8/7/13

La actualidad del pensamiento gramsciano en debate | Algunas observaciones a la crítica de Ernesto Laclau

María Lucila Svampa

La reflexión teórica en torno al marxismo occidental goza de plena vigencia en el mundo contemporáneo. En este contexto, el pensamiento de Antonio Gramsci ha influido enormemente en las consideraciones de dicho campo de estudio, al haberse configurado como un portavoz innovador en el ámbito del materialismo histórico. Su aporte ha sido promotor por un lado, de una renovación hacia el interior de prácticas políticas concretas, y por otro, de significativas revisiones teóricas sobre el estudio de los análisis socio-históricos marxistas. En este último plano, sus categorías analíticas han sido objeto de variadas recepciones que en general saludan la originalidad de su obra por haber sabido captar la complejidad de las sociedades modernas y generar a partir de ello un enfoque superador de la izquierda ortodoxa.


En este contexto, Ernesto Laclau, ubicado en el posestructuralismo, propone un trabajo en el que aborda el pensamiento gramsciano en tiempos de crisis del marxismo. A pesar de que celebra la excepcionalidad de su obra, explora ciertas dificultades por las que al mismo tiempo atraviesa. Su tesis señala que Gramsci retrocede en el campo de los estudios marxistas al basar sus estudios en nociones apriorísticas. El presente escrito busca repasar la lectura que Laclau hace de los aportes gramscianos para reflexionar en torno a la adecuación o no adecuación de sus críticas fundamentalmente a partir de dos conceptos claves: el de ideología y el de hegemonía.

Introducción

La obra de Gramsci se ha convertido en un objeto ineludible en el pensamiento político contemporáneo. Retomando interrogantes que transitaron largamente la tradición marxista, planteó una renovación en dicho terreno. Como consecuencia, su producción se basa en la fuerza innovadora de nuevas categorías analíticas – tales como las de hegemonía, ideología y bloque histórico – que le han permitido ir más allá de sus antecesores. El atractivo que su pensamiento creó se debió en parte al hecho de haber sido uno de los primeros en trabajar la problemática de la lucha de clases articulándola con aspectos culturales que puedan captar los cambiantes modos de dominación del estado capitalista. De modo que el punto de partida de este trabajo concibe la importancia del pensamiento gramsciano, no concentrada de forma circunscripta al pensamiento del autor, sino por su articulación e intervención en las reflexiones sobre la política que lejos de agotarse en meras abstracciones, se expresan también en su eficacia práctica.

Gramsci fue militante revolucionario y activo participante del comunismo italiano, detenido y condenado a prisión por veinte años. Como consecuencia de ello escribe gran parte de su obra en condiciones extremadamente precarias, lo que hace difícil muchas veces sortear ciertos interrogantes generados por las privaciones que en ese contexto implicaban. Por caso, en ocasiones era necesario para el pensador recurrir a un lenguaje de códigos que le permitiera seguir escribiendo pero evitando al mismo tiempo sospechas que lo dejaran en una situación más difícil aún de la que ya atravesaba y esto provoca sin duda algunos obstáculos para la lectura de su obra. En este contexto y bajo el interrogante de las causas del triunfo del fascismo y el progresivo debilitamiento del movimiento obrero, Gramsci supo reformular las condiciones teóricas para analizar la compleja relación entre ideología y política; así se convirtió en uno de los más grandes íconos de la izquierda y reorientó su pensamiento.

La variada recepción de su obra refleja diversos y por momentos opuestos usos de ella (Portantiero, 1980). Sobre el uso de categorías teóricas gramscianas aplicadas a análisis de distintas sociedades, no es posible definir de antemano qué conceptos serán los más adecuados, puesto que requiere de una investigación pormenorizada de cada uno de ellos acompañada por una cuidadosa labor de traductibilidad (Aricó, 2005). En el caso del uso de sus categorías para las sociedades latinoamericanas, ésta se configura como una tarea a la que los intelectuales deberán necesariamente atender de forma cautelosa en cada caso en particular; en vistas de dar con dicho objetivo será menester combinar paralelamente un trabajo creativo pero a su vez rigoroso sobre los conceptos analíticos y la situación histórica particular (Ansaldi, 1992).

