7/7/13

Acerca de la crítica marxista del capitalismo

Rolando Astarita  |  La nota anterior, ‘Capitalismo, manifestaciones, programa’, [publicada en Gramscimanía] dio lugar a dos tipos críticas opuestas. Desde la derecha, se sostuvo que Marx y los marxistas estamos equivocados al realizar una crítica al sistema capitalista, ya que éste habría sido el modo de producción más dinámico de la historia. Y desde la izquierda, se planteó que las actuales luchas ocurren porque no hubo desarrollo capitalista, y que mi enfoque no es consistente con una crítica marxista del capitalismo. De manera que ambas parecen coincidir en sostener que la crítica del marxismo al capitalismo se sostiene en la creencia de una suerte de estancamiento, o postración crónica, de este sistema. En lo que sigue argumento que estas objeciones pasan por alto una temática que es constitutiva del enfoque marxista, y de su crítica al capitalismo.


Diversos socialismos

Empecemos aclarando que el socialismo “a lo Marx” es sólo una de las varias especies de socialismo que han existido a lo largo de la historia. Por eso, en El Manifiesto Comunista, Marx y Engels delimitaron su “socialismo científico” del “Socialismo reaccionario” -dentro del cual distinguieron asimismo al “Socialismo feudal”, al “Socialismo pequeño burgués”, y al “Socialismo germano, o verdadero socialismo”-, del “Socialismo conservador o burgués” y del “utópico”. Explicaron entonces que los socialismos feudal y pequeño burgués constituían expresiones de clases sociales afectadas por el avance del sistema capitalista; y que el socialismo burgués reflejaba las aspiraciones de fracciones de la inteligentsia burguesa, y similares, de remediar males propios del sistema capitalista, sin acabar con el capitalismo. En cuanto a los socialistas utópicos, eran la expresión de la lucha entre la burguesía y el proletariado, pero en el período de desarrollo incipiente del capitalismo. En escritos posteriores también se refirieron a los socialistas “estatistas”, quienes pensaban que las nacionalizaciones del ferrocarril en Prusia, o los emprendimientos ferroviarios del Estado belga, eran medidas socialistas.

Pues bien, con las adaptaciones necesarias, se podría decir que buena parte de lo planteado por Marx y Engels se aplica a muchas corrientes que actualmente reivindican alguna forma de socialismo. Por ejemplo, es muy común encontrar variantes del socialismo pequeño burgués, que centran su crítica “en los grupos concentrados”, “en los monopolios” o “en el capital financiero”. Formulaciones similares encontramos en el socialismo burgués (por caso, ministros burgueses que posan de “marxistas” y despotrican contra “los grupos concentrados”). Y también subsisten formas de socialismo precapitalista, como se ha visto en regímenes teocráticos tercermundistas. Además, están los socialismos estatistas, tanto en las variantes del capitalismo de Estado -fuertemente sesgados al nacionalismo-, como en los regímenes de corte stalinista, que hemos tratado en diversas notas de este blog.

Socialismo utópico o socialismo científico, ayer y hoy

Las críticas que ha despertado la nota anterior no se relacionan, sin embargo, de manera directa con el socialismo pequeño burgués, o burgués estatista, sino con las concepciones del socialismo utópico. En este respecto, es interesante volver a la crítica de Marx y Engels a Saint Simon, Fourier y Owen, y desde esta base, reexaminar las objeciones que se han dirigido a mi enfoque.

Tengamos en cuenta que los socialistas utópicos partían del supuesto de que la sociedad capitalista “no encerraba más que males”, como explicó Engels en su folleto, “Del socialismo utópico al socialismo científico”. Por esta razón, los utópicos no encontraban en lo existente ningún punto de apoyo para el cambio social. De ahí que la solución a los males sociales pasara por descubrir algún sistema nuevo y más perfecto de orden social, para implantarlo, al decir de Engels, desde fuera, con la propaganda y con el ejemplo. Engels agregaba que estos sistemas “nacían condenados a moverse en el reino de la utopía”, y tendían a “degenerar en puras fantasías”. La del socialismo utópico era entonces una crítica “externa”, ya que oponía al modo de producción capitalista un modo acabado, para que las masas trabajadoras, la intelectualidad y los políticos ilustrados, se convencieran de su superioridad. Por eso, los utópicos “repudiaban, lisa y llanamente” (Engels), al sistema capitalista.

