2/7/13

El legado de Gramsci

Atilio Boron

“¡Hay que lograr que ese cerebro deje de funcionar!”, exclamó entre la desesperación y la impotencia el fiscal del régimen fascista ante la corte que estaba juzgando al fundador del Partido Comunista Italiano. La corte, naturalmente, obedeció a su mandato y lo condenó a veinte años, cuatro meses y cinco días de prisión y una considerable suma de dinero en concepto de multa. Allí pasaría los restantes once años de su vida sólo para ser liberado pocos días antes de su muerte, el 27 de Abril de 1937, cuando múltiples enfermedades agravadas por la falta de cuidado médico habían minado irreversiblemente su salud. Su larga agonía en las mazmorras del fascismo revela no sólo la bajeza moral del régimen sino también el talante ético de su víctima.


Es bien sabido que en múltiples ocasiones Mussolini le hizo saber a Gramsci, con quien había compartido en los años de la Primera Guerra Mundial algunas actividades en el marco del viejo Partido Socialista Italiano (principalmente en el diario Avanti!) su decisión de conmutar su pena y dejarlo marchar al exilio a condición de que el prisionero hiciera llegar su pedido de clemencia. Gramsci se negó terminantemente a semejante humillación, pagando con su vida la ejemplar coherencia de su conducta.

La preocupación del fiscal del régimen era más que comprensible, no así su perversa conclusión. Preocupación comprensible, decimos, porque sin duda Gramsci fue una de las más importantes cabezas teóricas del marxismo en el siglo veinte, a la altura de las más encumbradas y comparable tan sólo con Lenin, Trotsky y Rosa Luxemburg y, tal vez, aunque esto sería motivo de arduas polémicas, con algunas pocas más. Pero hay una calificación muy importante: los tres arriba mencionados pertenecían a una zona marginal del capitalismo europeo: Rusia y Polonia. Gramsci, en cambio, pensaba al marxismo y la revolución desde uno de los países que, en cierto modo al menos, se localizaba en el núcleo esencial del sistema capitalista. Es cierto que tal como lo demostrara el propio Gramsci en realidad no había una Italia sino al menos dos: el Norte próspero e industrial, con una influencia que llegaba hasta Roma y luego el Mezzogiorno, el Sur arcaico y tradicional, esa “inmensa disgregación social”, en palabras del propio Gramsci, que le otorgaba a Italia una fisonomía muy especial en el concierto de los capitalismos de la época.  Si el Piemonte y la Lombardía, con sus cabeceras en Turín y Milán, eran un reflejo latino del mundo industrial que agitaba la vida cotidiana en buena parte del Norte de Europa, la estructura social que se configuraba de Roma hacia el Sur tenía muchísimo más que ver con la periferia capitalista latinoamericana que con lo que acontecía de Roma al Norte. Pese a ser un hombre del Sur a Gramsci, nacido en Cerdeña, le tocó pensar y actuar al marxismo allí donde Marx había dicho que debía producirse la revolución socialista: en aquellas naciones en donde el capitalismo hubiera alcanzado su mayor desarrollo. Gramsci es, por lo tanto, el gran teórico marxista de la revolución en Occidente.

Para honrar tan ambicioso programa nuestro autor tuvo que ser, al mismo tiempo, uno de los más lúcidos analistas de las estructuras económico-sociales y políticas de los capitalismos avanzados. Si Lenin, Trotsky y Rosa tenían siempre como telón de fondo las particularidades del desarrollo capitalista en Rusia –o en Polonia- y, al mismo tiempo, de su atraso en relación a otros países europeos, Gramsci siempre tuvo como horizonte de sus aportaciones los desarrollos experimentados en los puntos más altos de la civilización del capital: referencias a la situación de Francia, Alemania e Inglaterra son constantes a lo largo de toda su obra así como a los Estados Unidos, algo que difícilmente encontramos en muchos autores de la tradición marxista. Esta permanente mirada hacia los capitalismos más desarrollados era impulsada por algunas preguntas a las que habría de dedicarle casi toda su vida: ¿por qué fracasó la revolución en Occidente? y ¿cuál podrá ser el futuro del socialismo en Occidente?

