implica desvincularlo de lógicas preexistentes que lo explican. Del mismo modo, también desde este punto de vista escéptico se considera que las causas de la transformación son la transformación misma, esto es, también los cambios analizados son considerados el producto de un mundo en constante cambio, si bien, en este caso, la clave reside en el hecho de que el cambio es constante, esto es, causa y efecto son enmarcados en una historia de larga duración que permite entroncar la pretendidamente novedosa globalización con el desarrollo propio de las sociedades humanas a lo largo de toda su evolución.

De este modo, vemos que tanto quienes asumen la globalización como quienes la cuestionan acaban partiendo de cierta indubitabilidad de la misma. Sólo algunos autores, como señalan Shirato y Webb[42], y que ellos sitúan en posiciones neomarxistas que más que analizar los aspectos económicos enfatizan los aspectos culturales, se plantean la globalización como parte de una “política de nombramiento”, esto es, como un discurso generador de realidades y de subjetividades que carece realmente de una base material. En este sentido, la globalización es concebida como ideología, no como realidad de la cual es necesario desentrañar sus características; como un discurso preeminente que tiene como principal objetivo presentarse como único e indiscutible, generando, así, en aquellos que lo reciben una sensación de realidad que en último término acaba constituyendo la realidad misma[43]. Siguiendo esta lógica, la globalización existe porque su omnipresencia discursiva es tal que la hemos incorporado a nuestra concepción de nosotros mismos, no como resultado de una observación, sino porque el conjunto de discursos, ideas y valores que la componen son asumidos como propios, esto es, son entendidos como elementos autodefinitorios del individuo, como parte de su identidad, lo cual, por otro lado, permite que el discurso globalizador carezca de oposición y obtenga la mayor preeminencia posible, dado que no es esperable que nadie se enfrente a su propia naturaleza.

Vemos, así, que sólo negando la globalización por completo podemos solventar los problemas explicativos asociados a la misma. Ahora bien, lo que aquí se pretende sostener es que es posible encontrar una solución menos drástica siempre que acudamos a la raíz misma de tales problemas. En este sentido, por tanto, debemos preguntarnos cuál es la razón de que la globalización aparezca a la vez como significante y como significado, siendo, así, asumida como realidad indiscutible.

La respuesta reside, a mi parecer, en la asunción casi universal de que la globalización es un proceso eminentemente económico. Si las causas de la globalización se confunden con sus efectos esto se debe a que en el subconsciente de quienes la analizan las verdaderas causas subyacentes a la misma son las económicas. Las causas de la globalización, así, no necesitan ser explicadas porque son obvias: la globalización es un proceso de extensión económica capitalista, la imposición del ideal económico liberal a lo largo de todo el mundo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial que llega a su auge con el triunfo del capitalismo sobre cualquier otra alternativa tras la caída del bloque comunista en los años noventa.

En este sentido, la globalización es en su base, por tanto, la extensión del libre mercado, y con ella, la eliminación de barreras económicas, políticas y sociales a las transacciones comerciales y financieras, la imposición de la libre competencia, la eliminación de los controles estatales sobre la propiedad y las transacciones económicas, la persecución del beneficio individual por el bien de la colectividad, etc. Es, en esencia, la aplicación del liberalismo a nivel global y sin aparentes –o, por lo menos, exitosas- disidencias.
Es cierto que no todas las explicaciones de la globalización ponen su énfasis en las cuestiones económicas, y que muchas de ellas se interesan por sus aspectos más políticos o sociales, ahora bien, lo que sostengo es que estas últimas realmente no están explicando las causas de la globalización sino sus efectos, lo que da lugar a la confusión ya señalada entre término a definir y su definición. Sí, la globalización puede suponer la dilución del poder político de los estados, la redefinición de las relaciones sociales, la formación de nuevas manifestaciones culturales o la hibridación de las existentes, la generación de nuevas pautas de consumo, la aparición de nuevas identidades, incluso la creación de redes de solidaridad global, pero todo ello, se entiende implícitamente en la mayoría de los casos, tiene lugar como resultado de que las relaciones económicas internacionales se han hecho globales, y esto lo han conseguido gracias a la extensión de un modelo económico único.

Así, incluso definiciones que intentan abstraerse de este economicismo, como la que la considera un proceso de “[…] aumento en la escala, intensificación de la magnitud, aceleración y profundización del impacto de los flujos interregionales y de las pautas de interacción social. […] cambio o transformación en la escala de la organización social humana que une comunidades alejadas y que expande el alcance de las relaciones de poder a lo largo de las principales regiones y continentes del globo”[44], no explican de dónde procede tal aumento, intensificación, aceleración y profundización lo cual, sostengo, se debe a la asunción de que tal procedencia es eminentemente económica. Es la extensión a escala planetaria de un sistema económico capitalista la que permite que los flujos interregionales y las pautas de interacción social experimenten tales transformaciones y es ese sistema económico omnipotente y omnipresente el que explica que el espacio se encoja de tal forma que las relaciones de poder tengan un alcance global. En definitiva, en tales definiciones consta que las consecuencias de la globalización no son exclusivamente económicas, pero lo que no queda tan claro es que no lo sean son sus causas, si bien éstas aparecen soterradas.