Entre los más polémicos y célebres trabajos que brindan una particular interpretación de su obra se encuentra la mirada de Laclau y Mouffe (2006) en Hegemonía y estrategia socialista, escrito publicado en 1985. Sendos pensadores desarrollan un esquema teórico por el que retoman la noción de hegemonía acorde con las necesidades que su noción de democracia radical plantea. Como consecuencia, formulan una crítica al pensamiento de Gramsci, reconociendo en él una incapacidad para superar el reduccionismo del que es presa el pensamiento marxista. En este contexto y dada la enorme repercusión que la obra de Laclau y Mouffe tienen hoy en el ámbito de las ciencias sociales, resulta pertinente explorar posibles omisiones y descuidos que transita su lectura sobre Gramsci. Por lo tanto, el propósito de este escrito se centrará entonces en reponer los principales aspectos de dicha crítica y a partir de allí recuperar posibles respuestas que libren al pensamiento gramsciano de tales acusaciones. Para esto será un insumo fundamental por un lado, escritos del propio Gramsci – fundamentalmente los Cuadernos de la Cárcel –,contribuciones de algunos estudiosos del caso y además una obra temprana, de 1978, de la misma Mouffe: Hegemonía e ideología en Gramsci, escrito en el que presenta una visión menos crítica sobre el pensador. En suma, el estudio sobre el abordaje teórico que propone Gramsci a través de lupa de pensadores de la talla de Laclau y Mouffe, - cuya enorme influencia en el campo de las ciencias sociales ha sido notoria en los últimos veinte años - pone en marcha un  desafío que ocupa las prácticas habituales de los cientistas sociales: el de la traductabilidad de categorías forjadas el siglo pasado a las sociedades contemporáneas. Las observaciones de Laclau y Mouffe ponen a prueba la vigencia del pensamiento gramsciano en el contexto de un estado actual en el que la filosofía política está signada por la crisis de los grandes referentes de certeza que habían guiado el pensamiento occidental. El presente trabajo encuentra su principal impulso en el supuesto de que las críticas de Laclau y Mouffe se erigen sobre la ruina de la actualidad de la obra gramsciana. Es propósito de este escrito, por lo tanto, discutir sendas críticas por el consabido efecto que ello puede tener sobre la vigencia de la obra gramsciana.

Ofensiva sobre el pensamiento de Gramsci

En Hegemonía y estrategia socialista (2006), Laclau y Mouffe abordan distintas perspectivas del marxismo occidental y formulan una crítica a su esencialismo filosófico. Tal como se anticipa en el título de la obra, los autores buscan introducir la noción de una democracia radical y plural reformulando la estrategia socialista. Tras repasar el aporte gramsciano, afirman que la operatividad del concepto de hegemonía sólo puede ser concebida apartándola de sus formulaciones apriorísticas originales. Así es que hacen de ese concepto una categoría central de su esquema teórico, enmarcado en la pregunta por la constitución de las identidades políticas en contextos de precariedad. Este último escenario emerge como consecuencia de la ausencia de una literalidad trascendente que antaño funcionaba como ordenador para pensar la legitimidad de todo orden político. Pero los escritores afirman que en este plano de indeterminación es necesaria cierta fijación, cierta sutura de lo social, lo cual sería aportado por la hegemonía. Esta última es presentada como el resultado de un proceso de prácticas articulatorias que las identidades políticas atraviesan, siempre marcadas por la carencia de fundamentos últimos capaces de determinar una ontología de lo social.

Herederos del estructuralismo de Saussure, los escritores conciben al discurso como un terreno primario de constitución de la objetividad, en el que las identidades que lo componen deben concebirse no aisladamente sino relacional y diferencialmente. A partir de esto es posible dar cuenta de las dos lógicas por las que son atravesadas las particularidades: la lógica de la diferencia y la lógica de la equivalencia. Mientras que la primera se distingue por el contenido específico que constituye a toda particularidad, la segunda se caracteriza por aquello que las une, dada la presencia de la totalidad en cada acto de significación. Dicha totalidad es posible por la presencia de una exclusión radical, es decir, por la delimitación de una frontera que expresa una exterioridad común a ella. Ahora bien, puesto que esta última es inconmensurable, es imposible aprehenderla completamente. Laclau y Mouffe presentan en este contexto la posibilidad de representarla mediante un significante vacío que emerja entre las particularidades a partir de una articulación dada por la lógica equivalencial y diferencial. Traducido a un orden político, este esquema teórico muestra a las particularidades como demandas, que debido a una insatisfacción frente a un sistema institucional que no puede absorber sus peticiones, adquieren cierto nivel de radicalidad que las convierte en demandas populares. Esta situación implica por un lado, que lleven su reclamo a un nivel polémico, y por otro, que se vinculan con las demás demandas por la frustración que comparten.

