12/6/13

Movilizacion y Constituyente para la Paz en Colombia / Un comentario

Marino Canizales

Especial para Gramscimanía
He leído con suma atención el ensayo sobre la Constituyente para la Paz, [publicado el 26/04/2013 en Gramscimanía y del cual es autor el profesor Ricardo Sánchez Ángel], que tiene como telón de fondo los diálogos en la Habana entre el Gobierno Nacional y las Farc. Primero que todo, pienso que es un artículo audaz. No se limita a sólo consideraciones teóricas, que por la calidad de su contenido, ya es mucho, pues son correctas, sino que avanza en formulaciones de táctica política a partir de una clara comprensión de la actual coyuntura por la que atraviesa el país. La parte pertinente (capítulos 4 y 5) al tema de la Asamblea Constituyente tiene un gran valor programático y pedagógico, y es abierta en la caracterización de su significado como campo de lucha. Es flexible, sin contemporizar con nadie en las posibilidades políticas que harían posible la concreción de esa Asamblea Constituyente. Estoy de acuerdo con el autor: hay riesgos, pero de eso se trata, y lo deja muy en claro. Pero ese, y no otro, al menos por el momento, es el mejor escenario para resolver las tensiones y demandas que plantea la situación nacional en el marco de los diálogos de la Habana. El temor a los riesgos que se señalan, no nos puede conducir al atolladero de un bonapartismo constitucional, tipo referendo o plebiscito, en el cual la figura del presidente asome sus orejas en forma ominosa.

Al respecto, comparto su apreciación en el sentido de que la Carta de 1991 tiene marcados acentos bonapartistas no sólo en lo relativo a la figura presidencial y los poderes del Ejecutivo, sino también en lo tocante a los mecanismos o instituciones de consulta y participación política. Las referencias normativas que se señalan son acertadas, lo mismo que su caracterización política. Su definición remite inexorablemente a la lucha de clases: Constituyente, Plebiscito o Referéndum son figuras altamente politizadas, pues están en juego los asuntos del poder; sin embargo, la más abierta y de amplias posibilidades democráticas es la Asamblea Constituyente, y este aspecto en tu ensayo está muy bien argumentado.

Comparto igualmente la valoración acerca del significado histórico de la Asamblea Constituyente en la revolución Americana de independencia, en la Revolución Francesa, lo mismo que en los procesos de independencia de América Latina en el Siglo XIX. Veo que el autor es prudente, más no tímido, en relación con la asamblea Constituyente de la Revolución de Octubre. Allí, la cuestión presenta otras complejidades, sin negar como bien lo afirma, que esa es una figura de poder de tipo transicional. En el análisis de ese hecho histórico me siento más cercano a las tesis de Lenin y Trotsky que a las formuladas por Rosa Luxemburgo. De esta última hay que rescatar con toda la fuerza posible sus críticas al tratamiento de ese problema, y la defensa de los derechos de la oposición y las minorías. La crisis revolucionaria estaba resuelta, desde el punto de vista de la relación de fuerzas, a favor de los trabajadores, es decir, estos tenían el poder. Además, estaba encima la vorágine de la guerra civil. Justamente dicha coyuntura es la que demuestra con creces que la Asamblea Constituyente es una figura de transición. Es cierto. Se estaba fundando la República de los Soviets. 

Para el caso colombiano, el contexto es otro, si bien esa experiencia histórica nos es pertinente, más de lo que se pueda pensar. No estamos ad-portas de una crisis revolucionaria, así la multitud, como la llama Sánchez Ángel, amenace con hacerse presente y apoderarse de los escenarios de la política. El pasado 9 de Abril en Bogotá es prueba fehaciente de ello. Se trata entonces de edificar un República democrática como estado social de derecho o, mejor, como Democracia Constitucional, en términos de Luigi Ferrajolli, que articule, como bien lo señala en su ensayo, constitución y constitucionalismo, que no son lo mismo, pero hacen parte de la misma ecuación jurídico-politíca.


A quien quiera que lea el ensayo del profesor Ricardo Sánchez Ángel con espíritu abierto y crítico, le debe quedar claro que, sin incurrir en ningún tipo de relativismo propio de escépticos y desencantados, no asumes en modo alguno posturas absolutas en relación con la solución de la actual crisis social y política por la que atraviesa el país. Los frentes y los escenarios son diversos y al cual más, complejos, por eso una flexibilidad bien razonada y con claro fundamento político, es la que se necesita.

El ensayo sugiere derroteros y perspectivas, pero dejas abierta la puerta para otras opciones, todo en el escenario de una política libre de armas y de dogmatismos, fundada en ideas y valores democráticos. La idea de una Constituyente "pluralista, con mayorías y minorías, pero con una representación que evite hegemonías y unanimismos", de la cual surja un "pacto de paz", me parece brillante por todo lo que podría permitir, en un marco de sana competencia por ideas y propuestas acerca de la fisonomía del poder y de una posible República Democrática- Constitucional, que elimine de cuajo la República leprosa que nos gobierna.

Finalmente, debo decir que me gusta que no se "case" con los cinco o seis puntos que conforman la agenda de los diálogos de paz en la Habana. El acuerdo que salga, si permite desactivar el conflicto armado, y que las partes y el conjunto de los actores sociales puedan transitar por un rumbo racional y pacífico en el ejercicio de la política, debe ser valorado como bueno o positivo, manteniendo eso sí la importancia y la necesidad de una Asamblea Constituyente que permita los desarrollos jurídico-políticos de dicho acuerdo. Sobre esto último, pienso que la cuestión agraria, a partir de los acuerdos que se logren al respecto, debe ser uno de los puntos centrales de esa constituyente, como bien lo afirmas en tu ensayo. Es la tenencia de la tierra como factor de poder, pero también como factor de conflicto.

Dije antes, que el ensayo presenta al lector formulaciones programáticas, las cuales podrían ser abordadas y discutidas como parte de una reforma política dentro de la Asamblea Constituyente tantas veces mencionada. En el primer párrafo de la página 12, tal aspecto aparece bien formulado; sin embargo, creo que es posible también, sin caer en ninguna clase de casuísticas legislativas, abordar también, desde el punto de vista de los derechos fundamentales, el tema de un Estatuto del Trabajo, como también, el de un Estatuto del sistema de salud y seguridad social. Pasa muy rápido sobre el asunto del fuero militar, asunto éste, como muy bien se sabe, es bien espinoso, que está convirtiéndose de forma maniquea y retorcida, en un palo en la rueda dentro de la dinámica de los diálogos de paz. El autor refiere su importancia y la necesidad de su discusión en el seno de dicha Asamblea, pero pienso que la cuestión obliga a un mayor desarrollo tanto desde el punto de vista constitucional como legal. Lo que el gobierno ha logrado imponer a través del Congreso de la República es una aberración y, lo que es peor, consolida la ruta para la construcción de una mentalidad militarista dentro del país, más allá de los cuarteles. Los constituyentes de 1991, en dicha cuestión, hicieron mutis por el foro, y miraron para otro lado, dejando en pié ese Leviatán de Núñez y Caro, propio de la Constitución de 1886. Debe haber un estatuto de las fuerzas armadas, de fundamento constitucional y democrático; no así el engendro de una jurisdicción penal-militar, autónoma dentro de la estructura del poder de estado, con derecho, procedimiento y jueces propios. Ojala la Corte Constitucional declare inexequible, y tengo mis dudas al respecto, las citadas contrarreformas proclives al militarismo.