Es más, podríamos decir que hasta aquellas posturas que cuestionan la globalización en sí misma, esto es, las que la insertan dentro de una lógica de poder simbólico y la consideran el resultado de una imposición discursiva generadora de realidades, también adolecen del economicismo del resto de explicaciones. Los valores, discursos e ideas que conforman ese marco cognitivo por el cual el individuo asume la globalización como algo real aunque su carácter sea verdaderamente inmaterial, proceden del neoliberalismo, teniendo su anclaje, por tanto, una vez más, en la imposición generalizada de un sistema económico determinado. Tal poder simbólico es ejercido, por tanto, con un objetivo concreto que puede ser reconducido a lo económico: el mantenimiento de un sistema capitalista dado y su asunción como el más perfecto y único posible.

Por tanto, aunque muchas de las teorías de la globalización pretenden analizar la misma desde distintas perspectivas, considerando que el fenómeno globalizador es un fenómeno complejo y multifacético que precisa ser abordado desde diferentes disciplinas, lo cierto es que en su mayoría estas teorías difícilmente pueden ser consideradas como tales y, desde luego, se encuentran lejos de ser multidimensionales, adoleciendo de importantes problemas de definición que, según lo planteado, pueden ser reconducidos al problema de su subyacente economicismo. Será este economicismo el que nos lleve a establecer una conexión con las teorías del imperialismo señaladas al principio.

Globalización: ¿Continuación del imperialismo por otros medios?

Si partimos de la idea, por tanto, de que las teorías de la globalización realmente no explican las causas de la globalización sino los efectos de la misma y de que éstas consideran implícitamente que tales causas son eminentemente económicas es posible establecer una conexión directa entre estas teorías y las teorías del imperialismo.

Como vimos, las primeras y más relevantes teorías del imperialismo consideraron que sus causas eran económicas y, en concreto, gran parte de ellas –las teorías de corte marxista- establecieron una conexión necesaria e ineludible entre capitalismo e imperialismo. El imperialismo era, así, resultado de la evolución económica del capitalismo, evolución que implicaba su imposición a escala global y su crecimiento sin límites.
También la globalización, como he señalado, es implícitamente entendida –cuando no lo es explícitamente[45]- como el resultado de la extensión global del capitalismo y de su crecimiento constante e incontrolado. Al igual que señalaban los teóricos económicos del imperialismo, la globalización es un proceso caracterizado por la acumulación incesante del capital, capital que para su realización también precisa colocarse más allá del lugar en el que ha sido generado, permitiendo de este modo la continuación y reproducción del proceso de acumulación. También vemos, como mostró Luxemburgo en su día, que este proceso de acumulación igualmente precisa en la globalización de un mundo precapitalista que sea utilizado por el mundo capitalista para su propio desarrollo, promoviendo también en aquel mundo cierto progreso que saca a estos lugares de una situación de economía primitiva, generando en ellos necesidades de consumo que previamente no tenían. Del mismo modo que señalaban esos teóricos, a lo largo de todo este desarrollo hoy en la globalización también juegan un papel enormemente importante los procesos de concentración empresarial horizontal y vertical, concentración que da lugar a enormes monopolios en los que, además, también puede observarse la unión del capital bancario y el capital industrial. Igualmente, estos conglomerados –que en la era de la globalización se denominan empresas transnacionales- llegan a alcanzar tanto poder que acaban imponiéndose sobre los Estados, quienes terminan sometiéndose a sus dictados, ya sea por acción o por omisión.

En definitiva, podemos leer hoy a Hobson, Hilferding, Lenin, Luxemburgo, Bujarin o a cualquier otro teórico económico del imperialismo en clave de globalización sin que esto implique distorsionar la descripción de la misma, puesto que las mismas causas y características que tales autores atribuían al imperialismo son trasladables sin modificaciones a la globalización.

Entonces, si imperialismo y globalización son mayoritariamente explicados aplicando los mismos argumentos economicistas significa que estamos ante conceptos si no idénticos al menos enormemente similares y, si es así, ¿por qué no proponer una revisión de las explicaciones de la globalización en los mismos términos en que fueron revisadas las explicaciones económicas del imperialismo?

En concreto, me parece enormemente pertinente para tal propósito rescatar la distinción que Robinson y Gallagher hicieron entre imperialismo informal y formal en el más importante ataque a las explicaciones económicas del imperialismo, trasladando esta distinción al análisis de la globalización[46].

En este sentido, si consideramos la globalización un concepto paralelo al de imperialismo pues ambos son -al ser observados desde el paradigma económico- definidos de forma análoga, también podríamos decir que es posible identificar en ella –como hicieron esos autores al revisar la concepción puramente económica del imperialismo- aspectos formales e informales. La globalización, así, puede ser vista como un sistema de dominación de tipo informal en el que se ejerce un control sin dominación política, un control que es ejecutado mediante la mera preeminencia del propio discurso globalizador, el cual adopta diversas formas para imponerse: económicas, políticas, sociales, etc.

Al igual que ocurría con el imperialismo informal, la globalización, por tanto, se impone sin precisar el ejercicio de un poder político de un Estado determinado sobre otros. Simplemente se impone porque representa el discurso dominante, un discurso que, si bien sustentado sobre la mera defensa de la idea de libre mercado, implica algo más amplio: la imposición de un modelo general de funcionamiento dentro del sistema internacional al que, como tal, se asocian distintos tipos de comportamientos no estrictamente económicos. Esto explica que la globalización, aún teniendo una base –una causalidad- puramente económica, adopte una apariencia multiforme, utilizando para cada situación aquellos mecanismos de distinta naturaleza que le sean más eficaces para imponer sus objetivos. Las ideas, por tanto, de desvinculación del concepto de soberanía de sus elementos territoriales, de aparición de una cultura global resultado de la hibridación de las distintas culturas locales o de la generación de nuevas manifestaciones culturales, la desaparición de los límites temporales gracias a los avances en las comunicaciones, los impactos globales de los acontecimientos locales, etc. son resultado de las distintas estrategias adaptativas de esa globalización cuando actúa informalmente, de los distintos mecanismos de imposición informal de un discurso globalizador que aunque, en su esencia, sea un discurso económico precisa para su consecución la colonización de todos los espacios humanos.