Sobre la emergencia de una particularidad que adquiera la representación de todas las demás, los autores señalan que esto se produce en un marco de contingencia que hace imposible prever cuál será aquella que corra ese destino. Es decir, que no hay un centro estructural necesario que anticipe quién simbolizará la unificación de esa cadena porque no hay puntos de identificación privilegiados pasibles de definirse a priori. Este aspecto responde a una creciente tendencia de fragmentación y diferenciación de demandas sostenidas por  movimientos que no responden necesariamente a una cuestión en particular. En el escenario contemporáneo proliferan numerosos reclamos e identidades vinculados a problemas que van más allá de conflictos respecto al mercado laboral. Este aspecto está directamente vinculado con la crítica que Laclau le formula a la obra gramsciana, puesto que su postulado fundamental se centra en que para las formaciones hegemónicas no existe un único principio unificante. Su tesis consiste en que en las sociedades industriales avanzadas, – o también llamadas “posindustriales” – se erosiona la efectividad de una teoría centrada en la noción de clase social. De acuerdo con esta perspectiva, esta última, lejos de gozar de una unidad y estabilidad, se somete a constantes cambios resultantes del proceso de articulación hegemónica.

En esta instancia es en la que se vuelve necesario indagar sobre la definición que Laclau y Mouffe hacen sobre la contribución de Gramsci. Mouffe (1991) compara su pensamiento con ciertas tendencias marxistas que han influenciado enormemente en el economicismo de la Segunda Internacional, pasando por Kautsky, Bernstein y Sorel. Afirma que una de las principales limitaciones de las que el marxismo de ese entonces fue víctima, fue el reduccionismo al que se sometió a la ideología a partir del pensamiento de Kautsky. En una propuesta teórica que otorgaba suprema importancia al desarrollo de las contradicciones de las fuerzas económicas que se desplegarían en la historia y que derivarían en el colapso del capitalismo, aquella era concebida como una expresión directa de las clases. Una de las consecuencias más significativas era que el proletariado debía rechazar todo discurso burgués, inclusive el concerniente a la democracia. Algunos años más tarde - sigue Mouffe - Bernstein protagoniza una revisión teórica que ataca la hipótesis kautskiana. Si bien se identifica a este escritor como el que introdujo la importancia de los principios morales y extendió la tarea del proletariado a un plano ideológico que sepa contemplar un ideal ético, señala que termina rompiendo con el marxismo.

En un marco de desafíos para la izquierda, Laclau y Mouffe resumen la innovación gramsciana desde dos ejes: por un lado como un pensador cuya producción responde directamente a las condiciones de atraso del contexto italiano, pero carente de relevancia para el capitalismo maduro; por otro lado, desde una visión que rescata su perspectiva estratégica a la hora de entender la complejidad de las civilizaciones avanzadas. Esto se ve reflejado en un desarrollo de apertura de las ideas marxistas ortodoxas, que le permitió generar una serie de categorías adecuadas para pensar tanto sociedades capitalistas adelantadas como aquellas no tan avanzadas e ir así más allá de la alianza de clases leninista. Sin embargo, los autores señalan que desde sus tempranos escritos, Gramsci plantea una significativa compatibilidad con esta última perspectiva, puesto que se considera que la posibilidad de que la clase obrera se configure como dirigente depende de su capacidad de generar un sistema de alianzas para movilizarse contra el capitalismo. Laclau y Mouffe afirman que es en el momento en que se pasa del plano político al intelectual y moral, que se efectúa una superación respecto del leninismo. El salto se produce porque en esta instancia se expresaría desde la ideología tanto una voluntad colectiva como unificadora del bloque histórico.

Una serie nueva de relaciones entre los grupos, que escapan a su ubicación estructural en el esquema evolutivo y relacional economicista, es definida conceptualmente, a la vez que se señala el terreno preciso de su constitución, que es el de la ideología. (Laclau y Mouffe, 2006, p. 101)

Los escritores presentan algunas innovaciones respecto de la concepción de la ideología que se distancia de la vieja visión reduccionista. Señalan que se trata de un “todo orgánico relacional” que da unidad al bloque histórico. Esto refiere a un proceso articulatorio por el cual se sueldan múltiples y a veces heterogéneas voluntades desde  una base común, sobre la cual el aspecto cultural tiene especial relevancia sin la cual no podría materializarse el vínculo entre dichos elementos. Es decir, que su identidad solo puede definirse a partir de sus relaciones y no aisladamente. “Ni los sujetos políticos son para Gramsci “clases” – en el sentido estricto del término – sino “voluntades colectivas” complejas; ni los elementos ideológicos articulados por la clase hegemónica tienen una pertenencia de clase necesaria” (Laclau y Mouffe, 2006, p.102)