En oposición, la idea central de Marx y Engels es que al interior del sistema capitalista se generan las condiciones y las fuerzas que permitirán su superación. Básicamente, los fundadores del socialismo científico conciben al capitalismo como un modo de producción que tiende a revolucionar y expandir las fuerzas productivas -la productividad y la tecnología, el trabajo asociado y el mercado mundial-, y que por eso mismodesarrolla contradicciones, que se manifiestan en las crisis, y lo determinan como un régimen social históricamente transitorio.

Pues bien, mis diferencias con muchos de los grupos y militantes de izquierda tienen que ver con estos puntos de vista opuestos. Es que de hecho, muchos grupos y militantes adoptan un diagnóstico sobre el capitalismo muy similar al de los socialistas utópicos. En su visión, en el modo de producción actual todo es “descomposición y degradación”. Hace ya algunos años, un dirigente de un partido de izquierda sintetizaba esta concepción repitiendo a quien quisiera oírlo, que “el mundo es inmundo”. Por lo tanto, en su enfoque, las luchas revolucionarias se generarían porque todo es idénticamente “negro”. Una idea que, bajo diversas formulaciones, está muy arraigada en muchos círculos de la izquierda radical.

Mi postura, en cambio, es que los conflictos se agudizan y las luchas estallan porque hubo desarrollo, y este desarrollo es contradictorio. Más en general, la diferencia arranca con un debate que se ha dado en este blog -y en otros lados- con los militantes trotskistas (pero sería extendible a otros), sobre si hubo o no desarrollo de las fuerzas productivas en las últimas décadas (o desde 1914, o 1945, etcétera). Sintéticamente, afirmo que aumentó, a nivel planetario, la productividad del trabajo; que se incrementó también, en términos absolutos y relativos, el ejército de asalariados subsumidos al capital (y con ellos los desocupados); que se profundizó la proletarización de pequeños productores privados; y se amplió el mercado mundial. En todo esto, el moderno socialista utópico (de contenido), no ve más que males; o intenta, vanamente, negar lo que sucede ante sus ojos (recita algún dogma, disimula los datos). En cambio, el marxista que considera válido el “anticuado” enfoque de Marx y Engels, advierte en estos desarrollos la posibilidad real de la negación del sistema capitalista por parte de la fuerza productiva -compuesta por millones de asalariados- que el sistema ha creado. Esto significa que la realidad es contradictoria, y por esto mismo hay conflicto y movimiento. Si en los últimos años las masas a lo largo del mundo sienten que se frenan las economías, que aumenta vertiginosamente la desocupación, que disminuyen los salarios y beneficios sociales, es porque no han estado sumidas en el estancamiento y la postración permanentes. Es el choque de opuestos, la contradicción, lo que las pone en movimiento y las lleva al conflicto.

Contradicción y dialéctica del desarrollo

En relación a lo afirmado al final del punto anterior, recordemos que la ventaja del punto de vista dialéctico es su capacidad para explicar por qué el mundo está en estado de movimiento. Otros enfoques ven la realidad de manera estática, o conciben al movimiento proviniendo de fuerzas externas. La dialéctica, en cambio, procura captar la totalidad del movimiento, al que concibe como un resultado de las contradicciones internas a esa totalidad. “La contradicción es la raíz de todo movimiento y vitalidad”, decía Hegel. Por contradicción no se entiende aquí la contradicción lógica, sino el desarrollo y el choque de opuestos dentro de una totalidad que los contiene.

En particular, en la sociedad capitalista existe un conflicto entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, que no es externo al sistema capitalista, sino interno, y constitutivo de su realidad. Las fuerzas productivas son fuerzas productivas capitalistas, que entran en contradicción con las relaciones de produccióncapitalistas, que son la forma social de existencia de las fuerzas productivas. Se trata de opuestos, pero cada polo implica al otro, y no existe sino en unidad con el otro. Lejos de la visión de la totalidad abstractamente negativa (“no hay más que males”), o de la totalidad abstractamente positiva (“solo hay desarrollo lineal e infinito”), la realidad es que el modo de producción capitalista contiene en su seno la identidad y la diferencia, el desarrollo y las crisis, como aspectos indisolublemente ligados. La contradicción es la impulsora del autodesarrollo, ya que cada polo está mediatizado por el otro -las fuerzas productivas por las relaciones de producción, y viceversa-, y ambos cambian en sus relaciones recíprocas, a partir de esa vinculación (identidad) y diferencia. Así, las relaciones de producción pasan de ser formas del desarrollo de las fuerzas productivas, a ser obstáculos a las mismas, dando lugar al antagonismo y al conflicto abierto, como resultado de ese mismo desarrollo. Por eso, se ha dicho, con razón, que la dialéctica materialista es capaz de captar tipos complejos de conexiones, y con ellas, el desarrollo y también el cambio que surge por las leyes de ese mismo desarrollo.