Pero la globalización también puede presentar una cara más formal, en la que el discurso preeminente de base económica pero de apariencia multiforme sea impuesto de forma directa. Al igual que el imperialismo informal, esto es, de mera superioridad, se tornaba en formal -de conquista- cuando por distintas circunstancias no podía mantener tal preponderancia sin control político, la globalización como imposición informal de un discurso dominante en ocasiones ve dificultada su tarea por variados motivos y esto le obliga a recurrir a acciones de fuerza y a su imposición mediante el ejercicio de controles políticos[47]. Es en estas ocasiones cuando la globalización, hasta entonces concebida en términos difusos, de redes y pautas globales sin centros ni periferias definidas, parece desaparecer, volviendo el sistema internacional a sus características más clásicas y realistas. Sin embargo, no es que en estas ocasiones la globalización precise ser cuestionada al perder su esencia global en favor de un internacionalismo anárquico y guerrero. Lo que realmente ocurre es que la globalización entonces muda su apariencia al tener que ser defendida en términos formales por quienes ostentan realmente el patrimonio de ese discurso informal dominante, esto es, por aquellos poderes que formulan y moldean esa defensa del liberalismo, los cuales son, a su vez, variables y de muy distinta naturaleza[48].

Pero, yendo aún más allá, se podría afirmar, además, que esa adopción de medidas formales, esto es, de fuerza o de control político, cuando lo que existe es una preferencia por la imposición informal del discurso globalizador responden, como en el caso del imperialismo, a razones eminentemente políticas, e incluso a las mismas razones que los teóricos del imperialismo anunciaron en su momento para explicar el paso de un imperialismo informal a un imperialismo formal[49]. La globalización, así, acude a los métodos formales de control cuando la periferia se resiste a sus dictados, cuando se pierde la colaboración de aquellos grupos sociales dentro de esa periferia que ayudaban a la promoción de la lógica global[50], cuando por motivos estratégicos es necesaria la imposición de la misma, cuando el equilibrio de poder entre las potencias exige el posicionamiento de unas sobre otras, cuando el prestigio nacional obliga a adoptar medidas de fuerza, e incluso cuando los agentes encargados de la toma de las decisiones se ven impelidos a llevar a cabo acciones puramente coercitivas ya sea por cuestiones personales o por su propia supervivencia política[51]. Esto es, si bien la globalización en sus términos informales puede implicar la imposición de un discurso esencialmente económico al que acompañan multitud de elementos no económicos para una mejor consecución de sus objetivos, su paso a la adopción de estrategias formales o de fuerza cuando su tradicional informalidad fracasa se debe no a motivos económicos, esto es, por ejemplo, a la necesidad de la obtención de mayores beneficios, o a la persecución de un interés económico determinado, sino a motivos eminentemente políticos, en concreto a los mismos motivos políticos que llevaron a los agentes imperialistas decimonónicos a pasar de un imperialismo ejercido a través de una mera superioridad sin control político a un imperialismo de conquista en el que se anexionaban territorios que eran desde ese momento gestionados por la metrópoli.

La globalización, así, acaba pareciendo cada vez más un imperialismo que, si bien tiene una naturaleza eminentemente económica, no es tanto concebida en los términos en los que lo concibieron los teóricos económicos del imperialismo como en los que lo acuñaron los teóricos políticos posteriores. Entonces, si volvemos a la pregunta central de este trabajo ¿deberíamos concluir que la globalización no es más que la continuación del imperialismo por otros medios? A la vista de todo lo planteado realmente deberíamos decir que la globalización es la continuación del imperialismo por los mismos medios puesto que, al nivel de su comprensión teórica, la globalización es entendida de forma prácticamente idéntica a como lo fue el imperialismo, esto es, es implícitamente entendida por la mayoría de quienes la analizan como un proceso eminentemente económico que implica la extensión a nivel global de un sistema capitalista liberal. Es más, incluso cuando aplicamos sobre ella las mismas revisiones a las que fueron sometidas las explicaciones del imperialismo, vemos que los paralelismos entre una y otro son enormemente claros, pudiendo finalmente concluir que la globalización es esencialmente un ejercicio informal de un dominio –en definitiva, un imperialismo informal- que puede adoptar medidas formales de control cuando ello es necesario, tomando entonces una apariencia aún más semejante al imperialismo clásico, esto es, al imperialismo formal.
La visión de la globalización como imperialismo por otros medios sólo sería sustentable, por tanto, si prestamos únicamente atención a la apariencia de la globalización. En este caso, cuando la globalización es concebida como extensión del imperialismo en sus causas pero distinta en sus manifestaciones, tal diferencia responde a esa confusión entre sus causas y sus efectos de la que hablé con anterioridad. Recordemos, así, que la globalización era presentada como un fenómeno multivariable que respondía a distintas causas. Pues bien, es esta multidimensionalidad de la globalización lo que le permite aparecer como algo distinto al imperialismo pues éste, en principio, es entendido como fenómeno unidimensional, resultado únicamente de las necesidades económicas. Sin embargo, hemos podido demostrar que, primero, ni el imperialismo puede ser concebido en términos exclusivamente económicos, ni, en segundo lugar, esos fenómenos variados que parecen ser causas de la globalización son realmente sus causas, sino que se trata de sus efectos. La globalización, así, debemos concluir, incluso cuando es vista como continuación del imperialismo por otros medios o como neoimperialismo, sólo utiliza otros medios en apariencia, puesto que una vez que superamos sus deficiencias de definición iniciales vemos que estamos ante una continuación del imperialismo que reproduce casi con exactitud tanto su misma motivación como sus mismas manifestaciones.