Pero más adelante siguen:
Y sin embargo, el conjunto de la construcción gramsciana reposa sobre una concepción finalmente incoherente, que no logra superar plenamente el dualismo del marxismo clásico porque, para Gramsci, incluso si los diversos elementos sociales tienen una identidad tan solo relacional, (. . .) tiene que haber siempre un principio unificante en toda formación hegemónica y éste debe ser referido a una clase fundamental. (. . .) Es decir que la hegemonía de la clase no es enteramente práctica y resultante de la lucha, sino que tiene en su última instancia un fundamento ontológico (Laclau y Mouffe, 2006, p.103 -104)
Dicho esto, los autores afirman la infranqueable determinación de la economía en el pensamiento gramsciano. La clase obrera quedaría así atrapada en una ambigüedad que la haría variar entre su tarea de articulación con una pluralidad de luchas pero dentro de una determinación necesaria. Esta limitación los lleva a ellos a ir “más allá de Gramsci”, radicalizando el concepto de hegemonía. Esto se manifiesta en una circunstancia de crisis orgánica, en la que se presenta un debilitamiento y crisis de las identidades, marco en el que la guerra de posición gramsciana “muestra sus límites”.
La guerra de posición supone la división del espacio social en dos campos y presenta a la articulación hegemónica como una lógica de movilidad de la frontera que los separa. Ahora bien, resulta claro que este supuesto es ilegítimo: la existencia de dos campos puede ser, en ciertos casos, uno de los efectos de la articulació hegemónica, pero no la condición apriorística de la misma. (. . .) Dicha construcción opera siempre sobre la base de la expansión de la frontera interior de un espacio político dicotómicamente dividido. Éste es el punto en que la concepción gramsciana resulta inaceptable (Laclau y Mouffe, 2006, p.181).
El punto central de la crítica de Laclau y Mouffe al trabajo de Gramsci es entonces si el concepto de hegemonía debe reducirse a una pertenencia de clase, por ende, seguiría preso del reduccionismo marxista. Como bien recuerda Barret (2003), la principal característica del reduccionismo es dar explicación a una unidad de análisis determinada (A) invocando otra (B). Esta es la fórmula que Laclau y Mouffe denuncian en el pensamiento gramsciano: tanto para dar cuenta de la ideología como de la hegemonía, se recurre a los intereses de clase. Precisamente, el esquema teórico de Laclau denuncia en el marco del posestructuralismo la existencia de elementos que no se inscriben necesariamente en una pertenencia de clase y que forman parte de la construcción hegemónica que de acuerdo con la propuesta de Gramsci no serían contemplados.

Observaciones a la crítica

Hay sin embargo aspectos en el pensamiento político de Gramsci que apuntan a una interpretación distinta a la recién citada y que muestra por el contrario a un intelectual que logra superar la concepción epifenomenológica de la ideología y de la hegemonía.

Las primeras apariciones de la noción de hegemonía se ubican en Notas sobre la cuestión meridional, en donde Gramsci hace referencia al proletariado de Turín, definiendo su tarea como la de generar consenso y movilizar a sectores contra el Estado burgués, incluyendo allí a los campesinos pero dentro de la concepción leninista de alianza de clases (Mouffe, 1991). Más tarde, en los Cuadernos de la cárcel, esta complejidad aparece compuesta por la relación de las fuerzas sociales, militares y políticas. Este último aspecto refiere al desarrollo de la conciencia, que atraviesa tres momentos, a saber, el primitivo, el económico político y el de la hegemonía1. Cita Mouffe (1991) que esta última es un momento:
(. . .) en el cual se alcanza la conciencia del hecho de que los intereses corporativos, tanto en su desarrollo presente como en el futuro, rompen el marco corporativo de los grupos puramente económicos y pueden y deben convertirse en los intereses de otros grupos subordinados. (Mouffe, 1991, p.188)
En este proceso se comprende un distanciamiento de intereses regionales, corporativos, para por el contrario, concentrarse en lo universal; lo cual da lugar a la efectivización de un proceso ideológico que permite la hegemonización de un grupo por sobre otros logrando una unidad intelectual y moral. Para que esto suceda es necesario que confluyan aspectos no sólo económicos, sino también políticos, intelectuales y culturales a la vez. Es decir, que este grupo debe por un lado, saber articular los intereses de otros, incluyendo esta vez, no sólo a los campesinos, sino también a los burgueses, por otro lado, ejercer un liderazgo que supere el plano económico, inclusive desde el Estado. Mouffe señala que este movimiento hace que Gramsci rompe con la visión economicista del Estado, que se manifiesta en la expansión de su base social y por ende en sus funciones.

