17/6/13

Los intelectuales y el poder / Sócrates y Gramsci siguen influyendo, aunque hayan sido víctimas del poder

  • Incomodísima por lo mismo que promiscua, la relación del intelectual con el poder es una trampa. Sin poder, el intelectual influye menos; con poder puede que más, pero a costa de volverse funcional y menos libre.
  • Andrés Bello, se sabe débil, influyente pero extranjero [en Chile], hombre orquesta sabelotodo, pero a sueldo. Si otros hubiesen sido sus empleadores, seguramente otras habrían sido sus inclinaciones: menos autoritarias, más afines a su propia tendencia liberal, pudiendo haberle dado un mayor empuje e historia al liberalismo chileno.
Alfredo Jocelyn-Holt 

El tema ha estado rondando [en Chile] estas últimas semanas. Es que en sociedades suspicaces de los librepensadores como la nuestra, los intelectuales son prescindibles. Puede que influyan y se les estime, pero no tienen poder (influencia y poder no necesariamente son sinónimos). Puede que se arrimen a quienes, de hecho, poseen el poder. Los que Gramsci llama intelectuales orgánicos, “empleados” del grupo dominante, útiles para afianzar su hegemonía influyendo, creando conciencia. Pero incluso los de esta categoría no son ciento por ciento confiables: saben demasiado cómo funciona el poder.

Lo piensan. Gracias a ellos sabemos que el poder desnudo es un puro “sí mismo”. Una fuerza que, en tanto fáctica, tautológica (hace y deshace), no pretende explicarse. Una vez que decide, actúa o manda a otros que ejecuten, y siempre que opera de este modo termina resultando brutal. El intelectual, en cambio, debe airearse, expresarse en público, explicarse a sí mismo y al resto para seguir siendo lo que se  espera de él -un crítico-, que es cómo los intelectuales han estado apelando a la sociedad moderna para neutralizar y liberarse de sus mecenas con poder. En eso se ha avanzado algo, no mucho, porque fácil no la han tenido. La historia que va desde Sócrates y la cicuta a Gramsci in carcere les da, si no “la razón”, los hace aparecer defendiendo razones y por eso los recordamos. Es decir, siguen influyendo (penando), aunque hayan sucumbido ante el poder.

Incomodísima por lo mismo que promiscua, la relación del intelectual y el poder es una trampa. Sin poder el intelectual influye menos; con poder puede que más, pero a costa de volverse funcional y menos libre. Por su parte, sin apoyo intelectual el poder suena hueco, ilegítimo. En consecuencia, cualquier pacto fáustico entre ambos lleva a la perdición del más débil.

Permítanme un ejemplo. Andrés Bello, un intelectual como pocos en cuanto a obras que perduran, incluso en estado ruinoso (la universidad). Un Bello que se sabe débil, influyente pero extranjero, hombre orquesta sabelotodo, pero a sueldo. Si otros hubiesen sido sus empleadores, seguramente otras habrían sido sus inclinaciones: menos autoritarias, más afines a su propia tendencia liberal, pudiendo haberle dado un mayor empuje e historia al liberalismo chileno. Ahora bien, compliquemos el ejemplo. Recordemos a Francisco Bilbao, su discípulo, quien fuera expulsado de la universidad por el rector por ‘Sociabilidad chilena’, opúsculo estimado hereje, heterodoxo, para su época. Obviamente, Bilbao no compite con su maestro en logros, pero, habiéndolo exonerado, es Bello quien se expone y queda al descubierto. El affaire Bilbao lo retrata como un apparatchik. Su actuación fue penosa. Sobrepasado, sin una pizca de la moderación por la que es famoso, fue incapaz de influir en quienes exigían una ejemplificación, tampoco le pudo bajar las revoluciones al discípulo rebelde.

Este y otros escándalos confirman que el poder ejercido por intelectuales o en ambientes que se las dan de tales suele ser despiadado. He ahí los ideólogos y tecnócratas (ellos sí confiables), gente por lo general cuadrada con la autoridad, a quienes el que se les tilde ser partes de un engranaje y máquina de poder les da lo mismo, los satisface.
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