Conclusión

Hemos visto, por tanto, que es posible establecer una conexión entre el imperialismo y la globalización en términos distintos a la establecida por otros autores. En este caso, centrándonos en el análisis historiográfico de ambos fenómenos, se ha mostrado que imperialismo y globalización presentan importantes paralelismos en la forma de ser entendidos a un nivel teórico que permiten concluir que ambos son enormemente similares.

Tales paralelismos han hecho referencia fundamentalmente a la análoga comprensión inicial del imperialismo y la globalización como fenómenos resultado del sistema económico imperante -un sistema capitalista de corte liberal en constante expansión-, lo cual nos ha permitido trasladar la principal revisión teórica que sufrieron las más exitosas explicaciones del imperialismo –las económicas- a las explicaciones de la globalización. De este modo, hemos mostrado que, en primer lugar, al igual que tal revisión supuso la presentación del imperialismo como un fenómeno continuo con distintas intensidades, en el que era posible apreciar una vertiente informal en la que no había conquista y otra formal en la que sí se aplicaba un control territorial y político, también la globalización puede ser vista en sus aspectos informales y formales, siendo su apariencia generalmente informal pero utilizando medios formales de control cuando su imposición no es alcanzada informalmente. En segundo lugar, la traslación de la misma revisión nos ha permitido poner de manifiesto que la adopción de medios formales de control para imponer el discurso globalizador responde, al igual que ocurría en el paso del imperialismo informal al formal, a razones eminentemente políticas, en concreto, a prácticamente las mismas razones que adujeron los teóricos políticos del imperialismo para explicar tal paso.

Todo ello no sólo nos ha llevado a resolver los problemas de definición de la globalización sino que, además y en último término, nos ha permitido presentarla no como una nueva versión del imperialismo que en sus maniobras adaptativas necesita utilizar nuevos mecanismos de imposición sino como una verdadera continuación del imperialismo que sigue adoptando sus mismas estrategias.