De acuerdo con esta perspectiva, la hegemonía podría lograrse a partir del transformismo o de la hegemonía expansiva. El primer caso es el de una revolución pasiva en el que hay una absorción de otros grupos, esta situación genera por un lado, una neutralización de sus intereses, por otro, que no puedan oponerse a quienes emergerían como hegemónicos. Para el segundo caso, por el contrario, hay un consenso que permite una voluntad nacional popular como cemento de la unidad ideológica. Ahora bien, Mouffe señala que esta conducción sólo puede ser ejercida por una clase fundamental en el plano económico. La consecuencia directa sería una sustancial limitación al espectro de posibles clases hegemónicas y a sus formas. Pero esto se explica, en efecto, porque quien protagonice esta articulación debe contener como propio interés la eliminación de toda explotación, algo que sin duda, no pertenece a los principios de todos los sectores.

Cierto es que Gramsci identifica la relevancia del aspecto económico al momento de estudiar las sociedades en su complejidad:
El hecho de la hegemonía presupone, sin duda, que se tengan en cuenta los intereses y las tendencias de los grupos sobre los cuales se ejercerá la hegemonía, que se constituya un cierto equilibrio de compromiso, o sea, que el grupo dirigente haga sacrificios de orden económico - corporativo, pero también es indudable que tales sacrificios y el mencionado compromiso no puede referirse a lo esencial, porque si la hegemonía es ético - política no puede no ser también económica, no puede no tener su fundamento en la función decisiva que ejerce el grupo dirigente en el núcleo decisivo de la actividad económica. (Gramsci, 2006, p.402).
Si bien dicho esto, sería necio negar la importancia que Gramsci otorga al movimiento obrero y al despliegue de las fuerzas económicas, sería injusto negar al mismo tiempo la intervención de otros aspectos ampliamente influyentes en su pensamiento, como lo cultural, intelectual y político. En este sentido, concebir a la ideología como variable dependiente de la estructura es algo que no parece ser estrictamente un postulado básico de nuestro pensador:
La pretensión (presentada como postulado esencial del materialismo histórico) de presentar y exponer toda fluctuación de la política y de la ideología como expresión inmediata de la estructura tiene que ser combatida en la teoría como un infantilismo primitivo, y en la práctica hay que combatirla con el testimonio auténtico de Marx, escritor de obras políticas e históricas concretas. (Gramsci, 2006, p. 276)
Las bases de la filosofía creadora de la que Gramsci habla en sus apuntes sobre Croce, se muestran opuestas al esencialismo que Laclau denuncia. Esto se manifiesta cuando niega la existencia de una realidad “por sí, en sí y para sí”: lo que tenemos son realidades sujetas a las modificaciones que los hombres les operan. Además, en el fragmento citado, Gramsci tilda de “infantilismo primitivo” la visión que propone leer cualquier variación de la política e ideología como reflejo inmediato de la estructura. Para dar cuenta de esto menciona al mismísimo Marx, que supo anticipar observaciones como por ejemplo, el hecho de que la estructura no es estrictamente fácil de reconocer en el transcurso de su proceso y también la posibilidad de identificar actos políticos como errores o como recursos administrativos, todos estos elementos que el materialismo mecánico no admitiría.

Paralelamente, Gramsci (1984a, 1984b, 2006) logra abordar al capitalismo no sólo como una forma de producción económica, sino también como una forma de vida. La superestructura cobra en este sentido vital importancia ya que opera mediante espacios como la familia, la educación y los ámbitos culturales. Esta idea aparece plenamente respaldada por la misma Mouffe (1991), quien señala que Gramsci se posiciona desde un punto de vista alejado de la concepción marxista de la ideología como falsa conciencia. Por el contrario, lo define como un terreno de disputa en la que los hombres adquieren conciencia de su posición en un marco en el que se enfrentan distintos principios hegemónicos. La ideología es entendida como un medio por el cual los hombres, a través de una determinada visión del mundo2, adquieren formas de conciencia que impactan en las prácticas cotidianas de toda sociedad. De este modo, la conciencia es presentada no como algo dado, sino construido a partir de relaciones ideológicas en las que se inscriben los sujetos3.