No sólo su locación geográfica en el corazón capitalista europeo diferencia a Gramsci de sus predecesores “orientales”. Como lo subraya Perry Anderson en su Consideraciones sobre el marxismo occidental, Gramsci es un teórico de otra generación y pertenece a otra época histórica. Lenin había nacido en 1870,  Rosa en 1871 y Trotsky en 1879. Gramsci, en cambio, es de 1891 y corresponde a una cohorte en la cual se incluyen Lukács (1885), Korsch (1886) y Walter Benjamín, nacido en 1892, fundadores, según el historiador británico, del “marxismo occidental.” Es decir, que cuando estalla la Revolución Rusa Gramsci era un joven de veintiséis años que, hastiado del marxismo reseco, acartonado, convertido en un inofensivo catecismo redactado por el pontífice máximo  de la Segunda Internacional (y de su partido guía, la socialdemocracia alemana), Karl Kautsky, escribe alborozado al confirmarse la noticia del triunfo de los soviets en Rusia un artículo cuyo título lo dice todo: “La revolución contra ‘El Capital’ ”. ¿A qué se refería Gramsci con este título? A la versión de ese libro popularizada por el partido socialdemócrata alemán y de la cual se “deducía” la imposibilidad absoluta de una revolución socialista en la periferia del capitalismo. Y en caso de que tal monstruosa aberración tuviese lugar lo más conveniente para el avance de la revolución mundial era abortar el proceso lo antes posible. Lo que ya era, el gobierno de los Soviets,  “no podía ser”, porque el libro, según su erudito intérprete, decía que debía ser otra cosa.

El joven Gramsci se rebela contra tamaña insensatez. Había llegado a Torino en 1911, a la edad de veinte años, para estudiar en la Facultad de Letras de la Universidad de esa ciudad.  Allí comienza a desplegar una intensa actividad política en el marco del Partido Socialista y, tiempo después, una vez producida la Revolución Rusa, en un grupo político denominado L’Ordine Nuevo (El nuevo orden) integrado, entre otros por Palmiro Togliatti, quien luego sería el Secretario General del PCI, y otros jóvenes radicalizados como Angelo Tasca y Umberto Terracini. En 1921 Gramsci se encontraría entre los fundadores del PCI. De inmediato asumiría un trabajo en el Secretariado de la Internacional Comunista que, entre 1921 y 1924 lo llevaría a vivir en Moscú y Viena. En 1924 regresa a Italia y es elegido Secretario General del PCI y, al año siguiente diputado al Parlamento Italiano que ya funcionaba bajo las severas restricciones impuestas por el régimen fascista desde sus primeros años. A fines de 1926 es encarcelado bajo la absurda acusación de “haber querido instaurar por la violencia la república de los Soviets” en Italia., sometido a un proceso judicial viciado de nulidad absoluta y condenado, como decíamos al principio, a una reclusión que terminaría con su vida.

Si bien la producción de Gramsci con anterioridad a su encarcelamiento es importante, de lejos el corpus principal de su obra es el que intermitentemente logra escribir, bajo las peores condiciones que puedan imaginarse, durante sus años en las cárceles fascistas. Pero no todo el tiempo, porque como lo expresa en su denso epistolario,  sus privaciones, enfermedades y depresiones lo obligaban a largos períodos de pasividad en donde no hallaba fuerzas ni siquiera para leer. Pero sus célebres Cuadernos constituyen un aporte teórico de fundamental importancia. Escritos y reescritos varias veces en unos cuadernos escolares, con una letra pequeña, casi diminuta, los Cuadernos contienen sus reflexiones sobre una amplia diversidad de temas y arrojan luz sobre algunos de los problemas más importantes del capitalismo contemporáneo.  A la muerte de Gramsci estos manuscritos iniciaron una increíble peripecia que tendría como etapas más significativas la España desgarrada por la Guerra Civil y la Unión Soviética enfrascada en la guerra a muerte contra el nazismo. Finalizada la guerra estos preciosos escritos emprenderían lentamente el retorno a Italia donde, al cabo de unos diez años comenzaron a ser publicados por Einaudi, una editorial comercial de Turín porque el Partido Comunista Italiano, temeroso de irritar a los custodios del dogma que sentaban sus reales en Moscú con la difusión de las ideas de un pensador tan “heterodoxo” como Gramsci, se abstuvo de publicarlo en Editori Riuniti, la principal editorial del partido. Es decir, solo  unos quince años después de la muerte de Gramsci esos manuscritos comenzaron a ver la luz pública bajo la forma de libros compilados por un colectivo de notables intelectuales bajo la dirección de Palmiro Togliatti, a la sazón Secretario General del partido italiano, con títulos precisos e índices temáticos muy específicos. [1] Pero lo cierto es que Gramsci jamás escribió esos libros sino una enorme serie de notas, o “notitas” como a él le gustaba llamarlas (noterelle) en donde volcaba sus reflexiones sobre hechos de los que lograba informarse, los recuerdos de su época de estudiante, o de las poquísimas informaciones sobre la situación de las sociedades capitalistas a las que podía tener acceso desde la cárcel. Notas que muy a menudo contenían advertencias como “afirmación no suficientemente controlada o probada” o “primera aproximación al tema”, para dejar en claro que se estaba en presencia de un pensamiento en construcción bajo las peores condiciones imaginables.