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Notas

[1] Harvey, D., 2005, The New Imperialism, Oxford, Oxford University Press; Brzezinski, Z., 2005, El Dilema de EE.UU. ¿Dominación Global o Liderazgo Global?, Barcelona, Paidós; o el cuestionamiento de tal idea por Nye Jr., Joseph S., 2003, La Paradoja del Poder Norteamericano, Madrid, Taurus.
[2] Frank, A. G. y Gills, B. (eds.), 1996, The World System. Five Hundred Years of Five Thousand?, Londres, Routledge; Mattelart, A., 2000, Historia de la Utopía Planetaria. De la Ciudad Profética a la Sociedad Global, Barcelona, Paidós; Hopkins, A. G. (ed.), 2002, Globalization in World History, Londres, Pimlico; Cohen, D., 2004, La Mondialisation et Ses Ennemis, París, Bernard Grasset; Robertson, R., 2005, Tres Olas de Globalización. Historia de una Conciencia Global, Madrid, Alianza Editorial.
[3] Aunque, obviamente, el fenómeno de la expansión no puede limitarse en exclusiva al período señalado, sí puede decirse que el imperialismo, en sentido estricto, es patrimonio de los siglos XIX y XX, puesto que el término como tal empieza a usarse para referirse a la expansión ultramarina sólo desde ese momento (ver en este sentido el magnífico análisis que Koebner y Schmidt hacen de la evolución en el uso del término imperialismo en Koebner, R. y Schmidt, H. D., 1965, Imperialism. The Story and Significance of a Political Word, 1840-1960, Cambridge, Cambridge University Press). En cuanto a la circunscripción de las teorías del imperialismo a la explicación del imperialismo del último cuarto del s. XIX y primera década del s. XX, ésta se debe a que, aunque encontramos una importante reflexión sobre las condiciones, deseabilidad, futuro, eventual desaparición, etc. de los imperios decimonónicos a lo largo de todo el s. XIX, no existe hasta 1902 un tratamiento con vocación científica de las causas del imperialismo.
[4] Hobson, J. A., 1981, Estudio del Imperialismo, Madrid, Alianza.
[5] De ahí que Hobson dé a estas últimas el nombre de “parásitos económicos del imperialismo”.
[6] Hobson, además, va más allá del análisis de las causas del imperialismo y concluirá su estudio planteando una solución al mismo. Según él, dado que la causa directa del imperialismo es la escasa capacidad adquisitiva del consumidor doméstico, la forma de evitar el imperialismo es promover la redistribución de la renta, fomentando así el consumo interno y dejando sin sentido la necesidad de recurrir a los mercados exteriores.
[7] Lenin, V. I., 1974, El Imperialismo, Fase Superior del Capitalismo, Madrid, Fundamentos.
[8] En su obra El Capital Financiero (Hilferding, R., 1963, El Capital Financiero, Madrid, Tecnos) Hilferding analiza la economía capitalista de su época llegando a la conclusión de que su principal característica es la cada vez mayor concentración y centralización del capital, las cuales dan lugar a enormes monopolios en los que destacan la unión del capital bancario y del capital industrial formando lo que él llama el capital financiero. Para Hilferding el capital financiero, agotando el mercado interior al hacer un uso del proteccionismo ideado para otros fines en beneficio propio, acude al mercado exterior aprovechando su situación monopolista para obtener enormes beneficios, actuación que se ve complementada con la colaboración del Estado mediante el control territorial, esto es, mediante el imperialismo. El imperialismo es, por tanto, el colaborador necesario de un sistema en el que se tiende hacia la concentración y la cartelización y en el que el devenir económico está guiado por monopolios de carácter híbrido, bancario e industrial.
[9] Él mismo presenta su obra calificándola de folleto.
[10] A diferencia de Hilferding, que relacionaba cartelización con proteccionismo, para Lenin la cartelización es inherente al capitalismo, ya sea librecambista o proteccionista.
[11] Lo cierto es que Lenin no detalla –y tampoco lo hacía Hilferding- qué mecanismos llevan de un reparto de los mercados por parte de los monopolios a un reparto territorial por parte de las potencias. Por supuesto, debemos entender tal conexión incardinada en la teoría marxista, además de que el propio Lenin habla de una “unión personal” de los poderes industriales y financieros y los poderes gubernamentales (Lenin, op. cit., p. 73) basando, ante todo, en gran medida basa tal conexión en la concatenación cronológica entre ambos repartos: “Para Inglaterra el período de intensificación enorme de las conquistas coloniales corresponde a los años de 1860 a 1880, y es muy considerable durante los últimos años del siglo XIX. Para Francia y Alemania corresponde justamente a estos veinte años. Hemos visto más arriba que el período de desarrollo máximo del capitalismo premonopolista, el capitalismo en el que predomina la libre competencia, abarca de 1860 a 1880. Ahora vemos que es justamente después de este período cuando empieza el enorme ‘auge’ de las conquistas coloniales, se exacerba hasta un grado extraordinario la lucha por el reparto territorial del mundo. Es indudable, por consiguiente, que el paso del capitalismo a la fase de capitalismo monopolista, al capital financiero, se halla relacionado con la exacerbación de la lucha por el reparto del mundo” (ibíd., p. 86).
[12] Luxemburgo, R., 1968, The Accumulation of Capital, Nueva York y Londres, Modern Reader Paperbacks.
[13] Siendo, además, destinada la mayor parte de ella al aumento del capital fijo (infraestructuras) sobre el capital variable (salarios).
[14] El instrumento económico que acompaña al imperialismo y que Luxemburgo considera fundamental para iniciar este proceso de destrucción de las economías primitivas es el préstamo. Para ella, el préstamo genera en los pueblos a quienes se otorga la idea de que sirve para su liberación y su progreso, siendo en realidad el primer eslabón de la cadena que los ata a sus explotadores.
[15] Y así define el imperialismo como “[…] la expresión política de la acumulación del capital en su lucha competitiva por lo que aún queda abierto en el entorno no capitalista” (Luxemburgo, op. cit., p. 446).
[16] Bujarin, N. I., 1976, La Economía Mundial y el Imperialismo, México, Siglo XXI.