Las mismas ideas se pueden explicar diciendo que el capital es relación porque es valor -trabajo muerto- que se valoriza -se vivifica- a través de la explotación del trabajo vivo, y por lo tanto, contiene en sí la negación. Es una negación determinada, interna al sistema, que se desarrolla porque el capital se reproduce en escala ampliada, y tiende a sobrepasar todo límite. Por esta razón Engels decía que la gran industria desarrollaba, de una parte, los conflictos que hacen imperiosa la subversión del modo de producción, y “de otra parte,desarrolla también en estas gigantescas fuerzas productivas los medios para resolver estos conflictos”. Esto explica el rol civilizador del capitalismo (en relación a los regímenes precapitalistas), pero al mismo tiempo su carácter explotador e intrínsecamente antagónico (véase, por ejemplo, sobre los “trabajadores libres”). Para “bajarlo a tierra”, la extraordinaria acumulación de capital que ha habido en China en el último cuarto de siglo, es la incubadora de futuros y grandiosos conflictos de clase. Aquí no se trae nada desde fuera del sistema, los elementos de la crítica se descubren al interior de lo que se estudia. Esta es la base objetiva en que se apoya la crítica marxista. Se trata de una visión muy distinta de la negación abstracta, que realiza desde afuera el reformador social, indignado y agobiado por “el mundo inmundo” que lo rodea, y por la inmensidad de la tarea histórica que se ha propuesto.

Crítica reaccionaria o superación históricamente progresiva

A partir de lo anterior, se puede entender también por qué la crítica marxista del sistema capitalista se diferencia de las críticas anticapitalistas que de alguna manera quisieran volver a un pasado (idealizado o fantasmal), caracterizado por la pequeña producción, el trabajo artesanal y el nacionalismo autosuficiente (más intervención del Estado). Con matices, estos son los pilares ideológicos de los movimientos contra la globalización, ahora en baja, y de muchos grupos anti-sistema. Según estas visiones, los males de la sociedad se podrían remediar si las fuerzas productivas no excedieran los límites nacionales (“vivir con lo nuestro”; “no al capital foráneo”, etc); si el capital no fuera tan grande; o si se eliminaran las máquinas, porque la tecnología “es enemiga del ser humano”. Se trata de propuestas reaccionarias. Es cierto que la internacionalización de las fuerzas productivas y del capital pone presión sobre las economías nacionales, y sobre los trabajadores. Pero también amplia horizontes mentales, sienta las bases para la fraternidad entre los productores a lo largo del planeta, y genera posibilidades concretas -materiales y sociales- para que los movimientos de lucha articulen respuestas, se nutran mutuamente con sus experiencias, y avancen. A su vez, la desaparición de las pequeñas empresas, barridas por la competencia y la centralización del capital, agudiza la contradicción entre una producción cada vez más socializada, y la apropiación privada del excedente; y allana, en el largo plazo, el camino de la socialización de la propiedad. De la misma manera, los avances tecnológicos -la automatización, las tecnologías informáticas y de las comunicaciones, la nanotecnología, y otras maravillas de la ciencia- abren la posibilidad de que en una futura sociedad haya más tiempo libre para todos. Para eso, no hay que suprimir la tecnología, sino la relación capitalista en que se sostiene.

En conclusión, la perspectiva crítica del marxismo se sustenta en esta visión dialéctica. Por eso, la crítica del capitalismo puede hacerse en un sentido progresista, o regresivo. En este respecto, mi postura es que la crítica desde la perspectiva del viejo socialismo utópico, o del socialismo pequeño burgués (nacionalista o estatista), no permite una superación real de lo existente. Esto es lo que está en discusión, de fondo, en buena parte de los debates contemporáneos que se desarrollan en la izquierda. Y también es lo que se juega en las respuestas del marxismo a la derecha, y a los defensores del capitalismo.