El infortunio editorial de tan excelsa producción teórica ha sido notable. Es casi un milagro que no hubiera terminado convertido en cenizas en la hoguera de sus carceleros fascistas o en la de los custodios de la pureza del dogma. El periplo recorrido por esos 33 cuadernos, apretujados en una destartalada valija y recorriendo el dantesco escenario que se extendía desde los Urales a los Pirineos provoca asombro todavía hoy. Gramsci sufrió una doble censura: la de sus carceleros fascistas y la de los burócratas del estalinismo que, al igual que hicieran con Mariátegui entre nosotros, jamás le perdonaron al italiano su fidelidad a las enseñanzas de Marx, Engels y Lenin y su rechazo a las imposturas intelectuales y políticas del estalinismo. Los primeros le impedían a Gramsci acceder a la producción teórica del pensamiento socialista o marxista, o enterarse de las novedades y las noticias de su tiempo a las que se asomaba por la dudosa vía del rumor o, sobre todo, leyendo algunas revistas como Civiltá Católica, que informaba de algunos de los hechos de este mundo con evidente parcialidad. Sin embargo, era el alimento que necesitaba una mente lúcida como pocas, audaz como casi nadie, para bajo tan adversas condiciones producir la contribución teórica más importante al marxismo en el período posterior a la Primera Guerra Mundial y, muy especialmente, desde la muerte de Lenin en 1924. Los segundos, a su vez, se prodigaron en impedir la difusión de su pensamiento una vez que su genio creador se apagara. Los principales temas abordados en esos Cuadernos pertenecen al corazón mismo de la teoría marxista de la política y la cultura. Debemos a Gramsci una elaboración sobre el “estado “ampliado” del capitalismo contemporáneo, un estado de clase (algo que escamotean las lecturas socialdemócratas de Gramsci) que sintetiza en su seno los tradicionales mecanismos de la dominación y la coerción con los renovados dispositivos de la dominación ideológica que Louis Althusser incluyó bajo el nombre de “aparatos ideológicos del estado”. Nuestro autor desarrolla asimismo una concepción materialista de la hegemonía que contrasta vívidamente con algunas teorizaciones contemporáneas, como las de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe, para quienes la hegemonía es un etéreo juego de “significantes flotantes” totalmente removidos del sórdido materialismo de la sociedad civil, para decirlo con una expresión muy usual en los análisis de Marx. Gramsci también aporta nuevas hipótesis sobre los intelectuales y su función política en la perpetuación del dominio de clase; nos habla de los impactos que los desarrollos tecnológicos, como el fordismo, tienen sobre la sociedad americana, desde la moral sexual hasta la política; y también sobre la “revolución pasiva” y el transformismo como rasgos sobre los cuales se asienta una transformación capitalista que se produce sin revolución burguesa, algo de suma importancia para América Latina. Las crisis políticas y la valorización de la función educativa y organizativa del partido político de las clases subalternas, ese “príncipe colectivo”, es otro de los temas que motivaron de su parte profundas reflexiones. Con razón algunos autores llaman a Gramsci el teórico de las súper-estructuras, por la concentración de su labor en el examen de estas cuestiones a las cuales el marxismo de su tiempo, dominado por el economicismo, no le había asignado la importancia que efectivamente tenían.