[17] De hecho, en Bujarin la participación del capital financiero en el proceso imperialista es tan relevante que para él sólo la dominación ejercida por el capital financiero tiene naturaleza imperialista. Esto es, para Bujarin, si bien la conquista es una constante en la historia de la humanidad, no toda conquista territorial implica imperialismo sino sólo aquella en la que está involucrada el capital financiero, esto es, sólo la que tiene lugar en el momento que él analiza.
[18] La guerra juega un papel fundamental en el esquema de Bujarin pues, según él, no sólo es inherente al capitalismo y al imperialismo sino que, además, ayuda al crecimiento capitalista. Estos, vaticina Bujarin -quien demuestra a lo largo de la obra tener una gran capacidad de predicción- serán los efectos del final de la Gran Guerra sobre el capitalismo: “Esta tendencia no terminará con la guerra. Si en el curso de ésta la gran burguesía defiende y afirma sus posiciones, resulta evidente que, después de ella, las inmensas necesidades de capital favorecerán el desarrollo de los grandes Bancos y, por lo tanto, la centralización y concentración acelerada del capital. Ello será la iniciación de un período de tratamiento febril de las heridas de la guerra: restauración de los ferrocarriles, fábricas y usinas, máquinas y material rodante, destruidos o usados y aquello que no quedará seguramente en último término: la reparación y desarrollo del aparato militar nacional. Todo esto aumentará en gran escala la demanda de capital y fortalecerá la posición de los consorcios bancarios” (p. 186).
[19] También podemos encontrar otro tipo de explicaciones económicas del imperialismo no marxistas producidas con posterioridad que normalmente parten de la crítica a todas las teorías vistas anteriormente –incluida la hobsoniana- y que planteando la importancia de los factores económicos como motivadores del imperialismo, huye de visiones estructuralistas y, ante todo, de posturas demonizadoras del capitalismo. Ver, en este sentido, por ejemplo, Hopkins, A. G., “Economic Imperialism in West Africa: Lagos, 1880-92”, 1968, The Economic History Review, vol. 21, núm. 3 (diciembre), en el que atribuye el control británico en la zona a las perturbaciones socioeconómicas sufridas por las poblaciones locales ante la abolición de la esclavitud y su necesidad de pasar a un comercio legal; o  Platt, D. C. M., 1968, “Economic Factors in British Policy during the ‘New Imperialism’”, Past and Present, núm. 39 (abril), en el que esencialmente critica la tesis hobsoniana del imperialismo asociado al excedente productivo y al subconsumo y considera que las razones económicas que explican el imperialismo son el proteccionismo y la mayor competición económica de las potencias europeas, las cuales eran, asimismo, esencialmente intervencionistas e proteccionistas; y también Platt, D. C. M., 1971, Finance, Trade, and Politics in British Foreign Policy, 1815-1914, Oxford, Clarendon Press, que, a diferencia de lo mantenido por las teorías económicas clásicas, concluye que los representantes del gobierno británico no defendieron los intereses económicos particulares, ni financieros ni comerciales, sino que se dio una defensa de los intereses económicos nacionales, defensa que esencialmente consistió en la apertura de mercados, considerando, en definitiva, que detrás de toda decisión política está en cierto modo la economía, si bien entendida ésta en términos estatales, no particulares.
[20] Schumpeter, J. A., 1986, Imperialismo. Clases Sociales, Madrid, Tecnos (esta obra es la compilación de dos ensayos distintos de Schumpeter, siendo relevante para su presentación de la teoría sociológica del imperialismo el primero).
[21] Para Schumpeter, el imperio británico de los siglos XVIII y XIX no es un verdadero imperio pues carece de esa naturaleza de expansión sin objeto y sin límites que para él define el imperialismo. Según él, el imperialismo británico es un imperialismo meramente retórico, un eslogan movilizador de la opinión pública que si triunfó fue gracias a su falta de contenido. El imperialismo era apreciado por los británicos porque no suponía ningún esfuerzo para ellos, ningún sacrificio por su parte. Era, en palabras de Schumpeter, “un juguete”, que entretenía sin exigir nada importante a cambio.
[22] Si bien Schumpeter también vincula el imperialismo a la existencia de medidas económicas proteccionistas y de los monopolios que éstas promueven, a diferencia de los autores marxistas no considera que tales elementos sean propios del capitalismo. Esto es, el proteccionismo y los monopolios, al igual que el imperialismo que provocan, son producto, una vez más, de la pervivencia de elementos autocráticos del pasado en la edad moderna.
[23] Como vemos, al contrario que en los análisis anteriores, aquí son las clases económicas, las clases capitalistas, las que son utilizadas para cumplir los propósitos de las clases precapitalistas.
[24] Schumpeter también anunciará el fin del imperialismo, si bien, como es lógico, por razones muy distintas a las señaladas por los autores marxistas. Para él, el imperialismo tiene que desaparecer porque es antinatural para el capitalismo, porque sólo beneficia a unos pocos y, en definitiva, porque el capitalismo es esencialmente pacífico. Por un lado, a medida que la modernidad y el progreso eliminen los elementos autocráticos propios del pasado se irán con ellos las tendencias agresivas y el militarismo y, en definitiva, el imperialismo. Por otro, la propia lógica económica del capitalismo hará, según Schumpeter, que el imperialismo sea desechado, ya que la creciente rivalidad monopolista es sólo favorable para aquellos dentro del monopolio, lo que hará que quienes queden fuera de él intenten eliminarlo, haciendo desaparecer con él el imperialismo.
[25] Gallagher, J. y Robinson, R., 1953, “The Imperialism of Free Trade”, The Economic History Review, vol. VI, núm. 1.
[26] “La política británica siguió el principio de extender el control informalmente cuando fuera posible y formalmente cuando fuera necesario” (ibíd., p. 13).
