26/7/13

Marx hoy | La tecnología, las masas de capital y las resonancias en las masas humanas causan una incertidumbre permanente

José María Ripalda Crespo
Parece que en medio de la gran depresión Marx vuelve. Lo que él llamaba “infraestructural”, la economía, vuelve a estar en primera línea. Apenas se oye el reproche que siempre se le dirigió de “economicismo”. Los principales economicistas se encuentran hoy en los gobiernos, los media, la opinión pública, en su enemiga la derecha. Así que en medio de la 'crisis' de las ideologías, Marx ha pasado en cierto modo a formar parte del imaginario común, lo que permite disolverlo en los tópicos comunes, obviando su lado 'agresivo' y 'disonante'. Pero lo que así ocurre es también que Marx se borra y hay que hacer un esfuerzo de rememoración del tipo: “¿no dijo alguien, no dijo... Marx que...?” Su actualidad es más bien envoltorio y Marx se presenta –de hacerse presente- más bien como un precursor ingenuo y tendencioso, ajeno al multiculturalismo, a los temas de género, ecológicos...

Por otra parte el tiempo, siempre en obra, ha generado umbrales distintos de percepción de Marx. Mi generación y la siguiente le vimos hace medio siglo ideológica y heroicamente. Necesitábamos una especie de religión prohibida frente a la forma brutal, la de la realidad única, el genocidio continuado de la “anti-España”, la depauperación cultural, en una palabra: el Régimen. No era preciso estudiar o leer mucho de Marx, bastaba con algún destello en el fondo de la caverna. Además Marx era a fin de cuentas un producto de la alta cultura alemana en cruce con la anglosajona, demasiado difícil.

Los tiempos han cambiado, la Iglesia libra una batalla encarnizada en su retirada del nacional-catolicismo, nosotros no necesitamos un Juicio Final alternativo bajo el nombre de Revolución, el desarrollo económico ha cambiado la sociedad, se piensa más pie a tierra. Y la dominación se sirve más de mecanismos internalizados. Esto me hace recordar la mala conciencia –aún hoy perceptible– de los ciudadanos de Alemania del Este respecto a la caída, que ellos mismos ansiaron, del “Muro”. Desde luego no podían seguir soportando aquel Estado; pero siguen sin llevar bien la situación actual. Esto me recuerda, no sé por qué, el pacto de sumisión política a cambio de bienestar y tranquilidad que constituyó el acuerdo implícito de la “Transición”; la pedagogía de Aznar –bien preparada por Felipe González- enseñó definitivamente a los españoles que éramos primer mundo y todos clase media, en una palabra: europeos. La depresión –que no crisis- nos saca definitivamente del sueño, y el descarado saqueo del país por la misma clase dominante del franquismo impone una imagen insoportable de la realidad. ¿Reacción dominante? Análoga a la de los ciudadanos de la antigua RDA: consternación, parálisis, depresión, sálvese quien pueda. Sólo una parte significativa de las generaciones que no participaron en ese pacto y ahora se encuentran con sus consecuencias es la que protesta.