Sobre este último plano operan con significativa relevancia los intelectuales orgánicos a través de los aparatos hegemónicos4. Éstos aportan homogeneidad a los grupos sociales; si bien Gramsci admite que, puesto que no existe actividad humana completamente desligada del pensamiento, en algún punto todos los hombres son intelectuales, no todos tienen esa función profesional específica. Éstos deben vincularse con “formas reales de vida” que no se agoten meramente en la elocuencia. La escuela cumple en esta instancia un papel fundamental, puesto que es concebida como un espacio de formación de estas capas de intelectuales en su complejidad y especificidad. Una vez formados, estos cuadros no se vinculan de forma directa con el mundo de la producción: su relación está mediada por el tejido social. Se convierten de este modo en gestores de la hegemonía del grupo dominante, esto es, del consentimiento de la población. Así, esta perspectiva se aleja de todo reducto de una concepción reduccionista de ideología5.

Los procesos de desarticulación de la hegemonía existente y de articulación de una nueva constituyen las bases de la guerra de posición como estrategia de cambio. De acuerdo con el planteo de Gramsci (2003), la formación de una nueva voluntad colectiva será entonces tarea del Príncipe moderno (es decir, del partido político de la clase obrera):
El príncipe moderno, el mito - príncipe, no puede ser una persona real, un individuo concreto; sólo puede ser un organismo, un elemento de sociedad complejo en el cual comience a concretarse una voluntad colectiva reconocida y afirmada parcialmente en la acción. Este organismo ha sido dado por el desarrollo histórico y es el partido político: la primera célula en la que se resumen los gérmenes de la voluntad colectiva que tienden a devenir universal y totales.(Gramsci, 2003, p.12).
A este sujeto le compete ser abanderado de la reforma intelectual y moral, cuyo programa debe contener una reforma económica. Pero el despliegue del desarrollo del momento político no se centra exclusivamente en las condiciones económicas; en palabras de Gramsci: "La cuestión particular del malestar o bienestar económico como causa de nuevas realidades históricas es un aspecto parcial de la cuestión de las relaciones de fuerzas en sus diversos grados" (Gramsci, 2003, p.61).

Sobre el papel de la clase obrera que Laclau y Mouffe también critican, es posible argüir que al trasladar el problema más allá de la economía, cuando Gramsci refiere a grupos o clases “subalternas” podrían concebirse entre ellas distintas formas de opresión, cuya existencia supone la tarea de interpretar los intereses de grupos afines para lograr una construcción política consensuada.

Gramsci ubica los orígenes del concepto de ideología en la ciencia de las ideas y explica que termina por expresar cierto sistema de ideas. Distingue entre las históricamente orgánicas y las arbitrarias: “[las primeras] tienen una validez que es validez psicológica: organizan las masas humanas, forman el terreno en el cual los hombres se mueven, adquieren conciencia de su posición, luchan, etc. En cuanto arbitrarias, no crean más que movimientos individuales, polémicas, etc.” (Gramsci, 2006, p.364). Las ideologías se definen como una idea de mundo que se manifiestan en todos los aspectos de la vida: en lo económico, en lo político, en la cultura y el derecho. Una de las grandes debilidades que Gramsci identifica de las filosofías inmanentistas, es la de no haber podido generar una unidad ideológica entre los distintos planos sociales y políticos. Sostenía que su pensamiento carecía de una organicidad que establezca con solidez y coherencia esa unión entre los intelectuales y los “sencillos”, el mismo vínculo que debe existir entre teoría y práctica.

En esta instancia deberían contemplarse un nuevo sentido común polémico y crítico respecto del pensamiento anterior o todavía existente. La tarea consistiría entonces en elaborar una nueva filosofía que no se reduzca simplemente a los intelectuales y que mantenga por el contrario, permanente contacto con los “sencillos”, con los sectores más marginados, garantizada por una mediación política. El rol de los partidos políticos es aquí fundamental ya que operan en la difusión y la dialéctica de intelectual-masa para que formen parte de una resistencia a un sentido común que le era ajeno. Se deberá buscar entonces una posición activa y emprendedora que no pierda de vista la necesidad de insistir en la transmisión de los argumentos fundantes del nuevo sentido común en un marco de profundo trabajo intelectual. En vista de ello, será necesario conformar un terreno común en el que se logre establecer un diálogo entre distintos sectores que no manejen necesariamente un lenguaje intelectual. Esto implica a la vez superar el registro de las producciones escritas y dar relevancia también a discusiones orales que logren exponer sistemáticamente una nueva ideología. Los intelectuales deben comprender las pasiones de los pueblos y establecer con ellos de este modo, un nexo de intercambios políticos para la formación de un bloque histórico, de lo contrario, su rol se reduciría a lo burocrático y formal, convirtiéndose ellos mismos en una casta y no en un verdadero bloque ideológico.