[27] Como no podría ser de otra forma, el nivel de importancia de las propuestas de Robinson y Gallagher iguala a las críticas dirigidas a las mismas. Muchos son los autores que han criticado su idea de imperialismo de libre comercio, tanto porque ésta pone en entredicho la asunción tradicional del librecambismo como opuesto al imperialismo como porque acaba por incluir todo tipo de dominación y, por tanto, no explica nada (ver, por ejemplo, las críticas al concepto de imperialismo de libre comercio de MacDonagh, O., 1962, “The Anti-Imperialism of Free Trade”, The Economic History Review, New Series, vol. 14, núm. 3; y Platt, D. C. M., 1968, “The Imperialism of Free Trade: Some Reservations”, Economic History Review, vol. 21, núm. 1 y, 1973, “Further Objections to an ‘Imperialism of Free Trade’”, The Economic History Review, vol. 26, núm. 1; además de los análisis sobre la validez del concepto de imperialismo de libre comercio aplicado a casos concretos de Ferns, H. S., 1953, “Britain’s Informal Empire in Argentina, 1806-1914”, Past and Present, núm. 4 (noviembre) y Mathew, W. M., 1968, “The Imperialism of Free Trade: Peru, 1820-70”, The Economic History Review, vol. 21, núm. 3 (diciembre)).
[28] Más tarde Robinson, ya en solitario, intentará explicar mejor esta teoría periférica –que él mismo también denomina excéntrica-, basando sus conclusiones en el análisis de los mecanismos de colaboración de las sociedades locales con los europeos. Robinson considera que tal colaboración fue fundamental para el mantenimiento de las relaciones imperialistas informales, siendo cuando ésta se pierde cuando aparece la necesidad de adoptar medidas imperialistas formales para lograr nuevos colaboradores o restaurar la colaboración perdida (Robinson, R., 1980, “Non-European Foundations of European Imperialism: A Sketch for a Theory of Collaboration”, en Owen, R. y Sutcliffe, B. (eds.), Studies in the Theory of Imperialism, Londres, Longman).
[29] Robinson, R. y Gallagher, J., con Denny, A., 1981, Africa and the Victorians. The Official Mind of Imperialism, Londres y Basingstoke, Macmillan.
[30] El análisis del “pensamiento oficial” consiste en el estudio tanto de discursos oficiales, como de correspondencia privada, memoranda, reflexiones, notas…
[31] Para una extensión de los argumentos utilizados por estos autores para explicar el reparto de África, otorgando una mayor importancia aún al factor del equilibrio de poder europeo, ver también Robinson, R. y Gallagher, J., 1962, “The Partition of Africa”, en Hinsley, F. H. (ed.), The New Cambridge Modern History, vol. XI (Material Progress and World-Wide Problems, 1870-1898), Cambridge, Cambridge University Press. Aquí los autores muestran cómo los británicos se hicieron más vulnerables en sus relaciones con el resto de potencias europeas desde la ocupación egipcia ya que, por un lado, perdieron a Francia como aliada y, por otro, tuvieron que empezar a incorporar en sus cálculos las demandas de otras potencias sobre el continente, ahora alentadas a buscar una expansión allí dado el precedente creado en Egipto. En concreto, los autores muestran cómo la ocupación británica de Egipto provocó, en primer lugar, que los franceses buscaran un reequilibrio de la situación haciéndose fuertes en África occidental, amenazando, así, las posesiones británicas en Níger. En segundo lugar, el intento de buscar el apoyo de Alemania tanto por británicos como por franceses en la cuestión egipcia y la indecisión de Alemania a optar por unos o por otros provocó un acercamiento entre los primeros en contra de esta última lo que finalmente llevó a que Bismarck optara por una política colonial en el continente claramente enfrentada a Gran Bretaña. En tercer lugar, la presencia británica en Egipto también obligó a los británicos a llegar a acuerdos con los portugueses en África oriental y con los italianos en el cuerno de África, igualmente alertados por la ocupación de Egipto.
[32] También Africa and the Victorians recibió enorme cantidad de críticas. Algunas hacen referencia a la falta en consideración por Robinson y Gallagher de los factores económicos (ver en este sentido Hopkins, op. cit., 1968; y Kiernan, V. G., 1964, “Farewells to Empire. Some Recent Studies of Imperialism”, Socialist Register) o señalan que los factores estratégicos de los que hablan estos autores pueden ser reconducidos a lo económico (Cain, P. J., 1986,  Economic Foundations of British Overseas Expansion, 1815-1914, Houndmills y Londres, Macmillan). Otras desvinculan el reparto de África del caso egipcio (como Newbury, C. W. y Kanya-Forstner, A. S., 1969, “French Policy and the Origins of the Scramble for West Africa”, The Journal of African History, vol. 10, núm. 2; Stokes, E., 1976, “Imperialism and the Scramble for Africa: The New View”, en Louis, Wm. R. (ed.), Imperialism. The Robinson and Gallagher Controversy, Nueva York, New Viewpoints; o Stengers, J., 1962, “L’Imperialisme Colonial de la Fin du XIXe Siècle: Mythe ou Réalité”, Journal of African History, vol. III, núm. 3). Otras criticarán el planteamiento del pensamiento oficial (ver Hyam, R., 1964, “The Partition of Africa”, The Historical Journal, vol. 7, núm. 1, quien también critica el excesivo énfasis que Robinson y Gallagher ponen en Egipto y subraya la rivalidad intereuropea como causa del reparto). La mayor parte de ellas, sin embargo, no dejan de sentirse atraídas por el nuevo enfoque político, proponiendo causas políticas alternativas al imperialismo en África.
[33] Hyam, op. cit.
[34] Brunschwig, H., 1960, Mythes et Réalités de l’Impérialisme Colonial Français, 1871-1914, París, Armand Colin; Taylor, A. J. P., 1966, “Bismarck’s Accidental Acquisition of African Empire”, en Betts, R. F. (ed.), The Scramble for Africa. Causes and Dimensions of Empire, Boston, D. C. Heath and Company.
[35] Sanderson, G. N., 1965, England, Europe and the Upper Nile, 1882-1899, Edimburgo, Edinburgh University Press.
[36] Hargreaves, J. D., 1960, “Towards a History of the Partition of Africa”, The Journal of African History, vol. 1, núm. 1.
[37] Galbraith, J. S., 1960 “The ‘Turbulent Frontier’ as a Factor in British Expansion”, Comparative Studies in Society and History, vol. 2, núm. 2.
[38] Rosenberg, J., 2002, The Follies of Globalisation Theory, Londres y Nueva York, Verso, p. 3.