En sus numerosos escritos Gramsci plasmó una concepción metodológica del marxismo superadora de los esquematismos en que la “filosofía de la praxis” (como él designaba al marxismo en su afán por sortear la censura carcelaria) había caído tanto a manos de la social democracia alemana como de la Tercera Internacional. Sería una tarea imposible resumir en unas pocas líneas la vastedad de su rico pensamiento, que abarca casi todos los aspectos de la vida social. Como vimos más arriba, Gramsci fue un teórico político y un filósofo, un crítico cultural y un internacionalista; también un fino sociólogo cuyos análisis sobre el Mezzogiorno italiano o sobre la vida cotidiana y los usos,  costumbres y creencias populares de la sociedad norteamericana, muy especialmente del modo en que el fordismo se expande desde la fábrica hasta abarcar y modelar casi todas las formas de la sociabilidad, son hasta el día de hoy piezas obligadas de referencia en cualquier estudio sobre el tema.

Quisiera concluir con una reflexión final, pertinente especialmente para un público como el de esta revista. Al hablar de los aspectos teóricos y prácticos del economicismo Gramsci decía que el liberalismo como filosofía económica y política se basaba en un error teórico fácilmente detectable: la tendencia a reificar una  distinción entre sociedad política y sociedad civil que, siendo eminentemente metodológica, se convertía en orgánica u ontológica y, a partir de la cual, el estado en cuanto sociedad política y la sociedad civil devenían en “cosas” separadas, en “esferas institucionales” distintas y separadas entre sí. Una distinción meramente metodológica, decía Gramsci, se transmuta en una separación ontológica entre esferas sociales aisladas rompiendo la unicidad y totalidad de la vida social. Ese desliz es congruente con la imagen que la sociedad burguesa proyecta de sí misma: un conjunto de átomos individuales y de “partes” separadas, cada una con su propia lógica y “leyes de movimiento” y en donde los imperativos de una, la economía, debe prevalecer sobre todas las demás. El economicismo se convierte, parafraseando a Engels, en una verdadera religión de la burguesía toda vez que sitúa a los imperativos de la acumulación por encima de cualquier otra consideración. En los últimos tiempos esta concepción se expresó en el debate político argentino bajo el mandato de la “gobernabilidad”: cualquier gobierno debía garantizarla, para lo cual era necesario reconciliar la política con las necesidades de la economía. Bajo el capitalismo esto significó, lisa y llanamente, subordinar la democracia, la justicia o la igualdad a la primacía de la ganancia y los bienhechores impulsos del mercado.

La base teórica y metodológica de esta engañifa está en esa visión fragmentada de la vida social que Gramsci criticó con simpar elocuencia. En el plano académico esta reificación tuvo por consecuencia legitimar los saberes parciales y compartimentalizados: una ciencia económica para “la economía”; una ciencia política para el “estado y la sociedad política”; una sociología para la “sociedad civil”, el “derecho” para las normas, y así sucesivamente. De este modo una correcta visión de la vida social en toda su compleja interrelación se vuelve imposible. Peor aún: se arranca de raíz cualquier posibilidad de elaborar un pensamiento crítico y emancipatorio dado que sin una visión integrada y totalizante de la vida social lo que existe, en su irreductible fragmentación, es lo único que puede existir. En este “pensamiento único” entronizado como el “sentido común” epocal (otra categoría gramsciana) cualquier referencia a la construcción de una buena sociedad es rápidamente desterrada del discurso político y descalificada como una ingenua y romántica utopía de incurables soñadores. El marxismo de Gramsci es uno de los mejores antídotos contra ese chantaje. 

Notas

* Publicado en la revista Derecho y Barbarie (Buenos Aires), Nº 2, 2009.
[1] Recién en 1971 el PCI publicaría en Editori Riuniti la obra de Gramsci. Los títulos de los libros eran: Il materialismo storico; Gli Intelletualli; Il Risorgimento;  Note sul Machiavelli;  Letteratura e vita nazionale; y Passato e Presente. En 1976 verían finalmente la luz los Cuadernos, tal cual Gramsci los escribió. Fueron publicados, en el apogeo de la hegemonía intelectual que el PCI había conquistado en Italia, bajo la dirección de un gran estudioso del tema: Valentino Gerratana.