En esta nueva concepción del mundo son constitutivas tanto la filosofía, como la política y la economía. Esto implica la existencia de elementos teóricos pertenecientes a cada uno de dichos campos, pero que a su vez estén dotados de una articulación y convertibilidad al lenguaje específico de cada uno de ellos formando así un todo homogéneo. Sobre el sentido común y la idea del mundo, Gramsci afirma su relevancia cuando ubica allí el punto de partida para una elaboración crítica. Afirma que aquella pertenece siempre a un grupo, unido por determinada forma de pensar y actuar como hombre-masa y cuya elección tiene la fuerza de un acto político. Ahora bien, el pleno conformismo con ciertas cosmovisiones, no permitirían generar una revisión de lo habido hasta ahora y que problematice el presente alejándose así de un peligroso anacronismo.

Crear una nueva cultura no significa sólo hacer individualmente descubrimientos originales; significa también, y especialmente, difundir críticamente verdades ya descubiertas, socializarlas, por así decirlo, y convertirlas, por tanto, en base de acciones vitales, en elemento de coordinación y de orden intelectual y moral. (Gramsci, 2006, p.366).

Con esto tenemos que la concepción del bloque histórico es distinta de la idea de clase homogénea. Justamente para inaugurar un nuevo orden cultural, es necesario no reflejar mecánicamente la situación social ya existente, sino generar una trasformación que dé paso a una nueva voluntad colectiva. Porque la unidad histórica de la dirigencia no se producirá solamente a partir del aspecto jurídico, sino que resulta de su vinculación con la sociedad civil6. De ahí la importancia del estudio sobre la formación de grupos sociales nuevo o preexistentes y su ligazón con formaciones políticas dominantes.

Reflexiones finales

A lo largo del trabajo se han repasado los principales aportes del pensamiento político gramsciano a partir de las críticas que el trabajo de Laclau y Mouffe le imputan. Luego de presentar el esquema teórico los autores de Hegemonía y estrategia socialista, se ha resumido la recepción que éstos hacen de la obra gramsciana, que por un lado celebra su originalidad, pero por otro lado, la acusa de esencialista. Esto último surge de una fuerte crítica a la centralidad y determinación de la economía y de la clase social, que de acuerdo con los autores, impacta fuertemente en la idea de hegemonía e ideología, volviéndolas categorías que no logran sintetizar los problemas del mundo contemporáneo.

Se ha respondido a esas críticas admitiendo por un lado el importante rol que la economía cumple para Gramsci en las sociedades modernas, pero al mismo tiempo se ha argumentado que su pensamiento se distancia de una concepción epifenomenalista. Muestra de ello, son afirmaciones en las que expone la relevancia que los intelectuales cumplen en el aspecto cultural y ético de la construcción de una ideología como proyecto renovador y hegemónico de una nueva voluntad colectiva. Se ha dicho que la ideología se manifiesta implícitamente en el plano económico entre tantos otros y la hegemonía constituiría la tarea de mantener dicha unidad ideológica en el bloque social. Éste último concepto es fundamental para objetar la crítica a la centralidad de la clase, puesto que, tal como se repasó en el escrito, el bloque histórico funciona como un espacio político cuya unidad estará dada no por la firmeza de una clase fija, sino por el encuentro de múltiples actores en la construcción de un nuevo proyecto político. Entonces cuando para dar cuenta del proceso de hegemonía e ideología se recurren a factores que no son meramente económicos, sino éticos y culturales, ya no parecerían existir argumentos capaces de sostener el supuesto reduccionismo que se enunció en el primer apartado del escrito.

En el ámbito de las ciencias sociales, abundan reflexiones que en lugar de abordar a las sociedades en su complejidad, de analizar experiencias históricas concretas para poder interpretar el rol de los actores y buscar vías de acción en situaciones determinadas, quedan estancadas en consideraciones a las que difícilmente se le pueda atribuir valor político. Se trata de trabajos que se reducen a un ámbito de discusiones científicas y saberes que se dicen eruditos pero cuya fertilidad para pensar la política es escasa. Este en un punto clave en las reflexiones de nuestro pensador. Polemizando con la filosofía de Benedetto Croce y su definición de la religión, Gramsci cita la tesis XI a Feuerbach en la que, de acuerdo con su interpretación, Marx plantea no la exclusión total de todo filosofar contemplativo, sino la fundamental unión entre teoría y práctica. Croce vendría a recorrer el camino de forma inversa volviendo a la filosofía especulativa, siendo considerado esto por Gramsci como una solución ineficaz. En esta instancia se plantea la inconveniencia de una teoría puramente contemplativa frente a otra concebida como actividad práctica y capaz de producir una “moral concorde”.

Gramsci constituye un impulso de sucesivas renovaciones teóricas que anima la fuerza de la filosofía práctica, entendida no como receptiva y ordenadora, sino como creadora; por esta razón es necesario una reinterpretación de su obra que en lugar de desestimar su utilidad, pueda situar su potencial analítico para el estudio de las sociedades contemporáneas. No se trata entonces de ubicar toda esta serie de inconvenientes en el trabajo de Laclau y resignarse sin más a contemplarlos como un punto problemático de su obra, sino de reapropiarse de ellos. Una vez situados en este terreno, la tarea es comprender su fertilidad e inspirados en él, responder con el compromiso debido que atañe a los investigadores de las ciencias sociales. En todo caso, este debate constituye una contribución a los desafíos e interrogantes pendientes del marxismo cuyas posibles respuestas podrían conducir a soslayar toda una serie de dudas que, para la izquierda contemporánea, bien podrían convertirse en palanca de acción.

Referencias

Aricó, J. (2005). La cola del diablo; itinerario de Gramsci en América Latina. Buenos Aires: Siglo Veintiuno editores.  Ir a este libro
Ansaldi, W. (1992). ¿Conviene o no conviene invocar al genio de la lámpara? Estudios Sociales. Revista Universitaria, (2), pp.45-65. Ir a este artículo
Barret, M. (2003). Ideología, política, hegemonía: de Gramsci a Laclau y Mouffe en Zizek (comp.) Ideología, un mapa de la cuestión. Buenos Aires: FCE. Ir a este libro
Eagleton, T. (1997). Ideología, una introducción. Barcelona: Paidós. Ir a este libro
Gramsci, A. (2006). Antología. Buenos Aires: Siglo Veintiuno editores. Ir a este libro
Gramsci, A. (2003). Notas sobre Maquiavelo. Buenos Aires: Nueva Visión.
Gramsci, A. (1984a).Cuadernos de la cárcel III. México: Era. Ir a este libro
Gramsci, A. (1984b). Los intelectuales y la organización de la cultura. Buenos Aires: Nueva Visión.
Laclau, E y Mouffe, C (2006). Hegemonía y estrategia socialista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. Ir a este libro.
Mouffe, Ch. (1991). Hegemonía e ideología en Gramsci enAntonio Gramsci y la realidad colombiana. 167-227. Bogotá: Ediciones Foro Nacional por Colombia.
Portantiero, J. C. (1999). Los usos de Gramsci. Buenos Aires: Grijalbo.

Notas

1. Gramsci (2003) señala un primer momento elemental, en el que no se manifiesta solidaridad entre los intereses de las distintas corporaciones; un segundo, en el que confluyen los intereses de un grupo social pero aún en el límite de lo económico; el tercer momento manifiesta una conciencia que pasa de la estructura a las superestructuras.
2. Esto aparece también como la construcción de un sentido común como consecuencia de una particular visión del mundo, como una ideología.
3. Nótese que Gramsci no concibe a individuos aislados, sino en sociedad. Por eso siempre debe ser entendido como inmerso en una trama de relaciones en el marco de una comunidad.
4. Sobre el rol de los intelectuales, véase Gramsci (1984b). En este trabajo, Gramsci explora diversos aspectos de la relación de los intelectuales con la cultura: su formación (sobre todo para el caso italiano), su relación con la  lengua, el clero y el derecho, la distinción de acuerdo con el tipo de población, su rol en la educación, específicamente en las escuelas y universidades y el periodismo.
5. Mouffe admite que sin embargo, persisten interpretaciones de Gramsci que insisten en el reduccionismo; el caso más célebre es el de Poulantzas, quien sostiene una imposición ideológica de una clase sobre otras.
6. De acuerdo con esta perspectiva, una revolución no es concebible sino con un fuerte desarrollo en la «cultura» de la sociedad civil, que acompañe el de las fuerzas productivas. En este sentido, se hace evidente la distancia entre esta perspectiva y otras, como por ejemplo, la materializada por el estalinismo (Eagleton, 1997). Serán en todo caso los intelectuales orgánicos, quienes lleven adelante un trabajo sobre y en el seno de una clase social emergente, donde no sólo pensadores, sino también activistas, economistas, técnicos y otros sectores englobados en la sociedad civil, se involucren activamente en la vida social dando así una batalla cultural