España tiene sus peculiaridades; pero no se trata sólo de ella. Porque los fuegos estallan por todo el mundo de Turquía a Brasil. Y entonces, al hilo de la RDA y de España, se me ocurre una idea. ¿No será que la democracia entera está sufriendo un desplome semejante al que sufrió la URSS? ¿No será que la democracia entera está sufriendo un desplome semejante al que sufrió la URSS? No será que la democracia entera está sufriendo un desplome semejante al que sufrió la URSS? Ciertamente en aquel caso había
una alternativa, la capitalista, que además estaba ganando la Guerra Fría. Ahora no la hay y la oleada de salidas a la calle apenas ha logrado resultados ni en España ni en Túnez, por ejemplo. La forma soft –cada vez menos- de represión policial y administrativa es eficaz frente a las formas de rebeldía pacíficas, cívicas. Más aún, las fuerzas económicas reales, el gran capital mundial es inaccesible a las protestas; de hecho para él la mayoría de nosotros ya somos –con una bella palabra anglo- redundants, es decir: que sobramos. Pero hay todavía más: esa inaccesibilidad –tan distinta del personalismo dictatorial del franquismo– está protegida por instituciones opacas, incluso transnacionales, como la Unión Europea, el Fondo Monetario, órganos ad hoc como la troika y acuerdos cotidianos sin luz ni taquígrafos, también sin ley. Un juego de prestidigitación en el escenario, que sólo es realidad entre bambalinas, blinda el lugar actual de lo político. Así parece resolverse en “gobernabilidad” el gran miedo a la democracia moderna desde que ésta se planteó en la Ilustración. Y es que la forma dominante de estabilizar la democracia desde la revolución norteamericana ¿no ha consistido en excluir LA economía de la política?

Marx creía que la superación del capitalismo se resolvía con la revolución que él mismo llevaba dentro. Hoy somos más conscientes de que el capitalismo tiene la dimensión de una civilización fallida en la que todos estamos involucrados en diferentes grados y maneras. Como un ciclón, no sólo se alimenta de nuestro trabajo, sino también de nuestro consumo, nuestros hábitos y nuestra psicología inducida.

Actualmente nadie subordinado puede creer que dispone de información sobre el funcionamiento de la realidad social; no sólo es que ésta se ha hecho más compleja, sino que el saber más importante es reservado y hasta difícil para sus mismos actores privilegiados, más bien caótico. Lo individual a ciertos niveles se ha desconectado programáticamente de su subordinación a lo general, que en Hegel –y todavía en Marx- daba su consistencia al análisis. La potencia tecnológica, las masas de capital, las resonancias mundiales en las masas humanas nos ponen en situación de incertidumbre permanente. La ciencia se revela una y otra vez ignorante, indefensa frente a intereses más poderosos, dependiente de los grandes amplificadores, canalizadores y filtros de la información.

Ha cambiado la clásica política del saber burgués. Como en Marx, sigue siendo preciso un agudo sentido de la realidad. El tiempo discurre acelerado, desigual. Es preciso saber instantáneo y puntual, pero también lento y amplio, que es al que menos acceden los subordinados. Esto debería llamarnos la atención, como también la depauperación y control creciente a que están sometidos los clásicos aparatos institucionales de elaboración social del saber. El individuo es pequeño y puede escurrirse del pensamiento único, pero el individualismo es también el mito ideológico dominante, fomentado por el negocio de la tecnología comunicacional. Frente a la mitificación de las “redes” es preciso insistir en una construcción de sociedad con saber y dignidad propias, especialmente en un país como España, amenazado de disolución interna por su extrema depauperación política.

Pero incluso más allá de nuestro caso, creo que vale la pena pensar toda la Democracia actual como un sistema político en el aire, que se sostiene sólo por su propia consistencia administrativo-militar en red mundial, no por su contenido político. Por eso recurre a todos los medios, incluso vaciando su propia normatividad jurídica y lo hace con carácter mundial. Está destinada a su desplome; el pequeño avión del presidente boliviano basta para amenazarla globalmente. Esto lo pensó Marx. Nosotros lo vemos. El “Terrorismo” es sólo la imagen del propio vacío autodestructivo, que la necesita para afirmarse en su propia nada, proyectándola fuera; pero un sistema mundial no puede psicoanalizarse, sólo difunde su paranoia.

Lo que no podemos es calcular el tiempo; ¿no deberemos contar con que el capitalismo puede durar tanto como el feudalismo? La historia no es un progreso automático, ese supuesto de la burguesía ascendente y a veces de Marx. Y ahí es donde hacemos nuestra entrada en escena ¿como una variable impredecible más?; pero variable incesante e incesantemente renovada, la historia no se para más que aparentemente.