[39] En un sentido similar Victor Li plantea que la globalización es presentada de forma sublime, en el sentido de que es “[…] autoreferencial e igual sólo a sí misma” (Li, V., 2000, “What’s in a Name? Questioning ‘Globalization’”, Cultural Critique, núm. 45 (primavera), p. 2) y que al carecer de alusión al otro contiene el germen de su destrucción: “La globalización capitalista puede parecer, por tanto, que se asemeja a la estética de lo sublime, pero es en todo caso un falso sublime porque no puede, en último término, cuestionar su propia razón de ser o mantener la idea de algo diferente que se opone a ella. No puede imaginar su propia antinomia” (ibíd.).
[40] Held, D. y McGrew, A., 2004, “The Great Globalization Debate: An Introduction”, en Held, D. y McGrew, A. (eds.), The Global Transformations Reader. An Introduction to the Globalization Debate, Cambridge, Polity Press.
[41] Es enormemente difícil elegir una muestra representativa de las posturas mencionadas dada la vastísima literatura sobre globalización. Para una selección ver la hecha por Held y McGrew (Held, D. y McGrew, A. (eds.), 2004, The Global Transformations Reader. An Introduction to the Globalization Debate, Cambridge, Polity Press). También se podrían seleccionar como ejemplo de las distintas perspectivas dentro de las posturas escépticas a Hardt, M. y Negri, A., 2002, Imperio, Barcelona y Buenos Aires, Paidós; Petras, J. y Veltmeyer, H., 2002, El Imperialismo en el siglo XXI. La Globalización Desenmascarada, Madrid, Editorial Popular; y, desde un análisis puramente económico, a Hirst, P. y Thompson, G., 2002, Globalization in Question. The International Economy and the Possibilities of Governance, Cambridge, Polity Press –que Hopkins situaría entre los moderados, una categoría intermedia que él ve entre los escépticos y los globalistas (ver Hopkins, A. G., 2002, “The History of Globalization-and the Globalization of History?”, en Hopkins, op. cit., notas 47-50). Como ejemplo de posiciones globalistas aunque críticas con la globalización podemos mencionar a Sassen, S., 2001, ¿Perdiendo el Control? La Soberanía en la Era de la Globalización, Barcelona, Bellaterra y, 2003, Los Espectros de la Globalización, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica; Strange, S., 2001, La Retirada del Estado, Barcelona, Icaria; Ziegler, J. Los Nuevos Amos del Mundo, Barcelona, Ediciones Destino, 2003; o Dasgupta, S. y Kiely, R. (eds.), 2006, Globalization and After, Nueva Delhi, Sage. Como uno de los mejores ejemplos de globalismo complaciente ver Bhagwati, J., 2005, In Defense of Globalization, Oxford y Nueva York, Oxford University Press.
[42] Shirato, T. y Webb, J., 2003, Understanding Globalization, Londres, Thousand Oaks y Nueva Delhi, Sage.
[43] Para explicar esta idea los autores toman el análisis que Pierre Bourdieu hace del concepto de doxa, esto es, la “[…] combinación de discursos, ideas y valores que a la vez naturalizan y reproducen los desequilibrios de poder […]”(ibíd., p. 35) y de habitus, esto es, el conjunto de “relaciones sociales, subjetividades, disposiciones […] que están sometidas y ayudan a reproducir las estructuras, relaciones de poder e imperativos del Imperio y el capitalismo” (ibíd., p. 77).
[44] Held y McGrew, op. cit., p. 4.
[45] Para visiones más estrictamente económicas de la globalización ver por ejemplo Gray, J., 1998, False Dawn. The Delusions of Global Capitalism, Londres, Granta Books; Hirst y Thompson, op. cit.,; o Stiglitz, J. E., 2003, El Malestar en la Globalización, Madrid, Punto de Lectura.
[46] Aunque sería también interesante plantear una revisión de la globalización en los términos sociológicos que propuso Schumpeter considero que su idea, aún enormemente sugerente, plantea problemas metodológicos que dificultan su aplicación. En cualquier caso, cualquier traslación de su análisis únicamente podría complementar la extensión de la revisión política que aquí se propone, mucho más relevante, a mi parecer, para el caso que nos ocupa.
[47] En este sentido, podríamos hacer extensible la frase de Robison y Gallagher referida al imperialismo “La política británica siguió el principio de extender el control informalmente cuando fuera posible y formalmente cuando fuera necesario” (Gallagher y Robinson, op. cit., p. 13), trasladándola a la globalización. La globalización, así, es un dominio que se ejerce informalmente mientras le es posible y que se convierte en control formal cuando es necesario.
[48] Es entonces cuando encontramos agresiones militares, establecimiento de jurisdicciones extraterritoriales, creación de nuevos protectorados internacionales, mantenimiento de gobiernos en la sombra, exportación de cuadros funcionariales y políticos, celebración de conferencias internacionales para la resolución de conflictos “internacionales”, etc., todas ellas acciones que en apariencia contradicen las dinámicas globales pero que, realmente, sirven para su perpetuación y que en nada se distinguen de los métodos formales del imperialismo.
[49] Ver p. 14 de este trabajo.
[50] Por supuesto, en principio en el mundo global no existe tal periferia pues, como he señalado, los límites que permitirían distinguir a ésta del centro no están definidos. Ahora bien, la periferia puede ser localizada en todos aquellos lugares que son más receptores del discurso globalizador que generadores del mismo. También dentro de la periferia entendida en estos términos es posible encontrar colaboradores que contribuyen a la difusión de tal discurso y cuando estos desaparecen la búsqueda de otros nuevos obliga a tomar medidas de fuerza que ayuden a restaurar la situación de cooperación inicial que contribuía al éxito de difusión del discurso global.
[51] Una combinación de todos estos motivos políticos ayudarían, por ejemplo, a explicar la adopción de acciones de fuerza aparentemente inexplicables en un mundo globalizado como la guerra de Irak –la cual no puede ser solamente explicada en términos de los beneficios económicos que pueden llegar a representar los recursos energéticos de este país  sino que debe ser relacionada con la “Guerra contra el Terror” iniciada por EEUU para la restauración de su prestigio nacional perdido tras los ataques del 11 de septiembre de 2001, con la política exterior y la estrategia internacional general de este país, con la política tradicional estadounidense en Oriente Medio e incluso con la propia vulnerabilidad del presidente George W. Bush en el momento de ser iniciada-. 

Emma Benzal Alonso | Departamento de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid.